martes, 8 de septiembre de 2026

Elogio (y defensa) del silencio y de la meditación

«El silencio, que no ha sido creado, guarda la propiedad de lo eterno»

Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio

 

Cuatro palmeras washingtonias gemelas en la
Plaza de Gracia (Granada) 


 



El silencio, valor y virtud

Hay en el centro histórico de Granada una calle que lleva por nombre "Silencio" y desemboca en la calle Escuelas. Creo que la concurrencia de la una en la otra no es casual, pues el estudio requiere silencio: «Si cada uno de nosotros hablara solo de lo que sabe –se lamentaba don Manuel Azaña—, se haría un gran silencio que podríamos aprovechar todos para ponernos a estudiar»[1]. Ambas calles son vecinas de la Facultad de Derecho, antiguo colegio jesuita fundado en el siglo XVI. Otras muchas ciudades andaluzas han rendido homenaje al silencio en sus callejeros: Cádiz, Almería, Málaga o Sevilla, entre otras. Pero, en estas urbes, cegadas hoy de aturdidores alumbrados y con sus calles ahítas de turistas y de ruidosos y coloridos cachivaches, estos nombres me suenan más a anhelo o a forzada pose.

«Se fue a Granada en busca de silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad», escribe Juan Ramón Jiménez en su bello retrato de Manuel de Falla (Españoles de tres mundos –Losada, 1940—). En él se recrea en el apacible atardecer contemplado desde el otero de la Antequeruela Alta, la casa del músico junto a la Alhambra, y, en el autorretrato que incluye en esa obra, el poeta onubense confiesa haber «mendigado el silencio». Pero, ¡ay!, ¿quién hallaría hoy silencio y sosiego –«la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora»–, armonía y eternidad en una ciudad turística? El silencio, como el vacío y la soledad, son infravalorados en una sociedad tan mercantilizada y poblada de seres ávidos por poseer objetos y por vivir exclusivas experiencias inmersivas, que, sin embargo, se reducirán a una inmersión en adocenados grupos de veinte o más. Experiencias, por otra parte, que, más que vivir para sí, fotografiarán para otros y verterán a una red atestada ya de basura virtual, alimento infecto para una IA cada vez más artificial y menos inteligente, menos creativa y más servil.

¿A qué suena hoy una ciudad como Granada? A gritos, a chicharreantes ritmos con un fondo de voz inarticulada e ininteligible –¡por fortuna!—; a masa arrastrando los pies, a motores deprisa, a terraza atestada, a plaza okupada por veladores… Pero, veamos qué sucede en su entorno, al este, lejos de las autovías de circunvalación, en el camino del Avellano. ¿Cómo suena aquí el amanecer? Junto a la acequia real, varias veces centenaria, que discurre encaramada en el Cerro del Sol, tomo asiento en un promontorio. Desde aquí contemplo el barrio del Sacromonte, el valle de Valparaíso y el camino que dio nombre a la legendaria cofradía artística y literaria fundada por Ángel Ganivet en 1895. Hacia poniente, asoma el geométrico tejado del cimborrio de la Catedral. Cierro los ojos para oír (y oler) mejor esta fresca mañana de verano. Por suerte, el Cerro tapa en parte el permanente rugido de fondo, el grito ronco de la ciudad y de sus hiperventiladas circunvalaciones. Bajo el protector velo de la fragancia mentolada que me ofrece un grupillo de pinos carrascos, predomina el serenante rumor del modesto río Darro, precipitándose desde Jesús del Valle hacia el paseo de los Tristes, tras serpentear bajo las zambras del Sacromonte. Oigo también el ladrido de un perro y el canto de un gallo. Y el trino desangelado y lejano de los abejarucos, el grito desafinado de un arrendajo al que replica el no menos atiplado de las urracas. Un autillo, con su melancólico “tiu”, monocorde y regular, un verderón, una paloma torcaz y el silbo grave y resonante, ecóforo, de una pareja de oropéndolas, cuyo plumaje, de intenso amarillo, relampaguea abajo, entre las adelfas, los almeces y los álamos negros y blancos que sombrean y ocultan la amenísima ribera, van componiendo la música de esta habitada cárcava. La mañana se va abriendo camino y las campanas de la abadía acaban de dar las ocho, mientras el vuelo de una abeja zumba en mi oído izquierdo. ¿Es esto el silencio? No. De hecho, hablamos de entre 28 y 34 decibelios de intensidad sonora, pero sí reconozco la música callada, la soledad sonora evocada en los conocidos versos del místico de Fontiveros, escritos a escasos metros de este lugar, en el Convento de Santos Mártires de Carmelitas Descalzos, hoy un carmen visitable. 

En 1952, el filósofo Max Picard (El mundo del silencio) definía el silencio como continuidad y como apertura de la realidad misma. Podemos afirmar que el silencio es lo originario y actúa como pegamento de nuestro ser y del mundo, ambos fragmentados, como puente entre los dos. El silencio y el vacío constituyen la “sustancia” donde puede manifestarse un sonido –un lenguaje— y una realidad, respectivamente.

El silencio es también un elemento constitutivo de la música, el marco de toda composición musical, por cuanto esta comienza y termina en él marcando los ritmos y el tempo. La presencia e intensidad de los silencios dan carácter a la obra. En este mismo año de 1952, John Cage creó 4’33’, una pieza musical vanguardista en tres movimientos. Durante la interpretación, el músico permanece quieto y en absoluto silencio ante el piano y la partitura durante esos cuatro minutos y treinta y tres segundos. El instrumento callado muestra el valor del silencio y, al mismo tiempo, que el silencio absoluto no existe, pues se escuchan los latidos, las toses, el murmullo del público, o bien el viento, el repicar de la lluvia o el eventual sobresalto de un claxon o de una rugiente y siempre inoportuna motocicleta[2].

