jueves, 9 de abril de 2026

San Miguel Alto, en Granada

San Miguel Alto-Granada

     Acudí al Centro de Menores de San Miguel Alto de Granada en varias ocasiones entre los años 2013 y 2017 como profesor para examinar a internos que pretendían obtener el título de Graduado en Educación Secundaria. Entre estos púberes encerrados, fracaso de una sociedad entera, emergían signos de esperanza: algunos de ellos dedicaban su tiempo de forzada privación de libertad a aprender. Ahí se veía como en pocos sitios los positivos efectos de una educación pública al servicio de los más marginados. Eran solo dos o tres cada curso. Zagalones con dieciséis o diecisiete años a los que yo tenía que dedicar un tiempo extra para explicarles el sentido de los enunciados de las pruebas de Ciencias Sociales. Algunos de esos adolescentes no recibían ni una sola visita o llamada telefónica de sus familiares a lo largo de todo el año, me confesaban quienes se dedicaban a su cuidado. Eran las primeras fechas del mes de junio y una sencilla piscina de plástico montada en el patio congregaba al resto de los internos. Mateo se llamaba uno de los infelices aspirantes. «Maestro, ¿qué es un plano urbano ortogonal? Y ¿qué quiere decir “historia del movimiento obrero”? Yo nunca he trabajado». Unos cursos examinaba en este Centro y otros lo hacía en la Cárcel Provincial. También allí había escuela y presos que querían estudiar. En una ocasión, me encontré en ella con un antiguo alumno. Yo no lo reconocí al pronto. Fue él quien se dirigió a mí. «¿Y qué te ha pasado para estar aquí?», le pregunté a ese joven en cuya mirada aún titilaba el brillo de mi discípulo adolescente.  

Entrar en uno y otro centro era una experiencia muy similar: había que atravesar varias puertas metálicas consecutivas que se iban cerrando a mis espaldas antes de acceder a la siguiente. Un guardia armado y provisto de un gran manojo de llaves, me acompañaba durante todo el recorrido jalonado por cámaras de seguridad, que desembocaba en un patio endurecido por el cemento y cegado por elevadas vallas de seguridad. Al salir al exterior y notar la brisa libre, perfumada por los pinares aledaños y por los jazmines y rosas de los patios de los cármenes, sentía piedad de esos casi niños que comenzaban su recorrido vital con tan mal pie.

Hoy leo en la prensa local que este Centro de menores, ubicado en una atalaya privilegiada desde la que contemplar el Albaicín o la Alhambra, va a ser vendido por la Junta de Andalucía. No se reconvertirá en colegio público, ni en centro de salud, tampoco será un espacio para uso del vecindario. Un hotel. Otro más, en una ciudad que ya sangra por las heridas de la masificación turística y la especulación criminal. Ese será su nuevo uso. El diario Ideal titula, pletórico de estulticia y servil majadería: «El proyecto de un hotel en San Miguel rompe 25 años de parálisis en el cerro.» La aludida "parálisis" dará paso al exterminio de este paraje alto y silencioso, pienso apesadumbrado. Y aclara para tranquilidad de muchos en esta Pascua florida: «En el Cerro de San Miguel conviven cuevas pintorescas con unos huecos en los que se han construido chabolas sin control y que suponen focos de inseguridad.»  “Cuevas pintorescas” denomina este insigne medio de información –apenas me atrevo a denominarlo con este digno y desacreditado término— a estas viviendas antiquísimas. Debe de ser esa la expresión que usen los guías para explicar a los visitantes un modo de vida tan ancestral como sabio por sostenible y poco invasivo. Y tan común en algunos barrios de Granada: el Barranco del abogado, el Albaicín, el Sacromonte. Y con “focos de inseguridad”, ¿se refiere, tal vez, Ideal a quienes habitan en un lugar con pésimos servicios por abandono de las autoridades o está pensando quien suscribe el artículo en el malestar que genera la visión de esas chabolas al despreocupado turista que se acerca al mirador? 

