martes, 8 de septiembre de 2026

Elogio (y defensa) del silencio y de la meditación

«El silencio, que no ha sido creado, guarda la propiedad de lo eterno»

Ramón Andrés, No sufrir compañía. Escritos místicos sobre el silencio

 

Cuatro palmeras washingtonias gemelas en la
Plaza de Gracia (Granada) 


 



El silencio, valor y virtud

Hay en el centro histórico de Granada una calle que lleva por nombre "Silencio" y desemboca en la calle Escuelas. Creo que la concurrencia de la una en la otra no es casual, pues el estudio requiere silencio: «Si cada uno de nosotros hablara solo de lo que sabe –se lamentaba don Manuel Azaña—, se haría un gran silencio que podríamos aprovechar todos para ponernos a estudiar»[1]. Ambas calles son vecinas de la Facultad de Derecho, antiguo colegio jesuita fundado en el siglo XVI. Otras muchas ciudades andaluzas han rendido homenaje al silencio en sus callejeros: Cádiz, Almería, Málaga o Sevilla, entre otras. Pero, en estas urbes, cegadas hoy de aturdidores alumbrados y con sus calles ahítas de turistas y de ruidosos y coloridos cachivaches, estos nombres me suenan más a anhelo o a forzada pose.

«Se fue a Granada en busca de silencio y tiempo, y Granada le sobredió armonía y eternidad», escribe Juan Ramón Jiménez en su bello retrato de Manuel de Falla (Españoles de tres mundos –Losada, 1940—). En él se recrea en el apacible atardecer contemplado desde el otero de la Antequeruela Alta, la casa del músico junto a la Alhambra, y, en el autorretrato que incluye en esa obra, el poeta onubense confiesa haber «mendigado el silencio». Pero, ¡ay!, ¿quién hallaría hoy silencio y sosiego –«la noche sosegada / en par de los levantes de la aurora»–, armonía y eternidad en una ciudad turística? El silencio, como el vacío y la soledad, son infravalorados en una sociedad tan mercantilizada y poblada de seres ávidos por poseer objetos y por vivir exclusivas experiencias inmersivas, que, sin embargo, se reducirán a una inmersión en adocenados grupos de veinte o más. Experiencias, por otra parte, que, más que vivir para sí, fotografiarán para otros y verterán a una red atestada ya de basura virtual, alimento infecto para una IA cada vez más artificial y menos inteligente, menos creativa y más servil.

¿A qué suena hoy una ciudad como Granada? A gritos, a chicharreantes ritmos con un fondo de voz inarticulada e ininteligible –¡por fortuna!—; a masa arrastrando los pies, a motores deprisa, a terraza atestada, a plaza okupada por veladores… Pero, veamos qué sucede en su entorno, al este, lejos de las autovías de circunvalación, en el camino del Avellano. ¿Cómo suena aquí el amanecer? Junto a la acequia real, varias veces centenaria, que discurre encaramada en el Cerro del Sol, tomo asiento en un promontorio. Desde aquí contemplo el barrio del Sacromonte, el valle de Valparaíso y el camino que dio nombre a la legendaria cofradía artística y literaria fundada por Ángel Ganivet en 1895. Hacia poniente, asoma el geométrico tejado del cimborrio de la Catedral. Cierro los ojos para oír (y oler) mejor esta fresca mañana de verano. Por suerte, el Cerro tapa en parte el permanente rugido de fondo, el grito ronco de la ciudad y de sus hiperventiladas circunvalaciones. Bajo el protector velo de la fragancia mentolada que me ofrece un grupillo de pinos carrascos, predomina el serenante rumor del modesto río Darro, precipitándose desde Jesús del Valle hacia el paseo de los Tristes, tras serpentear bajo las zambras del Sacromonte. Oigo también el ladrido de un perro y el canto de un gallo. Y el trino desangelado y lejano de los abejarucos, el grito desafinado de un arrendajo al que replica el no menos atiplado de las urracas. Un autillo, con su melancólico “tiu”, monocorde y regular, un verderón, una paloma torcaz y el silbo grave y resonante, ecóforo, de una pareja de oropéndolas, cuyo plumaje, de intenso amarillo, relampaguea abajo, entre las adelfas, los almeces y los álamos negros y blancos que sombrean y ocultan la amenísima ribera, van componiendo la música de esta habitada cárcava. La mañana se va abriendo camino y las campanas de la abadía acaban de dar las ocho, mientras el vuelo de una abeja zumba en mi oído izquierdo. ¿Es esto el silencio? No. De hecho, hablamos de entre 28 y 34 decibelios de intensidad sonora, pero sí reconozco la música callada, la soledad sonora evocada en los conocidos versos del místico de Fontiveros, escritos a escasos metros de este lugar, en el Convento de Santos Mártires de Carmelitas Descalzos, hoy un carmen visitable. 