Asimismo, el silencio es hoy el lujo de las bibliotecas. Me gusta acudir a ellas, ver allí tantos humanos, la mayoría jóvenes –la mayoría, chicas—, callados y recogidos en un libro, unos apuntes o –cada vez más— una pantalla. ¡Bello espectáculo que me devuelve el optimismo! El libro constituye, de por sí, un reclamo de silencio. Quien está con su mirada fija en un libro abierto lo exige sin pronunciar palabra. No sucede lo mismo con la pantalla, pues, mientras aquel es, con frecuencia, una ventana abierta hacia nuestro propio interior, las pantallas poseen por lo regular una fuerza centrífuga que nos arroja hacia fuera y nos descentra. También suelen ser silenciosos mis sueños, señal inequívoca del agotamiento acústico de mi cerebro.

Mística y metafísica del silencio

         En las tradiciones filosófica, mística y poética españolas, hay también una intensa reflexión en torno al silencio mental, necesario para lograr una humana existencia: más allá del silencio físico, está el silencio como origen, como vacío o vaciamiento interior, como quietud, apertura, pausa y reposo –sin más finalidad pretendida— ...

(LEER EL ARTÍCULO COMPLETO EN LA VENTANA DE ABAJO)



[1] En las aulas del último centro donde enseñé filosofía, aun cuando los alumnos guardaran silencio, persiste un ruido de fondo permanente de entre 55 y 60 decibelios, que se dispara a 80 o más en los cambios de clase o en el recreo. Aguantar eso durante seis horas y media cada día de la semana es nocivo, además de perturbar seriamente cualquier concentración y afectar a la labor docente y a la convivencia. Téngase en cuenta, además, que la escala que mide la intensidad del sonido es logarítmica, de modo que un ruido de 60 dB no es el doble de otro de 30 dB, sino varias veces más.

[2] El intérprete marca el inicio de cada uno de los tres movimientos con un gesto vigoroso con el brazo y el dedo índice extendido. El brazo permanece levantado mientras dura la interpretación de cada movimiento. Al finalizar, lo baja y abre la tapa del teclado, que queda así durante la pausa del intervalo, volviendo a cerrarla para iniciar el siguiente movimiento. En su estreno el 29 de agosto de 1952 en Nueva York, el público, a pesar del reciente precedente de la música atonal, no toleró con buen ánimo esta confrontación descarnada con el silencio. Cage, que se declaraba seguidor de la meditación del budismo zen, refiere este chascarrillo en “El futuro de la música: credo” (1937): «En Japón, un joven organizó sus asuntos para poder viajar a una isla lejana con el fin de estudiar Zen con cierto maestro durante un periodo de tres años. Al final de los tres años, como no creía haber logrado nada, se presentó al maestro y le anunció su marcha. Éste le dijo: “Has estado aquí tres años. ¿Por qué no te quedas tres meses más?” El estudiante aceptó, pero al final de los tres meses aún no creía haber hecho avance alguno. Cuando le dijo otra vez al maestro que se marchaba, éste le replicó: “Mira, has estado aquí tres años y tres meses. Quédate tres semanas más”. El estudiante lo hizo, sin éxito. Cuando le contó al maestro que no había sucedido absolutamente nada, éste dijo: “Has estado aquí tres años, tres meses y tres semanas. Quédate tres días más, y, si al final de ese tiempo no has sido iluminado, suicídate”. Hacia el final del segundo día, el estudiante fue iluminado». (John Cage: Silencio. Conferencias y escritos. (1961) Traducción de Marina Pedraza. Madrid: Árdora Ediciones, 2018, p. 6).

 

Leer el artículo completo aquí:

Más sobre el silencio: LA MÚSICA CALLADA, LA SOLEDAD SONORA

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lunes, 31 de agosto de 2026

El silencio: breve antología de textos de María Zambrano

        Los textos aparecen en orden cronológico. 

    «Consumido lo psíquico, consumido también lo moral, el alma del místico queda vacía, en obscuridad y silencio. Sólo vive la voracidad amorosa que puede ya salir “sin ser notada”. ¿Adónde sale? Parece que sólo la muerte será el término de esta salida; pero no es así. Aunque parezca imposible, existe un medio entre la vida y la muerte; San Juan nos muestra que se puede haber dejado de vivir sin haber caído en la muerte, que hay un reino más allá de esta vida inmediata, otra vida en este mundo en que se gusta la realidad más recóndita de las cosas» (“San Juan de la Cruz”, 1942).

      «La mística, realización de la vida personal. San juan de la Cruz: Vida y camino. La noche oscura. Unidad de la naturaleza y la gracia en el Cántico espiritual. ¡La mística, realización de la vida personal! Siempre había gustado de la mística. Manantial. Cuando me adentré en la Filosofía, todo parecía callar. La Filosofía hace el silencio» (Carta de junio de 1944).

     «La verdad necesita de un gran vacío, de un silencio donde pueda aposentarse» (Hacia un saber sobre el alma, 1950).

     «Sin pausas y sin silencio no hay palabras. El grito procede de lo lleno» (El sueño creador, 1965).

      «El silencio revela al corazón en su ser (…) La mayor prueba de la calidad de este silencio revelador es el modo en que el tiempo pasa sin sentir» (Claros del bosque, 1977).

      «El silencio es la nota dominante de esta aceptada soledad (…) y que florece bajo la música que se escucha enteramente. Es el silencio que acalla el rumor interior de la psique y el continuo parlar de ese personaje que llevamos dentro, y que la exterioridad ha ido formando a su imagen y semejanza: banal, discutidor, contestatario (…) guardián del yo socializado (…) el que no puede quedarse callado» (Claros del bosque).

      «El alba es anunciada por un específico silencio, por un silencio revelador que la inquietud del que aguarda o espera siente como inminencia, “ya llega, ya está llegando”. Y el condenado a morir (…) lo sentirá en forma intrascriptible (…) El nec spe nec metu (“sin esperanza ni miedo”) estoico alcanza aquí su sentido (…) Si se está libre de los dos (…) se escucha el silencio incomparable» (De la Aurora, 1986).

   «La llama solo pide ser contemplada en silencio. El silencio en que la extensión de las representaciones e imágenes, de las palabras, el avasallador y huidizo río de las “vivencias”, se detiene. Se hace así la quietud límpida, dorada. Y se crea lentamente al principio, imperceptiblemente, un espacio de trasparencia entre la mirada y su objeto, entre el contenido de la visión y el ver mismo. Se hace así la visión traslúcida, y la llama queda pura, como un elemento sin avidez, que se ofrece a lo oscuro, quedando intacta» (De la Aurora).

