Ateneo de Almagro, 9 de octubre a las 20:00 h.
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«El silencio, que no ha sido creado, guarda la propiedad de lo eterno»
Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio
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| Cuatro palmeras washingtonias gemelas en la Plaza de Gracia (Granada) |
El
silencio, valor y virtud
Hay
en el centro histórico de Granada una calle que lleva por nombre
"Silencio" y desemboca en la calle Escuelas. Creo que la concurrencia
de la una en la otra no es casual, pues el estudio requiere silencio: «Si cada
uno de nosotros hablara solo de lo que sabe –se lamentaba don Manuel Azaña—, se
haría un gran silencio que podríamos aprovechar todos para ponernos a estudiar»[1].
Ambas calles son vecinas de la Facultad de Derecho, antiguo colegio jesuita
fundado en el siglo XVI. Otras muchas ciudades andaluzas han rendido homenaje
al silencio en sus callejeros: Cádiz, Almería, Málaga o Sevilla, entre otras. Pero,
en estas urbes, cegadas hoy de aturdidores alumbrados y con sus calles ahítas
de turistas y de ruidosos y coloridos cachivaches, estos nombres me suenan
más a anhelo o a forzada pose.
«Se
fue a Granada en busca de silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y
eternidad», escribe Juan Ramón Jiménez en su bello retrato de Manuel de Falla (Españoles
de tres mundos –Losada, 1940—). En él se recrea en el apacible atardecer
contemplado desde el otero de la Antequeruela Alta, la casa del músico junto a
la Alhambra, y, en el autorretrato que incluye en esa obra, el poeta onubense confiesa
haber «mendigado el silencio». Pero, ¡ay!, ¿quién hallaría hoy silencio y sosiego
–«la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora»–, armonía y
eternidad en una ciudad turística? El silencio, como el vacío y la soledad, son
infravalorados en una sociedad tan mercantilizada y poblada de seres ávidos por
poseer objetos y por vivir exclusivas experiencias inmersivas, que, sin
embargo, se reducirán a una inmersión en adocenados grupos de veinte o más. Experiencias,
por otra parte, que, más que vivir para sí, fotografiarán para otros y verterán
a una red atestada ya de basura virtual, alimento infecto para una IA cada vez
más artificial y menos inteligente, menos creativa y más servil.
¿A qué suena hoy una ciudad como
Granada? A gritos, a chicharreantes ritmos con un fondo de voz inarticulada e
ininteligible –¡por fortuna!—; a masa arrastrando los pies, a motores deprisa,
a terraza atestada, a plaza okupada por veladores… Pero, veamos qué sucede en
su entorno, al este, lejos de las autovías de circunvalación, en el camino del
Avellano. ¿Cómo suena aquí el amanecer? Junto a la acequia real, varias veces
centenaria, que discurre encaramada en el Cerro del Sol, tomo asiento en un
promontorio. Desde aquí contemplo el barrio del Sacromonte, el valle de
Valparaíso y el camino que dio nombre a la legendaria cofradía artística y
literaria fundada por Ángel Ganivet en 1895. Hacia poniente, asoma el
geométrico tejado del cimborrio de la Catedral. Cierro los ojos para oír (y oler)
mejor esta fresca mañana de verano. Por suerte, el Cerro tapa en parte el
permanente rugido de fondo, el grito ronco de la ciudad y de sus hiperventiladas
circunvalaciones. Bajo el protector velo de la fragancia mentolada que me
ofrece un grupillo de pinos carrascos, predomina el serenante rumor del modesto
río Darro, precipitándose desde Jesús del Valle hacia el paseo de los Tristes, tras
serpentear bajo las zambras del Sacromonte. Oigo también el ladrido de un perro
y el canto de un gallo. Y el trino desangelado y lejano de los abejarucos, el
grito desafinado de un arrendajo al que replica el no menos atiplado de las
urracas. Un autillo, con su melancólico “tiu”, monocorde y regular, un verderón,
una paloma torcaz y el silbo grave y resonante, ecóforo, de una pareja de
oropéndolas, cuyo plumaje, de intenso amarillo, relampaguea abajo, entre las
adelfas, los almeces y los álamos negros y blancos que sombrean y ocultan la
amenísima ribera, van componiendo la música de esta habitada cárcava. La mañana
se va abriendo camino y las campanas de la abadía acaban de dar las ocho,
mientras el vuelo de una abeja zumba en mi oído izquierdo. ¿Es esto el
silencio? No. De hecho, hablamos de entre 28 y 34 decibelios de intensidad
sonora, pero sí reconozco la música callada, la soledad sonora evocada en los
conocidos versos del místico de Fontiveros, escritos a escasos metros de este
lugar, en el Convento de Santos Mártires de Carmelitas Descalzos, hoy un carmen
visitable.
