jueves, 16 de octubre de 2025

Zapatos en el paseo del Danubio

"Zapatos en el paseo del Danubio" (G. Pauer y C. Togay)
© Viajeros Blog
(https://viajerosblog.com/budapest-y-su-monumento-de-los-zapatos.html)
  María Zambrano escribe en El sueño creador (1965): «Más que nunca, ahora, se hace necesario un adentramiento lúcido en la locura y el crimen» 
En una de las orillas del Danubio, en Budapest, muy cerca del Parlamento cuya imagen hace célebre, en el mundo, a la ciudad húngara, hay una suerte de escultura metálica que reproduce varios pares de zapatos. 
Zapatos unidos, unos a los otros, por cordones. Zapatos vacíos, sin un ser humano dentro. Sólo los zapatos, como testimonio de la siniestra matanza de personas judías durante la ocupación nazi. Sí, los ataban de dos en dos, acordonando un zapato de cada uno de ellos. Después, mataban a uno de los miembros de tan patética pareja; el otro, el que aún permanecía vivo, se ahogaba en el Danubio. No estoy segura de que sea suficiente la palabra terror
(Marifé Santiago Bolaños: "Diótima de Mantinea y el nacimiento de Europa", Antígona. Revista de la Fundación María Zambrano. n. 5, 2010. p. 162).

domingo, 21 de septiembre de 2025

Oración por Palestina


La masacre del pueblo palestino por parte del ejército y el gobierno de Israel se prolonga insoportablemente. A los empobrecidos se les oculta, se les niega, se les invisibiliza; y, ahora, se les bombardea y mata de hambre ante el silencio cómplice de los países ricos y civilizados. ¿Cómo podrá recuperarse el mundo, la humanidad, cada uno de nosotros, de esta barbarie?
¡Basta ya! 



A vosotros,
que cortáis la manzana de la muerte
con el anonimato de una guerra,
os pido caridad.

Por un Dios
en el que jamás he creído.
Por una Justicia
de la que desconfío.
Por el orden de un Mundo
que no respeto.

Para que renunciéis a vuestra guerra,
yo renuncio a mis dudas,
que son parte de mí
como la luz amarga
es parte del otoño.

Y escribo Dios, Justicia, Mundo,
y os pido caridad,
y os lo suplico.


Amor Fati (Editorial Alhulia)


El próximo martes, día 23, presentaré mi novela Amor Fati en la Biblioteca de Andalucía (Granada). En el acto intervendrá Antonina Rodrigo por quien siento gran afecto, respeto y admiración, tanto por su extensa y excepcional obra como por su compromiso ético constante con la libertad, la igualdad y la justicia. 

También intervendrá Irene San Sebastián, ilustradora del libro. 

Esta novela la escribí hace diez años pensando en mis alumnos de Filosofía de Bachillerato. Hoy publico en Alhulia una nueva edición, revisada y ampliada, dirigida a un público más amplio, interesado por los temas de la filosofía de la existencia: el sentido y el sinsentido, el amor y la amistad, el tiempo y la finitud. . . 

[ACTO APLAZADO PARA EL JUEVES 27 DE NOVIEMBRE, EN EL MISMO LUGAR -BIBLIOTECA DE ANDALUCÍA- Y A LA MISMA HORA -19:00 H.-]

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sábado, 6 de septiembre de 2025

Un paseo por Zumacares

Zumacares Andújar
Foto: J.C.G. (Ideal.es)

 Rhus coriaria —etimológicamente, cuero rojo—, conocido popularmente con los nombres de rus y de zumaque, es un arbusto que, con un porte de entre uno y tres metros, da nombre a esta finca pública. A ella se accede a través de un carril de unos 400 metros de longitud que nace a la derecha (dirección al santuario), en el Kilómetro 10.9 de la carretera A-6177, que une Andújar (Jaén) con el Santuario de la Virgen de la Cabeza.

