domingo, 20 de marzo de 2022

Menos ejércitos, más escuelas y hospitales

"Como un ovillo, cuando se nos ha enredado, cogiéndolo así, metiendo nuestros husos, uno por aquí, otro por allí, igual desenredaremos esta guerra, si nos dejan, separando los cabos con embajadas, uno por aquí, otro por allí" (ARISTÓFANES, Lisístrata)

En su comedia Lisístrata, Aristófanes (Atenas, siglo V a. de n. e.) hace una crítica de la guerra como producto de una sociedad regida por valores varoniles. Lisístrata es la heroína que levanta a las mujeres atenienses contra la tiranía de los hombres y su perpetuo guerrear; y lo consigue mediante una peculiar resistencia no violenta. 

Cuando aún golpean con fuerza los efectos de la pandemia y de las múltiples crisis, un viejo espía de la KGB aprovecha para desatar la tempestad de una guerra con resonancias apocalípticas, dado el poderío militar acumulado por Rusia y las demás potencias nucleares. 

La violencia conduce al sufrimiento y al miedo, y este es mal consejero, pues nos enferma y paraliza, y, en el peor de los casos, anula nuestra racionalidad y nos hace agresivos. 

La guerra de Ucrania  --y los múltiples conflictos que siguen arruinando templos, moradas y talleres, y exterminando niños en Siria, Yemen, el Sáhara o Palestina--, están empujando al mundo a un rearme inquietante, incluso en países que, como Alemania, marcados por la furia bárbara y asesina de la Segunda Guerra Mundial, se habían resistido a hacerlo durante las últimas décadas. Los halcones de la guerra se reparten el botín y consiguen así que se detraigan recursos de partidas sociales para dedicarlas a armar a los ejércitos. 

Problemas como la redistribución de la riqueza, la necesidad de energías limpias o las consecuencias de nuestros suicidas hábitos alimentarios y consumistas, quedan una vez más pospuestos por la urgencia de los acontecimientos. 

Pero un mundo más armado será un lugar más violento, y más contaminado y más desigual. 

No podemos despreciar las enseñanzas de la historia ni los logros de los grandes pacifistas. Ojo por ojo y el mundo quedará ciego, nos repiten Cristo, Gandhi, Martin Luther King y otras voces que claman en los desiertos. Más escuelas y hospitales es igual a menos cárceles y menos guerras, enseñaba Pitágoras hace más de dos mil quinientos años. 

Pero el ser humano, de memoria tan frágil como selectiva, parece condenado a repetir sus errores otra vez. 

Cuando ya no disponemos de tiempo para evitar la catástrofe medioambiental, se postergan también los objetivos de la sostenibilidad, apelando, por ejemplo, a la autosuficiencia estratégica que proporciona la energía nuclear. Es el caso de Francia. 

¿Pero adónde irán las nuevas armas que se inventen y construyan sino a incrementar su tráfico ilegal, a desplazar los argumentos de la razón en favor de las coartadas de la fuerza, o a acrecentar el poder de represión sobre los más débiles que ya ejercen los oscuros poderes fácticos en todos los rincones del mundo? 

Más armas equivale a más sátrapas y más fuertes, pues poseerán más poder de disuasión frente a quienes quieran enfrentarse a ellos con las herramientas de la razón, que son la justicia y el diálogo en paz entre iguales. Más armas es más inseguridad, más desigualdad, más contaminación y más miedo.

La ecuación de la seguridad y la paz pasa inexcusablemente por la justicia, el respeto a la naturaleza, la educación libre, gratuita e integradora que contrarreste a esta sociedad competitiva, contaminante, consumista, desigual y violenta; y nos permita construir desde abajo un mundo nuevo asentado sobre los firmes cimientos del respeto a los derechos humanos ahora y para todos, y el cuidado de la naturaleza. 

Menos es más. Menos ejércitos y menos armas para un mundo mejor. Una vez más hay que recordar esta perogrullada. 

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sábado, 12 de marzo de 2022

NO A LA GUERRA

¡Señor, la guerra es cruel y bárbara!

La guerra, odiada por las madres, las almas entigrece

Mientras la guerra pasa, ¿quién sembrará la tierra?

