jueves, 9 de noviembre de 2023

Albert Camus y el exilio español de 1939 en Francia (Acción política y relación epistolar)

    

La Editorial madrileña Verbum acaba de publicar este libro en el que he estado trabajando durante estos dos últimos años EDITORIAL VERBUM (enlace) 


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domingo, 5 de noviembre de 2023

Romper, renovar, actualizar, resetear

 

"El abrazo"
(Juan Genovés -1976)

Ningún español con menos de 63 años votó la Constitución que sigue marcando nuestro destino como nación. Y, después de cuarenta y cinco años, han (hemos) pasado ya dos generaciones. ¡Y cuánto hemos cambiado en estos nueve lustros! ¡Ha habido hasta una revolución digital y un cambio de milenio por medio! Poco tienen que ver nuestras aulas, nuestras calles, nuestra manera de comunicarnos y de aprender, y nosotros mismos con lo que éramos en 1978. Hoy somos más diversos en lo que se refiere a etnias, ideología, religión, nacionalidades, identidad política o de género, y costumbres. Y eso es bueno, es muy bueno porque nos enriquece como grupo en el camino hacia un mundo sin fronteras basado en la fraternidad universal en la aldea global a la que aspiraron filósofos eminentes.

Es una metamorfosis profunda a todos los niveles comparable a la que acontece en los grandes cambios de época. España, como cualquier otro país del mundo, no es un ente abstracto, no es una unidad de destino. España son sus ciudadanos, y estos, que, amén de diversos, son cambiantes (somos un perpetuum mobile), no son ya los de hace más de cuatro décadas. Siendo como son artificiales todas las fronteras, yo, ciudadano andaluz, siento más próximo a un napolitano que a un vecino de Intxaurrondo. Porque la diversidad es exponencial en nuestro país y debemos asumirla y gestionarla con generosidad, sentido común y hasta con entusiasmo.

Hay que normalizar estas expresiones que no traicionan a ninguna patria ni pretenden ofender a nadie, sino que manifiestan una forma de sentir la pertenencia desde el respeto a otros sentires. Hasta ahora, nos hemos limitado a cambiar algo para que todo siga igual. Pero este viejo principio no puede seguir funcionando. Compramos un dispositivo digital y, de inmediato, nos pide descargar actualizaciones porque todo queda obsoleto en un breve plazo. Y, sin embargo, pretendemos que nuestro marco legislativo e institucional, permanezca incólume por más que trueque el mundo y nosotros mismos con él.

Una renovación del proyecto de país democrático, integrador e inclusivo en el que todos tuvieran cabida como el que acometimos hace ya tanto tiempo, debería, en mi opinión, considerar, entre otros, estos aspectos:

-El modelo de Estado, con la celebración de un referéndum sobre monarquía o República. Portugal, Francia, Alemania, Grecia, Italia... son repúblicas con pasado monárquico. De hecho, en Europa, la monarquía no es una norma, es una excepción. Si la soberanía reside en el pueblo, ¿por qué no puede el pueblo soberano manifestarse al respecto?

-El modelo territorial, considerando ahora una perspectiva federalista. Una federación de naciones permitiría otro encaje a aquellos territorios que necesitan nuevas formas de coexistir. Y no hablamos solo de Cataluña, Euskadi y Galicia, pues tensiones respecto al modelo autonómico vigente hay también en la Andalucía oriental o en Castilla y León. Desde el siglo XIX anda dando vueltas esta razonable propuesta federalista que el PSOE retomó en la Declaración de Granada de 2013.

-La normalización del referéndum como forma habitual de consulta al pueblo soberano.

-La profundización en la transparencia institucional siguiendo las indicaciones de los organismos internacionales.

-Una reforma del poder judicial en aspectos como la elección de cargos en los órganos de gobierno de los jueces o el acceso a la carrera judicial con medidas que permitan ese acceso a los grupos sociales más diversos.

-Reforma constitucional, que incluya una revisión de la ley electoral, o (caso de mantener la monarquía) de normas tan antediluvianas como la inmunidad del rey o la pragmática sanción del siglo XIX.

-Denuncia de los acuerdos con la Santa Sede, que calca los que se firmaron en 1953 bajo la dictadura militar y que impone al Estado obligaciones tan poco defendibles como el abono del salario a miles de sacerdotes con dinero público, la exención del pago de determinados impuestos, la presencia de la catequesis en el currículum educativo oficial o la recaudación de impuestos para esta institución privada a través del IRPF.

A diferencia de los textos sagrados, inspirados por seres divinos que, al decir de místicos y teólogos, no se mudan, los acuerdos humanos deben revisarse transcurrido un período de tiempo razonable. ¡Y cuarenta y cinco años lo parecen!