    El zumaque, con hermosas flores amarillas en forma de ramilletes y bayas rojizas arracimadas, ricas en taninos, se da en diversas zonas de España, silvestre y también cultivado. Se ha utilizado tradicionalmente como pigmento e ingrediente de cocina (acidulante), así como para el encurtido de pieles. De hecho, zumacar significa <<adobar las pieles con zumaque>>.

     Desconozco si el topónimo procede de la presencia de este arbusto, que hoy se sigue cultivando en algunos puntos de la costa andaluza, o bien de su uso en este lugar por parte de alguna antigua tenería para la preparación de las pieles procedentes de la caza mayor, dado que el encurtido y la taxidermia han tenido desde siempre presencia en Andújar, y la siguen teniendo.  
Fruto del zumaque
        Mi paseo da comienzo en Viña Concepción. En coche tomo la A-6177 dirección Andújar hasta alcanzar, tras dos kilómetros y medio, el carril que conduce a la casa forestal de Zumacares. También puede hacerse este tramo a pie o en bici a través de un camino que nace frente al Centro de Visitantes, tomando a 350 metros (superada la casa Las Magnolias) el camino a la derecha (a la altura de Villa Lourdes), que se estrecha en vereda para unos metros más allá, volver a tomar anchura. Siguiendo el camino principal, a 1.700 metros, enlaza con la carretera A-6177. No obstante, cien metros antes de enlazar, podemos seguir un camino estrecho a mano izquierda, junto a la casa E034 que, tras 250 metros, desemboca en la misma carretera en el punto kilométrico 11'300. Siguiendo en dirección Andújar, encontramos el camino de acceso a Zumacares a 400 metros.
    La finca perteneció al antiguo Instituto para la Conservación de la Naturaleza (ICONA) del Ministerio de Agricultura. Llevo bastón, pantalón largo, sombrero y botas de campo. Agua y prismáticos no faltan en mi mochila para esta mañana de primeros de septiembre que empieza a anunciar el otoño, pues, aunque el sol, ya más bajo, aún sigue bravo, oigo, para mi sorpresa, el bramido ocasional de algún impaciente ciervo primerizo en el que apunta ya la implacable ley del celo propio de las primeras lluvias.
      Recuerdo que una de las escasas salidas de mi grupo colegial con mi maestro, don Francisco Criado Sola, tuvo como destino este hermoso paraje. Un técnico forestal llevó a cabo un taller de educación ambiental con nosotros en aquellos lejanos años 70. No había vuelto aquí desde entonces y me encuentro con la grata sorpresa del buen estado tanto del monte como de las instalaciones, hoy en desuso y en manos del Ayuntamiento de Andújar
     Junto al viejo cortijo, correctamente rehabilitado (un amplio edificio con tres cuerpos en forma de U), dejo el coche para realizar a pie una ruta circular de 2.2 kilómetros con fuertes desniveles. Hay que tomar la senda que bordea la casa por la derecha y, a 300 metros, tras atravesar un pequeño grupo de pinos canarios, seguimos la vereda que sale a la izquierda. Este sendero se inicia con una empinada pendiente de unos 165 metros, que desemboca en un cortafuegos. Desde aquí las vistas del valle del Guadalquivir son magníficas. Luego, hay que caminar por el cortafuegos en dirección oeste durante unos 700 metros hasta un estrecho camino que sale a la izquierda, bajar la cuesta y seguirlo hasta llegar de nuevo al cortijo. Otra opción es seguir el cortafuegos hasta conectar con el carril que nos ha traído desde la A-6177, para completar el circuito. En esta segunda opción, el recorrido circular se prolonga algo más (unos 2.4 kilómetros en total), y nos encontramos con algún descenso de acusada pendiente que incrementa la dificultad del mismo y hace imprescindible llevar un calzado que ofrezca buena adherencia y un bastón. 
