domingo, 27 de abril de 2014

Lúcidos (II)

Si la historia no fuera siempre una teodicea cristiana disfrazada, si se hubiera escrito con más justicia y más fervor de simpatía, estaría muy lejos de poder prestar hoy el servicio para el que se emplea, a saber, como opio contra toda tendencia revolucionaria e innovadora. 
NIETZSCHE, Consideraciones intempestivas, 3, IV

jueves, 10 de abril de 2014

Todo lo que era sólido


Vengo de leer la última obra de Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido (Seix Barral. Barcelona, 2013). Su autor, emulando al Tábano ateniense, se embarca en una reflexión lúcida, rebelde y, en
Antonio Muñoz Molina
ocasiones, amarga acerca de lo que comenzó siendo un proyecto de país. Condensan sus páginas el desengaño de las ilusiones que prendieron en los jóvenes corazones que soñaban con un futuro de libertad y justicia en las puertas de nuestra truncada Transición desde las tinieblas de la dictadura. La democracia no podía ser sino un sistema que garantizara la igualdad de oportunidades, la justicia social, la libertad y la participación ciudadana, la ilustración popular y el premio al esfuerzo y al mérito. Pero vino a ser una democracia sin alma y con rostro de cemento; un gigante de plomo que ignora a los débiles y protege a los poderosos.
Antonio Muñoz Molina indaga en las causas de esa estafa moral y muestra la sensación de extrañeza de quienes no se suman al fiestorro de lo folclórico, de lo cañí-autonómico, a los fastos del nacionalismo legañoso (el españolista o el de los otros), a romerías y procesiones o a funerales de Estado.
El diálogo sereno de las ideas, atento a las razones del otro y sujeto a las normas de la honestidad intelectual en la búsqueda generosa del bien común, ha dado paso a un guirigay de monólogos simultáneos que no sostienen ideas sino creencias con argumentos tan efectistas como falaces, del tipo “y tú más” o “si me atacas no eres patriota”.
El darwinismo social, el triunfo de los fuertes, es la clave del neoliberalismo que todo lo impregna: la lógica depredadora y competitiva de los negocios se pretende trasladar a la educación y a la sanidad. Se criminaliza a los ciudadanos que se manifiestan en las calles para expresar su disidencia, se silencia el arte crítico y alternativo, se arrolla al periodismo independiente. Crece la exclusión de los pobres y los inmigrantes, al tiempo que se acrecienta el discurso de la caridad o el limosneo compasivo que sustituye a la exigencia de justicia social.
Las razones para el desencanto son muy variadas.  
Duelo a garrotazos (Goya)
            El país sigue funcionando con cierto orden y eficacia: los panaderos hacen el pan cada mañana, los médicos atienden a sus pacientes, los parados buscan su sustento, los padres llevan a sus hijos cada día al colegio, donde los maestros les enseñan, en general, con profesionalidad –no confiéis en PISA, ni en la aplicación de las pruebas, ni en la presentación de los resultados-. Una ciudadanía en general honesta y laboriosa, se ve confrontada a la malversación del dinero público, al éxito de los trepas o a la renuncia a los principios (el laicismo, entre otros) de una buena parte de la izquierda; o bien al blindaje de los privilegios de la Iglesia católica que bendijo al dictador y que, luego, trazó las líneas rojas en la senda política a seguir; o al desprecio por el trabajo y el mérito anónimos, a la conversión de los partidos en bastiones del nepotismo donde no se esperan otros cambios que los de caras; al populismo, al culto al líder, a los nuevos caciques; a la incompetencia, a la codicia sin límites, a la demagogia; a la confabulación de los necios, a las oligarquías impunes, a la economía de casino; o, finalmente, a la conversión de la Constitución en un texto sacrosanto que no se toca, salvo para perjudicar a la inmensa mayoría, a los paganos de siempre (trabajadores, comerciantes, estudiantes, pensionistas, parados).
            Tenemos un país esquilmado por el latrocinio canalla de algunos y la incompetencia culpable de otros. La decadencia moral e intelectual de nuestros dirigentes contrasta con esa laboriosidad honesta de la ciudadanía que, cada vez más harta, se aleja de las urnas: éstas son las dos Españas, no las que añora el
discurso en blanco y negro de Rouco y sus adláteres.
Cuarenta años después de la muerte del dictador, decenas de miles de víctimas del franquismo siguen sepultadas en escondidas fosas comunes, mientras en calles, plazas e iglesias permanecen incólumes placas, estatuas y panteones en homenaje a sus verdugos; y cuando los hijos, nietos o hermanos de esos muertos amordazados claman justicia, se les llama resentidos y oportunistas desde el partido en el gobierno, pues, al parecer, son ellos quienes deciden qué víctimas son genuinas y cuáles no lo son.
