Si la historia no fuera siempre una teodicea cristiana disfrazada, si se hubiera escrito con más justicia y más fervor de simpatía, estaría muy lejos de poder prestar hoy el servicio para el que se emplea, a saber, como opio contra toda tendencia revolucionaria e innovadora.
NIETZSCHE, Consideraciones intempestivas, 3, IV
domingo, 27 de abril de 2014
jueves, 10 de abril de 2014
Todo lo que era sólido
Vengo de leer la última obra de
Antonio Muñoz Molina, Todo lo que era sólido (Seix Barral. Barcelona, 2013). Su autor, emulando al Tábano
ateniense, se embarca en una reflexión lúcida, rebelde y, en
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| Antonio Muñoz Molina |
ocasiones, amarga
acerca de lo que comenzó siendo un proyecto de país. Condensan sus páginas el
desengaño de las ilusiones que prendieron en los jóvenes corazones que soñaban
con un futuro de libertad y justicia en las puertas de nuestra truncada
Transición desde las tinieblas de la dictadura. La democracia no podía ser sino
un sistema que garantizara la igualdad de oportunidades, la justicia social, la
libertad y la participación ciudadana, la ilustración popular y el premio al
esfuerzo y al mérito. Pero vino a ser una democracia sin alma y con rostro de
cemento; un gigante de plomo que ignora a los débiles y protege a los
poderosos.
Antonio Muñoz Molina
indaga en las causas de esa estafa moral y muestra la sensación de extrañeza de
quienes no se suman al fiestorro de lo folclórico, de lo cañí-autonómico, a los
fastos del nacionalismo legañoso (el españolista o el de los otros), a romerías
y procesiones o a funerales de Estado.
El diálogo
sereno de las ideas, atento a las razones del otro y sujeto a las normas de la
honestidad intelectual en la búsqueda generosa del bien común, ha dado paso a
un guirigay de monólogos simultáneos que no sostienen ideas sino creencias con
argumentos tan efectistas como falaces, del tipo “y tú más” o “si me atacas no
eres patriota”.
El darwinismo
social, el triunfo de los fuertes, es la clave del neoliberalismo que todo lo
impregna: la lógica depredadora y competitiva de los negocios se pretende
trasladar a la educación y a la sanidad. Se criminaliza a los ciudadanos que se
manifiestan en las calles para expresar su disidencia, se silencia el arte
crítico y alternativo, se arrolla al periodismo independiente. Crece la
exclusión de los pobres y los inmigrantes, al tiempo que se acrecienta el
discurso de la caridad o el limosneo compasivo que sustituye a la exigencia de justicia
social.
Las razones
para el desencanto son muy variadas.
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| Duelo a garrotazos (Goya) |
Tenemos
un país esquilmado por el latrocinio canalla de algunos y la incompetencia culpable
de otros. La decadencia moral e intelectual de nuestros dirigentes contrasta
con esa laboriosidad
honesta de la ciudadanía que, cada vez más harta, se aleja de las urnas: éstas
son las dos Españas, no las que añora el
discurso en blanco y negro de Rouco y sus adláteres.
discurso en blanco y negro de Rouco y sus adláteres.
Cuarenta años
después de la muerte del dictador, decenas de miles de víctimas del franquismo
siguen sepultadas en escondidas fosas comunes, mientras en calles, plazas e
iglesias permanecen incólumes placas, estatuas y panteones en homenaje a sus
verdugos; y cuando los hijos, nietos o hermanos de esos muertos amordazados
claman justicia, se les llama resentidos y oportunistas desde el partido en el
gobierno, pues, al parecer, son ellos quienes deciden qué víctimas son genuinas
y cuáles no lo son.
