Los textos aparecen en orden cronológico.
«Consumido lo psíquico, consumido
también lo moral, el alma del místico queda vacía, en obscuridad y silencio.
Sólo vive la voracidad amorosa que puede ya salir “sin ser notada”. ¿Adónde
sale? Parece que sólo la muerte será el término de esta salida; pero no es así.
Aunque parezca imposible, existe un medio entre la vida y la muerte; San Juan
nos muestra que se puede haber dejado de vivir sin haber caído en la muerte,
que hay un reino más allá de esta vida inmediata, otra vida en este mundo en
que se gusta la realidad más recóndita de las cosas» (“San Juan de la Cruz”,
1942).
«La mística, realización de la vida
personal. San juan de la Cruz: Vida y camino. La noche oscura. Unidad de la
naturaleza y la gracia en el Cántico espiritual. ¡La mística,
realización de la vida personal! Siempre había gustado de la mística.
Manantial. Cuando me adentré en la Filosofía, todo parecía callar. La Filosofía
hace el silencio» (Carta de junio de 1944).
«La verdad necesita de un gran
vacío, de un silencio donde pueda aposentarse» (Hacia un saber sobre el alma,
1950).
«Sin pausas y sin silencio no hay
palabras. El grito procede de lo lleno» (El sueño creador, 1965).
«El silencio revela al corazón en
su ser (…) La mayor prueba de la calidad de este silencio revelador es el modo
en que el tiempo pasa sin sentir» (Claros del bosque, 1977).
«El silencio es la nota dominante
de esta aceptada soledad (…) y que florece bajo la música que se escucha
enteramente. Es el silencio que acalla el rumor interior de la psique y el
continuo parlar de ese personaje que llevamos dentro, y que la exterioridad ha
ido formando a su imagen y semejanza: banal, discutidor, contestatario (…)
guardián del yo socializado (…) el que no puede quedarse callado» (Claros
del bosque).
«El alba es anunciada por un
específico silencio, por un silencio revelador que la inquietud del que aguarda
o espera siente como inminencia, “ya llega, ya está llegando”. Y el condenado a
morir (…) lo sentirá en forma intrascriptible (…) El nec spe nec metu (“sin
esperanza ni miedo”) estoico alcanza aquí su sentido (…) Si se está libre de
los dos (…) se escucha el silencio incomparable» (De la Aurora, 1986).
«La llama solo pide ser contemplada
en silencio. El silencio en que la extensión de las representaciones e
imágenes, de las palabras, el avasallador y huidizo río de las “vivencias”, se
detiene. Se hace así la quietud límpida, dorada. Y se crea lentamente al
principio, imperceptiblemente, un espacio de trasparencia entre la mirada y su
objeto, entre el contenido de la visión y el ver mismo. Se hace así la visión
traslúcida, y la llama queda pura, como un elemento sin avidez, que se ofrece a
lo oscuro, quedando intacta» (De la Aurora).
«De la razón poética es muy
difícil, casi imposible, hablar. Es como si hiciera morir y renacer a un
tiempo; ser y no ser, silencio y palabra, sin caer en el martirio ni en el
delirio que se apodera del insomnio del que no puede dormirse, solamente porque
anda a solas. ¿La llamaríamos desamparo? Tal vez» (Notas de un método,
1989).
«Siendo los seres perfectamente
dichosos, solo en la hondura de la desdicha se hacen presentes, se aparecen
(…), corona de la condición humana, son seres de silencio» (Los
bienaventurados, 1990).
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