“¡España se rompe!”, repiten machaconamente desde un flanco, mientras otros gritan su hartazgo de un Estado al que acusan de inmovilista e invasor. Y sí, a fuerza de no actualizarla, España acabará gripándose. Si no queremos que su viejo hábito estalle por las costuras, habrá que renovarlo, actualizarlo, resetearlo. No querer mirar la realidad, como hace un niño que se cubre los ojos con sus manos, es la mejor manera de que los problemas, lejos de resolverse, se pudran y apesten.

Una y otra vez hay que repetir que la esencia de la democracia, lo que la distingue de los sistemas autoritarios, es el respeto a todas las posiciones que se defiendan desde la argumentación y el respeto a los derechos fundamentales, por minoritarias que estas puedan resultar. Y también el uso del diálogo como medio de resolución de conflictos. Pero el diálogo hoy en España está muerto o, al menos, gravemente envenenado en las redes y los medios de comunicación, en las tertulias y en las instituciones. Casi nadie escucha al oponente, casi nadie respeta al que disiente, casi nadie considera los principios racionales básicos del diálogo, como son el uso del argumento y el rechazo de las falacias (ad hominen, ad verecundiam, ad populum, ad baculum y tantas otras que son el pan de cada día en boca de tertulianos, senadores y parlamentarios). Y cuando las formas se encanallan, lo emponzoñan todo.

Dialogar es argumentar

Argumentar honestamente (y no trampear o engatusar con falacias), es escuchar en actitud proactiva y empática, y es respetar al oponente. Las formas, no solo el fondo, son importantes en democracia. Porque fuera de estos cánones, cualquier debate fértil resultará inviable. Verse este sobre el problema identitario, la reforma del modelo educativo o la justa y necesaria reparación a las víctimas, a todas las víctimas, o acerca de cualquier otro asunto en el que nos juguemos nuestro presente y nuestro futuro como país.

Yo imparto la asignatura de Oratoria y debate a jóvenes de 13 años en un instituto de Granada. Cuando debaten en el aula los veo ansiosos por competir, no por colaborar, por hablar, no por escuchar, por vencer, no por convencer. Y hay que modificar estas actitudes, expresión de un pensamiento todavía inmaduro. Por eso, sostengo que no podemos pedir a nuestros hijos, a nuestros alumnos, que respeten y que se respeten si nuestros representantes políticos no lo hacen. Hablamos mucho de la necesaria ejemplaridad de los deportistas y poco de la de los políticos.

Parece que hemos olvidado el poder de la palabra, su fuerza sanadora, mas también su enorme potencial destructivo de los derechos y la convivencia. La historia reciente, hecha de sangre y condenada a repetirse -Ángel González dixit-, nos lo enseña; y filósofos como Gorgias nos advierten desde hace siglos de ambas vertientes del lenguaje.

Tenemos modelos cercanos en políticos como Adolfo Suárez, Santiago Carrillo, Julio Anguita, José María Ruiz Gallardón, José María Bandrés, Jorge Semprún, Tierno Galván, Miquel Roca y tantos otros que dialogaron para hacer un país mejor.

Ahora son monólogos repletos de insultos, ahora es ruido y furia lo que nos envuelve en un ambiente envenenado y peligroso.

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viernes, 20 de octubre de 2023

Maestro

Francisco Criado Sola,
pintor y maestro (1914-1997)
(Imagen tomada de
Andújar en el recuerdo)

         Tuve la suerte de disfrutar de un buen maestro en mis primeros años de escuela. Don Francisco Criado Sola, nacido en Arjona, andujareño de adopción. Pintor impresionista más que mediano, muy hábil dibujando melancólicos paisajes urbanos de calles bajo la lluvia o campestres lugares inundados por la luz cegadora de soles en espiral. Nunca usaba pincel, pues le gustaba sentir el contacto del óleo y el lienzo en las yemas de sus dedos, logrando así un trazo muy personal.

'El Loco' le llamaban quienes no le querían bien, tal vez por su propensión a la gesticulación excesiva, casi histriónica. Era un hombre entusiasta y apasionado que lideraba las actividades formativas que se desarrollaban cada tarde en la casa de la juventud, regentada entonces por la OJE. Yo iba a aprender alfarería y decoración de cerámica, pero también había clases de dibujo y de música, grupo de rondalla bajo la batuta de Pablo Alcalde, panadero ilustrado, así como salidas al campo y campamentos de verano, como el de Río Madera, en Segura de la Sierra, con un estilo cuartelero que  obligaba a niños de doce años a acudir a ellos con boina militar y uniforme castrense. Formábamos cada día en el patio, hacíamos guardias nocturnas y recibíamos lo que llamaban formación del espíritu nacional. Quedaba mucho aún de la España gris y uniformada del NODO.

Y aún hallaba tiempo para formar un equipo de fútbol del que yo era portero, y llevarnos a jugar por los pueblos de la provincia los sábados.