Vivimos en un país arruinado donde quienes menos tienen han hecho sacrificios que no podían, mientras la Iglesia sigue sin pagar el IBI de su inmenso patrimonio, o el impuesto de transmisiones; un país sin aliento cuyo erario público sostiene a una familia real convertida ya en impávida esfinge, tan inútil como gravosa.  Donde no hay dinero para salvar a los desahuciados, a los parados o los estudiantes, brotan multimillonarias subvenciones para la banca (que desahucia a quienes no pueden ya pagar su casa y ahoga con su usura a quienes mantienen aún su devaluado salario) o para los dueños de unas autovías que nadie necesitaba; donde se suspenden las ayudas de acción social, se mantienen las subvenciones a carísimas y hueras televisiones autonómicas o locales, convertidas en púlpitos de la peor casta política y en escaparates de souvenir de las culturas vernáculas.
El Roto (El País)
La larga tradición del bipartidismo que arranca en el siglo XIX con Narváez y Espartero, se asienta hoy sobre una ley electoral cuyos beneficiarios (PP, PSOE y nacionalistas) no están dispuestos a negociar. No puede ser que la alternativa a este gobierno de la derecha montaraz que, con el tesón y el pulso firme de un cirujano, desmonta derechos civiles y laborales labrados en siglos de luchas luminosas y sacrificios oscuros de los que nada tenían que perder; que la alternativa, digo, no sea otra que la de un partido socialista que se despidió de sus últimos años de gobierno indultando a un banquero corrupto y pactando una infame reforma constitucional (amañada con nocturnidad y alevosía) en favor de quienes se lucran a costa de la inmensa deuda que políticos inmorales acumularon en nuestro nombre; un gobierno socialista que, por no molestar a obispos y cardenales, renunció a derogar los pactos preconstitucionales con el Vaticano, o a sacar adelante una ley de libertad de conciencia que llevamos esperando más de treinta años. Ni tampoco puede serlo una izquierda (llamada unida) que sostiene las políticas neoliberales en Extremadura o guarda silencio en Andalucía donde, después de dos años de gobierno bipartito, sólo han salido adelante dos (Ley de Memoria Democrática y Ley de Transparencia) de las más de treinta propuestas que nutrieron el pacto de gobierno que sostiene en el poder al PSOE en esa Comunidad.
En tan sólo unos días veremos a nuestros alcaldes y concejales, de uno y otro partido, contonearse solemnes en las cabeceras de las procesiones de Semana Santa, en una renovada escenificación de la sempiterna simbiosis que otorga votos y prestigio a quienes, sin escrúpulos, colocan el poder civil (que si es democrático, es laico) al pie del altar.  
Éstos y otros lamentos resuenan en las lúcidas y desesperanzadas páginas de este libro que sólo confía en la revolución operada a través de los principios cívicos, la conciencia formada y una educación pública de calidad para todos. Proyectos de altas miras, complejos y que no ofrecen la cosecha inmediata a que aspiran los tarambanas encorbatados que nos gobiernan y una parte de la ciudadanía que carece del hábito imprescindible de la reflexión.
Pero, pasen, pasen y lean...
Me acuerdo de un Viernes Santo, en Úbeda, quizás en 1973 o en 1974. Encerrados en casa de alguien un grupo pequeño de amigos leíamos por turno en voz alta y comentábamos un documento clandestino, el Manifiesto-Programa del Partido Comunista. Discutíamos sentados en el suelo porque nos parecía menos burgués que sentarnos en sillas o en sofás. Dilucidábamos el significado de la Huelga Nacional Pacífica o de la Alianza de las Fuerzas del Trabajo y de la Cultura. A pesar de nuestra cautela teníamos que levantar las voces para entendernos -en la calle, debajo de la ventana, estaba discurriendo una procesión de Semana Santa, con gran estrépito de trompetas y tambores-. Reunidos en aquel cuarto lleno de humo de tabaco en el que imaginábamos el porvenir con impaciencia apasionada, nada podía resultarnos más lejano que el espectáculo que sucedía en la calle. En la cabecera de la procesión las autoridades del ayuntamiento y de la Falange marchaban al unísono con los curas, escenificando la alianza entre el poder político y la iglesia tan impúdicamente como cuando el dictador entraba bajo palio en una catedral.
Cinco o seis años después de aquella tarde de Viernes Santo, en 1979, en el ayuntamiento de nuestra ciudad gobernaba un alcalde socialista, el primero después de la Guerra Civil. Era un hombre de pelo blanco y aire apacible, el sastre al que iba mi familia a hacerse los trajes formales de las bodas y los entierros. Se llamaba José Gámez, y cuando yo era niño lo rodeaba una confusa leyenda de persecución política. Que un hombre con aquella actitud de absorta mansedumbre hubiera estado en la cárcel era una de esas incongruencias que causan intriga en la imaginación infantil. Era <>, decían los mayores.