Vivimos en un país arruinado donde
quienes menos tienen han hecho sacrificios que no podían, mientras la Iglesia
sigue sin pagar el IBI de su inmenso patrimonio, o el impuesto de
transmisiones; un país sin aliento cuyo erario público sostiene a una familia
real convertida ya en impávida esfinge, tan inútil como gravosa. Donde no hay dinero para salvar a los
desahuciados, a los parados o los estudiantes, brotan multimillonarias
subvenciones para la banca (que desahucia a quienes no pueden ya pagar su casa
y ahoga con su usura a quienes mantienen aún su devaluado salario) o para los
dueños de unas autovías que nadie necesitaba; donde se suspenden las ayudas de
acción social, se mantienen las subvenciones a carísimas y hueras televisiones
autonómicas o locales, convertidas en púlpitos de la peor casta política y en
escaparates de souvenir de las culturas vernáculas.
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| El Roto (El País) |
En tan sólo
unos días veremos a nuestros alcaldes y concejales, de uno y otro partido,
contonearse solemnes en las cabeceras de las procesiones de Semana Santa, en
una renovada escenificación de la sempiterna simbiosis que otorga votos y
prestigio a quienes, sin escrúpulos, colocan el poder civil (que si es
democrático, es laico) al pie del altar.
Éstos y otros
lamentos resuenan en las lúcidas y desesperanzadas páginas de este libro que
sólo confía en la revolución operada a través de los principios cívicos, la
conciencia formada y una educación pública de calidad para todos. Proyectos de
altas miras, complejos y que no ofrecen la cosecha inmediata a que aspiran los
tarambanas encorbatados que nos gobiernan y una parte de la ciudadanía que
carece del hábito imprescindible de la reflexión.
Pero, pasen,
pasen y lean...
Me acuerdo de un Viernes Santo,
en Úbeda, quizás en 1973 o en 1974. Encerrados en casa de alguien un grupo
pequeño de amigos leíamos por turno en voz alta y comentábamos un documento
clandestino, el Manifiesto-Programa del Partido Comunista. Discutíamos sentados
en el suelo porque nos parecía menos burgués que sentarnos en sillas o en
sofás. Dilucidábamos el significado de la Huelga Nacional Pacífica o de la
Alianza de las Fuerzas del Trabajo y de la Cultura. A pesar de nuestra cautela
teníamos que levantar las voces para entendernos -en la calle, debajo de la
ventana, estaba discurriendo una procesión de Semana Santa, con gran estrépito
de trompetas y tambores-. Reunidos en aquel cuarto lleno de humo de tabaco en
el que imaginábamos el porvenir con impaciencia apasionada, nada podía
resultarnos más lejano que el espectáculo que sucedía en la calle. En la
cabecera de la procesión las autoridades del ayuntamiento y de la Falange
marchaban al unísono con los curas, escenificando la alianza entre el poder
político y la iglesia tan impúdicamente como cuando el dictador entraba bajo
palio en una catedral.
Cinco o
seis años después de aquella tarde de Viernes Santo, en 1979, en el
ayuntamiento de nuestra ciudad gobernaba un alcalde socialista, el primero
después de la Guerra Civil. Era un hombre de pelo blanco y aire apacible, el
sastre al que iba mi familia a hacerse los trajes formales de las bodas y los
entierros. Se llamaba José Gámez, y cuando yo era niño lo rodeaba una confusa
leyenda de persecución política. Que un hombre con aquella actitud de absorta
mansedumbre hubiera estado en la cárcel era una de esas incongruencias que
causan intriga en la imaginación infantil. Era <>, decían
los mayores.
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| El Roto (El País) |
José Gámez,
socialista austero, republicano laico que jamás quiso cobrar un sueldo como
alcalde y que iba cada mañana al ayuntamiento dando un paseo desde la casa
modesta en la que había vivido siempre, cumplió sus cuatro años de mandato y no
volvió a presentarse a las elecciones. Se había pasado la vida esperando el
regreso de la democracia y manteniendo una solitaria dignidad a través de los
años negros de la tiranía, pero cuando la democracia vino y su partido pasó de
la ilegalidad al poder en un plazo muy breve Gámez descubrió que no había sitio
para la gente como él. Al nuevo alcalde, también socialista, mucho más joven,
le faltó tiempo para restablecer toda la pompa antigua de la participación
municipal en las procesiones: y no sólo las de la Semana Santa, sino también la
del Corpus Christi, y la de la Virgen Patrona.