      «De la razón poética es muy difícil, casi imposible, hablar. Es como si hiciera morir y renacer a un tiempo; ser y no ser, silencio y palabra, sin caer en el martirio ni en el delirio que se apodera del insomnio del que no puede dormirse, solamente porque anda a solas. ¿La llamaríamos desamparo? Tal vez» (Notas de un método, 1989).

      «Siendo los seres perfectamente dichosos, solo en la hondura de la desdicha se hacen presentes, se aparecen (…), corona de la condición humana, son seres de silencio» (Los bienaventurados, 1990).

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sábado, 8 de agosto de 2026

IN PRAISE (AND DEFENSE) OF SILENCE AND MEDITATION

"Silence, which is uncreated, keeps the property of the eternal."

Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio

Four twin Washingtonia palm trees in
Plaza de Gracia (Granada-Spain)

 

Silence, Value, and Virtue

In the historic center of Granada, there is a street named "Silencio" (Silence) that ends at "Escuelas" (Schools) Street. I do not believe the convergence of one into the other is accidental, as study requires silence: "If each of us spoke only of what we know," lamented Don Manuel Azaña, "a great silence would fall, which we could all use to start studying"[1]. Both streets neighbor the Faculty of Law, a former 16th-century Jesuit college. Many other Andalusian cities have paid tribute to silence in their street maps: Cádiz, Almería, Málaga, and Seville, among others. But today, in these cities blinded by dizzying illuminations and with streets packed with tourists and noisy, colorful trinkets, these names sound to me more like a longing or a forced pose.

"He went to Granada in search of silence and time, and Granada gave him an abundance of harmony and eternity," writes Juan Ramón Jiménez in his beautiful portrait of Manuel de Falla (Españoles de tres mundos – Losada, 1940). In it, he delights in the peaceful sunset observed from the hillock of the Antequeruela Alta, the musician's house next to the Alhambra. In the self-portrait included in that work, the poet from Huelva confesses to having "begged for silence." But, alas, who could find silence and quiet today—"the quiet night / alongside the risings of the dawn"—harmony, and eternity in a tourist-laden city? Silence, like emptiness and solitude, is undervalued in a society so commercialized and populated by beings eager to possess objects and live exclusive immersive experiences—which, nevertheless, reduce down to immersion in ordinary groups of twenty or more. Experiences that, rather than being lived for oneself, will be photographed for others and poured into a network already crammed with virtual garbage: toxic food for an AI that grows increasingly artificial and less intelligent, less creative, and more servile.

What does a city like Granada sound like today? Shouts, sizzling rhythms against a background of an inarticulate and unintelligible voice—fortunately!—the foot-dragging crowd, speeding engines, packed terraces, squares occupied by outdoor dining tables... But let us see what happens in its surroundings, to the east, far from the ring roads, along the Avellano path. How does the dawn sound here? Beside the centuries-old Royal Canal, perched on the Cerro del Sol, I take a seat on a promontory. From here, I contemplate the Sacromonte neighborhood, the Valparaíso valley, and the path that gave its name to the legendary artistic and literary brotherhood founded by Ángel Ganivet in 1895. To the west, the geometric roof of the Cathedral’s lantern tower emerges. I close my eyes to better hear (and smell) this fresh summer morning. Fortunately, the hill partially muffles the permanent background roar, the hoarse scream of the city and its hyperventilating ring roads. Beneath the protective veil of menthol fragrance offered by a small cluster of Aleppo pines, the soothing murmur of the modest Darro River prevails, rushing from Jesús del Valle toward the Paseo de los Tristes after winding under the zambras of Sacromonte. I also hear a dog barking and a rooster crowing. There is the faint, distant warble of bee-eaters, the discordant cry of a jay answered by the no less high-pitched screech of magpies. A Scops owl with its monotonous, regular, melancholy "tiu," a greenfinch, a wood pigeon, and the deep, resonant whistle of a pair of orioles—whose bright yellow plumage flashes below among oleanders, hackberries, and black and white poplars shading and concealing the pleasant riverbank—gradually compose the music of this inhabited ravine. The morning makes its way, and the abbey bells have just struck eight, while the flight of a bee buzzes in my left ear. Is this silence? No. In fact, we are talking about sound intensity between 28 and 34 decibels; yet I recognize the silent music, the sounding solitude evoked in the famous verses of the mystic from Fontiveros, written just a few meters from this place at the Convent of the Discalced Carmelites of the Holy Martyrs, today a visitable carmen.

In 1952, philosopher Max Picard (The World of Silence) defined silence as continuity and the opening of reality itself. We can affirm that silence is the original state and acts as a glue for our being and the world—both fragmented—serving as a bridge between the two. Silence and emptiness constitute the "substance" wherein sound (a language) and reality can respectively manifest.

Silence is also a constitutive element of music, the framework of every musical composition, in that music begins and ends within it, defining rhythms and tempo. The presence and intensity of silences give character to the work. In that same year of 1952, John Cage created 4′33″, an avant-garde musical piece in three movements. During its performance, the musician remains still and in absolute silence before the piano and score for those four minutes and thirty-three seconds. The silent instrument shows the value of silence and, at the same time, demonstrates that absolute silence does not exist, as heartbeats, coughs, the audience's murmur, or the wind, patter of rain, or sudden startle of a horn or roaring, always inconvenient motorcycle are heard[2].

Likewise, silence today is the luxury of libraries. I like to visit them, to see so many humans there—mostly young, mostly women—silent and absorbed in a book, notes, or, increasingly, a screen. A beautiful sight that restores my optimism! A book inherently demands silence. Anyone staring at an open book demands it without uttering a word. The same does not happen with a screen; while the book is often an open window into our inner selves, screens generally possess a centrifugal force that throws us outward and unseats our focus. My dreams are usually silent too—an unmistakable sign of my brain's acoustic exhaustion.

There is a negative physical silence that is merely the absence of noise. And there is also a silence imposed as a gag: the one expressing the cry of "Silence, silence I said! Silence!" with which Bernarda Alba closes Lorca’s tragedy. It is the sad silence caused by fear and absence: "And silence grows larger in silence", whispers a verse by Mari Luz Escribano. Not the desired, conquered, and joyful silence, but that born of pain over the tragic absence of victims of intolerance, or that which was imposed upon them as a renewed disgrace after the Spanish Civil War. Alongside this, a toxic, cowardly, and complicit silence often nests, acting as an enabler and bystander.

