domingo, 1 de enero de 2023

ESTIMADO USUARIO

 

En una conferencia de 1965, Erich Fromm utiliza la expresión Homo Consumens para referirse a un sujeto cuyo "objetivo principal no es tanto poseer cosas, sino consumir cada vez más para compensar así su vacío interior, la pasividad, la soledad y la ansiedad" (El amor a la vida, 1997).

Niño de las Pinturas
(Realejo de Granada)

       Desde la modernidad a nuestros días, diversas dimensiones de esta nuestra sociable insociabilidad (I. Kant dixit) han ido adquiriendo protagonismo. Partiendo del ciudadano y sus cuitas por ver reconocidos sus derechos, y pasando por el proletario y el elector, con las suyas respectivas, hemos llegado, por fin, al reinado del consumidor. Hoy, ante todo, somos eso, consumidores que creen reinar en un mundo que, en realidad, les esquilma.

Esta vana vertiente nuestra de seres que adquieren y usan determinados productos ha alcanzado preponderancia sobre cualquier otra dimensión de nuestra compleja condición humana. "En cuanto no es cliente, el hombre moderno es comerciante", añadía Fromm en The Dogma of Christ. En la colmena en que convivimos ejercemos como trabajadores o empresarios, estudiantes o educadores, sanitarios o pacientes, tenderos o clientes, curas o creyentes, jueces o reos, creadores o espectadores, y un largo etcétera. Pero estas dimensiones han quedado eclipsadas por nuestra potencialidad como contumaces compradores sin rostro. Así, bien agrupaditos, somos más... manejables.

El filósofo coreano Byung-Chul Han utiliza la expresión "el infierno de lo igual" para describir la homogeneización del mundo fruto del consumismo globalizado.

Una perspectiva puramente economicista lo contamina todo, y, así, los creadores de falacias tan obtusas como "crecimiento negativo" o "el turismo es una industria", inventan ahora la fórmula según la cual "la Cultura se consume".

Consumir cultura me parece una acción tan impropia como lo sería pretender hacer un comentario filosófico del prospecto de la aspirina o una hermenéutica de las instrucciones para el montaje de la silla de Ikea.

Ya no solo consumimos papel, patatas o combustible. Ahora, un libro o una pintura no se lee o se contempla, ni se disfrutan; se consumen. Los consumimos, es decir, los agotamos (¡y excretamos!), según el significado propio de esa palabra (del latín consumere, agotar, desgastar). Y así, cada año se publican las estadísticas de consumo de cultura (o de "productos culturales") en España, según las cuales consumimos cine, información, viajes y conciertos, exposiciones, simposios o congresos, encuentros poéticos y teatro; y, ya puestos, besos y caricias.

Y, por estas mismas razones, somos considerados como meros usuarios cuando acudimos a un hospital, a un centro asistencial o a una escuela. Anónimos usuarios, que no miembros de la comunidad que esas instituciones están llamadas a generar. Porque se espera que usemos sus servicios como quien utiliza los de una gran superficie comercial, en una disposición de pura transacción económica sin más compromiso que el beneficio tangible, mensurable. A partir de ese presupuesto (perdón, quise decir "premisa"), ya no será bien visto hablar de sanitarios y docentes, sino de recursos humanos; ni tampoco de tesis o artículos, sino de producción científica; ni de salud y valores, sino de resultados.

Fue Sócrates (que se autodenominaba 'tábano' por el tostón que daba con su cháchara de preguntas e irónicas inquisiciones) quien, a la vista de los productos de un mercado, exclamó: "¡Cuántas cosas hay aquí que no necesito!". Y, tal vez, importunara a alguien que acertaba a pasar por allí para dialogar con él: "Amigo, ¿realmente necesitas todo eso que has comprado? Y si me respondes que sí, piensa si la necesidad que te mueve coarta o no tu libertad. Porque, etcétera, etcétera." Y luego vino el filósofo cosmopolita Diógenes de Sinope, nudista y jipi defensor de la Aldea global, que no pisaba un comercio; y, unos siglos después, Cristo, otro rebelde, que expulsaba a los mercaderes del templo.