En 1952, el filósofo Max Picard (El
mundo del silencio) definía el silencio como continuidad y como
apertura de la realidad misma. Podemos afirmar que el silencio es lo originario
y actúa como pegamento de nuestro ser y del mundo, ambos fragmentados, como
puente entre los dos. El silencio y el vacío constituyen la “sustancia” donde
puede manifestarse un sonido –un lenguaje— y una realidad, respectivamente.
El
silencio es también un elemento constitutivo de la música, el marco de toda
composición musical, por cuanto esta comienza y termina en él marcando los
ritmos y el tempo. La presencia e intensidad de los silencios dan carácter a la
obra. En este mismo año de 1952, John Cage creó 4’33’, una pieza musical
vanguardista en tres movimientos. Durante la interpretación, el músico
permanece quieto y en absoluto silencio ante el piano y la partitura durante esos
cuatro minutos y treinta y tres segundos. El instrumento callado muestra el
valor del silencio y, al mismo tiempo, que el silencio absoluto no existe, pues
se escuchan los latidos, las toses, el murmullo del público, o bien el viento, el
repicar de la lluvia o el eventual sobresalto de un claxon o de una rugiente y
siempre inoportuna motocicleta[2].
Asimismo,
el silencio es hoy el lujo de las bibliotecas. Me gusta acudir a ellas, ver
allí tantos humanos, la mayoría jóvenes –la mayoría, chicas—, callados y recogidos
en un libro, unos apuntes o –cada vez más— una pantalla. ¡Bello espectáculo que
me devuelve el optimismo! El libro constituye, de por sí, un reclamo de
silencio. Quien está con su mirada fija en un libro abierto lo exige sin
pronunciar palabra. No sucede lo mismo con la pantalla, pues, mientras aquel
es, con frecuencia, una ventana abierta hacia nuestro propio interior, las
pantallas poseen por lo regular una fuerza centrífuga que nos arroja hacia
fuera y nos descentra. También suelen ser silenciosos mis sueños, señal
inequívoca del agotamiento acústico de mi cerebro.
Mística y metafísica del silencio
En las tradiciones filosófica, mística y poética españolas, hay también una intensa reflexión en torno al silencio mental, necesario para lograr una humana existencia: más allá del silencio físico, está el silencio como origen, como vacío o vaciamiento interior, como quietud, apertura, pausa y reposo –sin más finalidad pretendida— ...
(LEER EL ARTÍCULO COMPLETO EN LA VENTANA DE ABAJO)
[1]
En las aulas del último centro donde enseñé filosofía,
aun cuando los alumnos guardaran silencio, persiste un ruido de fondo
permanente de entre 55 y 60 decibelios, que se dispara a 80 o más en los
cambios de clase o en el recreo. Aguantar eso durante seis horas y media cada
día de la semana es nocivo, además de perturbar seriamente cualquier
concentración y afectar a la labor docente y a la convivencia. Téngase en
cuenta, además, que la escala que mide la intensidad del sonido es logarítmica,
de modo que un ruido de 60 dB no es el doble de otro de 30 dB, sino varias
veces más.
[2] El intérprete marca el inicio de cada uno de los tres movimientos con un gesto vigoroso con el brazo y el dedo índice extendido. El brazo permanece levantado mientras dura la interpretación de cada movimiento. Al finalizar, lo baja y abre la tapa del teclado, que queda así durante la pausa del intervalo, volviendo a cerrarla para iniciar el siguiente movimiento. En su estreno el 29 de agosto de 1952 en Nueva York, el público, a pesar del reciente precedente de la música atonal, no toleró con buen ánimo esta confrontación descarnada con el silencio. Cage, que se declaraba seguidor de la meditación del budismo zen, refiere este chascarrillo en “El futuro de la música: credo” (1937): «En Japón, un joven organizó sus asuntos para poder viajar a una isla lejana con el fin de estudiar Zen con cierto maestro durante un periodo de tres años. Al final de los tres años, como no creía haber logrado nada, se presentó al maestro y le anunció su marcha. Éste le dijo: “Has estado aquí tres años. ¿Por qué no te quedas tres meses más?” El estudiante aceptó, pero al final de los tres meses aún no creía haber hecho avance alguno. Cuando le dijo otra vez al maestro que se marchaba, éste le replicó: “Mira, has estado aquí tres años y tres meses. Quédate tres semanas más”. El estudiante lo hizo, sin éxito. Cuando le contó al maestro que no había sucedido absolutamente nada, éste dijo: “Has estado aquí tres años, tres meses y tres semanas. Quédate tres días más, y, si al final de ese tiempo no has sido iluminado, suicídate”. Hacia el final del segundo día, el estudiante fue iluminado». (John Cage: Silencio. Conferencias y escritos. (1961) Traducción de Marina Pedraza. Madrid: Árdora Ediciones, 2018, p. 6).
