El Instituto, seis años que cambiaron mi vida

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MARÍA JI GÓMEZ MARTÍN (Continuación...)

En cuatro años accedimos a información que nunca en la historia había estado al alcance de manera tan simple. Aprendíamos con profesionales de la educación, que además creían en lo que estaban haciendo.

Nuestro estudio giraba en torno a la Lengua -para saber comunicar-, Matemáticas, Biología, Física y Química, Tecnología -para tener futuro-, Historia -para que “la humanidad no vuelva a tropezar con la misma piedra”-, y fuera de eso, unas cuantas asignaturas de relleno para desfogar y subir nota, como Ciudadanía, Música, Plástica, Religión…

Lo que dábamos en clase era teoría, conceptos que parecían de otro mundo, no había que confundirlos con la práctica, con nuestra vida personal. Lo que nos enseñaban era tal y como lo ponía en el libro, no debíamos mezclarlo, ni con otras asignaturas ni con nuestras vidas.  Cuantas más asignaturas, más distintas y ajenas se hacían a nosotros, que solo éramos personas receptoras de dicha información.

La concepción estática del conocimiento hacía que ir a clase fuese tedioso, y que éstas, en muchos casos, consistiesen en calentar la silla y hablar con quien tuvieses al lado. El recreo y la Educación Física se convirtieron en el incentivo de muchos para ir a clase. Aunque algunas veces, con suerte, había alguna asignatura a la que queríamos ir, pues nos hacían pensar, dudar; y, por tanto, participar en clase, como Física y Química: con un muelle la clase quedaba encandilada y, además, empezábamos a entender cómo funcionaba la energía.

Pese a todo ello, seguíamos en clase sin ver su sentido más allá del futuro prometido. La educación era, y es, para muchos un mero trámite hacia el futuro laboral. El cual se fundamentaba en la idea de que, si estudiábamos y trabajábamos duro, estaríamos mejor preparados para la vida, las empresas nos querrían más.

“Cuanta más formación, más títulos; y cuantos más títulos más trabajo digno, con el que ser felices”; y así, el objetivo real de la educación y su valor en sí misma se desdibujaban.

Pero España está seca. Todos teníamos familiares, jóvenes estudiantes, que habían tenido que salir del país para encontrar ese trabajo digno, porque no todo era de color de rosa. El esfuerzo y el trabajo no estaban derivando en un final feliz. Conforme crecíamos la fórmula cambiaba, ahora no solo el trabajo daba sus frutos, sino que “el trabajo solo daba frutos a los mejores”, a los mejores que los de su alrededor -los que más habilidades tenían-. Era muy común escuchar: “de inglés ¿qué título tienes, el C1? pues toca el francés, italiano y, a ser posible, alemán; bachillerato y la carrera, mejor si son dos, un doble grado, porque uno ya no es suficiente”.

El conocimiento ya no tenía valor en sí. El fin era infinitamente más importante que el medio. Y entre tanto objetivo borrado de la educación, el mayor olvidado fue el de querer formar a ciudadanos y a ciudadanas, “porque ciudadana no se nace, se hace”.  No había ningún espacio real que posibilitara esta formación. Los conocimientos transversales no deberían ser la educación para la ciudadanía, la educación para la ciudadanía no debería ser solo una asignatura de tercero con una hora semanal. Los valores éticos no deberían ser una optativa de religión.

Tan centrados, con buena letra y magnificas notas, muchas personas de mi generación no han aprendido que son sujetos de derechos y de deberes. Aún recuerdo el día en el que mi amiga vino muy orgullosa a contarme que su clase había votado en contra de la huelga del 8 de marzo porque “no estamos para perder el tiempo”. Esto, lamentable de por sí, era más triste porque era verdad. La huelga para muchos se había vuelto sinónimo de día libre, para desayunar, ir de compras o descansar. Si nosotros no nos tomamos en serio a nosotros mismos ¿Quién lo va a hacer?

¿Cómo lo íbamos a hacer nosotros mismos si vivíamos en una burbuja? Si no nos habían enseñado ni la historia y antecedentes de los problemas que heredaremos, que ya hemos heredado. Ni cómo gestionar nuestros problemas y emociones, que podrían ser de adolescentes, pero si no sabemos hacerlo a estas edades, la educación emocional no nos va a llegar volando un día cuando seamos adultos.

