"Mote" es un término con un amplísimo significado y larga tradición en lengua española. Hace referencia a una sentencia o a un lema --en este sentido lo utiliza Miguel de Cervantes en la única aparición de esta palabra en El Quijote--. Asimismo, era la divisa que identificaba a los caballeros medievales en las justas.
Pero, ante todo, por mote entendemos el apodo, el seudónimo, el sobrenombre con que conocemos a alguien. Era costumbre en ciertos pueblos asignarle uno a las sagas familiares. En Andújar, Turroneros, Turbieros, Quitasiestas, Pajita, Antolines, Gatos... En todo caso, se trata de un apelativo que amenaza con desplazar y enterrar para siempre el nombre de pila, que resulta insulso y anodino frente a la particularización llevada a cabo por el ingenioso hallazgo que puede suponer un apodo.
Los protagonistas de nuestra historia también fueron objeto de ese ingenio, tan malicioso como lúcido, a veces: la Loca, el Hechizado, el Empecinado, el Felón, la Frescachona, Cametes, Paca la Culona, o el Campechano y su hijo el Preparao son algunos de los apodos con los que han pasado a la historia de España --o acabarán haciéndolo-- algunos de sus monarcas y dictadores.
Recuerdo lo frecuentes que resultaban los motes en mi cole de principios de los setenta del siglo pasado. El Colegio Capitán Cortés se llamaba --y ¡ay!, se sigue llamando como triste homenaje al líder de los guardias civiles que, rodeados de mujeres y niños, se atrincheraron en el Santuario de la Virgen de la Cabeza de Andújar en los días inmediatamente posteriores al golpe de Estado del general Franco--. No todos los niños tenían mote entonces, pero sí los que destacaban por algún motivo. Los líderes y también los más débiles o los diferentes eran los primeros candidatos. A los acosadores y abusones, el mote más o menos ofensivo impuesto a sus víctimas les permitía ejercer su despotismo sin riesgo, dado que no solían ofrecer resistencia. Al mismo tiempo, a quienes éramos más tímidos, más retraídos o más pacíficos, nos daba cierta tranquilidad saber que el apodo señalaba a la víctima propicia, y que ella sería el objeto del escarnio, las burlas y mofas cuando la ocasión lo requiriese, mitigando así la posibilidad de que cualquiera de nosotros fuéramos los agredidos. Así de mezquinas son, a veces, las relaciones de poder en el patio y las aulas, en particular en los sistemas autocráticos, donde los valores éticos se enmohecen.
Los alias no eran siempre denigrantes. Recuerdo a un niño al que apodábamos Matute. Ignoro por qué. Tal vez su padre o algún otro familiar eran o habían sido policías locales, municipales, como decíamos entonces. Era un niño solitario y taciturno, grandón, de tez pálida, cabello rizado entre rubio y canoso, y afectado de una severa tartamudez que lo convertía en el principal motivo de nuestras risas. Especialmente cuando un profesor, tal vez con ganas de distender por unos minutos, lo sacaba a la pizarra para hacerle preguntas. Al propio Matute parecían divertirle sus respuestas torpes y sus bloqueos verbales que provocaban todo tipo de comentarios jocosos por parte del divertido público, sin que el profesor, la mayoría de las veces, hiciera lo más mínimo para impedirlo. De hecho, en mi escuela de EGB, don Manuel, maestro al que llamábamos el Patas porque arrastraba una de sus piernas, era el primero en escoger los motes que nos identificarían para el resto del curso: Preda Rico, Preda Borrico --para distinguir a dos hermanos--, Capuscín y el Preferido de los dioses eran algunos de sus predilectos.