La sabia austeridad de Sócrates, Diógenes y Cristo representaba un considerable avance del espíritu humano. Aunque sabemos que, a la postre, esa ira santa (que también llevó a Cristo a sostener lo del camello y el ojo de la aguja por el que este había de pasar) quedó para herejes franciscanos dulcinistas o para montaraces y barbudos teólogos de la liberación.

En fin, desde entonces, los mercaderes, alarmados ante un sentido común tan lúcido como ruinoso para sus negocios, se pusieron a maquinar la manera de hacernos ver que todo lo que ellos venden es necesario para alcanzar... nada más y nada menos que la felicidad. ¡La felicidad, qué tesoro tan venerado! Ya aclamado por la ética eudemonista de Aristóteles como el objetivo primordial de cualquier existencia humana, por ser el único bien que, a diferencia de otros como el dinero o el poder, se desea como fin en sí mismo. ¡Y vaya si los magos del dinero están consiguiendo imponer esa identidad entre felicidad y consumo!

Y sus consecuencias están a la vista. Hoy, los que saben hablan del Antropoceno (Ramón Fernández Durán, El Antropoceno. La expansión del capitalismo global choca con la Biosfera, 2011). Y, en esta nueva época geológica, el protagonista es el Homo Consumens, sucesor del Homo Sapiens Sapiens, que lo fue en el Holoceno. No son ya avatares geológicos, astronómicos o climáticos los que modelan el medio terrestre, sino nuestra voracidad depredadora asistida por una capacidad tecnológica que se ha multiplicado en muy poco tiempo.

Tal vez sea la Inteligencia Artificial, asociada en el cine a un distópico futuro, la que tenga que venir, al fin, a redimirnos, a sacarnos del error para reconducir lo que llamamos progreso. Por ahora, los dioses y sus profetas han servido de bien poco. Y que conste que los hemos dejado hacer mucho.

FILOSOFÍA Y LAICISMO

viernes, 23 de diciembre de 2022

RECETA DEL POTAJE DE GARBANZOS

        

   

     Cuánta verdad y cuánto amor contienen estas pocas letras de trazo inseguro. Verdad y amor en la austera sencillez del plato, un potaje de garbanzos (o de habichuelas, aclara su autora) y en sus ingredientes; en el esfuerzo por hacerse entender a pesar del escaso trato con la escritura que delatan; en el afán de proteger al hijo que va a partir, pues a él iban dirigidas estas recetas, para que sepa valerse por sí mismo.

Es una nota hecha a vuela pluma, sin tiempo para pensar, para corregir. Retrata a una mujer esmerada, atenta al cuidado de los suyos, pero también muy ocupada, tal vez estresada...

Al observar con atención, vemos cómo sus fallos ortográficos quedan amortiguados por la perfecta ejecución de las tes, sus personales jotas, sus barrocas íes griegas o incluso el afán estético que encierran sus esmeradas bes. Y por la horizontalidad y equidistancia entre líneas, vestigio de aquella niña aplicada que muy pronto tuvo que abandonar el cole al quedar huérfana en una España que ajustaba cuentas a tiro limpio. Esa pericia frustrada que, a pesar de todo, aún adivinamos en el dibujo de sus letras es resultado, tal vez, de la disciplinada repetición de los ejercicios de caligrafía, pensados para domesticar la mano inquieta de una niña como ella en una escuela pobre, de urgencias.

Es la escritura de una mujer que llevaba una casa muy poblada de hijos, y que, durmiendo poco, también tiraba de su negocio, una modesta tienda de papelería con juguetes y regalos. Antes había sido oficiala en la sastrería de mi padre, en la que entró de aprendiz con catorce años.

Con setenta años volvió, con alegría y determinación, a la escuela de mayores Pedro de Escavias. Y también aquí encontró Concha hueco para acudir cada mañana al albergue San Vicente de Paúl, donde ayudaba a preparar los desayunos.