Leer el artículo completo aquí:
Más sobre el silencio: LA MÚSICA CALLADA, LA SOLEDAD SONORA
Los textos aparecen en orden cronológico.
«Consumido lo psíquico, consumido también lo moral, el alma del místico queda vacía, en obscuridad y silencio. Sólo vive la voracidad amorosa que puede ya salir “sin ser notada”. ¿Adónde sale? Parece que sólo la muerte será el término de esta salida; pero no es así. Aunque parezca imposible, existe un medio entre la vida y la muerte; San Juan nos muestra que se puede haber dejado de vivir sin haber caído en la muerte, que hay un reino más allá de esta vida inmediata, otra vida en este mundo en que se gusta la realidad más recóndita de las cosas» (“San Juan de la Cruz”, 1942).
«La mística, realización de la vida personal. San juan de la Cruz: Vida y camino. La noche oscura. Unidad de la naturaleza y la gracia en el Cántico espiritual. ¡La mística, realización de la vida personal! Siempre había gustado de la mística. Manantial. Cuando me adentré en la Filosofía, todo parecía callar. La Filosofía hace el silencio» (Carta de junio de 1944).
«La verdad necesita de un gran vacío, de un silencio donde pueda aposentarse» (Hacia un saber sobre el alma, 1950).
«Sin pausas y sin silencio no hay palabras. El grito procede de lo lleno» (El sueño creador, 1965).
"Silence, which is uncreated, keeps the property of the eternal."
Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio

Four twin Washingtonia palm trees in
Plaza de Gracia (Granada-Spain)
Silence,
Value, and Virtue
In
the historic center of Granada, there is a street named "Silencio"
(Silence) that ends at "Escuelas" (Schools) Street. I do not believe
the convergence of one into the other is accidental, as study requires silence:
"If each of us spoke only of what we know," lamented Don
Manuel Azaña, "a great silence would fall, which we could all use to
start studying"[1].
Both streets neighbor the Faculty of Law, a former 16th-century Jesuit college.
Many other Andalusian cities have paid tribute to silence in their street maps:
Cádiz, Almería, Málaga, and Seville, among others. But today, in these cities
blinded by dizzying illuminations and with streets packed with tourists and
noisy, colorful trinkets, these names sound to me more like a longing or a
forced pose.
"He
went to Granada in search of silence and time, and Granada gave him an
abundance of harmony and eternity," writes Juan Ramón Jiménez in his
beautiful portrait of Manuel de Falla (Españoles de tres mundos –
Losada, 1940). In it, he delights in the peaceful sunset observed from the
hillock of the Antequeruela Alta, the musician's house next to the Alhambra. In
the self-portrait included in that work, the poet from Huelva confesses to
having "begged for silence." But, alas, who could find silence
and quiet today—"the quiet night / alongside the risings of the
dawn"—harmony, and eternity in a tourist-laden city? Silence, like
emptiness and solitude, is undervalued in a society so commercialized and
populated by beings eager to possess objects and live exclusive immersive
experiences—which, nevertheless, reduce down to immersion in ordinary groups of
twenty or more. Experiences that, rather than being lived for oneself, will be
photographed for others and poured into a network already crammed with virtual
garbage: toxic food for an AI that grows increasingly artificial and less
intelligent, less creative, and more servile.