En 1952, el filósofo Max Picard (El mundo del silencio) definía el silencio como continuidad y como apertura de la realidad misma. Podemos afirmar que el silencio es lo originario y actúa como pegamento de nuestro ser y del mundo, ambos fragmentados, como puente entre los dos. El silencio y el vacío constituyen la “sustancia” donde puede manifestarse un sonido –un lenguaje— y una realidad, respectivamente.

El silencio es también un elemento constitutivo de la música, el marco de toda composición musical, por cuanto esta comienza y termina en él marcando los ritmos y el tempo. La presencia e intensidad de los silencios dan carácter a la obra. En este mismo año de 1952, John Cage creó 4’33’, una pieza musical vanguardista en tres movimientos. Durante la interpretación, el músico permanece quieto y en absoluto silencio ante el piano y la partitura durante esos cuatro minutos y treinta y tres segundos. El instrumento callado muestra el valor del silencio y, al mismo tiempo, que el silencio absoluto no existe, pues se escuchan los latidos, las toses, el murmullo del público, o bien el viento, el repicar de la lluvia o el eventual sobresalto de un claxon o de una rugiente y siempre inoportuna motocicleta[2].

Asimismo, el silencio es hoy el lujo de las bibliotecas. Me gusta acudir a ellas, ver allí tantos humanos, la mayoría jóvenes –la mayoría, chicas—, callados y recogidos en un libro, unos apuntes o –cada vez más— una pantalla. ¡Bello espectáculo que me devuelve el optimismo! El libro constituye, de por sí, un reclamo de silencio. Quien está con su mirada fija en un libro abierto lo exige sin pronunciar palabra. No sucede lo mismo con la pantalla, pues, mientras aquel es, con frecuencia, una ventana abierta hacia nuestro propio interior, las pantallas poseen por lo regular una fuerza centrífuga que nos arroja hacia fuera y nos descentra. También suelen ser silenciosos mis sueños, señal inequívoca del agotamiento acústico de mi cerebro.

Mística y metafísica del silencio

         En las tradiciones filosófica, mística y poética españolas, hay también una intensa reflexión en torno al silencio mental, necesario para lograr una humana existencia: más allá del silencio físico, está el silencio como origen, como vacío o vaciamiento interior, como quietud, apertura, pausa y reposo –sin más finalidad pretendida— ...

(LEER EL ARTÍCULO COMPLETO EN LA VENTANA DE ABAJO)



[1] En las aulas del último centro donde enseñé filosofía, aun cuando los alumnos guardaran silencio, persiste un ruido de fondo permanente de entre 55 y 60 decibelios, que se dispara a 80 o más en los cambios de clase o en el recreo. Aguantar eso durante seis horas y media cada día de la semana es nocivo, además de perturbar seriamente cualquier concentración y afectar a la labor docente y a la convivencia. Téngase en cuenta, además, que la escala que mide la intensidad del sonido es logarítmica, de modo que un ruido de 60 dB no es el doble de otro de 30 dB, sino varias veces más.