Había mujeres que, despojadas de otras ocupaciones u oficios, reinaban desde las cocinas de sus casas. Entre sartenes y peroles, ejercían su magisterio y desarrollaban su creatividad. Y, aunque a mi madre no le gustó especialmente cocinar, nunca faltó en casa un plato para comer y para cenar cada día. Sus comidas predilectas eran la cocina de berenjenas, el estofado de ternera, las croquetas de bacalao o de pescada, las habas (con sus sabrosos y aterciopelados cascarabitos) con cebolla o las patatas en adobillo; y, en fiestas, se atrevía con sus maravillosos pestiños y sus gachas dulces con canela, tostones y matalahúva.

   

    El aliño de aceitunas era cosa aparte. Constituía todo un ritual, pues, como aperitivo o acompañamiento, estaban presentes en la mesa todo el año. La recuerdo sentada ante orzas repletas de aceitunas cubiertas de agua, clasificándolas por grado de maduración. El viejo mazo de madera para machacar unas, la tabla con agujeros y cuchillas para sajar otras. Y las más verdes se guardaban para el verano con un aliño que, por ser tan bravío, cayó en desuso. Machacadas en adobo las unas, sajadas con hinojo y tomillo las otras; y las amargas o de verano que, tras seis meses de espera en salmuera (para neutralizar en parte el amargor del alpechín), limón y clavo, bullían como un cava descorchado al ser abiertas en julio.

Como se ve, en estas recetas antiguas no había siempre medidas exactas de cantidades ni de tiempos. En todo caso, se añadían indicaciones por aproximación (un rato, un puñado o una pizca), confiando en el buen criterio del ejecutor.

Recuerdo leer en un recetario antiguo escrito por la tía de un amigo muy querido: "Harina Lacarmita". Pensábamos que era alguna marca o tipo de harinas. Pero acabamos cayendo en que era una mala transcripción de "Harina: la que admita".

Documentos que, como palimsestos, atesoran la infrahistoria familiar de estas mujeres que con sus manos sostienen el mundo.

FILOSOFÍA Y LAICISMO

 

jueves, 15 de diciembre de 2022

NIÑOS LUCHANDO


Calle Niños Luchando -Granada-
    Hay en Granada una antigua calle de trazado errático que lleva el inquietante y evocador nombre de Niños Luchando, que nos sorprende por resultarnos propio de una época arcaica, ya felizmente superada. Alguien que pasee por ella, quizá se traslade con la imaginación a un mundo más violento y primitivo donde los niños tuvieron que tomar las armas para defenderse. Pero el origen del nombre es bastante más prosaico, a pesar de la leyenda que circula al respecto y que lo relaciona con niños buscadores de tesoros escondidos. Su origen, digo, está en un bajorrelieve hoy desaparecido, que lucía adosado a la fachada de la casa ubicada a la altura de la Plaza de la Encarnación, sustituida hace décadas por un anodino edificio de viviendas. La imagen representaba a unos niños 
enredados en un ancestral tipo de lucha griega, conocida como pancracio, en la que los combatientes usaban los puños y las piernas para abatir al contrario. Eran, pues, dos niños jugando al pancracio; aunque hoy nadie llamaría juego a una lucha. La imagen procedía, a su vez, de un conjunto escultórico con ese mismo tema ubicado en el patio de un palacio del XVIII. Este, que hacía esquina con la calle de que hablamos, tenía el acceso por la calle Arandas. Esta casona fue derribada y reconstruida en el XX. El edificio está actualmente ocupado por una sede de los Registros de la propiedad.
Permítaseme aquí un inciso: en esta misma calle de Niños Luchando, en la fachada del convento de las Siervas de María, colindante con la casa desaparecida, había otra placa que recordaba a otro joven luchador, el estudiante de medicina Ruiz de Peralta, que encontró la
Fuente:Granada Hoy

muerte ante este convento el 11 de febrero de 1919. Formaba parte del grupo de estudiantes que se atrincheró en el Rectorado –actual Facultad de Derecho- en la huelga convocada contra el caciquismo y fue abatido por la Guardia Civil. Aunque la placa fue retirada por alguien aprovechando una reforma de la fachada, aún permanece el vestigio de los cuatro tacos que la sujetaban a la pared junto a la puerta de acceso al convento. Bien podría haber sido en su memoria que llamaran a esta calle así. (La joven de la esquela de la izquierda de la imagen también perdió su vida ese día, como consecuencia del impacto de una bala perdida que recibió estando asomada a la ventana de su propio domicilio).