What
does a city like Granada sound like today? Shouts, sizzling rhythms against a
background of an inarticulate and unintelligible voice—fortunately!—the
foot-dragging crowd, speeding engines, packed terraces, squares occupied by
outdoor dining tables... But let us see what happens in its surroundings, to
the east, far from the ring roads, along the Avellano path. How does the dawn
sound here? Beside the centuries-old Royal Canal, perched on the Cerro del Sol,
I take a seat on a promontory. From here, I contemplate the Sacromonte
neighborhood, the Valparaíso valley, and the path that gave its name to the
legendary artistic and literary brotherhood founded by Ángel Ganivet in 1895.
To the west, the geometric roof of the Cathedral’s lantern tower emerges. I
close my eyes to better hear (and smell) this fresh summer morning.
Fortunately, the hill partially muffles the permanent background roar, the
hoarse scream of the city and its hyperventilating ring roads. Beneath the
protective veil of menthol fragrance offered by a small cluster of Aleppo
pines, the soothing murmur of the modest Darro River prevails, rushing from
Jesús del Valle toward the Paseo de los Tristes after winding under the zambras
of Sacromonte. I also hear a dog barking and a rooster crowing. There is the
faint, distant warble of bee-eaters, the discordant cry of a jay answered by
the no less high-pitched screech of magpies. A Scops owl with its monotonous,
regular, melancholy "tiu," a greenfinch, a wood pigeon, and the deep,
resonant whistle of a pair of orioles—whose bright yellow plumage flashes below
among oleanders, hackberries, and black and white poplars shading and
concealing the pleasant riverbank—gradually compose the music of this inhabited
ravine. The morning makes its way, and the abbey bells have just struck eight,
while the flight of a bee buzzes in my left ear. Is this silence? No. In fact,
we are talking about sound intensity between 28 and 34 decibels; yet I
recognize the silent music, the sounding solitude evoked in the famous verses
of the mystic from Fontiveros, written just a few meters from this place at the
Convent of the Discalced Carmelites of the Holy Martyrs, today a visitable carmen.
In
1952, philosopher Max Picard (The World of Silence) defined silence as
continuity and the opening of reality itself. We can affirm that silence is the
original state and acts as a glue for our being and the world—both
fragmented—serving as a bridge between the two. Silence and emptiness
constitute the "substance" wherein sound (a language) and reality can
respectively manifest.
Silence
is also a constitutive element of music, the framework of every musical
composition, in that music begins and ends within it, defining rhythms and
tempo. The presence and intensity of silences give character to the work. In
that same year of 1952, John Cage created 4′33″, an avant-garde musical
piece in three movements. During its performance, the musician remains still
and in absolute silence before the piano and score for those four minutes and
thirty-three seconds. The silent instrument shows the value of silence and, at
the same time, demonstrates that absolute silence does not exist, as
heartbeats, coughs, the audience's murmur, or the wind, patter of rain, or
sudden startle of a horn or roaring, always inconvenient motorcycle are heard[2].
Likewise,
silence today is the luxury of libraries. I like to visit them, to see so many
humans there—mostly young, mostly women—silent and absorbed in a book, notes,
or, increasingly, a screen. A beautiful sight that restores my optimism! A book
inherently demands silence. Anyone staring at an open book demands it without
uttering a word. The same does not happen with a screen; while the book is
often an open window into our inner selves, screens generally possess a
centrifugal force that throws us outward and unseats our focus. My dreams are
usually silent too—an unmistakable sign of my brain's acoustic exhaustion.
There
is a negative physical silence that is merely the absence of noise. And there
is also a silence imposed as a gag: the one expressing the cry of "Silence,
silence I said! Silence!" with which Bernarda Alba closes Lorca’s
tragedy. It is the sad silence caused by fear and absence: "And silence
grows larger in silence", whispers a verse by Mari Luz Escribano. Not
the desired, conquered, and joyful silence, but that born of pain over the
tragic absence of victims of intolerance, or that which was imposed upon them
as a renewed disgrace after the Spanish Civil War. Alongside this, a toxic,
cowardly, and complicit silence often nests, acting as an enabler and
bystander.
Yet
silence is also fullness and presence—of reality, and of oneself within it. The
Navarrese poet and musicologist Ramón Andrés argues that it is, above all, a
creative substance. He adds that villages open up the space of inner silence
better because, unlike cities, they have plenty of scene and very little set.