El alcalde
socialista de Granada, el profesor que retrasaba un mandato tras otro la vuelta
a la universidad, se vestía de gran gala y de collar de oro para subir a la
Abadía del Sacromonte a la cabeza de la corporación municipal y besaba con
unción el pequeño cofre que contiene las reliquias de san Cecilio. El dirigente
socialista andaluz José García de la Borbolla declaraba en una campaña
electoral que si salía elegido como alcalde su mayor ilusión era presidir la
procesión del Corpus. Igual que había hecho el Generalísimo, el Rey Juan Carlos
I se arrodillaba cada año en la catedral de Santiago ante la estatua del
Apóstol. Los concejales comunistas de Málaga se declaraban partidarios de la
insumisión contra el servicio militar y al mismo tiempo protestaban porque los
soldados de la Legión habían dejado de desfilar junto a los tronos de la Semana
Santa. Durante la Semana Santa la televisión pública andaluza empezó a
transmitir en directo y sin descanso procesiones, cosa que no había hecho nunca
la televisión franquista.
La religión
ya no era el opio del pueblo. La religión era ahora una parte de las culturas
vernáculas, de las identidades colectivas inmemoriales que era preciso rescatar
o preservar: incluso inventar, si era preciso, y literalmente al precio que
fuera; porque ahora el dinero público que había empezado a fluir con tanta
abundancia y a financiar tantos simulacros, fiestas, protocolos, solemnidades,
efemérides, también se dedicó a pagar las facturas crecientes de las
celebraciones católicas. Por cobardía ideológica, por falta de verdaderas
convicciones laicas, por oportunismo electoral, la izquierda en el poder se
volvió cómplice de las liturgias aparatosas de la iglesia y secundó y
fortaleció su ocupación de los espacios públicos.
Debajo del
carnaval de todas las entrañables fiestas y tradiciones católicas se esconde
uno de los mayores expolios y de los mayores escándalos de la democracia
española: con dinero público se subvenciona al cien por cien la enseñanza
religiosa; las escuelas religiosas privadas se sostienen con los impuestos de
todos. En financiar el privilegio y la educación religiosa se van los fondos
que por ser de todos deberían sostener la enseñanza pública.
Era
misterioso que una izquierda que venía del laicismo de la II República abrazara
con tanta convicción las celebraciones de la Iglesia, y aceptara tan
servilmente respetar cada uno de sus privilegios.
domingo, 30 de marzo de 2014
El régimen juancarlista, la partitocracia española y el nihilismo intrínseco del PSOE, según Antonio García-Trevijano
Aunque dispare sin distingos a tirios y troyanos, merece la pena oírle con atención porque desnuda algunas vergüenzas de nuestra democracia
sábado, 29 de marzo de 2014
A sus señorías les pone
| ©El Roto (El País, mayo 2012) |
'Recorte' es
una palabra insulsa, anodina, como aquello que viene a significar. Hasta ahora,
este término traía a mi memoria los restos de pan de ángel que comía junto a
mis hermanos como golosina pobre, cansados ya de roer a escondidas los
jaboncillos de sastre. ¡Nos comíamos los recortes!
Pero entonces,
llegaron ellos. Con el anterior ejecutivo su campo semántico comenzó a hacerse
monolítico y odioso. A poco que hagamos memoria, recordaremos los recortes del gobierno Zapatero; sí, fue
hace solo algunos meses (¡que parecen años!). Quienes ahora se presentan como
adalides del estado de bienestar, congelaron
las pensiones, bajaron el sueldo
a los funcionarios públicos (entre un 5 y un 15%), subieron el IVA del 16 al
18%, y adelgazaron la inversión
pública. Sin embargo, ¡ay!, olvidaron recortar algunos privilegios inveterados.