Este itinerario que nos tocó a unas cuantas generaciones y a mí, no solo dejaba de lado la educación emocional, sexual, financiera, ética, etcétera, sino que también daba prioridad, de la manera menos respetuosa posible, a las Ciencias sobre las Ciencias Sociales, Humanidades y Artes.

En segundo de la ESO, cuando me preguntaban “de qué era”, yo respondía que de ciencias, “porque quería hacer marketing”. Claro está que no lo decía con conocimiento de causa, sino en base a la convicción común de que “las ciencias son buenas y las letras malas”.

Por parte del instituto, esta idea no era desmentida, pese a que suponía el sesgo de nuestras futuras decisiones sobre el itinerario a seguir. Me habría gustado que su presencia hubiese sido mayor en estos momentos en los que conocíamos tan poca información sobre nuestras posibilidades.  

En cuarto de la ESO escogí las asignaturas de Letras, Latín y Economía. Lo hice como un pequeño acto de rebeldía, pues en tercero había tenido muy pocas asignaturas de Letras. De hecho, no tenía mucha idea de en qué consistían las nuevas asignaturas, suponía que Economía era dinero, y Latín un idioma.

Esta pequeña decisión junto con la connotación negativa que tenían las Letras (especialmente en cuarto, donde las Matemáticas aplicadas y las Letras eran para los que “no valían”), provocó, por suerte o por desgracia, que el grupo de la clase de Letras fuésemos solo doce personas (frente a otras en las que éramos treinta). Prácticamente clases particulares. La implicación era necesaria. Esto provocó, a su vez, la mejor experiencia académica que había tenido hasta entonces y hasta ahora.

Con estos dos profesores (de Latín y de Economía), por primera vez me sentí sujeto de aprendizaje. Vi que alguien fuera de mi entorno cercano creía que podía llegar a más de un simple aprobado para “ir tirando”. Lo que dábamos en clase empezó a ser dinámico, a cambiar mi forma de ver el mundo (no solo académico) y de actuar en él. Desde entonces, mi enfoque de la educación cambió completamente.

En Bachillerato escogí la rama de Ciencias Sociales, esta vez sí, como resultado de un examen exhaustivo de qué me gustaba. Esta etapa comenzó con un cambio de chip, las ganas de demostrarme de qué era capaz, y el convencimiento de que no iba a perder dos años e iba a aprender.

La nota no era algo que buscase, pero ahora “sí contaba”. Yo quería aprender, y en primero pude hacerlo disfrutando, pues el curso era muy similar al anterior. Además, en mi Rama (Ciencias Sociales) no existía gran competitividad, las notas de corte no eran elevadas. Y aunque siempre nos habían dicho que en bachillerato solo se quedaban quienes querían estudiar de verdad, para muchas compañeras y compañeros el Bachillerato de Ciencias Sociales era sinónimo de “tengo que hacer bachillerato, pero Ciencias no, porque tienen Matemáticas; y Humanidades tampoco porque los idiomas se me dan mal”.

La realidad es que mucha gente en las clases no quiere estar ahí, aspecto que suele quedar obviado entre las numerosas críticas al sistema educativo. No debemos caer en esta simplificación, pues somos la parte principal de este sistema y, por tanto, no solo víctimas de sus problemas.

Por muchos programas, trabajos y asignaturas interactivas que se intentan hacer, estas no son suficientes para suplir la falta de interés existente. El problema es mucho mayor, procede de la sociedad, familia y cultura, ¿y cómo arreglamos esto, con educación? Educación para arreglar la educación. 

Y llegó segundo de bachillerato, que se merece un apartado él solo. Este año ya no fue tan bonito. No entiendo en qué momento empezamos a ver tan normal la ansiedad a nuestro alrededor, y no solo alrededor. En qué momento una décima en la media costaba nuestra salud, tantas horas de sueño perdidas, agobio, malos hábitos que a día de hoy no he conseguido corregir, y emociones que no correspondían por una nota, un número, que no solo era un número, sino nuestro futuro.