El Roto (El País)
El último alcalde franquista de Úbeda había sido un hombre gordo rico y rotundo que iba por la ciudad sentado en el asiento posterior de un Mercedes. Que en 1979 llegara a ser alcalde José Gámez, nuestro sastre de siempre, con sus trajes rozados y sus hombros caídos, era un signo indudable de que a pesar de todas las incertidumbres algo estaba cambiando de verdad en España. Una de las primeras cosas que hizo al tomar posesión fue quitar el crucifijo de su despacho y anunciar que en cumplimiento de la separación entre la iglesia y el estado no volvería a haber representantes municipales en las procesiones de Semana Santa.
José Gámez, socialista austero, republicano laico que jamás quiso cobrar un sueldo como alcalde y que iba cada mañana al ayuntamiento dando un paseo desde la casa modesta en la que había vivido siempre, cumplió sus cuatro años de mandato y no volvió a presentarse a las elecciones. Se había pasado la vida esperando el regreso de la democracia y manteniendo una solitaria dignidad a través de los años negros de la tiranía, pero cuando la democracia vino y su partido pasó de la ilegalidad al poder en un plazo muy breve Gámez descubrió que no había sitio para la gente como él. Al nuevo alcalde, también socialista, mucho más joven, le faltó tiempo para restablecer toda la pompa antigua de la participación municipal en las procesiones: y no sólo las de la Semana Santa, sino también la del Corpus Christi, y la de la Virgen Patrona.
El alcalde socialista de Granada, el profesor que retrasaba un mandato tras otro la vuelta a la universidad, se vestía de gran gala y de collar de oro para subir a la Abadía del Sacromonte a la cabeza de la corporación municipal y besaba con unción el pequeño cofre que contiene las reliquias de san Cecilio. El dirigente socialista andaluz José García de la Borbolla declaraba en una campaña electoral que si salía elegido como alcalde su mayor ilusión era presidir la procesión del Corpus. Igual que había hecho el Generalísimo, el Rey Juan Carlos I se arrodillaba cada año en la catedral de Santiago ante la estatua del Apóstol. Los concejales comunistas de Málaga se declaraban partidarios de la insumisión contra el servicio militar y al mismo tiempo protestaban porque los soldados de la Legión habían dejado de desfilar junto a los tronos de la Semana Santa. Durante la Semana Santa la televisión pública andaluza empezó a transmitir en directo y sin descanso procesiones, cosa que no había hecho nunca la televisión franquista.
La religión ya no era el opio del pueblo. La religión era ahora una parte de las culturas vernáculas, de las identidades colectivas inmemoriales que era preciso rescatar o preservar: incluso inventar, si era preciso, y literalmente al precio que fuera; porque ahora el dinero público que había empezado a fluir con tanta abundancia y a financiar tantos simulacros, fiestas, protocolos, solemnidades, efemérides, también se dedicó a pagar las facturas crecientes de las celebraciones católicas. Por cobardía ideológica, por falta de verdaderas convicciones laicas, por oportunismo electoral, la izquierda en el poder se volvió cómplice de las liturgias aparatosas de la iglesia y secundó y fortaleció su ocupación de los espacios públicos.
Debajo del carnaval de todas las entrañables fiestas y tradiciones católicas se esconde uno de los mayores expolios y de los mayores escándalos de la democracia española: con dinero público se subvenciona al cien por cien la enseñanza religiosa; las escuelas religiosas privadas se sostienen con los impuestos de todos. En financiar el privilegio y la educación religiosa se van los fondos que por ser de todos deberían sostener la enseñanza pública.
Era misterioso que una izquierda que venía del laicismo de la II República abrazara con tanta convicción las celebraciones de la Iglesia, y aceptara tan servilmente respetar cada uno de sus privilegios.