Como decimos, el mote como sobrenombre, alias o apodo no siempre era ofensivo. A veces, es el propio apellido abreviado o en diminutivo. Entre mis compañeros de escuela, "el Rayito" o "el Medi", por ejemplo. Otras veces, podía remitir a un oficio: la Panadera, el Sastre, el Chapa o los Turroneros. Algunos, como Mangui o el Viñero eran seudónimos que conferían incluso cierta dignidad a los chicos que los lucían como nombre de guerra. Pero otros sí tenían intención estigmatizadora: Gafitas, Orejones, Mariquita, Gordo, Ojoperro, Lobico o Tío Aquiles, por el televisivo personaje de Los Chiripitifláuticos. Llamar a alguien gitano también era un insulto muy socorrido en ese Florido Pensil. Los apodos animales eran muy abundantes. Aparte del ya mencionado e hiriente "mariquita", eran frecuentes gallina, pollo, asno, pardillo, cerdo, lombriz, mosquito, buitre o juanico.
A mí, ya en el Instituto Virgen de la Cabeza, me decían el Torero por la figura tensa y la pose estirada que adoptaba cuando me dirigía al encerado. Aquí la enorme novedad que suponía para mí la presencia de las niñas en el aula hacía aún más lacerante y humillante el que todos conocieran ese sobrenombre. Recuerdo motes muy crueles, como Carne de Monte para ridiculizar a una compañera alta, con grandes gafas y más bien entrada en carnes.
Y los profes tampoco se libraban, claro, como ya hemos visto con don Manuel. El Chino era uno de matemáticas, cuyo largo y liso cabello oscuro recordaba al del Pequeño Saltamontes, el protagonista de Kung-fu, serie interpretada por David Carradine, que entonces causaba furor. O el Batusi, profe de Biología siempre ataviado con una bata blanca cuyo albar fulgor causaba descomposición estomacal en más de uno. La Coja joven y la Coja vieja era la displicente y cruel manera de distinguir a nuestras dos renqueantes profes de literatura; o el Quemado para el de Física y Química, herido de gravedad en un terrible accidente automovilístico con incendio del que sobrevivió gracias a la evacuación realizada con su propia avioneta por El Cordobés, el más famoso torero de esa España atrasada y tardofranquista.
(Por cierto, ¿cuál habrá sido mi apodo --o apodos-- en los distintos institutos cordobeses y granadinos por los que he ido pasando como profesor de filosofía?)
También recuerdo al Rey, un niño verdaderamente especial, que era hijo de una profe de dibujo de aspecto muy alternativo. Él debía de ser superdotado. Era muy alto y también algo grueso, tenía el pelo lacio y negro, con un apagado y perenne brillo sebáceo. Solía ir ataviado con un abrigo oscuro y largo, disimulando un cuerpo que parecía el de un hombre mayor. Sus ojos, que eran llamativamente grandes y saltones, y su piel macilenta lo asemejaban a los miembros de la familia Monster, una saga televisiva que hacía nuestras delicias. Rey, que se expresaba con voz aguda y campanuda, y con palabras que nos parecían de otro tiempo, nos confesaba sin avergonzarse que odiaba hacer ejercicio físico y que sus únicas diversiones eran leer, ver cine clásico y pasear. Cuando reveló estar enamorado de la Bejarano, la niña que a algunos les parecia ser la menos agraciada del Instituto, nos divertíamos preguntándole por los encantos que veía en ella y por sus tórridos sueños de ardiente enamorado. Sus respuestas nos parecían siempre alambicadas y extravagantes.
A pesar de que ahora hay muchos que dicen que no hay valores, yo pienso que en esa escuela y en esa sociedad había aún menos compasión que ahora. Yo he visto, en general, más respeto y solidaridad entre mis alumnos de ahora que entre mis compañeros de entonces. El mote venía a ser una forma de enjaular a la víctima sin otorgarle recurso de amparo ni de apelación. Mientras permanecieras en ese colegio, colgaría de tu cuello ese sambenito. Era la manera de prepararnos para una sociedad dura que se decía cristiana, o católica practicante, pero que ignoraba todos los valores evangélicos.
(Más en Andújar en mi recuerdo)
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