Así, la exención de pagar IBI a la
Iglesia católica por sus innumerables inmuebles (un regalo de
2500 millones de euros anuales). Asimismo, en 2008 se incrementó del 0,5 hasta
el 0,7 el porcentaje que le asigna la casilla del IRPF a esta institución
privada y se convirtió en norma definitiva lo que había sido concebido como
situación provisional (la aportación del Estado a la Iglesia en tanto ésta
alcanzaba su autofinanciación). Otrosí digo que dicho gobierno dio su apoyo a
los de arriba sin el menor sonrojo socialista: ahí está el indulto al banquero
Sáenz como broche de oro de su gestión transparente. Y quien ahora lidera ese
partido se sentaba en el consejo de ministros que llevó adelante casi todos
estos desmanes.
Pero con Rajoy
llegó el clímax: “No puede ser que sea gratis todito”; “Estoy harto de la
milonga de la economía sostenible”; “He encontrado unas partidas maravillosas
de donde recortar. Ya les contaré…”; hemos oído decir a sus correligionarios en
un tono paternalista que tiene mucho mérito.
Sí, la
presidenta de Madrid recorta en escuela
pública, pero incrementa en un 2 % las subvenciones a la concertada. Quien quiera una escuela a
la carta, que se la pague, digo yo. Y también digo que el Estado sólo debe
garantizar una escuela pública de calidad gratuita y para todos, máxime en
estos tiempos de escasez y austeridad.
Adelgazar,
bajar, recortar, congelar, escasez, austeridad, son palabras que les pone porque
siempre han sido otros quienes ponen el lomo para trabajar y el rostro para que
se lo partan.
España es el
país que más estudiantes Erasmus envía al extranjero y que menos beca paga a
cada uno de ellos (una media de 130 € al mes ¡para todo!). Es que ya no hay
dinero para becas ni servicios públicos, pero sí para subvenciones a banqueros,
ERE fraudulentos, monumentos faraónicos de autobombo o aeropuertos sin aviones
(“¿Te gusta el aeropuerto del abuelo?”, le espetó un entrañable Fabra a su indefenso nieto, dejándonos
ver la concepción de lo público que ocultaba bajo sus caracolillos atusados
y sus sempiternas gafas negras).
Y los bancos,
los que causaron la burbuja inmobiliaria con su depredadora política de captar
clientes a toda costa, reciben ahora subvenciones públicas multimillonarias. Si
nadie lo evita, y no lo evitará, Bankia sumará pronto 50.000 millones de euros
de dinero público: casi el doble del montante total de recortes impuestos para
todo este año por nuestro gobierno-guillotina, ese que nos conduce con mano
certera hacia la noche de los tiempos.
Esos bancos,
obedeciendo a su ciego instinto depredador, arrebatan ahora sus viviendas a
quienes han sido las víctimas de su pillaje (“usura” se llamaba antes este
pecado). Siguen así acumulando patrimonio inmobiliario que, cuando escampe,
volverá a engrosar sus suculentos balances de beneficios. Y entonces todo serán
facilidades para devolver lo prestado (si es que se devuelve).
Ante tanta
falta de sentido de lo común y tanto regocijo en el recorte, uno piensa que lo
hacen porque les pone despojar a los que menos tienen de lo poco que habían
conseguido tras de años de sacrificios.
Pero ahí está
la lección de Grecia: castigo al
bipartidismo. Como allí, la derecha pierde votos aquí y el partido socialista
(¿socialista he dicho?) tampoco se recupera del batacazo (último barómetro del CIS). Aunque la gran damnificada es la democracia. Ahí está el estremecedor
ascenso en Grecia y Francia de los más despiadados cavernícolas que ha conocido
la humanidad desde que es humanidad.