Las pocas veces que mi maestro se enfadaba, mascullaba palabras en su enojo al tiempo que con una fuerza que asustaba, enrollaba y mordía su agrietada lengua. No estaba loco. Al contrario, era un hombre lúcido que nos transmitió hermosos valores de camaradería y del que guardo entrañables recuerdos.

Era aquella una escuela masculina y dura -'martirio chino' la llamábamos mis hermanos y yo-, de castigos y palmetas, de acosadores que, al salir del cole, humillaban a los débiles con agresiones tan crueles como la que denominaban 'hacer los galgos' -tal vez por las frecuentes perrerías de que eran víctimas esos animales tan bellos, dóciles y amables-, que consistía en sujetar a la víctima entre varios matones, bajarle pantalones y calzoncillos y echarle agua en los genitales a la vista de todos.

Pero en esa escuela de himnos y rezos, que repartía americana leche en polvo durante los recreos, también brillaban algunos buenos maestros como el citado artista don Francisco, o el paciente don Diego Pérez Villegas con sus amenas lecturas de los clásicos, o el sabio don Francisco Muñoz, que hacía audaces incursiones en una educación sexual completamente ignota.

En las tardes de aquella escuela tardofranquista, cuando el ritmo de las lecciones decrecía y se hacía más pausado, mi maestro solía aprovechar para preparar sus lienzos con una sopa de imprimación que calentaba en su rudimentario infiernillo eléctrico, impregnando toda la estancia de un profundo olor a cola. Otras veces, daba los últimos retoques a alguna de sus obras, inundando entonces el aula con los penetrantes efluvios del óleo, el barniz o los disolventes. Me fascinaba esa aula-taller, pues ver al artista en acción constituía una lección de estética práctica y un ejemplo de oficio hecho con amor.

Siempre nos decía que debíamos ser muy cuidadosos al elegir los adjetivos para describir una obra de arte, y que le irritaba especialmente oír a alguien decir de un cuadro que era bonito. "Bonito puede ser un paraguas o una corbata  -añadía-, pero nunca una pintura. Esta será armoniosa, bella, profunda o, en caso contrario, será una obra malograda".

Recuerdo una de esas tardes de modorra en que, mientras nosotros hacíamos una tediosa plana de copiado o de cuentas, él se entregaba a pintar, vuelto de espaldas para que todos pudiéramos contemplar la progresión de la obra. Entonces, a algún alumno -porque niñas no había-, se le ocurrió exclamar, bien por despiste, bien con aviesa intención: "Don Francisco, ¡qué bonito está quedando su cuadro!". Mi maestro, volviéndose con la paleta en una mano y los dedos de la otra manchados de colores, con la cara desencajada y sus ojos como rayos tras las gruesas gafas, fuera de sí, le gritó: "¡No es bonito, niño, es incordioso!". Y repetía una y otra vez con rabia el anatema mientras mordía con desesperación la carnosa y enrojecida masa de la enorme lengua que emergía de su boca.

En el epitafio de su lápida, está escrito aquel verso lorquiano que constituye una sencilla y conmovedora declaración de amor a la vida: "Si muero, dejad el balcón abierto".

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domingo, 1 de octubre de 2023

Los cínicos (filósofos griegos) y los borregos de doradas lanas

Elon Musk
         ANTÍSTENES estaba próximo a la moral habitual cuando dijo "que le atizaría unos flechazos a Afrodita, si la encontrara, por haber corrompido a muchas de nuestras bellas y buenas mujeres" (frg. 123 G). Eso podía haberlo dicho un personaje de Eurípides; Diógenes está en otra línea. Los amoríos son sinrazón y locura, despropósito es la pasión, que los poetas vieron como una enfermedad del ánimo. El cínico la contempla de reojo, impávido y burlón. 

         No hay en eso ascetismo, porque el sexo no es malo por sí mismo, tan solo lo es cuando se impone a la razón y la perturba. Tanto en eso, como en el desprecio de la riqueza, el cínico busca la libertad mediante la liberación de los vanos cuidados. Solo consideraba rico al que se basta a sí mismo. Los dioses no necesitan de nada, los sabios próximos a ellos de muy poco. A los que se apoderan de muchas y grandes cosas los llamaba Diógenes "los pobres en grande" (frg. 240, 241 G). Al rico ineducado lo llamaba "borrego de doradas lanas"; a nadie había visto corrompido por la pobreza, pero sí a muchos por la maldad, decía (frg. 224 G), y consideraba que "el amor al dinero es la metrópoli de todos los males". 