        Desde la casa, cruzando el cauce del arroyo Martín Malillo, un ancho camino de unos tres kilómetros de longitud nos conduce a la carretera de la Parrilla (JV-5012). Tras los primeros doscientos metros, hay que tomar el ramal de la izquierda, que se inicia con un descenso de fuerte desnivel. El camino viene a morir en dicha carretera, en el punto conocido como Pino Gordo. Todo él discurre parejo al cauce de este arroyo, afluente del Guadalquivir. Es el siguiente en verter sus aguas en la margen derecha del gran río andaluz,  tras hacerlo su hermano, el arroyo Escobar
        La carretera de la Parrilla conecta, a seis kilómetros, con la del Santuario en el cruce donde se ubicaba la antigua tienda de Elvira. De manera que, desde este cruce, podemos hacer un recorrido circular de unos 13 kilómetros pasando por la finca de Zumacares. 
Esparragueras blancas en flor 
jalonan el camino de Zumacares
         Es muy importante que paseantes y ciclistas nos atengamos escrupulosamente a las vías marcadas, pues la apertura constante de nuevos senderos acaba por deteriorar severamente el medio.         
     El lugar, rodeado por un cortafuegos perimetral bien mantenido, me parece un ejemplo de buena gestión de monte público. En sus 50 hectáreas encontramos un bosque de añosos pinos piñoneros y encinas con un sotobosque en el que abundan la jara negra y la blanca, junto a la retama, el cantueso y numerosas esparragueras blancas. Esta mata está ahora en proceso de floración (MÁS INFORMACIÓN BOTÁNICA EN BIODIVERSIDAD COSTA GRANADINA). Sus delicadas flores blancas de seis tépalos unidos en la base cubren con profusión sus espinosos tallos, casi desnudos ahora de hojas, y exhalan una delicada fragancia que me recuerda al azahar y me acompaña durante todo el paseo en esta fresca mañana. 
    La finca se somete con frecuencia a trabajos de desbroce y aclarado del bosque. En las inmediaciones, observo un rebaño de ovejas. Seguramente ellas también colaboran en las labores de limpieza. La casa forestal, que, tal vez, podría utilizarse como granja-escuela para los colegios de la comarca, cuenta con un pilón para abrevadero de animales y una charca para aves. 
     Es este un espacio de frontera entre Sierra Morena y la ribera alta del Guadalquivir. Esto le da un encanto especial a la finca, tanto por el contraste entre las últimas manchas de bosque y el paisaje cultivado sembrado de olivos, como por el abrupto desnivel, que convierte la finca en un extraordinario otero. Desde sus 484 metros de cota máxima, contemplamos una bellísima vista de la vega con numerosos núcleos de población diseminados: Villanueva de la Reina, Jaén, Mancha Real, Jabalquinto, Bailén, Linares... La figura triangular de la Peña de Martos emerge en el sur, en el ángulo más extremo a la derecha. Hacia el este, las lejanas estribaciones de Cazorla. Y entre ambas, las sierras de Jaén y Mágina, asomadas todas ellas al sereno mar de olivos, del que percibimos los lejanos ecos de las perpetuas labores de quienes se afanan en su cuidado, acompañados de brumas de polvareda que nos permiten localizarlos en el vasto tapiz de este hermoso lienzo. Con mis prismáticos diviso el paso de algunas aves: los coloridos abejarucos y los hoy omnipresentes rabilargos, mas también una pareja de buitres negros y alguna perdiz. Entre los pinos, se oyen los agudos gemidos de un águila culebrera.       