Yet silence is also fullness and presence—of reality, and of oneself within it. The Navarrese poet and musicologist Ramón Andrés argues that it is, above all, a creative substance. He adds that villages open up the space of inner silence better because, unlike cities, they have plenty of scene and very little set.

The Benedictine Pedro Ponce de León (1506–1584)—creator of the first sign language for deaf-mute individuals and founder of the first school for them at the Monastery of San Salvador de Oña (Burgos-Spain)—bears witness to the creative value of silence in our tradition. Ponce drew inspiration from the sign codes used in his monastic order to avoid breaking the silence imposed by the Rule of Saint Benedict, establishing the earliest known foundation for an international sign language system. However, it was not until 1620 that Juan de Pablo Bonet, from Zaragoza-Spain, published the first surviving work on the education of the hearing impaired: Summary of the Letters and Art for Teaching Dumb People to Speak.

Nevertheless, it seems that—in the opinion of many, though I do not know if it is sufficiently verified—we Spaniards are the noisiest people in Europe, or at least among the top. One of Venice's greatest charms is that no engine roars in the extensive network of canals irrigating its historic center. Furthermore, in its bars as well as most of its alleys and squares, using sound amplifiers is prohibited. For me, it is one of the main attractions of that city. This silence grants it an atmosphere of recollection that it still preserves despite tourist overcrowding. The contrast is brutal when moving from Venice to Florence, a city overwhelmingly occupied by internal combustion engines.

I believe that, without denying the serious harm caused by noise in Spanish cities, it is a global problem. Identifying it strictly with Spain stems from another stereotype pinned on us (like punctuality issues or low labor productivity), born of the easy network spread of hoaxes that particularly affect countries that, like ours, have been global tourist destinations for decades. Rigorous studies debunk these cliches time and again, yet they continue to echo among us and even more among our visitors.

The noise pollution ravaging our streets, private homes, schools, and hospitals forms part of a totum revolutum alongside air pollution that sickens our lungs, light pollution that muddies our night skies, and visual pollution that exhausts our gaze with colorful, luminous advertisements of every kind cluttering squares, streets, or stations, as though empty space were a true curse. This follows Aristotle's belief that nature abhors a vacuum—an exceptional sage who left behind profound truths alongside some major nonsense, such as asserting that people born deaf lack ideas and are therefore incapable of thought (History of Animals).

Neighborhood associations against the plague of noise are emerging in cities—the case of Granada is notable—but our mayors usually ignore them. They favor distraction and dizzying civic amusement, expressed through thunderous parties and celebrations ("events", as they are now called) or noisy restaurant terraces with minimal regulatory oversight.

How different that May 5, 1929, must have been! A banquet was being held at the Hotel Casino Alhambra Palace for the premiere of Mariana Pineda at the Cervantes Theatre in Granada, starring Margarita Xirgu. Manuel de Falla, Fernando de los Ríos, Antonio Gallego Burín, Ángel Barrios, José María Rodríguez Acosta, Manuel Fernández Montesinos, Hermenegildo Lanz, and Gómez Arboleya attended. In his speech, Federico said: "Now, more than ever, I need the silence and spiritual density of the Granada air to sustain the duel to the death I am fighting with my heart and with poetry." It was a different Granada, where silence constituted a precious trait of its urban identity.

 

Mysticism and metaphysics of silence

In Spanish philosophical, mystical, and poetic traditions, there is also intense reflection on mental silence, which is necessary to achieve a human existence. Beyond physical silence lies silence as origin, as inner void or emptying, as stillness, openness, pause, and rest—with no further intended purpose—but also as a necessary condition for an attitude of listening toward others (one's neighbor), toward the other (the non-human), and toward oneself. There is, then, an inner silence that is absolutely unproductive, awaiting nothing, without object, and even lazy—therein lies its very excellence—but also a proactive silence, no less necessary: a silence of listening.


(READ THE FULL ARTICLE IN THE WINDOW BELOW)



[1] In the classrooms of the last school where I taught philosophy, even when students kept silent, a permanent background noise of between 55 and 60 decibels persisted, jumping to 80 or more during class changes or recess. Enduring that for six and a half hours every day of the week is harmful, seriously disrupting concentration, teaching, and coexistence. Furthermore, note that the scale measuring sound intensity is logarithmic, meaning a noise of 60 dB is not twice as loud as one of 30 dB, but several times greater.

 

[2] The performer marks the beginning of each of the three movements with a vigorous gesture of the arm and extended index finger. The arm remains raised for the duration of each movement. Upon finishing, the performer lowers it and opens the keyboard lid, which remains open during the interval pause, closing it again to start the next movement. At its premiere on August 29, 1952, in New York, the audience—despite the recent precedent of atonal music—did not tolerate this stark confrontation with silence warmly. Cage, a self-declared follower of Zen Buddhist meditation, relates this anecdote in "The Future of Music: Credo" (1937): "In Japan, a young man arranged his affairs to travel to a distant island to study Zen with a certain master for a period of three years. At the end of the three years, believing he had accomplished nothing, he went to the master and announced his departure. The master said to him: 'You have been here three years. Why don't you stay three months more?' The student agreed, but at the end of the three months, he still felt no progress. When he told the master again that he was leaving, the master replied: 'Look, you have been here three years and three months. Stay three weeks more.' The student did so, without success. When he told the master that absolutely nothing had happened, the master said: 'You have been here three years, three months, and three weeks. Stay three days more, and if by the end of that time you have not been enlightened, commit suicide.' Toward the end of the second day, the student was enlightened." (John Cage: Silence: Lectures and Writings (1961). Spanish translation by Marina Pedraza. Madrid: Árdora Ediciones, 2018, p. 6).


