«El silencio, que no ha sido creado, guarda la propiedad de lo eterno»
Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio
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| Cuatro palmeras washingtonias gemelas en la Plaza de Gracia (Granada) |
El
silencio, valor y virtud
Hay
en el centro histórico de Granada una calle que lleva por nombre
"Silencio" y desemboca en la calle Escuelas. Creo que la concurrencia
de la una en la otra no es casual, pues el estudio requiere silencio: «Si cada
uno de nosotros hablara solo de lo que sabe –se lamentaba don Manuel Azaña—, se
haría un gran silencio que podríamos aprovechar todos para ponernos a estudiar»[1].
Ambas calles son vecinas de la Facultad de Derecho, antiguo colegio jesuita
fundado en el siglo XVI. Otras muchas ciudades andaluzas han rendido homenaje
al silencio en sus callejeros: Cádiz, Almería, Málaga o Sevilla, entre otras. Pero,
en estas urbes, cegadas hoy de aturdidores alumbrados y con sus calles ahítas
de turistas y de ruidosos y coloridos cachivaches, estos nombres me suenan
más a anhelo o a forzada pose.
«Se
fue a Granada en busca de silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y
eternidad», escribe Juan Ramón Jiménez en su bello retrato de Manuel de Falla (Españoles
de tres mundos –Losada, 1940—). En él se recrea en el apacible atardecer
contemplado desde el otero de la Antequeruela Alta, la casa del músico junto a
la Alhambra, y, en el autorretrato que incluye en esa obra, el poeta onubense confiesa
haber «mendigado el silencio». Pero, ¡ay!, ¿quién hallaría hoy silencio y sosiego
–«la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora»–, armonía y
eternidad en una ciudad turística? El silencio, como el vacío y la soledad, son
infravalorados en una sociedad tan mercantilizada y poblada de seres ávidos por
poseer objetos y por vivir exclusivas experiencias inmersivas, que, sin
embargo, se reducirán a una inmersión en adocenados grupos de veinte o más. Experiencias,
por otra parte, que, más que vivir para sí, fotografiarán para otros y verterán
a una red atestada ya de basura virtual, alimento infecto para una IA cada vez
más artificial y menos inteligente, menos creativa y más servil.
¿A qué suena hoy una ciudad como
Granada? A gritos, a chicharreantes ritmos con un fondo de voz inarticulada e
ininteligible –¡por fortuna!—; a masa arrastrando los pies, a motores deprisa,
a terraza atestada, a plaza okupada por veladores… Pero, veamos qué sucede en
su entorno, al este, lejos de las autovías de circunvalación, en el camino del
Avellano. ¿Cómo suena aquí el amanecer? Junto a la acequia real, varias veces
centenaria, que discurre encaramada en el Cerro del Sol, tomo asiento en un
promontorio. Desde aquí contemplo el barrio del Sacromonte, el valle de
Valparaíso y el camino que dio nombre a la legendaria cofradía artística y
literaria fundada por Ángel Ganivet en 1895. Hacia poniente, asoma el
geométrico tejado del cimborrio de la Catedral. Cierro los ojos para oír (y oler)
mejor esta fresca mañana de verano. Por suerte, el Cerro tapa en parte el
permanente rugido de fondo, el grito ronco de la ciudad y de sus hiperventiladas
circunvalaciones. Bajo el protector velo de la fragancia mentolada que me
ofrece un grupillo de pinos carrascos, predomina el serenante rumor del modesto
río Darro, precipitándose desde Jesús del Valle hacia el paseo de los Tristes, tras
serpentear bajo las zambras del Sacromonte. Oigo también el ladrido de un perro
y el canto de un gallo. Y el trino desangelado y lejano de los abejarucos, el
grito desafinado de un arrendajo al que replica el no menos atiplado de las
urracas. Un autillo, con su melancólico “tiu”, monocorde y regular, un verderón,
una paloma torcaz y el silbo grave y resonante, ecóforo, de una pareja de
oropéndolas, cuyo plumaje, de intenso amarillo, relampaguea abajo, entre las
adelfas, los almeces y los álamos negros y blancos que sombrean y ocultan la
amenísima ribera, van componiendo la música de esta habitada cárcava. La mañana
se va abriendo camino y las campanas de la abadía acaban de dar las ocho,
mientras el vuelo de una abeja zumba en mi oído izquierdo. ¿Es esto el
silencio? No. De hecho, hablamos de entre 28 y 34 decibelios de intensidad
sonora, pero sí reconozco la música callada, la soledad sonora evocada en los
conocidos versos del místico de Fontiveros, escritos a escasos metros de este
lugar, en el Convento de Santos Mártires de Carmelitas Descalzos, hoy un carmen
visitable.