Si no querías dar lo mejor de ti, y te bastaba con sacar el curso, este era fácil de sacar. Segundo de bachillerato no es difícil, pero siempre nos lo habían vendido con la carga emocional del estrés, la falta de tiempo y la autoexigencia. De este curso no había nada positivo, salvo el final, que tenía que llegar con una sonrisa en tu cara y la nota suficiente para entrar en la carrera que quisieses. Esa sonrisa y carrera hacía que todo tu trabajo, malos hábitos, estrés, incluso ansiedad, valiesen la pena.

Pero no valen la pena, sino la reputación. Porque, pese a la gran cantidad de personas que no consiguen entrar en su primera opción, nadie te dice que una mala nota no te va a hundir la vida, ni limitar de raíz tus sueños. Que no entrar en la carrera u opción que quieres es tan válido y digno como sí hacerlo. En vez de contarlo así, no entrar en la carrera o no tener “buenas notas” significa fracasar, no haber trabajado lo suficiente, que tienes que perder un año de tu vida repitiendo curso, selectividad o haciendo algo que no era tu primera opción. Los repetidores nunca han tenido una buena reputación y nadie quiere ser uno de ellos.

Por tanto, cuando las personas terminaban el curso y sus notas no alcanzaban la nota de corte, se encontraban con una situación para la que nadie las había preparado, se avergonzaban, y sentían que no valían, no solo como estudiantes, sino como personas.

Poque las notas nos definen, y, en bachillerato, la persona se confundía con sus notas. Las cuales se basaban mayoritariamente en dos exámenes trimestrales, que solíamos memorizar para poder seguir el ritmo; y dos puntos de la nota (aproximadamente) que contenían todo lo demás: lecturas, asistencia, comportamiento, participación, trabajos…

Considero necesario un cambio en el sistema de evaluación, mediante distintas herramientas de valoración, las cuales reflejen mejor el trabajo y la situación de cada persona. Consiguiendo individualizar la educación y las notas. Con una reforma radical de verdad, y no una superficial que solo devalúe las notas y con ello la educación. Como ocurrió cuando pasamos de primero a segundo (tras la cuarentena), con poco más de la mitad del temario dado, y con unas notas que no correspondían con el nivel que habíamos adquirido. De hecho, en las clases de segundo había quienes se jactaban de que “le habían regalado la mitad de bachillerato y estaban ahí por si colaba que se lo diesen entero”. Mientras todo esto ocurría, las notas de corte para la universidad subieron de manera generalizada.

Pese a todo lo anterior, tuve la suerte de un profesorado comprensivo que también estaba en contra del sistema que le estaba tocando imponer, que entendía por dónde estábamos pasando. Aun así, estaban obligadas a seguir un ritmo muy difícil para prepararnos de cara a la temida selectividad, unos cuantos exámenes que definirían nuestra nota, y esta nuestro futuro.

En conclusión, mi experiencia en el Instituto es positiva prácticamente al completo. He tenido la suerte de poder acceder a una educación muy completa, de la mano de profesionales de la enseñanza de verdad, que personalmente me han dado las herramientas para aprender a pensar, a comunicar, a cuestionar lo que tengo a mi alrededor. Estos seis años de instituto me han hecho ser tal y como soy y, aunque hay aspectos que critico, estaré eternamente agradecida por todo lo que me ha aportado mi Instituto y todas sus personas. 

LUIS FERNANDO DE LUIS PAREJA

(Actualmente estudia el Grado de Historia en la Universidad de Granada)