             En este contexto, se entiende que Diógenes mendigara sin mala conciencia, puesto que todo era de todos, aunque los más rapaces se habían adueñado de más bienes. Por eso al pedir dinero a los amigos, decía que no pedía, sino que lo reclamaba (234 G). Nada más ridículo que la avaricia o el afán de ostentación. El desprendimiento caracteriza al cínico. El rico Crates renunció a su fortuna para ingresar en la secta de quienes limitaban su riqueza a lo que llevaban en su alforja. Para Diógenes hasta Sócrates vivía en el lujo, teniendo casa y algún esclavo (256 G). Se cuenta que Diógenes quebró su escudilla cuando observó a un muchacho beber en el hueco formado con sus manos. 

Carlos García Gual: La secta del perro. Alianza Editorial. Madrid: 1987

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lunes, 31 de julio de 2023

Mediodía de verano



Al regreso del camino bajo el sol del mediodía,

me acoge la fresca sombra de tus ásperas hojas, 

con su profundo aroma, idéntico al verano.

Contemplo, agradecido, tus jugosos retoños, 

que mis manos no alcanzan. 

En los mapas de tus hojas, silenciosa higuera, 

cabe el mundo.

Desde la caótica geometría de tu espeso ramaje, 

me regalas tesoros que los ojos hechos a los surtidos anaqueles 

del ocioso y vacuo mercado online 

no reconocen.

Tus invaginales frutos marcaron ciclos en un tiempo sin relojes. 

"De higos a brevas", decimos todavía. 

Estas, en junio, más grandes. 

Los postreros, cuando ya ahoga el calor, más dulces.
 
Asta frágil, sagrada y meditabunda,

compañera doméstica junto al pozo del corral 

o entre los caballones de la huerta, 

también habitas, silvestre, en recónditos hontanares.

Hecha a vivir con poco, 

cuanto más dura es la tierra que te cobija, 

más escasos, pero más sabrosos, son tus hijos.

Austera, compasiva, paciente higuera.

HANIDEM

Miscelánea poética



domingo, 28 de mayo de 2023

Lluviosa jornada electoral

Tras unos primeros días de primavera con calor sofocante, se ha instalado la serenante lluvia en esta segunda quincena de un mayo del año 23 anormalmente fresco y húmedo. También lo fue el abril del año 20, pero nuestra memoria es corta y nuestros medios de comunicación son algo sádicos al subrayar siempre lo negativo en la anormalidad climática que padecemos.

 "¡Las ramblas bajan llenas de agua y nuestras calles están llenas de charcos!", clamaba en su crónica radiofónica una joven y bien aleccionada periodista al informar acerca de la última dana que ha regado el levante y el sur españoles, mientras un razonable Ximo Puig afirmaba que, salvo en lugares contados, esta lluvia era recibida como lo que es, agua de mayo, en la mayor parte de la sedienta Comunidad Valenciana. 

"La lluvia me traerá tu nombre", me recibe el graffiti de un enamorado al entrar en Andújar. Me recuerda el verso del gran Borges, "la lluvia es algo que siempre sucede en el pasado". Y dejo que esta lluvia generosa, que tal vez serene nuestros ánimos de votantes en este día de elecciones municipales y autonómicas, para votar con menos odio, con más verdad, me devuelva a los juegos inocentes de mi niñez pisando charcos al regresar del cole una tarde de mayo como esta. 

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miércoles, 3 de mayo de 2023

Perfecto abandono

 

Instalación de focos
en el cauce del río Darro
A la vista de los proyectos de recuperación y "puesta en valor" (expresión tan manida como insensata) de nuestro patrimonio cultural y medioambiental que, ávidos de rampantes hordas de turistas, ponen en marcha ayuntamientos, diputaciones o gobiernos, lo mejor para todos tal vez fuera que dejasen estos espacios descansar en un perfecto abandono similar al que ha protegido durante siglos los vestigios de celtas, íberos y romanos en la península ibérica.

Una lamentable muestra nos la ofrece,  en estos primeros días de mayo (previos a unas elecciones), la iluminación del bellísimo cauce del Darro en el bajo Albayzin granadino -presente en la Lista Roja de Hispania Nostra-, que, además de molestar a nuestros cansados ojos y a la fauna que allí se acoge, rompe el encanto de la oscuridad nocturna tan necesaria como escasa en nuestras atribuladas ciudades. 

Es dañino ese mercantil afán por desenterrar el misterio y mostrarlo a ojos que no quieren contemplar, sino fotografiar y subir a la nube oscura y preñada de contaminación que es la red de redes, envolviéndolo en una burda maraña de estulticia donde se pierde lo esencial. 

El estado de olvido y de perfecto abandono en que el gran teatro romano de Guadix esperó durante más de dos mil años a ser descubierto, resulta ejemplar. Uno desearía que siga esperando ahora a ver si la era de este rapiñar del Homo Consumens deja paso a un tiempo de maneras más sensibles, menos despiadadas. 

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