    A pesar de los cambios, nuestros niños siguen hoy luchando en nuestras civilizadas sociedades. Luchan, compiten entre sí y contra ellos mismos, enfrentados a los fantasmas interiores que nuestro mundo alimenta.

   Así lo delatan las elevadas cifras de niños y jóvenes afectados por enfermedades mentales que alcanzan las dimensiones de una pandemia. Otra. La ansiedad, la depresión, el aislamiento, el suicidio y los trastornos alimentarios son un signo de nuestra época y una consecuencia de, al menos, dos características propias de la misma: la insana competitividad y la excesiva valoración de la imagen.
    
    La sobrevaloración de la imagen corporal y del éxito económico asociados a una sobreexposición en las redes sociales tiene que ver con este estado de cosas, en especial entre los jóvenes más vulnerables. Y los trastornos alimentarios, que afectan a todos los grupos sociales, así lo prueban. Son enfermedades de nuestra época, que vienen a desmentir el aforismo según el cual no hay nada nuevo bajo el sol. 

        Se genera un marco donde todo se monetariza y en el que nadie parece poseer nunca lo suficiente en dinero, belleza o juventud. Es un escenario proclive a la frustración crónica que espera en falso ser calmada con nuevas compras y con más exhibición en la plaza pública de Instagram o twitter. El dogma del crecimiento y el pánico no ya a la contracción, sino al mero mantenimiento de las cifras de negocio, lleva a los economistas a referirse a la disminución de los parámetros con el ridículo oxímoron de "crecimiento negativo".

      Una sociedad altamente competitiva destierra valores como la empatía, la solidaridad o la colaboración, y los sustituye por sus contravalores. Síntoma de ello es el abundante buenismo que, en forma de tómbolas televisadas o lacrimógenos anuncios publicitarios que vuelven en Navidad, inunda nuestras pantallas. Formas superficiales y poco molestas de encubrir o disimular nuestra pasividad culpable.

        Y esto también lo observamos en los modelos educativos que se vienen imponiendo y que pretenden trasladar a las aulas el discurso del éxito profesional o empresarial. Aulas demasiado cerradas en las que se imparten asignaturas y áreas de conocimiento demasiado constreñidos desde un dirigismo estatal que desconfía de la capacidad de los docentes. Contenidos clausurados y niños encerrados y hacinados en aulas con ratios descabelladas durante seis o más horas diarias, entregados a hacer o a preparar exámenes (ese añejo instrumento de evaluación tan denostado por los buenos docentes y pedagogos). Son niños sin tiempo para pensar, descansar, pasear, distraerse, jugar... y protestar.

        Escuelas así son centros de clausura más que espacios para la alegría, el diálogo y un equilibrado desarrollo de los talentos o inteligencias múltiples. En un contexto así es fácil que germinen conductas inadaptadas que, en unos casos serán de agresividad y en otros de inhibición.

        Se excluyen la improvisación, la diversidad, o la mera posibilidad de generar huecos en nuestras apretadas agendas escolares para cultivar eso que Nuccio Ordine exalta y que, bajo el apelativo de lo inútil, engloba cosas tan necesarias. Inútiles por no rendir provecho material inmediato: la filosofía, las lenguas clásicas, la música, el teatro y las artes en general; o el mismo juego, tan intrascendente como creativo y formativo. O también la simple curiosidad, facultad esencial por humanizadora. Casi ausentes todos ellos en un grisáceo sistema educativo, ahogado en farragosos documentos, siglas y abigarrados conceptos que desaniman al maestro más que ayudarle en su difícil misión.

      Pero no podemos olvidar ese elenco de saberes y talentos "inútiles" si queremos preparar a nuestros alumnos para otra sociedad posible, que no para esta. Pues, a veces, casi siempre, los docentes estamos para formar contra los valores que nuestra sociedad encarna. Solo así cabe el progreso humanista, capaz de desterrar el cansancio y el miedo que generan la ignorancia supersticiosa, los bulos que se imponen en las redes de la posverdad y el consumo desaforado (Bernat Castany, Filosofía del miedo, 2022).