Antes de comenzar a narrar mi experiencia académica durante una etapa tan importante como es la adolescencia, desarrollada durante las etapas escolares de Educación Secundaria Obligatoria y Bachillerato, creo necesario aclarar que desde el momento en el que yo cursé dichas etapas hasta el día de hoy, estas han pasado por un proceso de evolución alentado por los maestros de vocación, quienes siempre han volcado sus esfuerzos en hacer de la educación un lugar accesible para todos, lo cual veo reflejado en los contenidos y metodologías seguidas por los alumnos de generaciones posteriores a la mía. Esto resulta algo a resaltar cuando sé de primera mano que los centros educativos siempre han tenido cierto rechazo a las innovaciones metodológicas, siendo criticadas por parte de un amplio sector del profesorado, quienes han llegado a calificar a los centros y al sistema como “atrasados” o, incluso, “clasistas”.
Como última aclaración previa he de mencionar que ambas etapas las desarrollé en distintos centros, siendo el primero de ellos, donde cursé la ESO, de carácter concertado, mientras que el bachillerato lo cursé en un instituto público. Creo que esto puede ofrecer una visión comparativa interesante.
Iniciando la parte central del texto, uno de los principales aspectos en el que hemos de fijarnos para entender cómo ha sido esta etapa es el de las materias y contenidos estudiados. Para hablar de ello, voy a iniciar una dinámica que se va a repetir a lo largo de todo el ensayo: va a haber una diferenciación entre mi experiencia en la ESO y mi etapa en Bachiller, pues ambas han sido muy distintas y creo imposible poder entender mi experiencia sin conocer la diferencia que viví en ambas etapas. En este sentido, durante la ESO estudié múltiples contenidos relacionados con las ciencias, las ciencias sociales y las letras, cursando asignaturas tan necesarias como Lengua castellana y Literatura, Matemáticas, Biología, Historia y un largo etcétera. Esto resulta del todo oportuno, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de una enseñanza obligatoria, en la cual todo el mundo ha de obtener unos conocimientos mínimos. En cuanto a esto, solo creo necesario recalcar el continuo y sistemático desprestigio llevado a cabo contra las asignaturas relacionadas con las humanidades, relegando asignaturas como Latín o Cultura Clásica a un segundo plano, pasando a ser una simple optativa ofertada en el último curso. En este sentido es especial el caso del Griego, asignatura que no se oferta en ningún curso hasta el abandono de la educación obligatoria. Por otra parte, creo que, de la misma forma que se ofertan lenguas extranjeras como el inglés, el francés o el alemán, debería existir la opción de estudiar también lenguas cooficiales que existen dentro del país, formando parte de nuestra cultura, y que además se están perdiendo, como es el caso de gallego, el catalán o el euskera. La existencia de estas asignaturas en el currículo resolvería ciertos conflictos políticos, además de atajar, en parte, la tremenda injusticia que se da en las oposiciones. En ellas, dependiendo de la región del país donde se oposite, se exigen ciertas competencias que son imposibles de obtener en las demás comunidades autónomas, suponiendo esto, en mi opinión, una discriminación.

Todo lo mencionado en el párrafo anterior sería lo relacionado a las asignaturas estudiadas en la ESO, cuya utilidad radica en su necesidad para solventar las inquietudes intelectuales del alumno. Sin embargo, no hay que olvidar algo que existe, pero a lo que nunca se le ha prestado la suficiente atención: las competencias emocionales que se han de adquirir durante esta etapa de nuestras vidas. Quizá yo eché en falta alguna asignatura donde se me enseñara a gestionar ciertos sentimientos, normales de esta época vital, donde complejos, emociones y hormonas pasan a formar parte del día a día, llegando a afectarlo. También, creo que sería bueno establecer unas normas comunes en cuanto a temas que nos incumben a todos en sociedad, como es en el caso de la educación sexual, la cual es básica para impedir que se den situaciones demasiado normalizadas hasta este momento.

Por último, en lo referido a este apartado, otro asunto que se ha olvidado completamente en la educación y que forma parte del Ser Humano desde sus inicios, es el respeto, entendimiento y puesta en valor del entorno natural que nos rodea. A mi parecer, la educación se centra demasiado en hacer del individuo un ser funcional en cuanto a la faceta laboral, pero haciendo de él un ser completamente ignorante de aspectos tan fundamentales como la Naturaleza.

En definitiva, creo que la educación se centra demasiado en aspectos “técnicos”, preparando al individuo para un futuro laboral, pero olvidando aspectos tan básicos y fundamentales como el conocerse a uno mismo, a los demás, y a lo que nos rodea.