¿Quién segará la espiga que junio amarillece?

Albión acecha y caza quillas en los mares

Germania arruina templos, moradas y talleres

La guerra pone un soplo de hielo en los hogares,

y el hambre en los caminos,

y el llanto en las mujeres

Es bárbara la guerra, y torpe y regresiva

¿Por qué otra vez a Europa esta sangrienta racha

que siega el alma y esta locura acometida?

¿Por qué otra vez el hombre 

de sangre se emborracha?

 ANTONIO MACHADO

FUENTE: COPE.ES

    ¡Cómo se echan de menos las masivas manifestaciones del NO A LA GUERRA de Irak de 2003!


   Temo que un huero tacticismo lleve a algunos sectores de la izquierda a no tener muy claro que lo más urgente ahora es detener esta masacre a toda costa.



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domingo, 12 de diciembre de 2021

Oda a un espacio vacío



Paseo de las Murallas (Baeza) 

Escribió Aristóteles que la Naturaleza adolece de horror vacui, y esta sentencia se ha hecho dogma en el diseño de nuestros espacios públicos. Aquí una fuente, ahí un grupo escultórico o aparatos para hacer ejercicios, allí un quiosco o un pabellón y no sé qué más cachivaches. Pero hay, al menos, un lugar que es excepción: el Paseo mirador de Baeza que se asoma al valle del Guadalquivir, jalonado por los majestuosos promontorios de las sierras Mágina y Cazorla. El sencillo paseo, prolongación del que (con el insigne nombre de Antonio Machado) nace en el Arco de Villalar, se acompaña de humildes ruinas de murallas, algún banco donde sentarse a contemplar y discretas placas grabadas con poemas del poeta. Algunos de los que él pensó paseando por este lugar casi desnudo, inspirado por este mismo vacío luminoso.

"!Campo de Baeza, a la luna clara ! ¡Montes de Cazorla, Aznaitín y Mágina! (...) Campo, campo, campo. Entre los olivos, los cortijos blancos. Y la encina negra, a medio camino de Úbeda a Baeza".

Sus versos describen con precisión la magnífica panorámica del campo baezano que desde aquí se divisa.

El adarve abarandillado, proa de una nave dispuesta a partir, rodea un cerrete de suelo irregular y de algo más de una hectárea -bordeado en parte de cipreses- donde lo más notable es que no hay absolutamente nada más que las hierbas que nacen caprichosas para, ahora en el invierno, que son verdes y tiernas, hacer las delicias de los niños en sus juegos. Veo recortarse sus inquietas siluetas sobre un cielo lejano. Una abubilla solitaria y una bandada de estorninos rebuscan algún insecto. Austeridad tan machadiana constituye el encanto de este lugar donde, evocando otro principio aristotélico, corroboramos una vez más que el todo es más, mucho más, que la suma de sus partes.
ADDENDA

            La mera idea del vacío resultó siempre inquietante para el ser humano. Filósofos y científicos anduvieron con él a la gresca. El vacío es la nada absoluta, un hueco que niega el ser; un ser que era uno, verdadero, bueno y bello en el sueño de la metafísica medieval. El no-ser, afirmaba Parménides, no puede ser dicho, ni tan siquiera pensado. 

El vacío abre en la realidad una profunda grieta por la que se cuela la negación absoluta. Por eso, su existencia estaba proscrita: el obispo de París, Etienne Tempier, la incluyó en 1277 en la lista de los que denominaba “errores execrables”. Lo hizo a petición del Papa Juan XXI (Pedro Hispano), que andaba preocupado por la difusión del averroísmo en la universidad parisina.