    Hace ya algún tiempo, en mi Instituto, llevamos a cabo una innovadora experiencia pedagógica. Éramos un grupo de profesoras entusiastas. Contamos para ello con el apoyo del alumnado y sus familias. En un viaje a Limoges en el marco del programa educativo europeo Arión, había visto cómo trabajaban "les ateliers" en un liceo, y me pareció trasladable a mi instituto. Y nos pusimos manos a la obra. Se trataba de crear talleres impartidos por el profesorado del centro, mas también por el alumnado de más edad y sus familias, en función de las capacidades e inquietudes de cada cual. Cada semana se escogía un día distinto para no afectar siempre a las mismas materias. Ese día les restábamos diez minutos a cada una de las seis clases de la mañana, y obteníamos así 60 maravillosos minutos, ¡una hora para hacer otras cosas y hacerlas de otra manera! Se impartían talleres de yoga, de ajedrez, de teatro, de fotografía, de diseño, de dibujo, de alimentación saludable y de otras mil cosas más. Los alumnos elegían los talleres, indicando hasta cinco según sus preferencias. Luego se distribuían de manera que en cada grupo no hubiera más de quince. Cada tres meses, rotaban de taller. No había criterio de edad o de nivel, de manera que durante esa hora se mezclaban todos en los diferentes espacios educativos: el patio, el salón de actos, los laboratorios, el gimnasio, la cafetería, la Biblioteca o las aulas. En ellos se encontraban con compañeras a las que les unía un interés común. Os aseguro que era una fiesta. El centro cambió y todos esperábamos con ilusión ese momento semanal de aprendizajes sin corsé, sin libro de texto, sin examen. Pero la alegría duró poco, pues esta experiencia sobrevivió solo un curso. Al siguiente, la autoridad competente entendió que no estaba justificado restar esos pocos minutos semanales al currículo oficial. Aquí terminó la tan traída y llevada autonomía de nuestro centro educativo.

       La implantación del Bachillerato Internacional en el seno de la escuela pública es también buena muestra de lo que vengo hablando y un síntoma de la "tiranía del mérito" (Michael Sandel, 2020 y César Rendueles, 2020). Constituye un desatino que en la escuela pública, tan necesitada de recursos de todo tipo, se dediquen ingentes fondos y esfuerzos personales a un modelo de bachillerato de corte elitista (para acceder no hay más criterio que las calificaciones) y supervisado por agentes externos pertenecientes a una institución privada de solvencia y transparencia más bien escasas. En los centros donde se implanta, se produce una derivación de alumnos brillantes hacia esa modalidad de bachillerato, circunstancia que perjudica al resto de grupos, pues empobrece su diversidad. No obstante, muchos de los escogidos, abandonan pronto por no soportar un nivel de competitividad tan elevado.

    En nuestros centros, vemos con frecuencia a nuestros niños luchando más que colaborando entre sí. Especialmente en los cursos superiores de las enseñanzas medias. No se construye así una escuela enriquecedora y emancipadora, que esté más atenta al matiz y a la disidencia que a la norma; una escuela que sea lugar de encuentro de sensibilidades diversas, compensadora de las desigualdades de partida, pendiente de educar a personas críticas, libres y felices.

        No proponemos aquí una nueva reforma, que ya van ocho en poco más de cuarenta años (LOECE, 1980; LODE,1985; LOGSE, 1990; LOPEG, 1995; LOCE, 2002; LOE, 2006; LOMCE, 2013; y LOMLOE, 2020). Sale a ley por lustro, cuando no es posible hacerse a las prácticas, metodologías y nomenclatura de leyes orgánicas de esta envergadura en menos de una generación. No creo que exista otro ámbito público tan necesitado de estabilidad normativa y tan zarandeado por la incertidumbre constante de reformas y contrarreformas. Fueron leyes que lo cambiaron todo para que casi todo siguiera igual, salvando, claro, algunos avances importantes como la prolongación de la escolarización obligatoria hasta los dieciséis años o el refuerzo y democratización de los órganos colegiados de los centros –hoy ya, de nuevo, muy desdibujados-.