domingo, 30 de marzo de 2014

El régimen juancarlista, la partitocracia española y el nihilismo intrínseco del PSOE, según Antonio García-Trevijano


García-Trevijano organizó y coordinó la Junta Democrática durante la Transición
Aunque dispare sin distingos a tirios y troyanos, merece la pena oírle con atención porque desnuda algunas vergüenzas de nuestra democracia

 



sábado, 29 de marzo de 2014

A sus señorías les pone

©El Roto (El País, mayo 2012)
'Recorte' es una palabra insulsa, anodina, como aquello que viene a significar. Hasta ahora, este término traía a mi memoria los restos de pan de ángel que comía junto a mis hermanos como golosina pobre, cansados ya de roer a escondidas los jaboncillos de sastre. ¡Nos comíamos los recortes!
Pero entonces, llegaron ellos. Con el anterior ejecutivo su campo semántico comenzó a hacerse monolítico y odioso. A poco que hagamos memoria, recordaremos los recortes del gobierno Zapatero; sí, fue hace solo algunos meses (¡que parecen años!). Quienes ahora se presentan como adalides del estado de bienestar, congelaron las pensiones, bajaron el sueldo a los funcionarios públicos (entre un 5 y un 15%), subieron el IVA del 16 al 18%, y adelgazaron la inversión pública. Sin embargo, ¡ay!, olvidaron recortar algunos privilegios inveterados. Así, la exención de pagar IBI a la Iglesia católica por sus innumerables inmuebles (un regalo de 2500 millones de euros anuales). Asimismo, en 2008 se incrementó del 0,5 hasta el 0,7 el porcentaje que le asigna la casilla del IRPF a esta institución privada y se convirtió en norma definitiva lo que había sido concebido como situación provisional (la aportación del Estado a la Iglesia en tanto ésta alcanzaba su autofinanciación). Otrosí digo que dicho gobierno dio su apoyo a los de arriba sin el menor sonrojo socialista: ahí está el indulto al banquero Sáenz como broche de oro de su gestión transparente. Y quien ahora lidera ese partido se sentaba en el consejo de ministros que llevó adelante casi todos estos desmanes.
Pero con Rajoy llegó el clímax: “No puede ser que sea gratis todito”; “Estoy harto de la milonga de la economía sostenible”; “He encontrado unas partidas maravillosas de donde recortar. Ya les contaré…”; hemos oído decir a sus correligionarios en un tono paternalista que tiene mucho mérito.
Sí, la presidenta de Madrid recorta en escuela pública, pero incrementa en un 2 % las subvenciones a la concertada. Quien quiera una escuela a la carta, que se la pague, digo yo. Y también digo que el Estado sólo debe garantizar una escuela pública de calidad gratuita y para todos, máxime en estos tiempos de escasez y austeridad.
Adelgazar, bajar, recortar, congelar, escasez, austeridad, son palabras que les pone porque siempre han sido otros quienes ponen el lomo para trabajar y el rostro para que se lo partan.
España es el país que más estudiantes Erasmus envía al extranjero y que menos beca paga a cada uno de ellos (una media de 130 € al mes ¡para todo!). Es que ya no hay dinero para becas ni servicios públicos, pero sí para subvenciones a banqueros, ERE fraudulentos, monumentos faraónicos de autobombo o aeropuertos sin aviones (“¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?”, le espetó un entrañable Fabra a su indefenso nieto, dejándonos ver la concepción de lo público que ocultaba bajo sus caracolillos atusados y sus sempiternas gafas negras).