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sábado, 23 de agosto de 2025

Remotas infancias

 

En la infancia, vivimos y, después, sobrevivimos

Leopoldo María Panero

 

Los veraneos de mi infancia eran tres meses sin cole, trece semanas de feliz y absoluta irresponsabilidad. Sí, eran noventa días jugando y soñando entre polvo, pinos, chaparros y jaras bajo un sol ardiente, sin más indumentaria que las alpargatas y un pantalón corto, con la piel quemada y la quemazón aliviada con vinagre, el mismo que aderezaba los huevos fritos con ajos y picatostes de los desayunos.

El colérico Cronos dejaba, por una temporada, de devorar a sus hijos y los días se volvían infinitos. Todos semejantes, pero especial cada uno. Al atardecer, tras la película vespertina, nos aguardaba un limpio y alto cielo azul que asistía gozoso a nuestro partidillo de fútbol. Acudían a jugar vecinos de otras viñas: Antonio y Miguel, los sevillanos; Pepito —hijo único de la maestra de la escuela de verano—, Luis y Andrés, y algunos más que ya he olvidado.

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domingo, 17 de agosto de 2025

Andújar, tierra de tradición jabonera

Estado actual de la fábrica de jabón
Alejo Gallego
en el Paseo de las Vistillas
El origen del jabón, cuenta una vieja leyenda, está en las ofrendas que los primitivos romanos hacían a sus dioses en el Monte Sapo, junto al Tíber. La mezcla de la grasa animal con las cenizas de las incineraciones y la lluvia, daba como resultado una pasta con propiedades higienizantes, dado que, al disolverse en agua, la ceniza produce hidróxido de sodio, o sea, sosa cáustica. "Jabón" procede, así, del latín "saponem", acusativo de "sapo", sustancia untuosa. 
Suelo usar para mi higiene personal un buen jabón artesanal hecho a base de aceite de oliva y sosa. Es menos agresivo y contaminante que los geles y jabones de la cosmética moderna confeccionados con sulfatos, conservantes, parabenos químicos y fragancias sintéticas. El caso es que hace unos días leí un artículo de prensa histórica fechado en Madrid a principios del siglo pasado, que elogiaba la calidad del jabón que se hacía en Andújar, cuyas fábricas estuvieron activas desde el siglo XIX hasta los años setenta del XX. 

Fábrica de Lizariturri y Rezola
en Santa Úrsula
(Años 70) 

En mi opinión, sería interesante recuperar esta industria tan vinculada a nuestra olivarera tierra. Históricamente, junto al aceite, la actividad comercial e industrial iliturgitana se completaba con la cerámica —de tradición milenaria desde la sigillata romana, y aún viva, aunque con bastante menos pujanza que hace unas décadas—, y con los productos de la apicultura: nuestros cirios de pura cera de abejas alcanzaron renombre internacional —La cerería Corazón de Jesús, en la calle Ramón y Cajal, fue proveedora oficial del Vaticano a partir de 1905—, y la miel y el polen de nuestras colmenas siguen exportándose hoy. Tal vez el Ayuntamiento o la Diputación provincial podrían convocar algún tipo de cursos de formación profesional, escuelas-taller o fórmula similar para recuperar la producción jabonera a partir del aceite de oliva. 

Francisco Ramírez Díaz (Andújar, ca. 1880), mi abuelo paterno, formó parte de esta tradición artesana. Fue maestro jabonero y, como tal, trabajó en la fábrica de Alejo Gallego (muy próxima a la de Joaquín Llaguno de la Haza, en la calle La Quinta), al final del Paseo de las Vistillas, donde da comienzo la Cuesta de Castejón. Aún se conserva el viejo edificio industrial que la albergó. En 1904, viajó a Palencia con el encargo de formar allí a quienes debían trabajar en una nueva fábrica que se acababa de inaugurar. Por este motivo, mi padre nació en esa tierra en 1905 y fue bautizado con el nombre de Antolín, patrón de la vetusta ciudad castellana, en su catedral homónima. Ya de regreso a Andújar, mi abuelo y su familia ocuparon la vivienda aneja a la fábrica de las Vistillas durante algunos años. En ella creció mi padre. Él me contaba sus recuerdos de esa casa. Un día, mientras jugaba descalzo en el patio de la fábrica, un carro vino a descargar sosa cáustica. Algún pequeño trozo cayó al suelo y quedó adherido a la planta de su pie sin que él lo advirtiera. Cuando llegó la hora de acudir a la sesión vespertina del cole, se calzó a toda prisa... El sudor fue humedeciendo la sosa, provocando la consiguiente reacción química que él notó como una dolorosa e inexplicable quemazón; pero la timidez le hizo aguantar hasta la salida del colegio para quitarse el zapato y descubrir la profunda herida que había causado el ácido. 