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miércoles, 5 de agosto de 2026

Granada también tiene tortugas

 

"Monumento a la emigración" (2018)
(Balbino Montiano Benítez)
     Con el grupo escultórico en bronce que aparece en la imagen, obra de Balbino Montiano Benítez, y que fue colocado en 2018 frente a la estación de RENFE de Granada, la ciudad rinde homenaje a los 60.000 granadinos que, a lo largo de los años 1960 y 1970, emigraron desde la España franquista en busca de una vida mejor con condiciones laborales más dignas, con libertades y derechos, a países europeos como Francia, Bélgica, Suiza y Alemania. También se dirigieron al País Vasco y a Cataluña. Aquí fueron alojados en ciudades-dormitorio de la periferia, como Santa Coloma de Gramanet --en infraviviendas ubicadas en calles sin iluminación y sin asfaltar según me contaba un hermano de mi madre--, y en barrios como Torre Baró, donde se desarrolla la trama de la película El 47Nuestros padres, tíos y abuelos, a los que, por el caparazón de sus pertenencias a cuestas, llamaban los "tortuga" --título de la película de Belén Funes de 2024 ambientada en Marmolejo (Jaén)--, fueron víctimas entonces del desprecio de algunos y de los mismos discursos xenófobos que ahora oímos bramar a grupos políticos como Aliança Catalana, VOX o Se acabó la fiesta.


    Pero lo más llamativo de esta amnesia de muchos es que, todavía hoy, Andalucía, y Granada en particular, sigue siendo tierra de emigrantes: cada septiembre 8.000 granadinos --de un total de 15.000 andaluces-- acuden a la vendimia francesa en busca de un trabajo que aquí no encuentran. Así lo podemos leer en un informe sindical que recoge el medio Granada Hoy. 

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martes, 28 de julio de 2026

Retrato (irreverente y con retranca) de don Miguel de Unamuno

Relijiosidad (sic) de Unamuno (Por Juan Ramón)

Blog de la Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes
La relijiosidad de Unamuno es muy sencilla; está dicha en dos palabras: Miguel de Unamuno se creía y se tenía por dios, un dios español, desde luego, con dominio también en África. Por lo menos se quería dios. Muchas veces, y según los instantes, se consideraba superior a dios y a sí mismo, ya que, siendo superior a sí mismo y creyéndose dios, era superior a dios. Unamuno tenía a dios consigo en todas partes: el periódico, la clase, el Ateneo, el café, el tranvía; tenía a dios al brasero, en la camilla. En eso también se parecía mucho a Santa Teresa.

Nadie ha llevado a dios a todas partes más que él, porque el dios de Unamuno no era un dios de sala ni de iglesia, era un dios de cada instante, con todas las necesidades divinas y humanas. Por eso Unamuno le hablaba a dios a veces como ánjel, a veces como un carretero. Y lo invitaba a comer chorizo.

No sé si de ningún escritor ni poeta para quien dios haya sido más que para Unamuno, ni más diverso. Lo une consigo mismo a cada hora como un familiar o un huésped. Más que la misma Santa Teresa. Y lo usa a su gusto como Santa Teresa también. Hace de él simultáneamente un dios, un rey, un señor, un amigo, un padre, un hijo, un hermano, un enemigo, y lo ensalza, lo insulta, lo rebaja, lo abraza, lo separa. Para que no se le olvide, lo lleva colgado al pecho en una cruz que fue de su hermana, el Cristo de su hermana, de 30 centímetros de largo, que le molesta y le pesa.

Yo le dije una vez a Unamuno: “Don Miguel, si Cristo, en vez de morir en esa cruz que usted acaba de enseñarme, hubiera muerto en la horca, la guillotina o la silla eléctrica, ¡qué incómodo sería para usted llevar una guillotina, o una silla eléctrica sobre el pecho!”. Me dijo: “Cuanto más incómodo, mejor. Pero la cruz es anterior al suplicio por su forma de hombre y es anterior al hombre”. Yo le dije: “Y a dios. Sí, la cruz es anterior a dios”. Pero don Miguel no se mortificaba por humildad, sino por soberbia. Él quería aguantar más que nadie, en lo que fuera. Recuerdo lo que le dijo al dictador Primo de Rivera, cuando éste lo desterró a Fuerteventura: “Yo tengo más talento que usted, trabajo más que usted, soy más guapo que usted, conquisto más mujeres que usted”.

(…) Cuando don Miguel estaba desterrado en Francia, no podía vivir en París, porque él no podía vivir sin este dios y no encontraba a este dios, porque el dios de Unamuno era español, abruptamente español. Se lo había dejado en casa, con su familia; y el que llevaba al pecho no le servía más que para sentir la distancia y la falta de presencia de un dios que entraba en su casa como un hombre y del que necesitaba la “presencia y la figura”. Cuando quiso hacer su poema con él, lo eligió en Velázquez como el retrato del suyo, del hombre corriente superior que era para él, y para que los otros lo “vieran”. No elijió un Cristo medieval ni el Cristo de Goya que es casi femenino.

La familiaridad de Unamuno con Cristo es como la de Santa Teresa, también excesiva, sólo que en Santa Teresa se resolvía sólo en amor y en Unamuno en pelea, muchas veces. Para Santa Teresa Cristo era un novio, un amante y sólo para ella, aunque lo disimula. Para Unamuno, un yo contrario y para todos. Gran cosa hubiera sido que Unamuno y Santa Teresa, vecinos en sus dos provincias –Ávila, Salamanca— y hoy huesos muy cerca bajo tierra, se hubiesen conocido. Qué cosas hubiera escrito Unamuno de Santa Teresa y qué cosas hubiera escrito Santa Teresa de Unamuno. Son los dos hermanos de nuestro Don Quijote, porque Santa Teresa fue en todo la mujer quijote española: idealista y andariega de caminos, como Unamuno.

La conocida frase del injenioso Cocteau epigramático del “boulevard” parisién: “Víctor Hugo es un loco que se creyó Víctor Hugo” se le podía aplicar a Unamuno con un lijero cambio: “Dios es un loco que se cree Unamuno”.

No sé lo que había de dios en Unamuno, pero es evidente que, al irse de nuestra España, se ha llevado de las calles mucho dios. Nos falta mucho dios con la falta de Unamuno, esto nadie lo puede negar, y en algo tendría razón, cuando es así. Sí, mucho se notará con la muerte de Unamuno la muerte de un dios en España, de un dios socrático y cristiano. Lo pondrán otra vez en los altares con traje celeste y rosa, olores de París y peinado con la permanente como les gusta a las señoras, pero no por las plazas, por los mercados con don Miguel.