Y a estas
alturas de la cruenta intervención, cuando ya va quedando poco que amputar a
nuestro famélico Estado de bienestar, sigue sin oírse la voz de ningún obispo o
alto jerarca de la Iglesia
católica. Haciendo gala de una mínima coherencia con los textos que declaman
cada domingo desde el púlpito, debían clamar ante el poder político por que
pare esta sangría injusta e inmisericorde (¿recuerdan lo del rico, el camello y
el ojo de la aguja en el Evangelio de
san Mateo?). Esa sangría está poniendo a los pies de los caballos a quienes
menos tienen y a los jóvenes. Esta crisis los despoja de su futuro, su trabajo
y su casa, y ahora también de la atención sanitaria y de una educación de
calidad. Quisiera oír una voz tan firme y clara, al menos, como la del señor
obispo de Alcalá. Tal vez sea que a ellos (los prelados) también les pone esta
política furiosa con los débiles (parados, estudiantes, pensionistas,
inmigrantes, asalariados, enfermos…) y mansa con los poderosos (banqueros,
terratenientes, defraudadores, multinacionales, paraísos fiscales…). Algún mal
pensado pero bien informado podría gritarles que los pobres son y han sido
siempre su gran coartada.
¿Serán todos, políticos,
banqueros y obispos, víctimas de lo que H.
Arendt llamó la banalidad del mal?
¿O de lo que los psiquiatras denominan el
contagio del mal? Sí, ese síndrome que llevó a tantos ciudadanos de a pie,
como usted y yo, a colaborar con la estrategia del mal aplicada con meticulosa
frialdad por los fascismos en la
Europa de hace solo unas pocas décadas. El neurocientífico Simon Baron-Cohen propone en The science of evil que la crueldad
humana resulta de una erosión de la empatía que transforma al otro en un mero
objeto, que es lo que, para ellos, acabamos siendo usted y yo.
martes, 24 de diciembre de 2013
Aborto y principios
“La religión es el alma de
un mundo sin corazón”
(K.
Marx)
Después de que
Wert, Ministro de educación, haya demostrado carecer de ella
(al menos en lo que se refiere a valores morales), al pretender expulsar del sistema educativo a aquellos niños que no den la talla; viene ahora Gallardón, dócil a la llamada de los obispos, con una ley que arroja a las catacumbas de la clandestinidad a aquellas mujeres sin recursos que decidan interrumpir su embarazo. Pero, comencemos por los principios.
(al menos en lo que se refiere a valores morales), al pretender expulsar del sistema educativo a aquellos niños que no den la talla; viene ahora Gallardón, dócil a la llamada de los obispos, con una ley que arroja a las catacumbas de la clandestinidad a aquellas mujeres sin recursos que decidan interrumpir su embarazo. Pero, comencemos por los principios.
Los principios morales rigen nuestra
conducta. Entre ellos, los hay que admiten excepciones, pues
consagran valores que, en determinadas circunstancias, pueden
supeditarse a otros que estimamos superiores. Así, el principios que
exige respetar la dignidad de los grandes simios, me lleva a rechazar
cualquier acción que implique torturas, privación de libertad o
atentado contra la vida de chimpancés, gorilas y orangutanes, salvo
que haya en juego un interés humano relevante. Por ello, rechazaré
que un gorila sea encerrado en una jaula para exponerlo a la
curiosidad del público, pero aceptaré que un chimpancé sea cazado
por determinados pueblos indígenas africanos, si este animal forma
parte de su dieta tradicional.
Sin embargo, hay otros principios que, por su
propia naturaleza, no admiten excepción alguna. Esto sucede con el
respeto a la dignidad de cada ser humano. Dicho principio excluye
todo trato vejatorio o humillante e impone el respeto a la vida de cualquier persona. Esta dignidad no es relativizable o supeditable a
otros intereses o valores. En función de un principio tal, yo
sostengo una oposición radical a la pena de muerte. En ningún
supuesto la considero admisible, pues el considerar una sola
excepción, debilitaría el valor absoluto sobre el que se asienta el
principio: la dignidad de la persona, de cada persona sin excepción,
incluida la del reo más abyecto.