Y los bancos, los que causaron la burbuja inmobiliaria con su depredadora política de captar clientes a toda costa, reciben ahora subvenciones públicas multimillonarias. Si nadie lo evita, y no lo evitará, Bankia sumará pronto 50.000 millones de euros de dinero público: casi el doble del montante total de recortes impuestos para todo este año por nuestro gobierno-guillotina, ese que nos conduce con mano certera hacia la noche de los tiempos.
Esos bancos, obedeciendo a su ciego instinto depredador, arrebatan ahora sus viviendas a quienes han sido las víctimas de su pillaje (“usura” se llamaba antes este pecado). Siguen así acumulando patrimonio inmobiliario que, cuando escampe, volverá a engrosar sus suculentos balances de beneficios. Y entonces todo serán facilidades para devolver lo prestado (si es que se devuelve).
Ante tanta falta de sentido de lo común y tanto regocijo en el recorte, uno piensa que lo hacen porque les pone despojar a los que menos tienen de lo poco que habían conseguido tras de años de sacrificios.
Pero ahí está la lección de Grecia: castigo al bipartidismo. Como allí, la derecha pierde votos aquí y el partido socialista (¿socialista he dicho?) tampoco se recupera del batacazo (último barómetro del CIS). Aunque la gran damnificada es la democracia. Ahí está el estremecedor ascenso en Grecia y Francia de los más despiadados cavernícolas que ha conocido la humanidad desde que es humanidad.
Y a estas alturas de la cruenta intervención, cuando ya va quedando poco que amputar a nuestro famélico Estado de bienestar, sigue sin oírse la voz de ningún obispo o alto jerarca de la Iglesia católica. Haciendo gala de una mínima coherencia con los textos que declaman cada domingo desde el púlpito, debían clamar ante el poder político por que pare esta sangría injusta e inmisericorde (¿recuerdan lo del rico, el camello y el ojo de la aguja en el Evangelio de san Mateo?). Esa sangría está poniendo a los pies de los caballos a quienes menos tienen y a los jóvenes. Esta crisis los despoja de su futuro, su trabajo y su casa, y ahora también de la atención sanitaria y de una educación de calidad. Quisiera oír una voz tan firme y clara, al menos, como la del señor obispo de Alcalá. Tal vez sea que a ellos (los prelados) también les pone esta política furiosa con los débiles (parados, estudiantes, pensionistas, inmigrantes, asalariados, enfermos…) y mansa con los poderosos (banqueros, terratenientes, defraudadores, multinacionales, paraísos fiscales…). Algún mal pensado pero bien informado podría gritarles que los pobres son y han sido siempre su gran coartada.
¿Serán todos, políticos, banqueros y obispos, víctimas de lo que H. Arendt llamó la banalidad del mal? ¿O de lo que los psiquiatras denominan el contagio del mal? Sí, ese síndrome que llevó a tantos ciudadanos de a pie, como usted y yo, a colaborar con la estrategia del mal aplicada con meticulosa frialdad por los fascismos en la Europa de hace solo unas pocas décadas. El neurocientífico Simon Baron-Cohen propone en The science of evil que la crueldad humana resulta de una erosión de la empatía que transforma al otro en un mero objeto, que es lo que, para ellos, acabamos siendo usted y yo.



