viernes, 24 de junio de 2022

España, terraza de Europa


"¿Cuánta agua tiene que caer para admitir que está lloviendo?". 

Así nos interpela el Niño de las Pinturas desde un muro del Realejo granadino.

Pues eso, veamos cuánta agua.
En el entorno inmediato a la catedral de Granada, se han inaugurado en los últimos cuatro años cuatro grandes hoteles -que vendrán a sumarse a los muchos que ya había- (y hay al menos dos más en proyecto o en ejecución); asimismo, se han abierto otros tantos edificios dedicados en exclusiva a apartamentos turísticos. Hablamos de más de mil nuevas camas en este reducido espacio urbano.
Una mañana de domingo, al pasar por la catedralicia plaza de las Pasiegas, vi salir a una anciana de su portal y, al paso de un nutrido grupo de guiris, exclamó con descaro y amargura "¡Vamos a comer maletas! ".
Ahora soy yo quien desea preguntar con el Niño.
¿Cuántos nuevos negocios de comida rápida y souvenirs que desplazan al comercio tradicional se abrirán al calor de esas nuevas plazas hoteleras? ¿Y cuántos nuevos bares y restaurantes con sus correspondientes terrazas? ¿Cuántas personas dejarán de comprar o alquilar una vivienda en el barrio por la subida de precios que ocasionará la compra masiva por parte de grandes inversores atraídos por el olor del negocio inmobiliario?
Gentrificación llaman ahora a los efectos de este renovado vandalismo.
Tras la pandemia, nos pedían solidaridad con los bares. Bien, pero no a cualquier precio. ¿Quién se solidariza con el anciano cuyo último tramo de vida se ha vuelto un infierno por el bar que le pusieron en la plaza donde vive o porque esa misma plaza se ha convertido en un recinto de usos múltiples para verbenas, conciertos, mítines, procesiones y demás eventos? ¿O con la madre que cada día, al salir de casa con su bebé, debe sortear a varias hordas de energúmenos embutidos en un ridículo disfraz de pene?
Para un habitante de nuestros centros históricos, la definición del silencio es menos ruido.
No, esto no puede estar pasando.
Y, sin embargo, ¡cómo llueve!
Pero hay más preguntas: ¿Cuántas terrazas más hay que instalar en la Plaza de Bib-rambla de Granada para hacer de ella, no ya un lugar inhabitable para sus vecinos, sino intransitable e inhóspito para cualquiera que guste pasear por un entorno histórico hermoso donde pararse a contemplar, a conversar, a ver jugar a los niños, a oír su fuente u oler sus tilos en primavera o tan solo a leer?
¿Cuántos días de aire irrespirable han de soportar los ciudadanos de una urbe turística para que su Ayuntamiento ponga coto a los hoteles, bares y apartamentos turísticos que atraen una ruidosa legión de visitantes, que, ávidos de consumo, llegan en aviones, autobuses y demás vehículos?
¿Cuántas familias y ancianos tienen que abandonar sus hogares en los barrios históricos para que cese esta nueva invasión bárbara?
Pero sigamos con más preguntas, con permiso del Niño.