Pues bien, consideremos un argumento
que tenga como premisa número uno ese mismo principio, y, como
premisa número dos la consideración del no nacido, desde el momento
mismo de la concepción (es decir, en su fase de cigoto) como un ser
humano en pie de igualdad con cualquier otro. La conclusión será
que el aborto no es admisible, y no puede serlo en ningún caso: ni
malformación del feto, ni peligro para la vida de la madre, ni
tampoco violación de ésta.
Esta es la posición que, en mi
opinión, daría coherencia a las palabras del actual Ministro de
justicia cuando, ante la interpelación de una senadora socialista,
sostiene que hasta ahora se han reconocido solo los derechos de la
madre, pero se han olvidado los del no nacido. No hace aquí el señor
Ministro distinción alguna entre un cigoto y un feto de 14 o más
semanas de vida. Empieza, pues, el Ministro refiriéndose al no
nacido como una persona con iguales derechos que cualquier ser
humano, pero acaba admitiendo que, en algunos supuestos (violación y
peligro para la vida de la madre) su exterminio sí será legal. Hay
aquí una contradicción. Si realmente cree en lo que dice, no le
queda otra que prohibir el aborto sin excepción alguna.
Debe ser porque él sabe que equiparar
al no nacido, en general, con un ser humano, no es hablar con
propiedad. Un cigoto no es una persona, lo cual no significa que
pueda ser tratado de cualquier manera. Merece respeto por lo que
significa, un proyecto de vida humana. Pero, en caso de conflicto de
intereses, debe prevalecer la voluntad de la madre, antes que dar vía
a un proyecto que, muy probablemente, desembocará en fracaso, amén
de incidir de manera dramática en la vida de la propia madre.
Nadie puede estar a favor del aborto:
en todo caso es un problema que entraña una decisión difícil y, en
ocasiones, traumática. Y lo es, en primer lugar, para la madre que
no tomará en ningún caso esa decisión si no es porque estima que
es la única alternativa posible. Pero nadie puede tampoco
criminalizar a la mujer que decide abortar. Es ella quien debe tener
la última palabra, dentro de un límite de tiempo razonable, como el
que establece la actual ley de plazos que lo sitúa en las 14 semanas
de la concepción.
Volver a una ley restrictiva no
elimina el problema. Antes bien, implica regresar al aborto en
condiciones sanitarias aceptables para quienes puedan pagárselo en
una clínica extranjera, y en condiciones míseras para quienes no
puedan. Así ha ocurrido siempre, y entre las que viajaban a Holanda
o a Gran Bretaña, estaban las hijas de altos dirigentes del régimen
que decían perseguir esta conducta. Una ley restrictiva da paso,
otra vez, a la hipocresía más abyecta.
jueves, 10 de octubre de 2013
Centenario de Albert Camus
| (venamimundo.com) |
Con este motivo se están organizando eventos por parte de diversas instituciones, como la Universidad Autónoma del Estado de México o la Universidad Católica de Santiago de Chile. Más abajo ofrecemos información y enlaces a los mismos.
(Diversas referencias a su obra y enlace a su archivo)
| Centro de Documentación A. Camus en Cité du Livre | (Aix-en-Provence, Francia) |
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| Homenaje a Camus en Cité du Livre (Aix-en-Provence) |
| Última residencia de A. Camus en Lourmarin (Luberon-Provence) |
Eventos organizados con motivo del centenario:
-Congreso Internacional Albert Camus: a cien años de su nacimiento (5-7 de noviembre de 2013)
Convoca la Universidad Autónoma del Estado de México
En este Congreso, Ángel Ramírez Medina, autor de este blog, pronunciará una conferencia bajo el título: "Albert Camus: el tiempo y el silencio"
PROGRAMA del Congreso
| El autor del blog junto a la tumba de A. Camus en el cementerio de Lourmarin www.filosofiaylaicismo.blogspot.com |
Convoca la Universidad Católica de Chile
-Jornadas conmemorativas del Centenario de Albert Camus (21-22 de octubre de 2013)
Convoca la Universidad Nacional Autónoma de México
viernes, 6 de septiembre de 2013
Es el sistema. Son sus cloacas
Día sí, día también asistimos a
casos de corrupción en los que se ven envueltos
políticos de todos
los partidos (aunque de unos más que de otros). Llevamos décadas
hablando de corrupción. Algunos piensan que cambiando de partidos o
de políticos se resuelve el problema. ¡Qué equivocados están!