En cuanto a bachillerato, asumiendo que se trata de una etapa que no es obligatoria y que está enfocada a ir adentrándose en el mundo universitario, creo que en cuanto a materias está muy bien enfocada, con unas asignaturas en las que se ha de seguir profundizando independientemente de la rama de cada uno, como la Historia, la Filosofía y la Lengua, pero conociendo nuevos aspectos concretos de los estudios en los que se desea adentrarse, como en mi caso fue el descubrimiento de asignaturas como Latín, Griego o Historia del arte. Sí que es cierto que, en este sentido y a pesar de no ser un plato de buen gusto para mí, creo que el estudio de las Matemáticas debería ser imprescindible en cualquier rama, incluyendo las humanidades, pues ¿qué sería de la Historia del arte sin la secuencia de Fibonacci? o ¿cómo se pretende comprender la sociedad griega y romana sin estudiar cómo las matemáticas afectaron a un pensamiento tan puramente racional en el caso de Grecia y tan pragmático en el caso de Roma?

En el segundo gran bloque que pretendo abordar en el texto, está la gestión de los centros ante casos en los que haya alumnos con menos capacidad económica o problemas personales. En este sentido, creo que hay una gran labor de los centros por escuchar al alumnado y ayudar en este tipo de problemas, a diferencia de lo que abordaré en el siguiente punto, pero mi experiencia me enseña cómo hay múltiples ayudas a todas aquellas personas que lo necesiten, habiendo un sin fin de causas por las que se puede pedir una prestación económica: desde residir a una distancia considerable del centro hasta vivir en una familia monoparental, numerosa, etc.

Sin embargo, entrando en el siguiente punto, creo que se deberían realizar mayores esfuerzos en ayudar dentro de los centros a las personas con capacidades diversas. No son pocos los casos que conozco de cerca en los que alumnos con déficit de atención u otros síndromes o enfermedades han necesitado ayuda y esta no ha sido brindada por los centros. No sé si esta cuestión responde a una falta de interés o de financiación en personal adecuado. No obstante, mi experiencia personal como alguien que, pese a no padecer ninguna enfermedad pero que sí ha necesitado ayuda de logopedas durante buena parte de su vida, no es del todo mala. Más bien, mi reflexión anterior emana de situaciones que he observado en compañeros y considero injustas, pues si yo que he sido una persona a la que le ha costado mucho aprender a escribir y leer, siendo de los últimos de mi curso en conseguirlo, he logrado desarrollar inquietudes y aptitudes relacionadas con las letras y las humanidades ¿por qué no se iba a dar la misma oportunidad a otras personas con problemas similares?

Para ir finalizando, abordaré el último bloque que se nos ha propuesto abordar: las condiciones organizativas de los centros educativos. En este caso, durante mi etapa en bachillerato no tuve ningún problema, pues en la mayoría de asignaturas no superábamos la decena de personas en la clase, pero sí que es cierto que, durante mi paso por la ESO, no hubo ningún curso en el que el número de matriculados en la clase fuera menor a veinticinco, lo cual dificultaba que se pusiera atención en personas cuyo nivel y ritmo de aprendizaje en distintas asignaturas fuera menor al de la media de la clase. Es cierto que se ofertaba una asignatura de apoyo en Lengua y Matemáticas, a la cual solo nos apuntábamos unas diez personas, pero también es cierto que estas, en mi experiencia, servían más bien de poco. De cualquier forma, este tipo de optativas no existían para asignaturas que no fueran las dos mencionadas, pues en caso de necesitar ayuda en materias obligatorias como Inglés o Química no había ningún tipo de ayuda por parte de los centros, esta se limitaba a Lengua y Matemáticas.

Finalizando este apartado y antes de la conclusión final, creo necesario hablar de los profesores: mi experiencia me demuestra que existen profesores de todo tipo, desde los más profesionales y vocacionales hasta los que quitan las ganas de asistir a clase. Tanto en la ESO como en Bachiller he tenido profesores muy buenos, con un gran nivel y de los que he aprendido aspectos de todo tipo, desde las competencias de su asignatura hasta lecciones de vida que no se olvidan. Pero también hay profesores de los que he aprendido cómo no quiero ser y qué es lo que no debe ser un profesor. En este sentido, tengo que destacar a varios profesores. Raquel, quien se empeñó en que aprendiera a leer y escribir bien (En este caso se me permitirá la licencia de mencionar una profesora que no tuve en la adolescencia, sino durante la educación primaria, pero cuya profesionalidad fue un pilar muy importante para mi desarrollo como persona.). Y mis profesores de Bachillerato, especialmente mi profe de Filosofía, quien despertó en mí una inquietud hacia la filosofía antes inexistente; o mi profe de Latín, quien me abrió las puertas de un mundo al que espero poder dedicarme y, sobre todo, quien me enseñó el significado de la palabra vocación.