Por su parte, el diario digital Elindependientedegranada.es informa de que «La venta del Centro de Menores de San Miguel para convertirlo en hotel acentuará la turistificación, según alertan los vecinos.» ("¿Y quiénes demonios son los vecinos para opinar sobre qué hacer o dejar de hacer en un barrio?" --se preguntará, a su vez, alguien desde un confortable y bien amueblado despacho--). Y explica que este paraje estaba pendiente de una gran intervención: el Plan Especial del Cerro de San Miguel, aprobado por la Corporación hace escasos años. Su objetivo era «recuperar el entorno como gran espacio público para el ocio y disfrute de la ciudadanía». Aunque hayan pasado pocos años, parece que eran otros tiempos. Tiempos en los que, tal vez, era el vecino el primer destinatario de las iniciativas municipales. O, al menos, lo era nominalmente. Pero hoy, lo es el turista, y lo es con descaro, sin disimulos. La «industria turística», llaman a ese invento que justifica cualquier desmán. El turista, fuente de ingresos para hosteleros y grandes tenedores inmobiliarios --sector servicios, que no "industria", según me enseñaron en el cole--, no debe ser molestado ni tan siquiera pidiéndole que colabore con una mínima aportación a los servicios públicos que utiliza –y sufragan los vecinos—, a los gastos de limpieza de la suciedad que provocan o a los graves perjuicios que su presencia masiva implica. La imposibilidad de acceder a una vivienda para la inmensa mayoría de los ciudadanos o la saturación de los servicios de salud son sólo algunos de ellos.

La Junta justifica la venta del Centro de San Miguel Alto para sufragar parte de los elevadísimos costes que acarreará la Ciudad de la Justicia. ¿Y quién necesita una Ciudad de la Justicia?, pregunto yo ahora. Esta se ubicará en los dos enormes edificios que fueron propiedad de Caja Granada y se extenderá por un solar que iba a ser destinado a la construcción de un espacio musical para la ciudad. Más de 60 millones de euros ha pagado la Junta para este otro proyecto Pormisgüevista, tan defendido por los cargos públicos junteros y municipales como inútil para la ciudadanía, que, en mi modesta opinión, más que una megasede unificada con todos los juzgados, requiere una justicia ágil e independiente, lo que exige contratación de más jueces y funcionarios, y profundas modificaciones en el sistema de acceso a la judicatura y en los órganos de su gobernanza. La enajenación de un bien público se justifica con un inmenso derroche. Definitivamente, Granada necesita más escuelas públicas.

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Enlace a ambos medios: 

Elindependientedegranada

Diario Ideal


miércoles, 8 de abril de 2026

San Miguel Alto, in Granada (Spain)

San Miguel Alto-Granada (Spain) 

  I went to the San Miguel Alto Juvenile Center in Granada on several occasions between 2013 and 2017 as a teacher to examine residents who were trying to obtain the Secondary Education Certificate. Among these pubescent inmates—failures of an entire society—there were signs of hope: some of them devoted their time in forced confinement to learning. There, as in few other places, one could see the positive effects of a public education system serving the most marginalized. There were only two or three each year. Big lads of sixteen or seventeen to whom I had to devote extra time to explain the meaning of the questions in the Social Sciences exams. Some of those adolescents did not receive a single visit or phone call from their families throughout the entire year, as those responsible for their care confided in me.

It was early June, and a simple plastic pool set up in the yard gathered the rest of the inmates. Mateo was the name of one of the unfortunate candidates. “Teacher, what is an orthogonal urban plan? And what does ‘history of the labor movement’ mean? I’ve never worked.” Some years I examined students at this Center, and in others I did so at the Provincial Prison. There, too, there was a school and prisoners who wanted to study. On one occasion, I ran into a former student. I did not recognize him at first—it was he who approached me. “And what happened to you to end up here?” I asked that young man, in whose gaze the glimmer of my adolescent pupil still flickered.

Entering both institutions was a very similar experience: one had to pass through several successive metal doors that closed behind me before I could access the next. An armed guard, carrying a large bunch of keys, accompanied me throughout the route lined with security cameras, which led to a yard hardened by concrete and enclosed by high security fences. Upon stepping outside and feeling the free breeze, scented by the nearby pine groves and by the jasmine and roses in the courtyards of the cármenes, I felt pity for those almost-children who were beginning their lives on such poor footing.

Today I read in the local press that this juvenile center, located on a privileged lookout from which one can contemplate the Albaicín or the Alhambra, is going to be sold by the Andalusian regional government. It will not be converted into a public school or a health center, nor will it become a space for neighborhood use. A hotel. Yet another one, in a city already bleeding from the wounds of mass tourism and criminal speculation. That will be its new use. The newspaper Ideal headlines, brimming with foolishness and servile stupidity: “The project for a hotel in San Miguel breaks 25 years of paralysis on the hill.” The so-called “paralysis” will give way to the destruction of this high, silent place, I think sorrowfully. And it adds, for the reassurance of many in this blossoming Easter season: “On the Cerro de San Miguel, picturesque caves coexist with hollows in which uncontrolled shacks have been built, posing security risks.”