Vacuistas y plenistas se enfrentaban: Pascal estaba entre los primeros; Descartes, entre los segundos. Pero la Ciencia se pronunció tajante en 1644. Torricelli había logrado hacer el vacío en un tubo lleno de mercurio. Pascal conocía el experimento. El barómetro de Torricelli medía el peso del aire, lo que sólo tenía sentido en una atmósfera finita. Si era así, Pascal suponía que, con la altura, el peso de la misma disminuiría. Dicho y hecho. Cuatro años después, el filósofo díscolo, demasiado débil para caminatas en pendientes acentuadas, envió a su cuñado Florin Perrier a la cima del volcán Puy-de-Dôme de 1465 metros de altura, próximo a Clermont-Ferrand, la ciudad natal del filósofo jansenista. El voluntarioso Florin, equipado con dos barómetros, realizaría un sencillo experimento para determinar la diferencia de presión atmosférica entre dos puntos con diferente altitud. Como era de esperar, el mercurio indicaba una presión menor en la cima, confirmando así la hipótesis pascaliana: el peso del aire disminuye con la altura. De esta manera, quedó probado que la atmósfera tiene una altura finita y que, por tanto, debía existir un infinito espacio vacío más allá del límite atmosférico.  Descartes, aunque a regañadientes, admitió las conclusiones de su rival. El vacío espacio exterior demolía así la idílica imagen tradicional de un cosmos ordenado y pleno. Otro vacío, el interior, tardaría casi tres siglos en alcanzar carta de reconocimiento en la filosofía oficial.  

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domingo, 14 de noviembre de 2021

El Instituto, seis años que cambiaron mi vida. Pero, ¿fue a mejor?

Todas estamos de acuerdo en que el tipo de enseñanza que se imparte en los Centros de Enseñanza Secundaria es esencial para nuestra formación humana como personas y como ciudadanos o sujetos políticos.

Decía Jardiel Poncela que uno no es de donde ha nacido, sino de la ciudad donde ha estudiado la secundaria. Sus palabras ponen de relieve la importancia excepcional de estos años en la construcción de nuestras ideas, principios, amistades y relaciones, o en el descubrimiento de la sexualidad, y de sentimientos tan importantes como la amistad o el amor de pareja.

El criterio de los que han pasado recientemente por esta experiencia es esencial para reflexionar en torno a las luces y las sombras del sistema educativo español en esta etapa tan crucial.

Le he pedido a vari@s ex alumn@s de secundaria que pongan por escrito sus experiencias vitales y académicas de ese periodo de tránsito de la niñez a la edad adulta, que cuenten lo mejor y lo peor de esos años de Instituto, así como también lo que, en su opinión, debería cambiar en los centros educativos para los años venideros.

Dicha reflexión puede abordarse desde múltiples aspectos. Entre otros:

-Contenidos estudiados, metodología empleada por el profesorado, criterios e instrumentos de evaluación aplicados, optatividad en el currículo. Las enseñanzas artísticas, de la filosofía y la ética, o de las lenguas clásicas. La enseñanza de aspectos prácticos para la vida (educación emocional, formación alimentaria, hábitos saludables, etc.).

-Gestión de los Centros: ¿Son útiles y democráticos los órganos de gestión de los centros?, ¿Se facilita la participación del alumnado y/o de las familias en la toma de las decisiones?, ¿Existen vías adecuadas para la evaluación y/o la crítica del sistema por parte del alumnado y/o sus familias?

-Atención a la diversidad: El modelo integrador que persigue la igualdad de oportunidades para todas es uno de los signos de identidad de la escuela pública frente a la red de escuelas privadas o concertadas, a menudo segregadoras. La diversidad entendida en el más amplio sentido de la palabra (como diversidad funcional, de intereses, de género, de ideología, proyecto vital, posibilidades económicas, etcétera) es una riqueza y una oportunidad, no un problema. Pero, ¿se acoge y facilita adecuadamente esta diversidad en los centros educativos?

-Condiciones organizativas: la ratio en las aulas, la gestión de los espacios (aulas para uso exclusivo de alumnado, la biblioteca, espacios de encuentro, etc.). La orientación profesional del alumnado.  La formación del profesorado. La existencia o no de personal de apoyo (profesionales de la salud física y psicológica, expertos en la gestión de la biblioteca, animadores socioculturales, etc.).

                Pues bien, este es el resultado.



MARÍA JI GÓMEZ MARTÍN 
(Actualmente estudia el Grado de Filosofía en la Universidad de Granada)

Me llamo María Ji, me han pedido que cuente acerca de mi experiencia en el instituto. Con el objeto de darle alguna estructura, lo voy a ordenar cronológicamente.