        Se trata de que nuestros niños colaboren y dejen de competir. Es, por tanto, un cambio de paradigma, que confíe más en los docentes, que libere a los discentes y que abandone el valor del crecimiento cuantitativo, mensurable, por el del crecimiento personal, intangible, poco productivo en dinero o especies, pero más conducente a una felicidad frágil, pero serena, y a una sociedad más justa, equitativa, respetuosa y pacífica.

viernes, 25 de noviembre de 2022

PSICOLOGÍA: ACTIVIDAD INTERGENERACIONAL EN UN CENTRO DE DÍA

 

OBJETIVOS DE LA ACTIVIDAD:

Conocer las funciones de una psicóloga en un Centro de Día para personas mayores

Permitir el intercambio de experiencias entre jóvenes y mayores

Conocer la dinámica de grupos

Favorecer la convivencia del grupo y el conocimiento del entorno

Valorar la importancia de la experiencia vital de los mayores

Reconocer el valor del trabajo terapéutico con los mayores desempeñado por los especialistas




El ruido en El Independiente de Granada

El diario El Independiente de Granada se hace eco de la preocupación del PP municipal por la inacción del gobierno de la ciudad ante la contaminación acústica, un problema que afecta a la salud física y mental, al rendimiento intelectual y al bienestar. La OMS la describe como una auténtica pandemia y como la primera molestia ambiental en los países industrializados. Pero qué más da, insertos como estamos en debates líquidos donde cualquier argumento (por falaz que este sea) en pos de un interés económico resulta irrebatible a priori. 

En vista de la falta de interés de Paco Cuenca, el alcalde, por elaborar un nuevo mapa de ruido que permita determinar las áreas saturadas y proteger los derechos de quienes habitan las calles y plazas (asoladas por terrazas sin control, hordas de turistas, ruidosos festivales para niños y mayores -algunos organizados por el propio Ayuntamiento-), los representantes municipales del Partido Popular han elaborado su propio mapa. Pero olvidan mencionar Bib Rambla y Pasiegas, dos plazas del centro histórico que han dejado de ser lugar de recreo para transformarse en escenario permanente (con megafonía incluida, claro) y espacio de negocio sin ley para la hostelería. Cuando un vecino llama a la Policía Local para quejarse, esta responde que no dispone de medidor de decibelios para levantar denuncia y aconseja al sufrido vecino que acuda el lunes a presentar un escrito ante la Concejalía de Medio Ambiente.  

Cuenca debe de estar muy ocupado resolviendo otro gran problema de nuestra querida Granada, la  contaminación ambiental. Granada es la tercera ciudad del país con más sustancias tóxicas disueltas en el aire que respiramos sus vecinos, y la única de sus características sin un parque de bicis públicas de alquiler. 

Están haciendo de nuestros barrios lugares llenos de ruido y de furia. 

AQUÍ ESTÁ EN ENLACE A LA NOTICIA: "El PP exige un nuevo mapa de ruidos"

www.filosofiaylaicismo.blogspot.com

viernes, 23 de septiembre de 2022

Andújar, Ciudad Muy Mariana

El alcalde de Andújar, del PSOE, propone al Pleno municipal añadir a los títulos tradicionales de la ciudad ("Muy noble y muy leal") el de "Muy mariana", dado el gran fervor popular que concita desde hace siglos la afamada romería de la Cabeza. Dice el regidor que el marianismo trasciende lo religioso y se extiende a lo cultural, histórico, antropológico... 

Tal vez, pero, de ser esto como él dice, no entiendo qué necesidad hay de imponer ese sesgo religioso en la nomenclatura oficial de la ciudad, que debe ser espacio de convivencia y respeto por todos, al margen de sus adscripciones ideológicas. 

En tiempos de crisis, los políticos fulleros se inclinan hacia el populismo y la demagogia en una estrategia de cortas miras que, ante todo, busca provechosos caladeros de votantes, amén de hacer lo indecible con tal de vincular sus nombres a la historia local. Trasluce a distancia un afán de protagonismo infantil, pero también peligroso. 