The
Benedictine Pedro Ponce de León (1506–1584)—creator of the first sign language
for deaf-mute individuals and founder of the first school for them at the
Monastery of San Salvador de Oña (Burgos-Spain)—bears witness to the creative
value of silence in our tradition. Ponce drew inspiration from the sign codes
used in his monastic order to avoid breaking the silence imposed by the Rule of
Saint Benedict, establishing the earliest known foundation for an international
sign language system. However, it was not until 1620 that Juan de Pablo Bonet,
from Zaragoza-Spain, published the first surviving work on the education of the
hearing impaired: Summary of the Letters and Art for Teaching Dumb People to
Speak.
Nevertheless,
it seems that—in the opinion of many, though I do not know if it is
sufficiently verified—we Spaniards are the noisiest people in Europe, or at
least among the top. One of Venice's greatest charms is that no engine roars in
the extensive network of canals irrigating its historic center. Furthermore, in
its bars as well as most of its alleys and squares, using sound amplifiers is
prohibited. For me, it is one of the main attractions of that city. This
silence grants it an atmosphere of recollection that it still preserves despite
tourist overcrowding. The contrast is brutal when moving from Venice to
Florence, a city overwhelmingly occupied by internal combustion engines.
I
believe that, without denying the serious harm caused by noise in Spanish
cities, it is a global problem. Identifying it strictly with Spain stems from
another stereotype pinned on us (like punctuality issues or low labor
productivity), born of the easy network spread of hoaxes that particularly
affect countries that, like ours, have been global tourist destinations for
decades. Rigorous studies debunk these cliches time and again, yet they
continue to echo among us and even more among our visitors.
The
noise pollution ravaging our streets, private homes, schools, and hospitals
forms part of a totum revolutum alongside air pollution that sickens our
lungs, light pollution that muddies our night skies, and visual pollution that
exhausts our gaze with colorful, luminous advertisements of every kind
cluttering squares, streets, or stations, as though empty space were a true
curse. This follows Aristotle's belief that nature abhors a vacuum—an
exceptional sage who left behind profound truths alongside some major nonsense,
such as asserting that people born deaf lack ideas and are therefore incapable
of thought (History of Animals).
Neighborhood
associations against the plague of noise are emerging in cities—the case of
Granada is notable—but our mayors usually ignore them. They favor distraction
and dizzying civic amusement, expressed through thunderous parties and
celebrations ("events", as they are now called) or noisy restaurant
terraces with minimal regulatory oversight.
How
different that May 5, 1929, must have been! A banquet was being held at the
Hotel Casino Alhambra Palace for the premiere of Mariana Pineda at the
Cervantes Theatre in Granada, starring Margarita Xirgu. Manuel de Falla,
Fernando de los Ríos, Antonio Gallego Burín, Ángel Barrios, José María
Rodríguez Acosta, Manuel Fernández Montesinos, Hermenegildo Lanz, and Gómez
Arboleya attended. In his speech, Federico said: "Now, more than ever,
I need the silence and spiritual density of the Granada air to sustain the duel
to the death I am fighting with my heart and with poetry." It was a
different Granada, where silence constituted a precious trait of its urban
identity.
Mysticism
and metaphysics of silence
In
Spanish philosophical, mystical, and poetic traditions, there is also intense
reflection on mental silence, which is necessary to achieve a human existence.
Beyond physical silence lies silence as origin, as inner void or emptying, as
stillness, openness, pause, and rest—with no further intended purpose—but also
as a necessary condition for an attitude of listening toward others (one's
neighbor), toward the other (the non-human), and toward oneself. There is,
then, an inner silence that is absolutely unproductive, awaiting nothing,
without object, and even lazy—therein lies its very excellence—but also a
proactive silence, no less necessary: a silence of listening.
(READ THE FULL ARTICLE IN THE WINDOW BELOW)
[1]
In the classrooms of the last school where I taught philosophy, even when
students kept silent, a permanent background noise of between 55 and 60
decibels persisted, jumping to 80 or more during class changes or recess.
Enduring that for six and a half hours every day of the week is harmful,
seriously disrupting concentration, teaching, and coexistence. Furthermore,
note that the scale measuring sound intensity is logarithmic, meaning a noise
of 60 dB is not twice as loud as one of 30 dB, but several times greater.
[2]
The performer marks the beginning of each of the three movements with a
vigorous gesture of the arm and extended index finger. The arm remains raised
for the duration of each movement. Upon finishing, the performer lowers it and
opens the keyboard lid, which remains open during the interval pause, closing
it again to start the next movement. At its premiere on August 29, 1952, in New
York, the audience—despite the recent precedent of atonal music—did not
tolerate this stark confrontation with silence warmly. Cage, a self-declared
follower of Zen Buddhist meditation, relates this anecdote in "The Future
of Music: Credo" (1937): "In Japan, a young man arranged his affairs
to travel to a distant island to study Zen with a certain master for a period
of three years. At the end of the three years, believing he had accomplished
nothing, he went to the master and announced his departure. The master said to
him: 'You have been here three years. Why don't you stay three months more?'