Durante la ESO pertenecía al “montón”, la niña que sacaba sietes y ochos: no sobresalía por arriba, ni por abajo. Los profesores no necesitaban prestarme atención. Y yo tampoco la prestaba en gran medida; total, no quería nota, porque en la ESO “la media no cuenta”.

Creo que en estos momentos todos íbamos como ovejas siguiendo el camino marcado por el sistema. Nadie sabía realmente qué estábamos haciendo ahí. “Formarnos para tener un trabajo digno en el futuro”, “formarnos como personas, para arreglar la sociedad” nos decían. Sea como fuere teníamos una educación a la que ninguno de nuestros padres o abuelos pudieron acceder de manera tan sencilla, éramos afortunados. Y, aun así, seguíamos sin saber por qué estábamos allí, trabajando por un futuro que nadie nos había dicho en qué consistía.





domingo, 31 de octubre de 2021

¿A quién ofende la filosofía?

            

Museo José Guerrero (Granada)

Por KIKO GARCÍA WIEDEMANN

       Hoy, día de los difuntos, no está de más recordar a ese cadáver llamado filosofía. Algunos querrán creer que sus restos habitan en marmóreos y alambicados panteones, con remates de exquisitos frisos y abundantemente fragados del aroma de las flores más frescas y bellas. Pero en realidad los restos nimios de la filosofía habitan en un humilde túmulo de tierra apenas visible. Y está bien que así sea, porque si los filósofos no han sido humildes (y no lo han sido en abundancia), en cambio la filosofía ha sido el más humilde de los productos que ha fabricado el hombre. No es humilde, como muchos puedan o quieran pensar, porque no produce nada, por esa especie de alejamiento del rendimiento económico, estético o práctico, que con reiterada insania nos inculcan desde muy pequeños (has de ser un hombre de bien, o sea un hombre que produce bienes -materiales, espirituales, etcétera). La humildad de la filosofía radica en su íntima convicción de que no es nada, de que su ambición y anhelo está destinado a la desaparición casi inmediata tras su enunciación. Por eso no pide público, mientras que el resto de las actividades humanas están pensadas, fabricadas y destinadas al público, a que alguien las admire o posea. ¿Cómo se puede poseer la filosofía, dónde la podríamos albergar sin que se escapara inmediatamente de la ilusa cárcel de la propiedad?, ¿qué rendimiento le podríamos sacar a quien es hija de la negación del rendimiento?, ¿qué utilidad podría tener aquello que niega cualquier utilidad?

            Hoy día de los difuntos, ante este pequeño túmulo apenas relevante, se agrupan unos cientos o miles de desconocidos que tampoco quieren darse a conocer ni tan siquiera a sí mismos. Se han reunido sin reunirse porque están en un lugar que no tiene espacio, que vive sostenido en una ilusión difusa y un proyecto que se sabe inacabado, inabarcable, imposible, fatal, al fin. De nuevo y otra vez más, el poder y los poderes (los grandes y los pequeños, los que habitan en la ambición inane de los consejos de administración y de gobierno, pero también aquellos enquistados en la parte más vil y envidiosa de todo ser humano que tan sólo aspira a que nada pueda distraer la única noción y sentido de la realidad pacata) quieren borrar del espacio y de la memoria este pequeño túmulo, quizás para erigir una de esas grandes y útiles obras que tanto y tan inmediatamente benefician a la humanidad.

            Pero, si los filósofos son y han sido vanidosos, lo que sí ha sido la filosofía es caprichosa. O de otro modo: la filosofía es un capricho. Y como todo capricho es un lujo. Pero quizás el único lujo que no genera una economía del lujo, tránsito exponencial de un beneficio sobre un objeto absurdo y ridículo. ¿Fue y es un capricho necesario?, ¿es, en el fondo, el capricho necesario? Sí y no. Si no fuera necesario aún estaríamos asando al calor de una salvaje lumbre un lomo de mamut, y, sin embargo, celebramos en las pantallas y portadas chillonas y en los paladares exquisitos la labor encomiable de los más altos y bajos cocineros, degustamos con refinado deleite cada nueva aportación a nuestros queridos sentidos, que son eso tan inmediato que nadie puede dejar de ser. Pero desde el punto de vista de la ingesta o input calórico, tan necesario, aunque sólo sea para levantar una ceja de asombro, el refinamiento es completamente desechable (como muestra ese rotundo éxito de lo que vienen a llamar dieta paleolítica).