(Juan Ramón Jiménez: Españoles de tres mundos (1914-1940), Barcelona: Visor Libros, 2009. --Primera edición: Buenos Aires: Losada, 1942--)

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viernes, 17 de julio de 2026

Panorama de la educación en España III: presencia de la religión en la escuela pública (III de III)

 (Viene de «PANORAMA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA I (Informe OCDE 2025): PRESENTACIÓN»)

©El Roto-El País, 18-07-2026
Tras este repaso a algunos de los resultados más destacables del sistema educativo español en relación con otros países de la OCDE, queremos preguntarnos ahora por un elemento muy importante y distorsionador de los objetivos de la enseñanza pública, tanto en sus etapas obligatorias como postobligatorias: ¿Qué ocurre con la religión? ¿Sigue la catequesis –católica, musulmana, evangélica y judía— en el currículo oficial de la educación pública española? Y los acuerdos preconstitucionales con el Estado Vaticano, ¿siguen en vigor? La respuesta a ambas cuestiones es que sí.

Hace veintisiete años, escribí esta carta al director de El País:

«Mi hijo empieza este año a cursar primaria en un colegio público: su aula está presidida por un crucifijo como en los rancios tiempos de El florido pensil. Quienes, como él, no opten por recibir religión y moral católicas, se verán obligados durante el tiempo en que la Iglesia utiliza las instalaciones del colegio y el dinero público para expandir sus doctrinas, a rellenar este hueco semanal en su horario de cualquier manera, pues en algunos colegios no hay nada programado como alternativa o, contando con la buena voluntad de algún maestro, recibirán algún taller de ajedrez o algo similar. ¿Por qué no se impone la sensatez y se imparten las doctrinas fuera del horario lectivo, impulsándose una materia de formación religiosa común para todos los alumnos, que afronte el hecho religioso en toda su diversidad?

La próxima primavera, volverán las fiestas religiosas y, con ellas, las procesiones de santos y vírgenes acompañados por ayuntamientos de todos los colores políticos, con su alcalde, provisto siempre de los símbolos del poder, a la cabeza de estas comitivas cívico-religiosas. Y si nos perdemos algo, nuestra cadena pública autonómica nos tendrá puntualmente informados del fervor mariano allá donde surja. Tanta grosería debe ofender también a los creyentes no adocenados. ¿Dónde está el respeto a las minorías? ¿Es España un estado laico?» (El País. Cartas al director, 20 de octubre de 1999)

 ¿Qué ha cambiado cuando han pasado casi treinta años y nuestra democracia se acerca a la cincuentena?

La enseñanza de la fe religiosa católica, judía, evangélica o musulmana por parte de ministros –sean un sacerdote, un rabino, un pastor, un mulá, o cualesquiera otras personas designadas por las autoridades religiosas— sigue estando presente en el currículo oficial y, por consiguiente, sigue impartiéndose tanto en colegios e institutos públicos como privados-concertados, sostenidos también con fondos públicos. Esto supone que quienes no desean recibir ese tipo de doctrinas, deben ocupar ese tiempo del horario semanal –una hora, al menos— en contenidos de otro tipo, que no serán curriculares –como mucho, formación en valores cívicos—, dado que esas autoridades religiosas también se meten en cuáles deben ser los temas abordados en esa asignatura alternativa. Por otra parte, el Estado español es quien abona las nóminas de estos “profesores” –catequistas, más bien— al servicio de una opción ideológica personal, como es la fe o creencia religiosa. Esto supone una grave anomalía en el sistema educativo español en relación con la mayoría de los sistemas de los demás países europeos; no solo Francia –un país que protege la laicidad como valor constitucional esencial—, sino incluso en un estado teocrático como es el caso del Reino Unido.

En España, como venimos denunciando desde hace más de treinta años, son los Acuerdos con el Vaticano los que amparan esta situación educativa anómala. Pero, además, tales acuerdos sancionan otras muchas prerrogativas que suponen una clara discriminación positiva hacia la Iglesia católica en detrimento de otras asociaciones, colectivos u opciones ideológicas: por ejemplo, que sus edificios no paguen el IBI, aun tratándose de negocios como un hotel o un párking público con más de 200 plazas –es el caso de los aparcamientos que, en las calles Sócrates y Pedro Antonio de Alarcón de Granada, explotan desde hace años dos colegios religiosos—. O que el Estado abone las nóminas de miles de capellanes del ejército y hospitales. O que la Iglesia católica se sirva cada año del personal y los recursos de la Agencia Tributaria para recaudar parte de sus fondos a través de la declaración del IRPF.

Desde los primeros años 2000, asociaciones como “Pi i Margall por la Escuela Pública y Laica” --que fundamos en Motril un grupo de madres, padres y educadores, y tuve el honor de presidir-- o “Europa Laica”, han expresado su argumentada y justa protesta por esta situación que vulnera la neutralidad de un Estado democrático aconfesional como debe aspirar a ser el nuestro. Han denunciado también esos acuerdos preconstitucionales –pues, aunque fueron aprobados en los primeros días de enero de 1979, tras el referéndum constitucional de diciembre del 1978, fueron negociados y redactados previamente, recogiendo beneficios y privilegios que han sido señalados como inconstitucionales por parte de expertos constitucionalistas como Gregorio Peces Barba, uno de los siete padres de nuestra ya achacosa Carta Magna—.

A un Estado democrático le debe preocupar la formación en valores éticos y cívicos de sus miembros, pues necesita ciudadanos racionales y libres, respetuosos con las normas y con los derechos humanos universales, conscientes de la importancia del respeto a la vida animal y al medio ambiente, y capaces de un desarrollo personal satisfactorio, lo que incluye también una educación para la salud corporal y mental. Se trata de valores fundados en la racionalidad común, compartida, alcanzados a través del diálogo y el consenso. Sin embargo, los valores (¿antivalores?) que las religiones puedan difundir es algo que, a un Estado de derecho debe resultarle, cuando menos, indiferente y, en algunos casos, hasta peligroso y perseguible por su frecuente carácter xenófobo, intolerante, iliberal, supremacista, supersticioso, violento, machista, homófobo, y un largo y tenebroso etcétera. Sí debe garantizar, por el contrario, una educación cívica para todos, basada en esos valores compartidos a que hemos aludido.  