The student agreed, but at the end of the three months, he still felt no
progress. When he told the master again that he was leaving, the master
replied: 'Look, you have been here three years and three months. Stay three
weeks more.' The student did so, without success. When he told the master that
absolutely nothing had happened, the master said: 'You have been here three
years, three months, and three weeks. Stay three days more, and if by the end
of that time you have not been enlightened, commit suicide.' Toward the end of
the second day, the student was enlightened." (John Cage: Silence:
Lectures and Writings (1961). Spanish translation by Marina Pedraza.
Madrid: Árdora Ediciones, 2018, p. 6).
Read the full article here:
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| "Monumento a la emigración" (2018) (Balbino Montiano Benítez) |
Pero lo más llamativo de esta amnesia de muchos es que, todavía hoy, Andalucía, y Granada en particular, sigue siendo tierra de emigrantes: cada septiembre 8.000 granadinos --de un total de 15.000 andaluces-- acuden a la vendimia francesa en busca de un trabajo que aquí no encuentran. Así lo podemos leer en un informe sindical que recoge el medio Granada Hoy.
Leer más sobre Granada AQUÏ
Relijiosidad (sic) de Unamuno (Por Juan Ramón)
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| Blog de la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes |
Nadie ha llevado a dios a todas partes más que él, porque el
dios de Unamuno no era un dios de sala ni de iglesia, era un dios de cada
instante, con todas las necesidades divinas y humanas. Por eso Unamuno le
hablaba a dios a veces como ánjel, a veces como un carretero. Y lo invitaba a
comer chorizo.
No sé si de ningún escritor ni poeta para quien dios haya
sido más que para Unamuno, ni más diverso. Lo une consigo mismo a cada hora
como un familiar o un huésped. Más que la misma Santa Teresa. Y lo usa a su
gusto como Santa Teresa también. Hace de él simultáneamente un dios, un rey, un
señor, un amigo, un padre, un hijo, un hermano, un enemigo, y lo ensalza, lo
insulta, lo rebaja, lo abraza, lo separa. Para que no se le olvide, lo lleva
colgado al pecho en una cruz que fue de su hermana, el Cristo de su hermana, de
30 centímetros de largo, que le molesta y le pesa.
Yo le dije una vez a Unamuno: “Don Miguel, si Cristo, en vez
de morir en esa cruz que usted acaba de enseñarme, hubiera muerto en la horca,
la guillotina o la silla eléctrica, ¡qué incómodo sería para usted llevar una
guillotina, o una silla eléctrica sobre el pecho!”. Me dijo: “Cuanto más
incómodo, mejor. Pero la cruz es anterior al suplicio por su forma de hombre y
es anterior al hombre”. Yo le dije: “Y a dios. Sí, la cruz es anterior a dios”.
Pero don Miguel no se mortificaba por humildad, sino por soberbia. Él quería
aguantar más que nadie, en lo que fuera. Recuerdo lo que le dijo al dictador
Primo de Rivera, cuando éste lo desterró a Fuerteventura: “Yo tengo más talento
que usted, trabajo más que usted, soy más guapo que usted, conquisto más
mujeres que usted”.
(…) Cuando don Miguel estaba desterrado en Francia, no podía
vivir en París, porque él no podía vivir sin este dios y no encontraba a este
dios, porque el dios de Unamuno era español, abruptamente español. Se lo había
dejado en casa, con su familia; y el que llevaba al pecho no le servía más que
para sentir la distancia y la falta de presencia de un dios que entraba en su
casa como un hombre y del que necesitaba la “presencia y la figura”. Cuando quiso
hacer su poema con él, lo eligió en Velázquez como el retrato del suyo, del
hombre corriente superior que era para él, y para que los otros lo “vieran”. No
elijió un Cristo medieval ni el Cristo de Goya que es casi femenino.