Las ventanas de esa casa, más de cien años después, siguen mirando hacia el bosque en galería de fresnos y álamos que jalonan el cauce del Guadalquivir, caudaloso y sereno, señor de la fértil vega que abraza la ciudad. En el alféizar de una de esas ventanas, mi padre y sus hermanos dejaban cada enero sus zapatos para recibir los regalos de Reyes, pues en ese lugar de severos afanes de adultos, también moraban sueños de niños. 

Y algún recuerdo triste: mi abuelo, al que, por meras razones de cronología biológica, no pude conocer, sufrió las presiones del caciquismo del voto, propio de la Restauración borbónica y muy frecuente tras el Desastre del 98. Según mi padre, él resistió con dignidad. También fue víctima de un accidente laboral cuando una caldera estalló y le abrasó los ojos. El maestro jabonero, además de realizar las mezclas en proporciones pertinentes, vigilaba la presión de las calderas y valoraba en cada momento si el color y la textura de la masa resultante eran las adecuadas. 


Sastrería Antolín Ramírez
(Plaza Vieja de Andújar. Años 30).
En la fachada se anuncia la sucursal madrileña
de Santa Engracia, 27

Como consecuencia, quedó ciego y esta desgracia le quebró el ánimo. También le provocó problemas nerviosos con desvanecimientos frecuentes, uno de los cuales le sorprendió en plena calle, teniendo que soportar algún comentario malintencionado sobre su supuesta embriaguez. Fue un hombre emprendedor, que sacó adelante a sus seis hijos —el más pequeño de ellos, Rafael, adoptado— y seis sobrinos carnales. Varios de ellos recibieron formación musical, algo infrecuente en esos años. Mi padre —que abrió su primera sastrería en 1927 en el número 27 de la calle Santa Engracia de Madrid (aún se conserva el local comercial), y un segundo negocio, la "Sastrería Antolín", en 1933 en la Plaza Vieja de Andújar (1)—, cursó solfeo y violín —entonces el estudio del lenguaje musical se hacía en cuatro cursos previos al aprendizaje del instrumento—; mi tía Josefina, piano. —Ella, pintora y escultora, expuso en varias ediciones del Salón de Otoño de Madrid en el Círculo de Bellas Artes de la calle de Alcalá—. Mi tío Rafael, fraile capuchino —con el nombre religioso de fray Victorino—, fue organista en el monasterio de Guadalupe (2); y mi tía Clara Contreras Sánchez, franciscana, profesora de piano en la convento de Llanes (Oviedo), donde pasó buena parte de su vida y donde murió. 

Sastrería Antolín 
en la Plaza Vieja de Andújar. 
Año 1970
Entre las muchas fábricas que funcionaron en Andújar estaban la de San Antonio, la de Pablo Jiménez y Cñía. —que elaboraba los Jabones de tocador Ancora y Castilla—, la de A. Rodríguez y Cñía., José de la Torre Rubio, la de Miguel Gavilán y Cñía., Gregorio Ortega de la Haza, Ángel de la Haza y Cñía., La Purificación Jabonera de Francisco Garrido, Bernardo Estepa Gómez, José Sáenz de Tejada, José Llaguno Garma, Sucesor de Alejo Gallego, Jabones Victoria de Luis Benayas Fernández, José Plaza López, Francisco de la Torre Estepa, Ángel Bellido Robles, José A. Buitrago Montes, Vicente Lillo Pérez, o la de Juan Martínez y Martínez. 

La jabonera de Sáenz de Tejada, anunciaba en su publicidad que desde 1872 fabricaba el mejor jabón: «elaborado exclusivamente con aceite puro de oliva, produce un lavado excelente e inmejorable, además de ser el que menos destruye las ropas y de estar considerado como un gran desinfectante de ellas». Su producción anual superaba las mil toneladas.
Mural de azulejos conmemorativo que
se conserva en la calle Ramón y Cajal

También se asentaron empresas foráneas como Bilore y Lizariturri, procedentes del País Vasco. Los jabones de Bilore alcanzaron una gran popularidad en los años setenta, con potentes campañas publicitarias en la monolítica y omnipotente televisión de la época. 