En la última reforma educativa llevada a cabo por la ministra Celáa (PSOE), bajo la presidencia de Pedro Sánchez –LOMLOE, 2020—, aunque la religión deja de contar para la promoción de curso y para el cálculo de la calificación de cara a la obtención de becas o ingresos en estudios superiores –¡faltaría más!—, sin embargo, sigue gozando de esa presencia en el currículo y en el horario semanal al que antes aludíamos, permaneciendo al mismo tiempo como una asignatura evaluable más. Aunque el Estado dejó en manos de las autonomías la decisión de dónde ubicar la religión en el horario semanal, la realidad es que seis años después la religión sigue presente en los 12 cursos de la enseñanza primaria y secundaria –ESO y Bachillerato— con, al menos, una hora semanal. Esto supone un total de ¡¡450 horas!! de religión a lo largo de la enseñanza básica (1).

Sólo cabe decretar la salida del adoctrinamiento religioso del currículo y su sustitución por una formación en historia de las religiones impartida exclusivamente por personal funcionario público con la formación universitaria adecuada. 

(1) Si, a poco más de un año de que nuestra democracia se convierta en una madura señora de cincuenta años, no hemos sido capaces aún de revisar los Acuerdos con el Vaticano --que son sustancialmente los mismos que firmó en los años cincuenta el dictador Franco--, ni de suprimir el adoctrinamiento religioso en la aulas, ni de darnos una necesaria Ley de libertad de conciencia que permita evitar el espectáculo bochornoso de artistas y humoristas llevados al juzgado por un trasnochado delito de ofensa a creencias sacrosantas, ni tampoco hemos sido capaces de abordar reformas constitucionales tan profilácticas como la supresión de la inviolabilidad e irresponsabilidad del monarca-Jefe del Estado; ni de impedir la impunidad de jueces que hacen política; ni tan siquiera de plantear de una vez la necesidad de un referéndum sobre el modelo de Estado que desean la mayoría --república o monarquía--; y si, además, todo esto sigue sucediendo después de más de ocho años de un gobierno de coalición de izquierdas, entonces podemos concluir que hay graves motivos de preocupación en torno a la salud democrática de nuestro país. 

(Para leer "Panorama de la educación en España 2012", clicar AQUÍ

(Para leer más sobre Religión en las aulas, clicar AQUÏ)

www.filosofiaylaicismo.com

Panorama de la educación en España II (Informe OCDE 2025): resultados comparativos (II de III)

(Viene de PANORAMA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA I (Informe OCDE 2025): PRESENTACIÓN)

2.En 2023, la tasa de repetición en educación primaria (1,1%) es menor que en la OCDE (1,4%), igualando la de la UE. En la primera etapa de secundaria, la repetición ha descendido desde 2015 del 10,1 % al 7,0 %, aunque aquí sí superamos ampliamente el porcentaje medio de repetición de los países de la OCDE (2,5%) y de la UE (2,3%).

3.En la OCDE, la mayoría del alumnado de secundaria (90%) cursa programas que permiten acceder a educación terciaria. En España, este porcentaje se reduce al 59%, dada la variedad de itinerarios (4.º ESO, FP Grado Básico, EOI,…)

4.En España, el 42 % de la población adulta ha alcanzado el nivel de educación terciaria (universitaria o ciclos formativos superiores) en 2024, porcentaje superior a las medias de la OCDE y la UE25. Entre 2010 y 2024 el incremento ha sido de 11 puntos porcentuales.

5.A lo largo de los últimos catorce años, el porcentaje de personas adultas que posee la primera etapa de educación secundaria como máximo nivel de estudios ha decrecido en la mayoría de los países de la OCDE, especialmente en aquellos que partían de una situación menos favorable. En España, ha pasado del 47,1 % en el año 2010 al 34,7 % en el 2024. Sin embargo, a pesar de esta mejoría, la cifra sigue quedando alejada de las medias de la OCDE (18,5 %) y de la UE25 (15,5 %). Respecto a 2010, España ha reducido este porcentaje en 12,4 puntos porcentuales.

6.La proporción de población con educación terciaria en España (42,3 %) se sitúa ligeramente por encima del nivel de la OCDE (41,9 %) y es un porcentaje más elevado que en la UE25 (38,6 %). En los tres casos, entre 2019 y 2024 se ha producido un claro incremento de la población adulta que ha alcanzado el nivel de educación terciaria, que en España ha sido de 3,7 puntos porcentuales, en la media OCDE de 4,0 puntos y UE25 de 2,2 puntos porcentuales más.


7.Tras varios cursos en los que la tasa de bruta de graduados en Bachillerato y Ciclos Formativos de Grado Medio apenas variaba, los últimos datos apuntan a un ligero crecimiento que está favoreciendo un mayor equilibrio en el nivel de educación de la población adulta española. La tasa bruta de graduación en los ciclos formativos de grado medio ha pasado del 22,9 % en 2017-18 al 27,7 % en 2022-23.

8.La configuración de titulaciones en educación terciaria se decanta por los estudios científico-técnicos, debido tanto a la demanda en los sectores técnico, empresarial y sanitario, como a unas preferencias formativas orientadas a estudios con mayores perspectivas de empleabilidad y estabilidad laboral, en detrimento de campos como las humanidades o las ciencias sociales.

9.La escolarización tiende a disminuir con la edad. Aun así, entre los 15-19 años, las tasas siguen siendo elevadas. En 2023, la tasa de escolarización en España fue del 87 %, por encima de la media de la OCDE (84 %) y en línea con la de la UE25 (87 %). Irlanda, Países Bajos y Portugal superan el 90 %, mientras que las tasas más bajas se registran en Brasil (72 %), Colombia (62 %) y México (60 %).