martes, 24 de diciembre de 2013

Aborto y principios

                                                   “La religión es el alma de un mundo sin corazón”
                                                   (K. Marx)
Después de que Wert, Ministro de educación, haya demostrado carecer de ella
(al menos en lo que se refiere a valores morales), al pretender expulsar del sistema educativo a aquellos niños que no den la talla; viene ahora Gallardón, dócil a la llamada de los obispos, con una ley que arroja a las catacumbas de la clandestinidad a aquellas mujeres sin recursos que decidan interrumpir su embarazo. Pero, comencemos por los principios.
Los principios morales rigen nuestra conducta. Entre ellos, los hay que admiten excepciones, pues consagran valores que, en determinadas circunstancias, pueden supeditarse a otros que estimamos superiores. Así, el principios que exige respetar la dignidad de los grandes simios, me lleva a rechazar cualquier acción que implique torturas, privación de libertad o atentado contra la vida de chimpancés, gorilas y orangutanes, salvo que haya en juego un interés humano relevante. Por ello, rechazaré que un gorila sea encerrado en una jaula para exponerlo a la curiosidad del público, pero aceptaré que un chimpancé sea cazado por determinados pueblos indígenas africanos, si este animal forma parte de su dieta tradicional.
Sin embargo, hay otros principios que, por su propia naturaleza, no admiten excepción alguna. Esto sucede con el respeto a la dignidad de cada ser humano. Dicho principio excluye todo trato vejatorio o humillante e impone el respeto a la vida de cualquier persona. Esta dignidad no es relativizable o supeditable a otros intereses o valores. En función de un principio tal, yo sostengo una oposición radical a la pena de muerte. En ningún supuesto la considero admisible, pues el considerar una sola excepción, debilitaría el valor absoluto sobre el que se asienta el principio: la dignidad de la persona, de cada persona sin excepción, incluida la del reo más abyecto.
Pues bien, consideremos un argumento que tenga como premisa número uno ese mismo principio, y, como premisa número dos la consideración del no nacido, desde el momento mismo de la concepción (es decir, en su fase de cigoto) como un ser humano en pie de igualdad con cualquier otro. La conclusión será que el aborto no es admisible, y no puede serlo en ningún caso: ni malformación del feto, ni peligro para la vida de la madre, ni tampoco violación de ésta.
Esta es la posición que, en mi opinión, daría coherencia a las palabras del actual Ministro de justicia cuando, ante la interpelación de una senadora socialista, sostiene que hasta ahora se han reconocido solo los derechos de la madre, pero se han olvidado los del no nacido. No hace aquí el señor Ministro distinción alguna entre un cigoto y un feto de 14 o más semanas de vida. Empieza, pues, el Ministro refiriéndose al no nacido como una persona con iguales derechos que cualquier ser humano, pero acaba admitiendo que, en algunos supuestos (violación y peligro para la vida de la madre) su exterminio sí será legal. Hay aquí una contradicción. Si realmente cree en lo que dice, no le queda otra que prohibir el aborto sin excepción alguna.
Debe ser porque él sabe que equiparar al no nacido, en general, con un ser humano, no es hablar con propiedad. Un cigoto no es una persona, lo cual no significa que pueda ser tratado de cualquier manera. Merece respeto por lo que significa, un proyecto de vida humana. Pero, en caso de conflicto de intereses, debe prevalecer la voluntad de la madre, antes que dar vía a un proyecto que, muy probablemente, desembocará en fracaso, amén de incidir de manera dramática en la vida de la propia madre.
Nadie puede estar a favor del aborto: en todo caso es un problema que entraña una decisión difícil y, en ocasiones, traumática. Y lo es, en primer lugar, para la madre que no tomará en ningún caso esa decisión si no es porque estima que es la única alternativa posible. Pero nadie puede tampoco criminalizar a la mujer que decide abortar. Es ella quien debe tener la última palabra, dentro de un límite de tiempo razonable, como el que establece la actual ley de plazos que lo sitúa en las 14 semanas de la concepción.
Volver a una ley restrictiva no elimina el problema. Antes bien, implica regresar al aborto en condiciones sanitarias aceptables para quienes puedan pagárselo en una clínica extranjera, y en condiciones míseras para quienes no puedan. Así ha ocurrido siempre, y entre las que viajaban a Holanda o a Gran Bretaña, estaban las hijas de altos dirigentes del régimen que decían perseguir esta conducta. Una ley restrictiva da paso, otra vez, a la hipocresía más abyecta.

jueves, 10 de octubre de 2013

Centenario de Albert Camus

(venamimundo.com)
El pasado 7 de noviembre de este 2013 se celebró el centenario del nacimiento de Albert Camus en Mondovi -actual Dréan- (Argelia). Es ésta una buena ocasión para visitar su obra y descubrir las luces que sigue arrojando sobre el presente quien, arrancando desde la experiencia del sinsentido, supo hallar una vía posible de acción transformadora en la rebeldía contra la injusticia y la defensa de la dignidad inviolable de cada ser humano. Su filosofía solar nos ofrece un arte de vivir que combina la alegría por la belleza gratuita del mundo y el compromiso moral por superar un sistema social y político construido sobre la desigualdad y una libertad de bajo perfil.
Con este motivo se están organizando eventos por parte de diversas instituciones, como la Universidad Autónoma del Estado de México o la Universidad Católica de Santiago de Chile. Más abajo ofrecemos información y enlaces a los mismos.  
(Diversas referencias a su obra y enlace a su archivo) 
Centro de Documentación A. Camus en Cité du Livre(Aix-en-Provence, Francia)
Homenaje a Camus en Cité du Livre (Aix-en-Provence)
Última residencia de A. Camus en Lourmarin (Luberon-Provence)