En la fábrica de Lizariturri y Rezola, se producía el conocido jabón Lagarto, también muy popular, y las barras de jabón de afeitar Flores de Gurys. Estaba en Santa Úrsula, en el espacio que hoy ocupa el Parque Comarcal de Bomberos. 

En 1920 aún había diecisiete fábricas de jabón activas en la ciudad con 150 empleados (Garrido González, 2003). 

Pero la aparición de la lavadora, máquina que vendría a aliviar el duro trabajo doméstico en los primeros años setenta, marcó el fin del uso del jabón común y la consiguiente crisis de los escasos negocios jaboneros que aún subsistían. Una de los últimas fábricas en cerrar estaba entre las calles del Pino y Lope de Vega. Eran estas las primeras vías de la ciudad viniendo de la sierra, pues el barrio del Polígono Puerta de Madrid aún no existía. Recuerdo de niño el intenso y penetrante mal olor que percibíamos al pasar junto a ella con el Seiscientos de mi padre de regreso de las Viñas. Y es que la decadencia propia de los postreros estertores había devuelto la producción a sus orígenes remotos, sustituyendo el aceite de oliva por malolientes grasas animales, supongo que con el disgusto de los últimos maestros jaboneros. 

Notas:

(1)   El joven soñador e impetuoso que entonces era mi padre, se había afiliado a Falange. Al estallar la guerra en julio de 1936, abandonó Madrid para trasladarse a Andújar, donde tenía vivienda y su segundo negocio de sastrería. Buscaba refugio en la familia, pero enseguida fue detenido con la acusación de pertenecer a dicho partido. Su casa y negocio fueron requisados para confeccionar uniformes para los soldados del frente bélico situado en el cercano límite de la provincia de Córdoba. Él pasó por las cárceles de Martos y Jaén, salvando su vida gracias a las gestiones de su hermana Josefina, enfermera y boticaria en el Hospital Municipal. Cuando finalizó la guerra, mi padre fue concejal de la primera corporación municipal, constituida el 19 de abril de 1939 con Tomás Escribano Soriano como alcalde (Córdoba Ortega, 1977, pág. 313). Enseguida evolucionó hacia actitudes moderadas, negándose a testificar contra los republicanos detenidos bajo la acusación de pertenecer a sindicatos o partidos de izquierda. Tal fue el caso de Santiago de Córdoba, afiliado a la UGT, por quien mi padre intercedió, salvándole de los trabajos forzados a los que había sido condenado en la reconstrucción del Santuario de la Virgen de la Cabeza (Córdoba Ortega, 1977, pág. 577). A ese Antolín moderado, respetuoso, exponente de una derecha liberal e ilustrada, que congeniaba con las propuestas de Adolfo Suárez y Gutiérrez Mellado, fue al que yo conocí como padre casi tres décadas después. 

(2)   Durante sus años de vida en este monasterio, fray Victorino Contreras Sánchez conoció y tutorizó al notable pianista Esteban Sánchez, quien, con dieciséis años ganó el Premio “Eduardo Aunós” que concedía el Círculo de Bellas Artes de Madrid (Carlos Cordero, 2011, págs. 246 y sigs.)

Bibliografía:

-Cordero, Carlos: “Esteban Sánchez en el recuerdo con Guadalupe al fondo”. Boletín de la Real Academia de Extremadura de las Letras y las Artes. T. XIX (2011). Págs. 233-249.

-Córdoba Ortega, Santiago de: Historia y memoria de Andújar (1931-1977). Andújar (Jaén): Alcance Editorial, 1977.

-Garrido González, Luis, y Chamorro Cantudo, Miguel Ángel: "Reflexiones sobre el cambio productivo de la economía jiennense en el siglo XX al hilo de la Historia industrial y mercantil de Andújar de Antonio Herrero Cortés (1978)", Boletín del Instituto de Estudios Giennenses, número 185 (2003), págs. 183-228.

