martes, 28 de julio de 2026

Retrato (irreverente y con retranca) de don Miguel de Unamuno

Relijiosidad (sic) de Unamuno (Por Juan Ramón)

Blog de la Biblioteca Virtual
Miguel de Cervantes
La relijiosidad de Unamuno es muy sencilla; está dicha en dos palabras: Miguel de Unamuno se creía y se tenía por dios, un dios español, desde luego, con dominio también en África. Por lo menos se quería dios. Muchas veces, y según los instantes, se consideraba superior a dios y a sí mismo, ya que, siendo superior a sí mismo y creyéndose dios, era superior a dios. Unamuno tenía a dios consigo en todas partes: el periódico, la clase, el Ateneo, el café, el tranvía; tenía a dios al brasero, en la camilla. En eso también se parecía mucho a Santa Teresa.

Nadie ha llevado a dios a todas partes más que él, porque el dios de Unamuno no era un dios de sala ni de iglesia, era un dios de cada instante, con todas las necesidades divinas y humanas. Por eso Unamuno le hablaba a dios a veces como ánjel, a veces como un carretero. Y lo invitaba a comer chorizo.

No sé si de ningún escritor ni poeta para quien dios haya sido más que para Unamuno, ni más diverso. Lo une consigo mismo a cada hora como un familiar o un huésped. Más que la misma Santa Teresa. Y lo usa a su gusto como Santa Teresa también. Hace de él simultáneamente un dios, un rey, un señor, un amigo, un padre, un hijo, un hermano, un enemigo, y lo ensalza, lo insulta, lo rebaja, lo abraza, lo separa. Para que no se le olvide, lo lleva colgado al pecho en una cruz que fue de su hermana, el Cristo de su hermana, de 30 centímetros de largo, que le molesta y le pesa.

Yo le dije una vez a Unamuno: “Don Miguel, si Cristo, en vez de morir en esa cruz que usted acaba de enseñarme, hubiera muerto en la horca, la guillotina o la silla eléctrica, ¡qué incómodo sería para usted llevar una guillotina, o una silla eléctrica sobre el pecho!”. Me dijo: “Cuanto más incómodo, mejor. Pero la cruz es anterior al suplicio por su forma de hombre y es anterior al hombre”. Yo le dije: “Y a dios. Sí, la cruz es anterior a dios”. Pero don Miguel no se mortificaba por humildad, sino por soberbia. Él quería aguantar más que nadie, en lo que fuera. Recuerdo lo que le dijo al dictador Primo de Rivera, cuando éste lo desterró a Fuerteventura: “Yo tengo más talento que usted, trabajo más que usted, soy más guapo que usted, conquisto más mujeres que usted”.

(…) Cuando don Miguel estaba desterrado en Francia, no podía vivir en París, porque él no podía vivir sin este dios y no encontraba a este dios, porque el dios de Unamuno era español, abruptamente español. Se lo había dejado en casa, con su familia; y el que llevaba al pecho no le servía más que para sentir la distancia y la falta de presencia de un dios que entraba en su casa como un hombre y del que necesitaba la “presencia y la figura”. Cuando quiso hacer su poema con él, lo eligió en Velázquez como el retrato del suyo, del hombre corriente superior que era para él, y para que los otros lo “vieran”. No elijió un Cristo medieval ni el Cristo de Goya que es casi femenino.

La familiaridad de Unamuno con Cristo es como la de Santa Teresa, también excesiva, sólo que en Santa Teresa se resolvía sólo en amor y en Unamuno en pelea, muchas veces. Para Santa Teresa Cristo era un novio, un amante y sólo para ella, aunque lo disimula. Para Unamuno, un yo contrario y para todos. Gran cosa hubiera sido que Unamuno y Santa Teresa, vecinos en sus dos provincias –Ávila, Salamanca— y hoy huesos muy cerca bajo tierra, se hubiesen conocido. Qué cosas hubiera escrito Unamuno de Santa Teresa y qué cosas hubiera escrito Santa Teresa de Unamuno. Son los dos hermanos de nuestro Don Quijote, porque Santa Teresa fue en todo la mujer quijote española: idealista y andariega de caminos, como Unamuno.

La conocida frase del injenioso Cocteau epigramático del “boulevard” parisién: “Víctor Hugo es un loco que se creyó Víctor Hugo” se le podía aplicar a Unamuno con un lijero cambio: “Dios es un loco que se cree Unamuno”.

No sé lo que había de dios en Unamuno, pero es evidente que, al irse de nuestra España, se ha llevado de las calles mucho dios. Nos falta mucho dios con la falta de Unamuno, esto nadie lo puede negar, y en algo tendría razón, cuando es así. Sí, mucho se notará con la muerte de Unamuno la muerte de un dios en España, de un dios socrático y cristiano. Lo pondrán otra vez en los altares con traje celeste y rosa, olores de París y peinado con la permanente como les gusta a las señoras, pero no por las plazas, por los mercados con don Miguel.

(Juan Ramón Jiménez: Españoles de tres mundos (1914-1940), Barcelona: Visor Libros, 2009. --Primera edición: Buenos Aires: Losada, 1942--)

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