Como conclusión, la etapa que se inicia en la ESO y finaliza con la salida de Bachillerato es una etapa llena de idas y venidas, donde uno empieza a tomar consciencia de sí mismo y de lo que le rodea, de las cosas buenas de la vida, pero también de las malas experiencias y de los sufrimientos. Una etapa de cambios, físicos e intelectuales, los cuales necesitan ser entendidos y gestionados, a lo cual ayudaría mucho una educación que fomentase este tipo de enseñanzas. Dentro de esta etapa, juegan un papel fundamental los centros educativos, pues gran parte de nuestra vida y, por ende, de esas experiencias que nos forman como personas, suceden ahí, es nuestra segunda casa y, aparte de ser un centro educativo, es también un centro social, donde desarrollamos grandes relaciones y, sobre todo, donde se aprenden muchas normas de convivencia que son necesarias para el correcto desarrollo de la sociedad. Por todo ello, también resulta imprescindible hacer de las aulas un lugar en el que se aprendan estas normas, donde se debata y donde se ponga en común lo aprendido y vivido.

Para acabar, tratándose esto de una reflexión a partir de mi experiencia, no puedo dejar de mencionar lo siguiente: mi entrada en la adolescencia fue algo difícil, situación motivada por desórdenes propios de la inmadurez, por culpa de complejos físicos e intelectuales, y, sobre todo, por actitudes como la pereza, lo cual me llevó a repetir segundo de ESO. Y, aunque en su momento, fue algo que me costó mucho aceptar y que me ocasionó más complejos, a la larga acabó siendo uno de los hechos que más me ha beneficiado en mi vida, pues supuso un punto de inflexión a partir de cual comencé a despertar mis inquietudes y a desarrollar la personalidad que me ha llevado a ser quien soy. Sin embargo, observo en ciertos compañeros míos que debieron haber repetido pero que nunca lo hicieron, que a día de hoy son personas con títulos, pero a los que les falta ese “empujón” que yo tuve en su momento para poder determinarse a desarrollar y explotar sus aptitudes. Por ello me siento muy agradecido de haber pasado por tal proceso y animo a cualquier persona que esté pasando por esa situación de no encontrarse a sí mismo, teniendo la sensación de “querer y no poder”, a buscar aquello que le motive y explotarlo, como en mi caso fue la inquietud por las humanidades en general y la historia en particular. Pero, como dijo Rubén Darío: “Ama tu ritmo y ritma tus acciones”.



LAURA BENAVIDES

(Actualmente estudia el Grado de Magisterio-Infantil en la Universidad de Granada)

Mi experiencia en Secundaria y Bachiller la recuerdo como una época de continuos cambios tanto sociales como personales, pues tuve que cambiar de instituto para realizar bachiller porque el colegio donde realicé secundaria no contaba con la etapa de bachillerato. En esos seis años pude experimentar diferentes metodologías, profesores, compañeros/as de clase…