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domingo, 20 de julio de 2025

Espacio disponible

EDUARDO NAVE y GILLES LIPOVESTSKY en el museo JOSÉ GUERRERO (Granada)

Folleto de la exposición en el José Guerrero

Hasta el 12 de octubre, se exponen en el José Guerrero, junto a la Alcaicería granadina, las excelentes fotografías de Eduardo Nave (Valencia, 1976). Espacio disponible es el evocador y descriptivo título de esta exposición. Su contenido encaja perfectamente en las diáfanas salas de este edificio que, en sus pilares metálicos y sus grandes ventanales a la calle Oficios, conserva aún el sabor de su primitivo uso industrial y comercial para el que fue concebido hace más de cien años.

Abundan en las fotografías los suelos de tierra descarnada y los páramos estériles que, con las ruinas de edificios comerciales o industriales que los habitan, contemplan la silenciosa desolación de los esqueletos de las vallas publicitarias, a la vez que dan testimonio del desorden generado por los excesos que dichos cadáveres escenifican.

Acompaña la exposición un texto del filósofo francés Gilles Lipovestski (París, 1940) del que recojo algunos fragmentos:

«¿Hay algo más ominipresente en nuestra vida cotidiana que los objetos, las imágenes y las exigencias del consumo? (…) Ahora, de la mano de internet y las tecnologías digitales está surgiendo un nuevo vector publicitario. (El) declive de los grandes soportes de exhibición impresa —cuando no su desaparición anunciada— es lo que muestra el proyecto fotográfico de Eduardo Nave.

Fotografía de Eduarde Nave
(Incluida en el folleto de la exposición)
»Este retroceso no es en absoluto una señal del principio del fin del consumismo. Nada más lejos; este sigue alimentando las pasiones de los individuos de forma masiva. No seamos ingenuos: la crisis ecológica y climática no acabará con el frenesí consumista, que cada vez pasa más por internet y las compras en línea y sigue manifestándose mediante la inagotable afición por los viajes, el turismo, los restaurantes, los espectáculos, las películas y las series.

»Sin embargo, ¿cómo no ver al mismo tiempo que su momento de gloria ya ha quedado atrás?

»La serie de Nave muestra esas ruinas de la modernidad que son las vallas publicitarias a la antigua usanza, dotadas de estructura material y de un imponente armazón metálico rectangular. De ello, como de todas las ruinas, se desprende un espectáculo no exento de nostalgia y melancolía. Pero ¿melancolía de qué? ¿De los propios soportes materiales, denunciados durante mucho tiempo por su fealdad y su efeto de contaminación visual del paisaje? Tal vez, pero en mi opinión es otra nostalgia la que está en juego, a saber, la de la época utópica, alegre, eufórica, desenfadada, «inocente» del consumo, de la que las grandes vallas publicitarias «agresivas» encarnaron una de sus manifestaciones más emblemáticas.


»
Oferta en rojo
(José Guerrero, 1988)
Comer carne, viajar en avión, vestirse con «moda rápida», no separar y reciclar la basura: todo es motivo de preocupación para la salud y la preservación del planeta. El consumo festivo ha sido sustituido por un consumo considerado peligroso, «criminal» e irresponsable (…) La muerte de las vallas publicitarias clásicas es una metáfora de la muerte de este tiempo esplendoroso del consumismo, del presentismo hedonista.

» (Es) lo que impregna de nostalgia las fotos de las vallas abandonadas y despojadas de su antiguo triunfalismo, que poseen el encanto de un pasado presuntamente feliz en el que el consumo se asimilaba a una «fiesta frívola y alegre» que imaginábamos interminable.»


           
El cuadro Oferta con rojo (J. Guerrero, 1988) se exhibe en la sala de la tercera planta, reservada para exposición permanente de la colección del propio museo. Con esas negras y vacilantes gotas incapaces de salvar el hiato de un fulgurante telón rojo sobre fondo oscuro, expresa bien —ya desde su propio título— la desazón y el vacío de un consumismo roto, atroz y castrante.


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