[2] El intérprete marca el inicio de cada uno de los tres movimientos con un gesto vigoroso con el brazo y el dedo índice extendido. El brazo permanece levantado mientras dura la interpretación de cada movimiento. Al finalizar, lo baja y abre la tapa del teclado, que queda así durante la pausa del intervalo, volviendo a cerrarla para iniciar el siguiente movimiento. En su estreno el 29 de agosto de 1952 en Nueva York, el público, a pesar del reciente precedente de la música atonal, no toleró con buen ánimo esta confrontación descarnada con el silencio. Cage, que se declaraba seguidor de la meditación del budismo zen, refiere este chascarrillo en “El futuro de la música: credo” (1937): «En Japón, un joven organizó sus asuntos para poder viajar a una isla lejana con el fin de estudiar Zen con cierto maestro durante un periodo de tres años. Al final de los tres años, como no creía haber logrado nada, se presentó al maestro y le anunció su marcha. Éste le dijo: “Has estado aquí tres años. ¿Por qué no te quedas tres meses más?” El estudiante aceptó, pero al final de los tres meses aún no creía haber hecho avance alguno. Cuando le dijo otra vez al maestro que se marchaba, éste le replicó: “Mira, has estado aquí tres años y tres meses. Quédate tres semanas más”. El estudiante lo hizo, sin éxito. Cuando le contó al maestro que no había sucedido absolutamente nada, éste dijo: “Has estado aquí tres años, tres meses y tres semanas. Quédate tres días más, y, si al final de ese tiempo no has sido iluminado, suicídate”. Hacia el final del segundo día, el estudiante fue iluminado». (John Cage: Silencio. Conferencias y escritos. (1961) Traducción de Marina Pedraza. Madrid: Árdora Ediciones, 2018, p. 6).

 

Leer el artículo completo aquí:

Más sobre el silencio: LA MÚSICA CALLADA, LA SOLEDAD SONORA

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lunes, 7 de septiembre de 2026

Poisoned Words. Eviction and a €270 Fine for Occupying an Investment Fund’s Apartment in Granada



Words are neither innocent nor guilty. Yet, being such powerful instruments, they should give pause to those who use them, prompting reflection on what they mean, the worldview they embody, and the residue they leave behind.

    One word can wound, just as another can heal. A voice can spark a conflict that a whisper can soothe.

   Can a father with no means and his son, who move into a dwelling (owned, let us say, by an investment fund) that has stood empty for years, simply be dismissed as “squatters” in the context of the housing emergency we are enduring, and can we then carry on as though nothing were amiss? What is more, can a journalist do so? And a public official?

   Is not a far more egregious form of squatting the unauthorised occupation of our streets and squares by terraces, outdoor dining areas, armchairs, chairs and stools, side tables, drinks coolers, pergolas, planters, parasols, appallingly tasteless advertising boards, lights, misting showers and all manner of other paraphernalia? These are public spaces where residents can no longer stroll freely, all so that a privileged few can profit from hordes of invading outsiders.

   To call someone “rich” (“the richest man in the world”) when all they possess is money, fame and greed—three weights that drag down a free life; to label as a “squatter” an evicted person eking out a miserable existence in a building owned by a multinational corporation that, out of sheer speculative calculation, has left it to fall into ruin; to refer to an abandoned, unaccompanied minor fleeing destitution as a “MENA” (unaccompanied foreign minor), an acronym bandied about without a shred of compassion; or, finally, to call a wretched human being a criminal or an illegal simply because, at the risk of their life, they have left everything behind to flee war, persecution or poverty—all of this is as cruel as it is servile towards the economic powers. These are the very forces that undermine democratic institutions and public authorities while never submitting themselves to the will of the people, yet seek to bend everyone's will to their own.

   They reject the taxes that fund scholarships, hospitals and public schools, but when times are hard, they are the first to demand and receive state aid—resources that belong to us all, yet which they hoard for themselves.

   Did the banks ever repay the fifty billion in public money they received in the wake of the 2008 crisis, as De Guindos promised they would?

   The thousands of homes they disposed of back then could now help alleviate, at least in part, the scourge of housing scarcity and, in the process, repay some of what they owe us all.

  Many of them rose to prominence under autocracies that remain very much alive in their shadowy track records, yet they accuse their opponents of despotism. They belong to political parties whose traditional hallmark has been an utter lack of transparency, yet they brand their adversaries corrupt. They have been staunchly illiberal and uncompromising censors, yet they slap the stigma of undermining freedom on any intervention by public authorities—even when it serves merely to arbitrate in order to reduce extreme inequalities. They have been warmongers; they have been antisemites...

   And yet they are skilled rhetoricians, wielding their sophistries against the unfortunate...

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