La familiaridad de Unamuno con Cristo es como la de Santa
Teresa, también excesiva, sólo que en Santa Teresa se resolvía sólo en amor y
en Unamuno en pelea, muchas veces. Para Santa Teresa Cristo era un novio, un
amante y sólo para ella, aunque lo disimula. Para Unamuno, un yo contrario y
para todos. Gran cosa hubiera sido que Unamuno y Santa Teresa, vecinos en sus
dos provincias –Ávila, Salamanca— y hoy huesos muy cerca bajo tierra, se
hubiesen conocido. Qué cosas hubiera escrito Unamuno de Santa Teresa y qué
cosas hubiera escrito Santa Teresa de Unamuno. Son los dos hermanos de nuestro
Don Quijote, porque Santa Teresa fue en todo la mujer quijote española:
idealista y andariega de caminos, como Unamuno.
La conocida frase del injenioso Cocteau epigramático del “boulevard”
parisién: “Víctor Hugo es un loco que se creyó Víctor Hugo” se le podía aplicar
a Unamuno con un lijero cambio: “Dios es un loco que se cree Unamuno”.
No sé lo que había de dios en Unamuno, pero es evidente que,
al irse de nuestra España, se ha llevado de las calles mucho dios. Nos falta
mucho dios con la falta de Unamuno, esto nadie lo puede negar, y en algo
tendría razón, cuando es así. Sí, mucho se notará con la muerte de Unamuno la
muerte de un dios en España, de un dios socrático y cristiano. Lo pondrán otra
vez en los altares con traje celeste y rosa, olores de París y peinado con la
permanente como les gusta a las señoras, pero no por las plazas, por los
mercados con don Miguel.
(Juan Ramón Jiménez: Españoles de tres mundos (1914-1940), Barcelona: Visor Libros, 2009. --Primera edición: Buenos Aires: Losada, 1942--)
Más humoradas filosóficas AQUÍ
(Viene de «PANORAMA DE LA EDUCACIÓN EN ESPAÑA I (Informe OCDE 2025): PRESENTACIÓN»)
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| ©El Roto-El País, 18-07-2026 |
Hace veintisiete años, escribí esta carta al director
de El País:
«Mi hijo empieza este año a cursar primaria en un colegio
público: su aula está presidida por un crucifijo como en los rancios tiempos
de El florido pensil. Quienes, como él, no opten por recibir
religión y moral católicas, se verán obligados durante el tiempo en que la
Iglesia utiliza las instalaciones del colegio y el dinero público para expandir
sus doctrinas, a rellenar este hueco semanal en su horario de cualquier manera,
pues en algunos colegios no hay nada programado como alternativa o, contando
con la buena voluntad de algún maestro, recibirán algún taller de ajedrez o
algo similar. ¿Por qué no se impone la sensatez y se imparten las doctrinas fuera
del horario lectivo, impulsándose una materia de formación religiosa común para
todos los alumnos, que afronte el hecho religioso en toda su diversidad?
La próxima primavera, volverán las fiestas religiosas y, con
ellas, las procesiones de santos y vírgenes acompañados por ayuntamientos de
todos los colores políticos, con su alcalde, provisto siempre de los símbolos
del poder, a la cabeza de estas comitivas cívico-religiosas. Y si nos perdemos
algo, nuestra cadena pública autonómica nos tendrá puntualmente informados del
fervor mariano allá donde surja. Tanta grosería debe ofender también a los
creyentes no adocenados. ¿Dónde está el respeto a las minorías? ¿Es España un estado laico?» (El País. Cartas al director, 20
de octubre de 1999)
¿Qué ha cambiado cuando han pasado casi treinta años y
nuestra democracia se acerca a la cincuentena?
La enseñanza de la fe religiosa católica, judía, evangélica
o musulmana por parte de ministros –sean un sacerdote, un rabino, un pastor, un
mulá, o cualesquiera otras personas designadas por las autoridades religiosas—
sigue estando presente en el currículo oficial y, por consiguiente, sigue
impartiéndose tanto en colegios e institutos públicos como privados-concertados, sostenidos también con fondos públicos. Esto supone que quienes no desean recibir ese tipo
de doctrinas, deben ocupar ese tiempo del horario semanal –una hora, al menos—
en contenidos de otro tipo, que no serán curriculares –como mucho, formación en
valores cívicos—, dado que esas autoridades religiosas también se meten en
cuáles deben ser los temas abordados en esa asignatura alternativa. Por otra parte,
el Estado español es quien abona las nóminas de estos “profesores”
–catequistas, más bien— al servicio de una opción ideológica personal, como es
la fe o creencia religiosa. Esto supone una grave anomalía en el sistema educativo español
en relación con la mayoría de los sistemas de los demás países europeos; no
solo Francia –un país que protege la laicidad como valor constitucional
esencial—, sino incluso en un estado teocrático como es el caso del Reino
Unido.
