Tienen larga tradición los glosadores en España. Así, las glosas emilianenses, de finales del siglo X o principios del XI, cuya autoría se atribuye a un monje del monasterio de Suso de San Millán de la Cogolla (La Rioja). Son anotaciones hechas en los márgenes de las páginas del Codex Aemilianensis 60 (de “Aemilianus”, “Millán” y “Emiliano”), que contiene textos de carácter litúrgico. Escritas en tres lenguas, latín, euskera y navarroaragonés, constituyen el primer registro gráfico de una lengua romance. Su finalidad era didáctica, dado que el latín, que seguía siendo lengua culta, había sido sustituido por las romances como lenguas vernáculas, las que usaba el pueblo. Servían, pues, para iluminar el oscuro significado del texto latino, aclarando a los estudiantes el sentido de algunas expresiones.
Debo confesar que, en mis lecturas, yo también soy proclive a hacer anotaciones marginales y que no puedo evitar la maestril costumbre de corregir con lápiz las erratas con las que me voy tropezando. ¡Gran misterio este de los errores tipográficos que se ocultan a la vista de un lector, por minucioso que pretenda ser en su lectura, mientras que otro los detecta de manera inmediata, al primer golpe de vista!
Hace algún tiempo, comencé a leer las Obras Completas de María Zambrano, editadas por
Galaxia Gutenberg bajo la dirección de Jesús Moreno Sanz. Un trabajo realizado
con enorme esmero y profesionalidad. Enseguida me topé con el rastro de un
petulante lector o lectora que, en un principio, me pareció minucioso, luego
quisquilloso y, por último, irritante. Utilizando una plumilla de tinta negra y
punta fina, el susodicho se había dedicado a marcar no ya las escasas erratas
del texto, sino a modificarlo a su antojo, suprimiendo aquí un artículo,
cambiando allí un adjetivo por otro o trasmutando más allá un tiempo verbal. Y
se había tomado la tarea, tan titánica como fútil y perniciosa, de hacerlo en
buena parte de los cuatro voluminosos tomos que atesora la Biblioteca Pública
de Granada de esas obras. Como cabía esperar, hallé contraglosas de lectores
indignados que me habían precedido en el funesto hallazgo: "Pero, ¿quién
eres tú para corregir a María Zambrano?", preguntaba con santa ira un damnificado. A
diferencia del pío amanuense riojano, este glosista parecía ser más bien un golfo. Las suyas no estaban motivadas por un afán pedagógico ni subsanador, sino por puro narcisismo.
Enfurecido y decidido a proseguir mis lecturas zambranianas, me propuse, al
mismo tiempo, indagar en el rastro que había dejado con tozuda regularidad
(siempre el mismo trazo negro) el inquisidor que osaba manchar los escritos de
la filósofa, ocasionando un severo daño, que bien puede calificarse como
atentado a un patrimonio público.
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| Dibujo hallado entre las hojas del volumen I de las Obras Completas de María Zambrano en la Biblioteca Pública Provincial de Granada |
Así fui avanzando y soportando mal que bien aquella hermosa tipografía emborronada, página a página, volumen a volumen, hasta que en una de mis apacibles mañanas en la sala de lectura, mi detectivesca búsqueda encontró su recompensa: entre las hojas del volumen I, apareció una octavilla conteniendo el dibujo de un rostro humano ejecutado con cierta pericia (véase la imagen adjunta y dígase si tengo o no razón). He ahí la huella olvidada, me dije. Y, llevado por la habilidad grafológica que distingue a cualquier docente con décadas a sus espaldas corrigiendo manuscritos de sus alumnos, supe sin ninguna duda que el dibujante era el perpetrador de las infames glosas.
Ya tenía dos rasgos posibles para imaginar a quien perturbaba mis lecturas (¡y vaya usted a saber si no el descanso de María!): tal vez era filósofo de formación y, de seguro, sabía dibujar. ¿Se trataría de un autorretrato?, me preguntaba.
En el dorso de la octavilla, me parecieron adivinar los rastros de un texto impreso que no llegaba a distinguir con suficiente nitidez. Lo guardé y esperé a estar en casa para examinarlo con mejor luz y la ayuda de un cristal de aumento. ¡Se trataba de un recibo de préstamo del ejemplar, donde se intuía el nombre del lector, autor del dibujo y, por tanto, perpetrador de las glosas! L.V. C. son sus iniciales. Debo mantener aquí el anonimato de la que resultó ser inquisidora por no exponerla al escarnio público. Sus apellidos no eran excesivamente comunes, por lo que los introduje en el buscador con la esperanza de que no fueran muchas quienes a ese nombre respondieran. Solo una. Ahí estaba ella, licenciada en filosofía y artista de mediana edad. No podía ser otra. Ya tenía nombre y rostro. Me dispuse entonces a contactarla (¿asumiría su culpa?, me preguntaba). No tuve éxito. Ahora, trasladaré los resultados de mis pesquisas a los responsables de la biblioteca con la esperanza de que les basten mis pruebas para amonestar a tan insólita como osada lectora… También espero que L. lea estas líneas y recapacite con contrita humildad sobre sus hábitos lectores cuando se trata de libros compartidos. Seguiré informando.
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