10.En cuanto a la segunda etapa de educación secundaria de carácter general, España alcanza una tasa de escolarización del 44 %, superior a la media de la OCDE (37 %) y de la UE25 (33 %). Pero, en los programas de formación profesional de esta misma etapa, España presenta una tasa del 15 %, inferior a la media de la UE25 (29 %) y a la de la OCDE (23 %).

11.Por género, se observan diferencias. De media, en los países OCDE, las mujeres representan el 54 % del alumnado en programas generales de segunda etapa de secundaria, frente al 45 % en programas profesionales. En España, la distribución es más equilibrada: 52 % en programas generales y 48 % en profesionales.

12.El acceso a los estudios de educación terciaria constituye un pilar fundamental para el progreso económico, la equidad social y el desarrollo sostenible. Los diferentes itinerarios existentes en este nivel educativo resultan determinantes para el futuro de los ciudadanos y para satisfacer las necesidades nacionales en lo que a las habilidades y competencias se refiere. A medida que aumenta el número de personas que accede a niveles superiores de educación, se vuelve necesario conocer el perfil de quienes optan por la educación terciaria, qué estudian y dónde lo hacen, para así diseñar políticas educativas inclusivas y con visión de futuro, junto con estrategias específicas que favorezcan la participación y el éxito de todos los grupos infrarrepresentados o en situación de desventaja. España presenta altas tasas de finalización en salud y bienestar (82 %), muy por encima de las de los estudios STEM (60 %), con una brecha superior a 20 puntos, en línea con la tendencia internacional.

13.El estudio también detecta diferencias de género en la finalización de estudios, especialmente en las áreas STEM. Aunque las mujeres representan solo el 30 % de los nuevos ingresos en estas disciplinas, en la mayoría de los contextos una mayor proporción cambia de programa o nivel antes de graduarse en comparación con los hombres. La investigación vincula este fenómeno con experiencias de aislamiento, microagresiones y una cultura dominada por hombres, así como con un menor sentido de pertenencia, factores asociados a una menor persistencia.

14.Distribución de la población española entre 18-24 años (datos de 2024): A. En educación: 60% (OCDE: 54%; UE: 58%); B. No en educación y empleada: 22% (OCDE: 32%; UE: 29%); C. No en educación ni empleada: 18% —se ha reducido 2.1 puntos desde 2019— (OCDE: 14%; UE: 13%).

15.En 2024, la tasa de empleo de personas con formación universitaria en España es del 84% (frente al 87 en la OCDE y al 89 en la UE); con secundaria postobligatoria un 74% (frente al 78 en la OCDE y al 79 en la UE); y con primaria o secundaria obligatoria un 62% (frente al 60% en la OCDE y al 57 % en la UE).

16.El gasto por estudiante en España como porcentaje del PIB per cápita –incluyendo primaria, secundaria y terciaria— es del 26.5% (frente al 25.3 y el 24.3 de la OCDE y la UE, respectivamente). Pero en términos absolutos, el gasto anual por estudiante en España medido en dólares es de 13.385, frente a los 15.023 de media de la OCDE y los 14.285 de la UE. Entre 2015 y 2022, España aumentó su gasto total en educación más que la media de la OCDE y en línea con la UE25, aunque el gasto por estudiante creció menos. El gasto público de España por estudiante de educación primaria es de 9 634 dólares y en primera etapa de educación secundaria de 11 538 dólares, por debajo de las medias internacionales de OCDE y UE25. (En 2009, España destinaba 10.094 dólares al año de gasto público por cada alumno en la educación pública.) En España hay importantes diferencias por comunidades: El País Vasco, la comunidad autónoma con mayor gasto por estudiante, invierte 2 veces más que la Comunidad de Madrid, la región con el menor gasto.

17.El porcentaje de la población entre 18-24 años que no está estudiando ni tampoco está empleada en España es del 9.2% (2024), muy superior al 5.5% tanto de la OCDE como de la UE.

18.En España (2024), la tasa de desempleo entre la población de 25-34 años con un nivel educativo inferior a la segunda etapa de secundaria fue del 21 %, una de las más altas entre los países analizados, junto con Finlandia, Grecia o Suecia. Esta tasa se reduce al 14 % entre quienes han completado la segunda etapa de secundaria, y al 9 % en el caso de quienes cuentan con educación terciaria. Esta relación inversa entre nivel educativo y desempleo también se observa en las medias de la OCDE y la UE25, aunque con tasas más bajas que las de España. En ambos casos, la tasa de desempleo es del 13 % (OCDE) y 16 % (UE25) para quienes no alcanzan la segunda etapa de secundaria; del 7 % para quienes sí la completan o finalizan la educación postsecundaria no terciaria, y del 5 % para la población con estudios terciarios.

19. En España, el 26 % de la población adulta con bajo nivel de competencia lectora participa en programas de educación o formación, frente al 73 % de quienes tienen un nivel alto. En la media de la OCDE se produce una situación similar (26 % y 70 %, respectivamente).

20. El número total de horas obligatorias de clase en primaria en España es similar a la media de los países OCDE. Pero, en la primera etapa de educación secundaria, España supera en más de 140 horas la media de la OCDE. En ambas etapas, en España hay más horas de clase al año que en la media de países de la UE25. España con 7890 horas de instrucción obligatoria (4733 en primaria y 3158 horas en primera etapa de secundaria) se encuentra por encima de las medias internacionales de la OCDE y de la UE25, en concreto 287 y 996 horas por encima, respectivamente.

21. España el número de estudiantes por docente es inferior a las medias de la OCDE y de la UE25 en las etapas educativas de educación primaria y secundaria. Únicamente en la primera etapa de educación secundaria se iguala respecto a la media de la UE25. El número medio de estudiantes por clase en los centros de primaria en España es igual a la media de la OCDE (21 estudiantes), mientras que, en la primera etapa de secundaria, España presenta un tamaño medio de la clase superior a las medias de OCDE y UE25. Entre 2013 y 2023, en España el tamaño medio de las clases en primaria se redujo en 1 estudiante, mientras que en la primera etapa de secundaria se mantuvo igual.

22. En todos los niveles educativos, el salario del profesorado en España es superior a la media de la OCDE y de la UE25. Sin embargo, el tiempo necesario para alcanzar el tramo más alto de la escala salarial es, en el caso de España, uno de los más largos entre los países de la OCDE.

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