En 1952, el filósofo Max Picard (El
mundo del silencio) definía el silencio como continuidad y como
apertura de la realidad misma. Podemos afirmar que el silencio es lo originario
y actúa como pegamento de nuestro ser y del mundo, ambos fragmentados, como
puente entre los dos. El silencio y el vacío constituyen la “sustancia” donde
puede manifestarse un sonido –un lenguaje— y una realidad, respectivamente.
El
silencio es también un elemento constitutivo de la música, el marco de toda
composición musical, por cuanto esta comienza y termina en él marcando los
ritmos y el tempo. La presencia e intensidad de los silencios dan carácter a la
obra. En este mismo año de 1952, John Cage creó 4’33’, una pieza musical
vanguardista en tres movimientos. Durante la interpretación, el músico
permanece quieto y en absoluto silencio ante el piano y la partitura durante esos
cuatro minutos y treinta y tres segundos. El instrumento callado muestra el
valor del silencio y, al mismo tiempo, que el silencio absoluto no existe, pues
se escuchan los latidos, las toses, el murmullo del público, o bien el viento, el
repicar de la lluvia o el eventual sobresalto de un claxon o de una rugiente y
siempre inoportuna motocicleta[2].
Asimismo,
el silencio es hoy el lujo de las bibliotecas. Me gusta acudir a ellas, ver
allí tantos humanos, la mayoría jóvenes –la mayoría, chicas—, callados y recogidos
en un libro, unos apuntes o –cada vez más— una pantalla. ¡Bello espectáculo que
me devuelve el optimismo! El libro constituye, de por sí, un reclamo de
silencio. Quien está con su mirada fija en un libro abierto lo exige sin
pronunciar palabra. No sucede lo mismo con la pantalla, pues, mientras aquel
es, con frecuencia, una ventana abierta hacia nuestro propio interior, las
pantallas poseen por lo regular una fuerza centrífuga que nos arroja hacia
fuera y nos descentra. También suelen ser silenciosos mis sueños, señal
inequívoca del agotamiento acústico de mi cerebro.
Mística y metafísica del silencio
En las tradiciones filosófica, mística y poética españolas, hay también una intensa reflexión en torno al silencio mental, necesario para lograr una humana existencia: más allá del silencio físico, está el silencio como origen, como vacío o vaciamiento interior, como quietud, apertura, pausa y reposo –sin más finalidad pretendida— ...
(LEER EL ARTÍCULO COMPLETO EN LA VENTANA DE ABAJO)
[1]
En las aulas del último centro donde enseñé filosofía,
aun cuando los alumnos guardaran silencio, persiste un ruido de fondo
permanente de entre 55 y 60 decibelios, que se dispara a 80 o más en los
cambios de clase o en el recreo. Aguantar eso durante seis horas y media cada
día de la semana es nocivo, además de perturbar seriamente cualquier
concentración y afectar a la labor docente y a la convivencia. Téngase en
cuenta, además, que la escala que mide la intensidad del sonido es logarítmica,
de modo que un ruido de 60 dB no es el doble de otro de 30 dB, sino varias
veces más.
[2] El intérprete marca el inicio de cada uno de los tres movimientos con un gesto vigoroso con el brazo y el dedo índice extendido. El brazo permanece levantado mientras dura la interpretación de cada movimiento. Al finalizar, lo baja y abre la tapa del teclado, que queda así durante la pausa del intervalo, volviendo a cerrarla para iniciar el siguiente movimiento. En su estreno el 29 de agosto de 1952 en Nueva York, el público, a pesar del reciente precedente de la música atonal, no toleró con buen ánimo esta confrontación descarnada con el silencio. Cage, que se declaraba seguidor de la meditación del budismo zen, refiere este chascarrillo en “El futuro de la música: credo” (1937): «En Japón, un joven organizó sus asuntos para poder viajar a una isla lejana con el fin de estudiar Zen con cierto maestro durante un periodo de tres años. Al final de los tres años, como no creía haber logrado nada, se presentó al maestro y le anunció su marcha. Éste le dijo: “Has estado aquí tres años. ¿Por qué no te quedas tres meses más?” El estudiante aceptó, pero al final de los tres meses aún no creía haber hecho avance alguno. Cuando le dijo otra vez al maestro que se marchaba, éste le replicó: “Mira, has estado aquí tres años y tres meses. Quédate tres semanas más”. El estudiante lo hizo, sin éxito. Cuando le contó al maestro que no había sucedido absolutamente nada, éste dijo: “Has estado aquí tres años, tres meses y tres semanas. Quédate tres días más, y, si al final de ese tiempo no has sido iluminado, suicídate”. Hacia el final del segundo día, el estudiante fue iluminado». (John Cage: Silencio. Conferencias y escritos. (1961) Traducción de Marina Pedraza. Madrid: Árdora Ediciones, 2018, p. 6).
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Más sobre el silencio: LA MÚSICA CALLADA, LA SOLEDAD SONORA