            Un capricho necesario, ¿de qué tipo?, ¿a qué fin? En primer lugar, ya lo hemos indicado, es un capricho solitario, no van los filósofos por ahí (al menos los de verdad, no las mediáticas estrellas de casi cualquier cosa) reclamando la atención del público, haciendo alambicadas piruetas para gozo y disfrute de la vanidad propia y ajena. Es un capricho que les pide el cuerpo, que necesita su propio cuerpo y que, más tarde, ofrecen sin espera de recompensa ni honores a los demás por sí, en algún caso y momento, les fueran modestamente útiles. Todos aquellos que han pensado como filósofos (y que no necesariamente lo han sido) han dejado sus etéreas reflexiones para el disfrute o dolor de los demás. Es una generosidad extraña, a la que no está acostumbrada el mundo que en todo quiere hacer una lista del debe y del haber y que sueña con que la casilla del beneficio salga en números azules.

            Porque pensar es un lujo y querer pensar una ambición desbaratada desde el inicio. Aquí, es cierto, radica uno de los modos de la inquina común hacia la filosofía, pues si todos somos iguales (y los filósofos han luchado como nadie para que tal idea se plasmara en nuestras realidades) todos los pensamientos han de ser iguales (en mérito y capacidad, dirían nuestros tecnócratas al uso) y tanto valor ha de tener el pensamiento de Agamenón (que la verdad no pensaba demasiado) y la de su porquero (que seguramente tenía más elevados y mejores pensamientos que el señorón de su amo). Pero, también al contrario, ¿por qué estos señores tan sesudos reclaman sólo para sí y su labor el digno nombre del pensar y el pensamiento cuando ellos no mandan cohetes a la luna ni inventan vacunas salutíferas donde las haya? Algún filósofo ha dicho (y muchos lo han pensado) que la ciencia no piensa. Cada uno puede desmenuzar la frase con bien le plazca, extraer el sentido o sinsentido que en ella pueda encontrar. Pero lo que sí deberíamos es ir un poco más allá de la afirmación misma y no contestar rápidamente con un sí o un no. Porque de lo que se trata es de saber qué es pensar, o, al menos, de intentarlo. La ciencia (las ciencias) piensa y mucho, y no debe hacerlo mal a la vista de sus resultados (y de sus desastres manifiestos como muestra el horror de tanta muerte cruel e innecesaria como ha provocado su aplicación malsana y salvaje). Además, a poco que conozcamos a algún científico (grande o pequeño, meticuloso o disparatado) nos daremos cuenta de que piensa bien y claro, que es rotundo en lo que sabe y acierta con denuedo. Pero también veremos que hay algo que falta en su pensamiento y eso es el pensar mismo. Si la ciencia, el logro supremo y más inteligente del hombre sobre la tierra, no piensa, ¿cómo podríamos reclamarle al más común de los hombres que lo hiciera? Y esos hombres comunes (científicos, políticos, banqueros, sopladores de vidrio o de cualquier cosa) han decidido de nuevo que el viejo y austero túmulo ha de ser desmantelado. ¿Qué beneficio pueden sacar nuestros hijos de las locuras de esos filósofos?, ¿no habrían de perder el seso como el buen Quijano ante tanta majadería inútil? Y aquí es difícil descifrar si es inútil por majadera o la majadería radica precisamente en su inutilidad. Quizás hay otro modo de solventar esta encrucijada, disparatado, quizás, pero también interesante de transitar: ¿a quién te llevarías a una isla desierta al CEO de la mayor empresa de lo que quieras del mundo o al bueno de Don Quijote? Este sería un buen test para ver la catadura humana de quien lo responda. Nadie podría dudar de la eficacia del CEO a la hora de contabilizar los cocos de las palmeras que nos dieran sombra, ni de su pericia a la hora de repartir las escasas vituallas de las que nos tuviéramos que alimentar. Pero al caer el sol, sentados en la arena de la solitaria isla, serán las locuras del Quijano las que nos saquen de la precariedad absoluta de nuestra soledad, mientras nuestro CEO particular se dedica a perorar sobre como habríamos de organizar la semana en su forma más efectiva y eficiente.