Desde los primeros años 2000, asociaciones como “Pi i Margall por la Escuela Pública y Laica” --que fundamos en Motril un grupo de madres, padres y educadores, y tuve el honor de presidir-- o “Europa Laica”, han expresado su argumentada y justa protesta por esta situación que vulnera la neutralidad de un Estado
democrático aconfesional como debe aspirar a ser el nuestro. Han denunciado también esos acuerdos
preconstitucionales –pues, aunque fueron aprobados en los primeros días de
enero de 1979, tras el referéndum constitucional de diciembre del 1978, fueron
negociados y redactados previamente, recogiendo beneficios y privilegios que
han sido señalados como inconstitucionales por parte de expertos
constitucionalistas como Gregorio Peces Barba, uno de los siete padres de nuestra ya
achacosa Carta Magna—.
A un Estado democrático le debe preocupar la formación en valores
éticos y cívicos de sus miembros, pues necesita ciudadanos racionales y
libres, respetuosos con las normas y con los derechos humanos universales,
conscientes de la importancia del respeto a la vida animal y al medio ambiente,
y capaces de un desarrollo personal satisfactorio, lo que incluye también una
educación para la salud corporal y mental. Se trata de valores fundados en la
racionalidad común, compartida, alcanzados a través del diálogo y el consenso. Sin
embargo, los valores (¿antivalores?) que las religiones puedan difundir es algo
que, a un Estado de derecho debe resultarle, cuando menos, indiferente y, en
algunos casos, hasta peligroso y perseguible por su frecuente carácter xenófobo,
intolerante, iliberal, supremacista, supersticioso, violento, machista, homófobo, y un
largo y tenebroso etcétera. Sí debe garantizar, por el contrario, una educación
cívica para todos, basada en esos valores compartidos a que hemos aludido.
En la última reforma educativa llevada a cabo por
la ministra Celáa (PSOE), bajo la presidencia de Pedro
Sánchez –LOMLOE, 2020—, aunque la religión deja de contar para la promoción de
curso y para el cálculo de la calificación de cara a la obtención de becas o
ingresos en estudios superiores –¡faltaría más!—, sin embargo, sigue gozando de
esa presencia en el currículo y en el horario semanal al que antes aludíamos,
permaneciendo al mismo tiempo como una asignatura evaluable más. Aunque el
Estado dejó en manos de las autonomías la decisión de dónde ubicar la religión
en el horario semanal, la realidad es que seis años después la religión sigue
presente en los 12 cursos de la enseñanza primaria y secundaria –ESO y Bachillerato—
con, al menos, una hora semanal. Esto supone un total de ¡¡450 horas!! de religión
a lo largo de la enseñanza básica (1).
Sólo cabe decretar la salida del adoctrinamiento religioso del currículo y su sustitución por una formación en historia de las religiones impartida exclusivamente por personal funcionario público con la formación universitaria adecuada.
(1) Si, a poco más de un año de que nuestra democracia se convierta en una madura señora de cincuenta años, no hemos sido capaces aún de revisar los Acuerdos con el Vaticano --que son sustancialmente los mismos que firmó en los años cincuenta el dictador Franco--, ni de suprimir el adoctrinamiento religioso en la aulas, ni de darnos una necesaria Ley de libertad de conciencia que permita evitar el espectáculo bochornoso de artistas y humoristas llevados al juzgado por un trasnochado delito de ofensa a creencias sacrosantas, ni tampoco hemos sido capaces de abordar reformas constitucionales tan profilácticas como la supresión de la inviolabilidad e irresponsabilidad del monarca-Jefe del Estado; ni de impedir la impunidad de jueces que hacen política; ni tan siquiera de plantear de una vez la necesidad de un referéndum sobre el modelo de Estado que desean la mayoría --república o monarquía--; y si, además, todo esto sigue sucediendo después de más de ocho años de un gobierno de coalición de izquierdas, entonces podemos concluir que hay graves motivos de preocupación en torno a la salud democrática de nuestro país.
(Para leer "Panorama de la educación en España 2012", clicar AQUÍ)
(Para leer más sobre Religión en las aulas, clicar AQUÏ)