miércoles, 21 de octubre de 2026

La voz quebrada

 

 Hoy he ido a un cine de Granada a ver la película documental "La voz quebrada", dirigida por Manuel Menchón, y confieso que me ha helado la sangre. Por lo que cuenta, aunque ya sabido en su mayor parte, y por lo que está pasando ahora en nuestro país y en Europa, que tanto nos recuerda a lo que sucedió entonces. En febrero de 1936, Federico firmó el Manifiesto de apoyo al Frente Popular. En él se destacaba el esfuerzo llevado a cabo por las fuerzas progresistas, representantes de muy diversas sensibilidades, para aparcar sus diferencias políticas en defensa de lo que las unía, las libertades conquistadas por la República frente al ataque despiadado de la prensa y los partidos reaccionarios, aquellos que querían limpiar España, su pequeña, triste y monolítica España, de "rojos, masones y maricones". Federico era uno de ellos. Así se recogía en un informe secreto realizado por el Ministerio de Gobernación franquista en 1940 para recapitular la razones que indujeron su asesinato en Granada aquel agosto de 1936.

  El último amor de Federico, Juan Ramírez, el "Rubio de Albacete" como lo llama Federico en el poema que le escribe en el revés del recibo de una academia, en el tren de regreso de su viaje a Ávila, es el eje temático de este hermoso y bien asesorado filme, con un destacable trabajo de montaje y un guion muy cuidado. 

  Los actores y actrices María Galiana, Álvaro Morte, Francesco Carril, Joaquín Notario, Verónica Sánchez, Víctor Clavijo y Pedro Casablanc hacen una notable interpretación vocal, si bien Morte no llega a retratar el acento granadino que, al parecer, tenía Federico. 

   El discurso narrativo está bien construido. Las imágenes y la música, sin demasiados efectismos --tal vez sobra alguna recreación con IA--, acompañan con sobriedad el texto. La película conmueve en determinados momentos, como cuando el Rubio lamenta no haber tenido un año más, 20 --la mayoría de edad entonces--, para poder acompañar a Federico a México para acompañar a Margarita Xirgu en la puesta sobre las tablas de sus obras teatrales. Su padre, don Otoniel, médico forense, se oponía a su relación con un desviado. Al no poder viajar con su amor, Federico renuncia también al viaje a América que tanto le ilusionaba. "Iremos en barco a Nueva York, y, desde allí, cinco días en tren hasta México. ¡Qué maravilla!".

   Y se despidieron en la estación de Atocha, el lunes 13 de julio. Juan se derrumba, y Federico le pide que no llore, que volverán a verse tras el verano, que dos meses pasan volando. A él escribió Federico su última carta, el 14 de agosto, un compendio admirable de amor y de buenos consejos para vivir sin amargura, sin resentimientos. Dos días antes de ser detenido. Pero esos dos meses se convirtieron en una eternidad. Juan Ramírez sufrirá en silencio el enorme vacío en que se sume desde ese momento su existencia. 

  Tras la proyección, ya anochecido, me he dirigido hacia la calle Angulo, donde pasó Federico los últimos días de su vida en libertad, en casa de los Rosales --hoy convertida en hotel--, y he hecho el breve trayecto que la separa de la calle Duquesa, donde estaba el Gobierno civil --hoy Facultad de Derecho--, atravesando la plaza de los Lobos, sumida ya hoy en su melancólica otoñada. Es el recorrido que hizo a pie Federico, rodeado por un pelotón de militares que lo prendieron como a un delincuente en la casa del amigo falangista que lo protegía. "Ha hecho más daño con la pluma que otros con las armas", dijeron entonces, como una sentencia de muerte inapelable. 


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