            Son los pequeños CEO’s que habitan en cada uno de nosotros los que no quieren ver ni saber de la filosofía ni en pintura. Y les molesta radicalmente que tanto tiempo y esfuerzo se sepa baldío desde su comienzo. Pero eso la tropa de la filosofía ya lo sabía y desde siempre sospecho que estaba condenada al exterminio. También sabía que no iban a cejar en su empeño y que, aun cuando pudieran borrar el último atisbo del pensamiento del pensar y de pensar el pensamiento, en algún momento y en cualquier rincón un jovenzuel@ miraría las estrellas, el horizonte o la profundidad lejana de un mar tan igual y distinto siempre y empezaría de nuevo la manía del pensar.

            Es un lugar común decir que la filosofía son preguntas y que las respuestas para un filósofo tan sólo son el inicio del peldaño de una nueva pregunta. Son como niños, pues los niños no paran de preguntar. Y qué triste es la vida sin niños, sin la infancia eterna que habita en nuestra memoria más íntima y querida. La filosofía ofende porque el mundo (y los papanatas que lo dirigen) tiene la soberbia admirable del adolescente (que tanto odia ser niño), la resolución práctica del adulto (para el que todo lo de los niños, incluido el juego, es una pérdida de tiempo), y la desesperada convicción de la inutilidad del anciano que ya sólo tiene ojos para su muerte.

            Pero, lo que no saben es que sólo ofende quien puede, no quien quiere.

KIKO GARCÍA WIEDEMANN

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martes, 14 de septiembre de 2021

Lao Tse y el arte de la paciencia

L'infinito (G. Leopardi) 

El filósofo chino Lao Tse (siglo VI a. e.), en su libro sobre el Tao (Camino), afirma poseer tres tesoros que guarda con extremo cuidado y vigilancia: la compasión, la sobriedad y la paciencia.

Aquí las traducciones del chino oscilan entre los términos ‘paciencia’ y 'humildad' ("no pretendas ser el primero"). Son, no obstante, dos virtudes emparentadas: el paciente es el que sabe esperar con ánimo sereno; y la espera no es sino un ejercicio de humildad opuesto a la intransigencia de quien desea las cosas en el acto, con el ímpetu insolente y exigente de la inmediatez. El paciente, asimismo, tiene la capacidad de tolerar las adversidades con buen ánimo. Nada más alejado del carácter egoísta e impulsivo del soberbio.

Pero, a pesar de la proximidad entre ambas, prefiero la virtud de la paciencia, pues la humildad está siempre amenazada por la sombra de la falsa modestia, que es la soberbia del pusilánime, y se acaba transformando en resentimiento.

Creo que no tanto la experiencia, cuanto la paciente espera es la madre de la ciencia y de todo conocimiento.
(Antonio Machado lo dice así: "Sabe esperar, aguarda que la marea fluya / -así en la costa un barco- sin que el partir te inquiete. / Todo el que aguarda sabe que la victoria es suya".)

Compasión en un mundo tan desigual y violento.

Austeridad en un mundo consumista y degradado ambientalmente. ("No hay mayor calamidad -escribe Lao Tse- que no saber cuándo es suficiente. No hay mayor defecto que la codicia. Solo quien sabe cuándo es suficiente tendrá siempre bastante".)

Y, en un mundo tan apresurado, paciencia para, en los avatares, afrontar nuestras limitaciones y también las ajenas.

Ejercitarnos en estas tres virtudes es tarea para toda una vida: "Quien conquista a los demás tiene fuerza; quien se conquista a sí mismo es realmente poderoso".

Lao Tse defiende, asimismo, la pasividad, el "No-hacer" como conquista del sabio: "Pocas cosas bajo el cielo son tan instructivas como las lecciones de Silencio, o tan beneficiosas como los frutos del No-Hacer".

