sábado, 21 de marzo de 2026

Hermosa gacela agazapada

 

El País, 21 de marzo 2026

   Hoy, en mi paseo por la dehesa del Generalife, en esta hermosa mañana del equinoccio primaveral, cuando la Tierra, en su anual viaje astral en torno al Sol, alcanza ese milagro de la duración idéntica del día y la noche, me he cruzado por el camino con dos hermosos rebaños. ¡Otro milagro! Uno de ocres, orondas y felices ovejas lojeñas de mirada paciente, que, acompañadas por el pastor y su corpulento y patoso san bernardo, pacen las tiernas briznas de la abundante hierba verde, prodigio aquí de diversidad, que han nacido al amor de las lluvias de este atípico y borrascoso invierno. El otro, igual de hermoso en este pletórico paisaje natural, pero más variopinto, lo forman un nutrido grupo de chicas adolescentes, con rasgos orientales algunas de ellas. Felices y saltarinas, guiadas por sus abnegadas maestras, me saludan sonrientes al cruzarse en mi camino.

Qué bellos animales, qué bucólico paisaje, qué limpia armonía. Y qué lejos parecen quedar desde este aquí y ahora las maldades humanas.

Una nueva armonía, esta más conspicua, más inmunda y banal, descubro en la prensa de hoy. Abascal visita a Netanyahu, quien afirma considerar a este ejemplar de macho ibérico y a sus aliados europeos como "compañeros de armas". (Un nazi y un judío departiendo amistosamente. ¡Cuánto hemos avanzado!, pienso para mis oscuros adentros).

Qué distinto este rincón del mundo al de esos arrasados campos de batalla en Europa, en Medio Oriente, en África sostenidos por la codicia de corazones sin piedad. Aunque los tentáculos de esas guerras, sean próximas o lejanas, comienzan y terminan justo aquí al lado: anoche en el centro histórico de Granada, plaza Martínez Contreras, una anciana se cobijaba de la fina lluvia bajo el alero de un tejado acurrucada sobre un viejo colchón. Junto a ella, un joven yacía en otro abrazado a un guiñapo de sucias mantas. Una desvencijada silla de ruedas aguardaba silenciosa a que acabe la noche. Al pasar yo, la anciana me saludó con un tímido "buenas noches", al tiempo que bajaba su lóbrega mirada hacia sus manos inertes. Atolondrado me sigo preguntado qué hacer.

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