“Picturesque caves,” this distinguished news outlet—though I hardly dare call it by such a dignified and discredited term—uses to describe these very ancient dwellings. That must be the expression tour guides use to explain to visitors a way of life as ancestral as it is wise, for being sustainable and minimally invasive. And so common in some neighborhoods of Granada: Barranco del Abogado, the Albaicín, Sacromonte. And by “security risks,” is Ideal perhaps referring to those who live in a place with terrible services due to neglect by the authorities, or is the author of the article thinking of the discomfort caused to the carefree tourist by the sight of those shacks when approaching the viewpoint?

For its part, the digital newspaper El Independiente de Granada reports that “The sale of the San Miguel Juvenile Center to turn it into a hotel will intensify touristification, as neighbors warn.” (“And who the hell are the neighbors to have a say in what should or should not be done in a neighborhood?” someone might ask from a comfortable, well-furnished office.) It explains that this area was awaiting a major intervention: the Special Plan for the Cerro de San Miguel, approved by the municipal council just a few years ago. Its aim was “to recover the area as a large public space for the leisure and enjoyment of citizens.” Though only a few years have passed, they seem like different times. Times when, perhaps, the resident was the primary recipient of municipal initiatives—or at least nominally so. But today, it is the tourist, and brazenly so, without pretense.

They call it the “tourism industry,” that invention used to justify any excess. The tourist, a source of income for hospitality businesses and large property owners—the service sector, not “industry,” as I was taught in school—must not be disturbed, not even by asking for a minimal contribution to the public services they use (and which residents pay for), to the cleaning costs of the mess they generate, or to the serious harm their massive presence entails. The impossibility of accessing housing for the vast majority of citizens or the saturation of health services are just some of them.

The regional government justifies the sale of the San Miguel Alto Center as a way to cover part of the enormous costs that the City of Justice will entail. And who needs a City of Justice?, I ask now. It will be located in the two enormous buildings that once belonged to Caja Granada and will extend over a plot that was intended for the construction of a music venue for the city. More than 60 million euros has been paid by the regional government for this other whimsical project, as strongly defended by regional and municipal officials as it is useless for the public. In my modest opinion, rather than a mega unified headquarters for all the courts, what is needed is an efficient and independent justice system, which requires hiring more judges and civil servants, and profound changes in the system of access to the judiciary and in its governing bodies. The disposal of a public asset is justified by immense waste. Ultimately, Granada needs more public schools.

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viernes, 3 de abril de 2026

Otra Semana Santa

Una procesión en Córdoba ©Eldiario.es

       Una semana santa más con la ciudad convertida en un escenario permanente para que hermandades y cofradías exhiban sus dorados y abigarrados tronos portando imágenes de seres sufrientes, torturados, muertos. Encapuchados y mujeres de mantilla acompañan con sus cirios el fúnebre cortejo. Traicionando la necesaria neutralidad ideológica que la Constitución establece y un elemental respeto a la diversidad exige, las autoridades civiles y militares se aprestan a ocupar un lugar destacado en estas vistosas y teatrales comitivas, luciendo también ellos sus galas para ganarse la simpatía de los muchos espectadores, foráneos y lugareños, que observan boquiabiertos desde las aceras. 
        Calles intransitables, calzadas pringadas de cera, orina y vómitos de quienes, tras el edificante espectáculo de masas, acuden sin sonrojo a olvidar su luto embriagándose en los muchos templos de Baco, que conjugan en estos días penitencia y carnaval. Al encender la televisión, más procesiones, oficios religiosos, películas y documentales ensalzando la figura del Cristo, un profeta que proclamó que no hay fronteras porque todos somos hijos de un mismo padre, que hay que compadecerse del hermano pobre y del que viene de lejos, que no hay que adorar imágenes porque a dios se le reza en espíritu y verdad, que hay que buscar la justicia y no la codicia porque no se puede servir a dos señores, que debemos envainar nuestras espadas y poner la otra mejilla, y que un rico no puede entrar en el cielo, porque este está reservado para los débiles, los enfermos, los perseguidos, los empobrecidos, los pacíficos. 

       Pero, tanscurridos estos siete días, todos vuelven a sus quehaceres sumidos en una profunda amnesia. Y, así, el rico torna a adorar el dinero; las autoridades religiosas, a sus brazos en cruz, a sus hábitos dorados y a sus palabras vacías; el político, a sus demagogias, a sus fuertes y fronteras, a sus guerras. Y la mayoría a sus trabajos y sus días, asistiendo boquiabiertos, inanes, a los indecentes fastos de los poderosos. 

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