De mi etapa secundaria recuerdo las diversas metodologías que intentaron llevar a cabo. A pesar de que en la mayoría de las asignaturas se impartía una docencia tradicional, en la que nos pasábamos horas y horas escuchando al profesor/a y apenas podíamos participar, también pudimos ver que existían otras formas de aprender. Por ejemplo, en 3º ESO se llevó a cabo en la asignatura de Matemáticas la metodología conocida como clase invertida o “flipped classroom”, en la que diría que, por primera vez en mi etapa escolar, se respetó el ritmo de aprendizaje del alumnado. El profesor nos ofreció el material con las soluciones y nosotros cuando nos sentíamos preparados para afrontar la prueba del examen, se lo pedíamos al profesor. De esta manera, cada uno en clase podía llevar su propio ritmo y nos permitió darnos cuenta de que para algunos/as un tema le será más fácil de entender, por lo que en una semana ya es capaz de examinarse, mientras que otros necesitarían una semana más. El inconveniente que pude observar fue que para este tipo de metodología hacía falta responsabilidad por parte del alumnado; pues, al no estar un profesor diciéndote lo que debes de hacer en cada momento, hubo algunos que dejaron todo para el último momento y fracasaron con esta metodología. Aparte de la clase invertida, en Secundaria tuvimos algunas sesiones coaching en el aula. En dichas sesiones, nos colocábamos en grupos de 5 o 6 personas y en cada grupo había un líder, que iba cambiando todas las semanas, y era el encargado de explicar al resto del grupo los contenidos y asegurarse de que lo comprendían.
Podría concluir que, en Secundaria, sí es cierto que fomentaron más el trabajo en equipo que en Bachiller e incluyeron nuevas metodologías para intentar dejar a un lado la enseñanza tradicional.
En la etapa de Bachillerato, sí fue algo más tradicional, ya que tuvimos que estar dos años preparándonos para la Selectividad, y esta prueba de acceso a la universidad es puramente memorística. Tuvimos que memorizar contenidos de diversos temas, los cuales creo que a más de uno se nos ha podido ya olvidar. Si la prueba de selectividad fuera más práctica, seguro que interiorizaríamos mucho mejor los contenidos e incluso lo sabríamos aplicar a nuestro día a día. Pero ya no solo la prueba de PEvAU, sino que los contenidos que se deberían de dar a lo largo de toda nuestra etapa escolar deberían estar más orientados a la investigación y/o práctica, pues así se fomentará la motivación. Además, creo que se debería favorecer mucho más en el aula el ARTE (música, danza, literatura, pintura…). No se suele impartir las horas necesarias de estas disciplinas, siendo en muchos casos solo optativas para que el alumno/a decida si quiere aprenderlas. A día de hoy, como estudiante de Educación Infantil en la Universidad, he aprendido muy poco sobre cómo enseñar el arte. Por ejemplo, solo hemos podido cursar la asignatura de Música durante tres meses y no se vuelve a dar más esta asignatura, o alguna parecida, nunca más. Además de que la estuvimos cursando de manera online debido a la pandemia y apenas pudimos aprender realmente bien porque no pudimos ver ni un instrumento. Por ello, se debería comenzar a cambiar desde la Universidad porque… ¿cómo podemos pretender un cambio en la escuela o en el instituto, si en la educación que estamos recibiendo los próximos maestros/as no se potencian el cómo educar estas enseñanzas artísticas?
Un aspecto que me gustaría destacar de Bachiller fue la ratio de alumnos por aula. En las asignaturas de Latín, Griego o Historia del arte, al encontrarnos unos 9 o 10 alumnos/as en el aula, nos facilitó muchísimo la comprensión de los contenidos. Estar menos en clase, ayuda a que el profesor/a pueda estar más pendiente del progreso de su alumnado y se genera un clima de comodidad y confianza.
En cuanto a los espacios en el instituto, fueron adecuados, aunque se podría mejorar el exterior. Con esto me refiero a habilitar el patio de manera que se puedan ofrecer clases al aire libre, porque pasamos demasiadas horas metidos en un aula.
Sobre la formación del profesorado, tanto en Secundaria como en Bachiller, considero que fue muy buena. En mi caso, lo observé de cara a Selectividad, ya que pude sacarla con éxito, por lo que me prepararon bien para ello. Sí resaltaría el hecho de que se lanzaran a innovar en su aula. Por ejemplo, comenzar a cambiar la forma de evaluar. En la mayor parte de mi etapa escolar, para el profesorado la única forma de evaluación era un examen, cuando realmente existen otras muchas más formas de comprobar si el alumno/a domina el tema. En 1º de bachillerato, aprendimos en Literatura Universal que no hacía falta estudiarse un libro de lectura obligatoria, como sucedía en algunos exámenes en los que te preguntaban exactamente lo que sucedía en tal capítulo, sino que con tener una opinión y ser crítico con ello era suficiente. Con esto me refiero a que un examen tampoco va a determinar la inteligencia del alumno/a, sino que, mientras sepa ser crítico utilizando argumentos congruentes, probablemente le servirá más de cara al futuro.
Por todo ello, creo que la educación ha mejorado, pero que aún le queda mucho por prosperar. En el momento en que se habilite unos buenos espacios en el centro y en el aula y un profesorado abierto al cambio, conseguiremos tener unas buenas generaciones.

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