¿Quién es más patriota, quien denuncia esta realidad demencial o quien aprovecha para hacer su agosto en ganancias (ya sea en dinero o en votos) sin importarle el quebranto de un modus vivendi y un entorno que es precisamente lo que ha atraído a ese turismo desconsiderado?; ¿quien defiende esos valores no monetizables o quien se entrega a esa realidad líquida del dinero que solo atiende a la inmediatez del propio beneficio?
A pesar de la enorme diferencia de población, Granada es ya la tercera ciudad más contaminada de España, por detrás de Madrid y Barcelona. Y, respecto a la costa, España cuenta este verano con 48 playas con bandera negra a causa del turismo masivo y los desechos que origina. El paraje natural de Maro-Cerro Gordo de Nerja es uno de ellos y la recibe por una acumulación de cremas solares tal que resulta peligrosa para la salud humana y para la biodiversidad de sus fondos marinos.
Pero, cuando hablamos de contaminación no nos referimos solo a contaminación de aguas o a polución atmosférica, sino también acústica, espacial, visual y hasta anímica. Hablamos de un espacio urbano sucio, masificado, hostil, monetizado hasta la extenuación, transformado en un gran mercado e irreconocible para sus habitantes. Y esto vale para las ciudades ya mentadas como para Córdoba, Toledo, Valencia, Pamplona, Palma, Sevilla y tantas otras.
Obviamente, el turismo genera puestos de trabajo y riqueza, pero hay que reflexionar y decidir qué modelo de ciudad queremos. Y ahí la participación de todas es crucial. Las sucesivas crisis nos han mostrado con claridad lo vulnerable que es una economía que dependa tanto del turismo como la nuestra, que no es capaz de diversificar las fuentes de generación de trabajo y de riqueza, no solo de tipo material o tangible, sino también intelectual, moral y cultural.
Ahora al turismo lo llaman 'industria' para envolverlo en ese halo de progreso con el que solemos adornar a los laboriosos germanos. Quien pone nombre a las cosas, manda. Y así pretenden obnubilar a quienes han padecido el paro y la precariedad laboral durante decenios. Pero no, no es industria. Y menos aún este turismo de selfi, consumo compulsivo y parque temático. A mí me enseñaron que el turismo estaba en el sector terciario, el de servicios. ("Aprender más para servir mejor", es el lema de una escuela concertada granadina, dicho sea esto de paso.)
Tenemos un grave problema demográfico más -junto al de la España vaciada-: se vacían los cascos históricos para llenarlos de juerga y polución de todo tipo.
El objetivo, tal vez compartido tanto por las autoridades de aquí como las de Bruselas, es hacer de España la gran terraza de Europa. Un lugar de diversión y despedidas de soltero para jóvenes, y de salud y karaoke para los mayores de la rica Europa del norte. En el sur, todos camareros, guías, kellys o bien hosteleros. Los del norte que piensen y produzcan, que luego nosotros les daremos diversión en nuestras exhaustas ciudades y playas.
Pero solo un turismo regulado, así como el fomento de otros modelos turísticos responsables, serán compatibles con entornos urbanos habitables y con un medio ambiente limpio y protegido. Y estos son valores esenciales para una vida digna y sostenible en el tiempo.
Urge una racionalización del masivo flujo turístico, tanto a nivel municipal como autonómico, nacional y europeo. Se trata, sobre todo, de educar, pero también de establecer normas que, por otra parte, ya se han aplicado en diversos países. Como, por ejemplo, establecer límites al número de camas en función de la población; o imponer un impuesto al viajero para que contribuya al mantenimiento del lugar que visita y a los servicios que recibe; o limitar por zonas el número de establecimientos de ocio y hostelería y terrazas, además de establecer horarios y umbrales de sonido que sean respetuosos con el bienestar del vecino, sin que este tenga que recurrir a instancias judiciales para ver reconocidas cosas tan elementales como su derecho al descanso.
La sostenibilidad, nuestra salud, el futuro de nuestros jóvenes, de nuestro campo y de nuestras ciudades se juegan en buena medida en este turbio negocio del turismo.
Pues eso, que sí, que está lloviendo, y no precisamente agua.

martes, 21 de junio de 2022

MÓNICA OLTRA Y LAS FALACIAS LÓGICAS

El pseudoargumento conocido como ad hominem es una herramienta retórica, una falacia no formal; es decir, un argumento falso, engañoso, que, no obstante, utilizamos con frecuencia para convencer a toda costa. Atacamos al oponente en lugar de discutir sus razones. 

Cuando explico a mis alumnos la lógica informal, me afano en buscar en redes y medios en general ejemplos para ilustrarles cada una de las falacias: ad baculum ('Cumple con las normas o serás sancionado"), ad populum ("Es así porque la mayoría está de acuerdo"), ad verecundiam (" Es verdad porque lo dijo Aristóteles'), ad misericordiam ("Señor juez, no me condene. Yo siempre fui un buen hombre "), ad ignorantiam ("Existen los extraterrestres porque nadie ha probado lo contrario"), etcétera. 

