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| San Miguel Alto-Granada |
Acudí al Centro de Menores de San Miguel Alto de Granada en varias ocasiones entre los años 2013 y 2017 como profesor para examinar a algunos internos que pretendían obtener el título de Graduado en Educación Secundaria. Entre estos púberes encerrados, fracaso de una sociedad entera, emergían algunos signos de esperanza: algunos dedicaban su tiempo de forzada privación de libertad a aprender. Ahí se veía como en pocos sitios los positivos efectos de una educación pública al servicio de los más marginados. Eran pocos, dos o tres cada curso. Zagalones con dieciséis o diecisiete años a los que yo tenía que dedicar un tiempo extra para explicarles el sentido de los enunciados de las pruebas de Ciencias Sociales. Algunos de esos adolescentes no recibían ni una sola visita o llamada telefónica de sus familiares a lo largo de todo el año, me confesaban quienes se dedicaban a su cuidado. Eran las primeras fechas del mes de junio y una sencilla piscina de plástico montada en el patio congregaba al resto de los internos. Mateo se llamaba uno de los infelices aspirantes. «Maestro, ¿qué es un plano urbano ortogonal? Y ¿qué quiere decir “historia del movimiento obrero”? Yo nunca he trabajado». Unos cursos examinaba en este Centro y otros lo hacía en la Cárcel Provincial. También allí había escuela y presos que querían estudiar. En una ocasión, me encontré en ella con un antiguo alumno. Yo no lo reconocí. Fue él quien se dirigió a mí. «¿Y qué te ha pasado para estar aquí?», le pregunté a ese joven en quien aún reconocía el brillo de la mirada de mi discípulo adolescente.
Hoy leo en la prensa local que este Centro de menores, ubicado en una atalaya privilegiada desde la que contemplar el Albaicín o la Alhambra, va a ser vendido por la Junta de Andalucía. No se reconvertirá en colegio público, ni en centro de salud, tampoco será un centro para uso del vecindario. Un hotel. Otro más, en una ciudad que ya sangra por las heridas de la masificación turística y la especulación criminal. Ese será su nuevo uso. El diario Ideal titula, pletórico de estulticia y servil majadería: «El proyecto de un hotel en San Miguel rompe 25 años de parálisis en el cerro.» La aludida "parálisis" dará paso al exterminio de este paraje alto y silencioso, pienso apesadumbrado. Y aclara para tranquilidad de muchos en esta Pascua florida: «En el Cerro de San Miguel conviven cuevas pintorescas con unos huecos en los que se han construido chabolas sin control y que suponen focos de inseguridad.» “Cuevas pintorescas” denomina este insigne medio de información –apenas me atrevo a denominarlo con este digno y desacreditado término— a estas viviendas antiquísimas. Debe de ser esa la expresión que usen los guías para explicar a los visitantes un modo de vida tan ancestral como sabio por sostenible y poco invasivo. Y tan común en algunos barrios de Granada: el Barranco del abogado, el Albaicín, el Sacromonte. Y con “focos de inseguridad”, ¿se refiere, tal vez, Ideal a quienes habitan en un lugar con pésimos servicios por abandono de las autoridades o está pensando quien suscribe el artículo en el malestar que genera la visión de esas chabolas al despreocupado turista que se acerca al mirador?
Por su parte, el diario digital Elindependientedegranada.es informa de que «La venta del Centro de Menores de San Miguel para convertirlo en hotel acentuará la turistificación, según alertan los vecinos.» ("¿Y quiénes demonios son los vecinos para opinar sobre qué hacer o dejar de hacer en un barrio?" --se preguntará, a su vez, alguien desde un confortable y bien amueblado despacho--). Y explica que este paraje estaba pendiente de una gran intervención: el Plan Especial del Cerro de San Miguel, aprobado por la Corporación hace escasos años. Su objetivo era «recuperar el entorno como gran espacio público para el ocio y disfrute de la ciudadanía». Aunque hayan pasado pocos años, parece que eran otros tiempos. Tiempos en los que, tal vez, era el vecino el primer destinatario de las iniciativas municipales. O, al menos, lo era nominalmente. Pero hoy, lo es el turista, y lo es con descaro, sin disimulos. La «industria turística», llaman a ese invento que justifica cualquier desmán. El turista, fuente de ingresos para hosteleros y grandes tenedores inmobiliarios --sector servicios, que no "industria", según me enseñaron en el cole--, no debe ser molestado ni tan siquiera pidiéndole que colabore con una mínima aportación a los servicios públicos que utiliza –y sufragan los vecinos—, a los gastos de limpieza de la suciedad que provocan o a los graves perjuicios que su presencia masiva implica. La imposibilidad de acceder a una vivienda para la inmensa mayoría de los ciudadanos o la saturación de los servicios de salud son sólo algunos de ellos.
La Junta justifica la venta del Centro de San Miguel Alto para
sufragar parte de los elevadísimos costes que acarreará la Ciudad de la
Justicia. ¿Y quién necesita una Ciudad de la Justicia?, pregunto yo ahora. Esta se ubicará en los dos enormes edificios que fueron propiedad de
Caja Granada y se extenderá por un solar que iba a ser destinado a la
construcción de un espacio musical para la ciudad. Más de 60 millones de
euros ha pagado la Junta para este otro proyecto Pormisgüevista, tan
defendido por los cargos públicos junteros y municipales como inútil para la
ciudadanía, que, en mi modesta opinión, más que una megasede unificada con todos los juzgados, requiere una justicia ágil e independiente, lo que exige contratación
de más jueces y funcionarios, y profundas modificaciones en el sistema de acceso a la
judicatura y en los órganos de su gobernanza. La enajenación de
un bien público se justifica con un inmenso derroche. Definitivamente, Granada necesita
más escuelas públicas.
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Diario Ideal