Más bien, es cuestión de cimientos. Lo que genera corrupción es un sistema diseñado para la injusticia y la desigualdad, el caldo de cultivo donde la corrupción germina y se desarrolla mejor. Nuestro sistema neoliberal capitalista necesita cloacas y ejércitos de excluidos resignados. ¡Qué mejor forma hay para convertir a los trabajadores en semi esclavos que contar con una muchedumbre de parados! Entre éstos habrá muchos desesperados dispuestos a trabajar a cambio de casi nada. Y, para seguir apretando las tuercas, la excusa de la crisis. Regular y cíclicamente retornan las crisis para permitir a los ricos recoger las pocas dádivas repartidas en los años de crecimiento. Y, de paso, recortarán también los pocos avances alcanzados en derechos cívicos y laborales. Siempre se ha hablado de crisis. Como muestra, ya a finales de los años noventa escribía Eduardo Galeano en su libro “Patas arriba”: “Llevamos más de quince años hablando de crisis. La crisis es la excusa perfecta....”
Quienes denostan cualquier intervención estatal en el mercado (léase banqueros y grandes empresarios), serán los primeros en acudir al erario público para recabar ayudas a fondo perdido cuando vengan mal dadas. Y, si el crecimiento económico regresa, que es cuando cabría esperar un reparto de ganancias entre los esquilmados trabajadores, se anunciará a bombo y platillo una reducción de impuestos que la mayoría aplaudirá extasiada. Aunque bien mirado, aplauden un adelgazamiento de las arcas públicas o, dicho de otro modo, de nuevo el sálvese quien pueda.
El complemento necesario es una democracia de mala calidad con ciudadanos poco formados (o, mejor, bien adoctrinados en el consumo, el servilismo, la respuesta irreflexiva, el pensamiento único, las modas, los tópicos...) y, por tanto, poco movilizados. Eso sí, se les convocará a las urnas cada cuatro años, en una ceremonia solemne que inviste de legitimidad al sistema.
Para evitar la explosión social cuenta el sistema con recursos muy eficaces, como lo prueban varios milenios de injusticia, desigualdad y explotación ininterrumpida. Éstos son algunos:
-Ahí están las religiones con sus ofertas de una felicidad perfecta; eso sí en el más allá, donde, además, todas las injusticias y daños quedarán reparados para siempre y las víctimas resarcidas. Pero, si no estamos ciegos, veremos cómo las iglesias viven, sin prácticamente ninguna excepción, aprovechando los beneficios del sistema, arrimándose a la sombra del poder político y económico. Crean sus bancos, invierten en bolsa, atesoran propiedades, y, además, se proclaman, unas y otras, iglesias de los pobres y los débiles. Y, sin rubor, se sientan a comer a diario en las mesas de los poderosos y aceptan sus dádivas. Exenciones de impuestos, por ejemplo.
-También hace su papel el culto a la
imagen, con una poderosa industria de moda y adoración del cuerpo.
-El consumismo con sus sofisticadas
técnicas publicitarias ofrece un ansiolítico de efecto rápido y
sedante.
-Los medios de comunicación
dispuestos, en su mayoría, a ser mera cadena de transmisión del
poder y a sesgar la realidad hablando siempre de lo mismo y de la
misma forma, hasta agotar a cualquiera y colocarnos las anteojeras que
nos hacen perder de vista los márgenes del camino.