Eventos organizados con motivo del centenario:


 -Congreso Internacional Albert Camus: a cien años de su nacimiento (5-7 de noviembre de 2013)
Convoca la Universidad Autónoma del Estado de México
En este Congreso, Ángel Ramírez Medina, autor de este blog, pronunciará una conferencia bajo el título: "Albert Camus: el tiempo y el silencio"
PROGRAMA del Congreso
 
 

El autor del blog junto a la tumba de A. Camus en el cementerio de Lourmarin
www.filosofiaylaicismo.blogspot.com
-Jornadas Internacionales Albert Camus (20-22 de noviembre de 2013)
Convoca la Universidad Católica de Chile

-Jornadas conmemorativas del Centenario de Albert Camus (21-22 de octubre de 2013)
Convoca la Universidad Nacional Autónoma de México

viernes, 6 de septiembre de 2013

Es el sistema. Son sus cloacas

 
Día sí, día también asistimos a casos de corrupción en los que se ven envueltos
políticos de todos los partidos (aunque de unos más que de otros). Llevamos décadas hablando de corrupción. Algunos piensan que cambiando de partidos o de políticos se resuelve el problema. ¡Qué equivocados están!

Más bien, es cuestión de cimientos. Lo que genera corrupción es un sistema diseñado para la injusticia y la desigualdad, el caldo de cultivo donde la corrupción germina y se desarrolla mejor. Nuestro sistema neoliberal capitalista necesita cloacas y ejércitos de excluidos resignados. ¡Qué mejor forma hay para convertir a los trabajadores en semi esclavos que contar con una muchedumbre de parados! Entre éstos habrá muchos desesperados dispuestos a trabajar a cambio de casi nada. Y, para seguir apretando las tuercas, la excusa de la crisis. Regular y cíclicamente retornan las crisis para permitir a los ricos recoger las pocas dádivas repartidas en los años de crecimiento. Y, de paso, recortarán también los pocos avances alcanzados en derechos cívicos y laborales. Siempre se ha hablado de crisis. Como muestra, ya a finales de los años noventa escribía Eduardo Galeano en su libro “Patas arriba”: “Llevamos más de quince años hablando de crisis. La crisis es la excusa perfecta....”

Quienes denostan cualquier intervención estatal en el mercado (léase banqueros y grandes empresarios), serán los primeros en acudir al erario público para recabar ayudas a fondo perdido cuando vengan mal dadas. Y, si el crecimiento económico regresa, que es cuando cabría esperar un reparto de ganancias entre los esquilmados trabajadores, se anunciará a bombo y platillo una reducción de impuestos que la mayoría aplaudirá extasiada. Aunque bien mirado, aplauden un adelgazamiento de las arcas públicas o, dicho de otro modo, de nuevo el sálvese quien pueda.

El complemento necesario es una democracia de mala calidad con ciudadanos poco formados (o, mejor, bien adoctrinados en el consumo, el servilismo, la respuesta irreflexiva, el pensamiento único, las modas, los tópicos...) y, por tanto, poco movilizados. Eso sí, se les convocará a las urnas cada cuatro años, en una ceremonia solemne que inviste de legitimidad al sistema.

Para evitar la explosión social cuenta el sistema con recursos muy eficaces, como lo prueban varios milenios de injusticia, desigualdad y explotación ininterrumpida. Éstos son algunos:

-Ahí están las religiones con sus ofertas de una felicidad perfecta; eso sí en el más allá, donde, además, todas las injusticias y daños quedarán reparados para siempre y las víctimas resarcidas. Pero, si no estamos ciegos, veremos cómo las iglesias viven, sin prácticamente ninguna excepción, aprovechando los beneficios del sistema, arrimándose a la sombra del poder político y económico. Crean sus bancos, invierten en bolsa, atesoran propiedades, y, además, se proclaman, unas y otras, iglesias de los pobres y los débiles. Y, sin rubor, se sientan a comer a diario en las mesas de los poderosos y aceptan sus dádivas. Exenciones de impuestos, por ejemplo.
-También hace su papel el culto a la imagen, con una poderosa industria de moda y adoración del cuerpo.
-El consumismo con sus sofisticadas técnicas publicitarias ofrece un ansiolítico de efecto rápido y sedante.
-Los medios de comunicación dispuestos, en su mayoría, a ser mera cadena de transmisión del poder y a sesgar la realidad hablando siempre de lo mismo y de la misma forma, hasta agotar a cualquiera y colocarnos las anteojeras que nos hacen perder de vista los márgenes del camino.
-Y, por fin, la poderosa industria cinematográfica dedicada en exclusiva al entretenimiento de las masas o a inocularles el miedo y los tópicos del poder, con una especial dedicación a los niños que aprenden quiénes son los buenos y los malos. Ahí está Walt Disney con sus personajes almibarados y sus monstruosos parques de cartón piedra. Son válvulas de escape de las malas conciencias, la cara amable y mentirosa de un sistema gris y asesino.
Estos y otros medios (la poderosa industria del fútbol, por ejemplo) evitan la explosión social que cualquiera esperaría a la vista de los tozudos hechos de una historia dominada por la irresponsabilidad moral, el oportunismo de los de siempre y la eficacia de los vencedores. Guerras cíclicas en países de la periferia (Los Balcanes, Afganistán, Irak, Libia, Malí... y, ahora, Siria), millones de hambrientos, legiones de seres humanos hacinados en infraviviendas (ciudades sin ley de chabolas o favelas, qué más da), destrucción sistemática de recursos naturales (con una contaminante y peligrosa energía nuclear que no deja de crecer a pesar de Chernóbil y de Fukushima, y de lo que venga dentro de unos años, que seguro vendrá).

El resultado es, sin embargo, que la cosa no va a menos, sino a más: las diferencias entre el norte y el sur se acentúan cada día, los países ricos son hoy más desiguales que hace diez años, las hambrunas que no cesan, la violencia que crece en países azotados por el poder paralelo de las mafias de la droga, también serviles y útiles al poder (pues sólo así se explica que no se acepte de una vez que las políticas de represión no han servido y hay que tender a una legalización controlada para acabar con el mercado negro y el hampa que éste ampara). El darwinismo social se ha terminado imponiendo y la libertad más nombrada es la libertad de mercado. Frente al valor de la auténtica libertad, que es siamesa de la justicia, se priman los valores de la seguridad y el orden, aunque solo para los ricos. Y así, las conquistas logradas tras décadas de dura lucha, se pierden en poco tiempo y sin apenas resistencia social.
Este sistema que no admite sino la ley del más fuerte, este sistema que, por su propio funcionamiento alumbra desigualdad e injusticia, no permite que cualquiera acceda al poder. Desde luego, alguien dotado de principios morales difícilmente llegará a los puestos de mando. Y, de este modo, gobierne quien gobierne, lo más fácil es que quienes cortan el bacalao sean individuos corruptos o, al menos, prestos a ceder hasta límites de inmoralidad que pocos ciudadanos de a pie estaríamos dispuestos a admitir.

Lo importante no es, pues, cambiar de gobernantes: quienes los sustituyan serán también siervos más o menos dóciles (ahí está el injustificable indulto al banquero Alfredo Sáenz, consejero del Santander, como despedida del gobierno socialista de Zapatero). Lo que urge es cambiar el sistema.

Pero, ¿cómo hacerlo? Mediante una revolución. Sí, una revolución. Pero ésta no se hace sólo saliendo a las calles, que también hay que hacerlo; sino, especialmente, entrando en las aulas. No hay revolución más eficaz que la educativa. Por eso es ahí donde las fuerzas conservadoras hincan el diente nada más tocar poder. Y no vale cualquier modelo educativo: no sirve, por ejemplo, el adiestramiento que imparten en sus colegios privados los distintos grupos de poder. Se requiere una educación pública de calidad que sea gratuita, universal y laica. Una educación así es una poderosa fuerza de transformación que, a medio plazo, mejora el mundo. Sólo esta puede engendrar ciudadanos ilustrados, libres, críticos y solidarios; es decir, el tipo de personas que no están dispuestos a continuar con la farsa de una democracia simulada en un mundo que apesta a cloacas.