Hay títulos que se ajustan bien a los requerimientos elementales de una democracia y que incluso pueden ayudar a orientar los esfuerzos municipales hacia objetivos loables y comunes: "Ciudad de la enseñanza", por ejemplo, o del deporte, de la cultura, del teatro, o de la música...  Y tantos otros. 

Me pregunto qué aporta su propuesta de cara a hacer de la comunidad que rige un lugar más inclusivo en la diversidad, más abierto y dialogante con el diferente, aunque este represente una exigua (y, me temo, que cada vez más exangüe) minoría. Tampoco creo que satisfaga su ocurrencia a quienes viven sus creencias con una actitud de respeto hacia el vecino que no comparte sus ideas, pero sí sus calles, parques y plazas. 

Desde luego, para quien practica otro credo religioso o sencillamente es agnóstico o ateo, la idea de añadir esa coletilla al nombre de la ciudad que habita, no debe de hacerle ninguna gracia pues es un motivo más para hacerle sentir extraño en su tierra. 

Si estas son las propuestas de un alcalde progresista... Qué cabe esperar de un Juanma Moreno que, cual Robin Hood 3.0, nos quita maestros de las escuelas (Andalucía tiene el récord nacional en ratio de alumnos por aula) y sanitarios de los hospitales (también estamos a la cola de las comunidades en este ránking), para que los que más tienen se ahorren casi 100 millones del impuesto de Patrimonio. Ahora, ya endiosado en su fastuoso Palacio de San Telmo, y arrobado en su flamante mayoría absoluta, hará buena la legislatura pasada en la que dependía de Vox (¿recuerdan nuestros diccionarios escolares?) y Ciudadanos. Cunde el desánimo y hay motivos para ello. 

Nos encontramos en franco retroceso ideológico en lo referente a valores democráticos básicos (y recogidos en nuestra ya achacosa Constitución), como son la necesaria neutralidad ideológica de las instituciones públicas, la preservación de los servicios públicos (la educación y la sanidad, en particular) o la construcción de sociedades inclusivas, no solo desde el punto de vista económico y social, sino también ideológico. 

En estos días difíciles, las democracias no asentadas en un pacto transversal y firme por el estado del bienestar -servicios públicos de calidad-, degeneran con facilidad en demagogias que, a poco que nos descuidamos, desembocan en fatales tiranías, de las que tenemos cada día nuevos ejemplos en todos los continentes. Y éstas no tienen fácil marcha atrás. 

ADDENDA: En el Instituto de Granada donde imparto clases de Filosofía, los grupos de Bachillerato están a 36 alumnos, un número similar al que había en las aulas del Instituto de Andújar donde estudié COU en 1982. ¡Poco hemos adelantado, pues, en 40 años! 

FILOSOFÍA Y LAICISMO

sábado, 10 de septiembre de 2022

Delegaciones encastilladas

Mientras las delegaciones provinciales de la Consejería de Desarrollo educativo y formación profesional permanecen encastilladas en un laberíntico sistema de cita previa que aburre al más animoso -sea este alumno, madre o docente-, y nos trae a la memoria el pavoroso y larriano "vuelva usted mañana" de una burocracia inexpugnable; la inspección educativa emite la instrucción de que este curso se prohíben las reuniones telemáticas en los centros educativos, tanto de los equipos docentes como de estos con las familias del alumnado. El trabajo telemático se ha mostrado eficaz, tanto para la consecución de los objetivos académicos, como para la movilidad sostenible en nuestras exhaustas ciudades, y también para la conciliación familiar. La prueba de su eficacia está en que muchas empresas y administraciones lo siguen manteniendo para sus trabajadores. Al parecer, la administración andaluza no lo entiende así, sino más bien como privilegio exclusivo de unos pocos. Esto sucede en la Comunidad que menos ha reducido la ratio en las aulas después de la pandemia. Es el nuevo Gobierno andaluz del buenazo de Juanma que, como un nuevo don Tancredo, basa su éxito en aparecer cuanto más quieto mejor, dejando chamuscarse a otros.

FILOSOFÍA Y LAICISMO