Pero el caso de Mónica Oltra me ofrece bastantes ejemplos de falacias ad hominem. Imputada por presunto encubrimiento de su ex marido en un caso de abuso a una menor tutelada por el que este fue condenado a varios años de prisión, veo ahora cómo Oltra, que, en su momento, señaló la imputación como el Rubicón que marcaba la puerta de salida para cualquier político en ejercicio, se refugia para no dimitir en una supuesta campaña de derribo contra ella montada por la extrema derecha. 

El magistrado señalaba en su auto de abril que "existen indicios racionales y sólidos de la participación de la aforada en los hechos", y pedía su imputación al TSJCV. En efecto, hace unos días, el Tribunal Superior ha hecho efectiva la imputación. 

Ahora, Compromís cierra filas con Mónica, mientras medios progresistas señalan la vinculación con la ultraderecha de quienes promovieron en su día la investigación judicial del caso: "Ultraderecha, multinacionales y la rama jurídica del PP buscan poner contra las cuerdas a Oltra", escribe Público. Se ataca la honestidad del adversario, en lugar de demostrar la falsedad de sus argumentos. 

Aunque fuera cierto el contubernio, ello no debería impedir a la señora vicepresidenta valenciana abandonar su cargo para defender su inocencia; y, en su caso, acusar a quien corresponda de injurias o, de tratarse de un auto sin fundamento, de prevaricación. De ser como sostiene Compromís, habrían prevaricado el juez de instrucción, la fiscal superior de la Comunidad Valenciana, y el magistrado de la sala del TSJCV. 

En innumerables ocasiones hemos visto a cargos del PP aferrarse al sillón y hablar de "campañas orquestadas por el PSOE".

He sentido un gran desengaño al ver cómo en este caso, como en esos otros, una servidora pública progresista se agarra a su cargo como si ella fuera insustituible. No entiendo que resulte tan dramático abandonar el puesto que se ostenta, cuando debería de haber compañeras de Compromís cualificadas y dispuestas para suplir a la persona saliente sin más dramatismo.

domingo, 5 de junio de 2022

RECHAZO VECINAL AL TRASLADO DE LA ESTACIÓN DE FERROCARRIL A LA VEGA

Por MIGUEL ÁNGEL RUBIO MIRÓN


En el marco de las Jornadas de Participación Ciudadana en el Avance del Nuevo Plan General de Granada, estuve presente el pasado jueves 19 de mayo en la reunión del distrito Centro. La asistencia numerosa, tanto de vecinos como de asociaciones, y las abundantes y diversas aportaciones a la hora de señalar los problemas y de proponer soluciones a los mismos, me hicieron valorar positivamente la iniciativa de participación. Salieron a la luz problemas concretos del distrito, pero también otros más generales, como la contaminación en la ciudad, la movilidad o la vivienda.

Sin embargo, más tarde, ya en casa, me encontré para mi sorpresa en un medio digital con el artículo "Granada no encuentra rechazo vecinal al plan para trasladar la estación de tren a la Vega" (Granada Hoy, 18 de mayo). Y, al leerlo, de la sorpresa pasé a la indignación. Escribí a los responsables de la iniciativa participativa, manifestándoles mi extrañeza por el contenido del artículo e indicándoles, además, que hablar de esa ausencia de rechazo al proyecto de traslado cuando el ciclo de reuniones no había terminado aún ponía interrogantes a la validez de la iniciativa participativa.
La respuesta del Equipo Redactor del Nuevo Plan me llegó anteayer, 24 de mayo, y, entre otras cosas, incluía que "somos conscientes del rechazo que existe hacia esta propuesta -traslado de la estación de tren a la Vega-, desde vecinos y vecinas de los diferentes distritos hasta colectivos que trabajan para proteger la Vega la rechazan (sic)".
Parece, por tanto, que rechazo vecinal sí hay. Igual que un Pacto por la Vega de Granada 2015, con numerosos y significativos apoyos. Igual que una plataforma "Defendamos la Vega Otra Vez", constituida este pasado lunes 23 de mayo por más de un centenar de personas y colectivos.
Parece también que, por muy convencido que se esté de que un plan trae beneficios, no está bien manipular, forzar, retorcer -elija el lector el verbo- la opinión y el sentir de los ciudadanos.


Miguel Ángel Rubio Mirón