Es la suya una sabiduría de la reflexión, la contemplación y la renuncia al deseo: "El Sabio conoce sin viajar, ve sin mirar, y logra sin actuar." Y "prefiere lo que está dentro a lo que está fuera".
Pero echo aquí de menos la acción social, el paso de la moralidad a lo que se denomina la eticidad.
Frente a esta versión individualista y contemplativa del arte de construir una existencia feliz (el ars vitae), se erigen las grandes morales occidentales, más práxicas y comunitarias. Desde las propuestas ético-políticas de Platón y Aristóteles, al cristianismo, al formalismo kantiano, o a las éticas dialógicas contemporáneas.

Ahí están los consejos de Francesc Ferrer i Guardia, quien, a principios del siglo XX, recomendaba: "Instruíos y seréis libres, asociaos y seréis fuertes, amaos y seréis felices."
Hay cierta coincidencia entre Lao Tse y Ferrer, pues la compasión y el amor forman parte de la misma familia axiológica. Sin embargo, en sus dos primeras recomendaciones, Ferrer introduce una acción rebelde y transformadora de la realidad, tan humanizante y necesaria en opinión de Albert Camus: "Me rebelo, luego existo", escribió en su L'homme revolté. En el 'no' de la víctima, añade, nace la rebeldía universal que nos confraterniza en la dignidad sagrada (por incondicional) y compartida con todos. O todos, o ninguno. La dignidad a nivel moral (como la democracia, a nivel político), no admite excepción.

Construir una sociedad que garantice el acceso de todos a una enseñanza acorde con los derechos humanos y respetuosa con los contenidos científicos; y que, al mismo tiempo, fomente la colaboración mutua, la igualdad y el respeto a la diversidad (que no la competitividad) y eduque en la inteligencia emocional (en especial, en la virtud de la paciencia). Así como en la erradicación de lo superfluo, sabiendo que la felicidad no está en tener muchas cosas, sino en educar el deseo y la voluntad. Es el reto de siempre y también el de hoy.


(Textos de Lao Tse extraídos de "Tao te king". Versión de John C. h. Wu. Traducción de Alfonso Colodrón. Edaf. Madrid, 2011.)


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jueves, 9 de septiembre de 2021

Ateísmo digital

Mi colega asturiano Luis Iglesias Huelga, poeta además de profe, parafrasea a Nietzsche proclamando que "el algoritmo ha muerto y lo hemos matado nosotros" (entrevista en la revista digital Filco.es). 

Aunque, como el Loco en Así habló Zaratustra, llegas demasiado pronto, ¡cuánta razón tienes! Los ateos de ahora rechazamos tener canal abierto en YouTube, o cuenta en TikTok, Facebook, Twitter o Instagram, y nos recogemos en un anonimato sospechoso que despierta recelos por doquier. Lean, si no, lo que escribe el profesor José Antonio Pérez Tapias en su Internautas y náufragos (página 88. Trotta. 2003):

"Ante el auge de la religión digital, quizá tengamos que reactualizar el diagnóstico del desencantado Freud de El malestar en la cultura (en su obra anterior El porvenir de una ilusión, aún pensaba que una humanidad que saliera de su infantilismo psíquico, entre otras cosas gracias a la ilustración crítica proporcionada por la ciencia, dejaría atrás las falsas ilusiones religiosas) acerca de los efectos narcotizantes de la religión, inerradicable por su imprescindible función de estabilización social, realizada gracias a la exitosa combinación en la religión como "delirio colectivo" de la necesaria represión con la compensación de la misma mediante gratificantes ilusiones. Todo hace pensar que en el mundo de la globalización economicista a la que asistimos, el nuevo orden busca su estabilización apoyándose también en el digitalismo como nueva "religión oficial", cuya versión sofisticada como nueva gnosis es la que elaboran las élites iniciadas para expresar sus ilusiones de un mundo armónico, pero que cuenta con su respectiva versión de "platonismo para el pueblo", capaz de llegar a las masas en un formato más aligerado, apto para el consumo, y en todo caso consonante con el ciberimperio que tiene en los Estados Unidos su sede y en Silicon Valley el remoto santuario donde se guardan sus más arcanos secretos. No obstante, también esa "nueva ciudad de Dios" que se construye a base de conexiones telemáticas no deja de alimentar en su seno un insoportable malestar."


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