-Y, por fin, la poderosa industria
cinematográfica dedicada en exclusiva al entretenimiento de las
masas o a inocularles el miedo y los tópicos del poder, con una
especial dedicación a los niños que aprenden quiénes son los
buenos y los malos. Ahí está Walt Disney con sus personajes
almibarados y sus monstruosos parques de cartón piedra. Son válvulas
de escape de las malas conciencias, la cara amable y mentirosa de un
sistema gris y asesino.
Estos y otros medios (la poderosa industria del fútbol, por ejemplo) evitan la explosión social que cualquiera esperaría
a la vista de los tozudos hechos de una historia dominada por la
irresponsabilidad moral, el oportunismo de los de siempre y la
eficacia de los vencedores. Guerras cíclicas en países de la
periferia (Los Balcanes, Afganistán, Irak, Libia, Malí... y, ahora,
Siria), millones de hambrientos, legiones de seres humanos hacinados
en infraviviendas (ciudades sin ley de chabolas o favelas, qué más
da), destrucción sistemática de recursos naturales (con una
contaminante y peligrosa energía nuclear que no deja de crecer a
pesar de Chernóbil y de Fukushima, y de lo que venga dentro de unos
años, que seguro vendrá).
El resultado es, sin embargo, que la cosa no va a
menos, sino a más: las diferencias entre el norte y el sur se
acentúan cada día, los países ricos son hoy más desiguales que
hace diez años, las hambrunas que no cesan, la violencia que crece
en países azotados por el poder paralelo de las mafias de la droga, también
serviles y útiles al poder (pues sólo así se explica
que no se acepte de una vez que las políticas de represión no han
servido y hay que tender a una legalización controlada para acabar
con el mercado negro y el hampa que éste ampara). El darwinismo
social se ha terminado imponiendo y la libertad más nombrada es la
libertad de mercado. Frente al valor de la auténtica libertad, que
es siamesa de la justicia, se priman los valores de la seguridad y el
orden, aunque solo para los ricos. Y así, las conquistas logradas
tras décadas de dura lucha, se pierden en poco tiempo y sin apenas
resistencia social.
Este sistema que no admite sino la ley
del más fuerte, este sistema que, por su propio funcionamiento alumbra desigualdad e injusticia, no permite que cualquiera acceda al
poder. Desde luego, alguien dotado de principios morales difícilmente
llegará a los puestos de mando. Y, de este modo, gobierne quien
gobierne, lo más fácil es que quienes cortan el bacalao sean
individuos corruptos o, al menos, prestos a ceder hasta límites de
inmoralidad que pocos ciudadanos de a pie estaríamos dispuestos a
admitir.
Lo importante no es, pues, cambiar de
gobernantes: quienes los sustituyan serán también siervos más o menos
dóciles (ahí está el injustificable indulto al banquero Alfredo
Sáenz, consejero del Santander, como despedida del gobierno
socialista de Zapatero). Lo que urge es cambiar el sistema.
Pero, ¿cómo hacerlo? Mediante una revolución. Sí, una revolución. Pero ésta no se hace sólo saliendo a las calles, que también hay que hacerlo; sino, especialmente, entrando en las aulas. No hay revolución más eficaz que la educativa. Por eso es ahí donde las fuerzas conservadoras hincan el diente nada más tocar poder. Y no vale cualquier modelo educativo: no sirve, por ejemplo, el adiestramiento que imparten en sus colegios privados los distintos grupos de poder. Se requiere una educación pública de calidad que sea gratuita, universal y laica. Una educación así es una poderosa fuerza de transformación que, a medio plazo, mejora el mundo. Sólo esta puede engendrar ciudadanos ilustrados, libres, críticos y solidarios; es decir, el tipo de personas que no están dispuestos a continuar con la farsa de una democracia simulada en un mundo que apesta a cloacas.
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