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María Zambrano en Madrid (1932) https://poesiamaspoesia.com/241-poesia-mas-poesia-maria-zambrano/ |
En "La aparición del confín", de su enigmática y poética obra De la Aurora (1986), escribe María Zambrano: «La aparición de la Aurora unifica los sentires, transformándolos en
sentido (…) Como les sucede a otros lugares inviolables del humano pensar (…) a
los que habría que dejar nacer, ante todo, sin arrancarles del lugar de sus
raíces, sin extraerles del sacro único lugar en que han de nacer y vivir. Serían
siempre de la Aurora estos tan elegidos pensamientos, frutos del humano pensar
(…) ¿Anunciará acaso la Aurora, en su retirarse, la multiplicidad de
los tiempos?»
Su libro pretende ser guía y confesión, dos géneros filosóficos con amplia tradición en España (Maimónides y Miguel de Molinos): «El
resultado a que hemos llegado en estas breves páginas, que más breves aún
querrían serlo, es que la Aurora, que no nos ha ofrecido la posibilidad de ser
un conocimiento propiamente filosófico, una episteme, nos impone
inexorablemente su condición de pertenecer al mundo de lo cognoscible. Desde el
primer momento en que se la mira, nos mira ella a su vez, pidiéndonos,
requiriéndonos, el que la miremos como la clave de la physis, del cosmos
(…) Guía, pues, si por guía entendemos la aparición de algo, un suceso, una
presencia que saca al sujeto de sí, de la situación en que estrictamente está
apresado en una ignorancia que es inmovilidad, y la inmovilidad en el ser
humano es intrascendencia. Conocerse es trascenderse.»
Y, siguiendo la guía del nuevo método zambraniano, dejo aquí constancia de la experiencia entrañable. Permanece en mí el recuerdo
imborrable de la importancia que mis padres, desde su profunda religiosidad,
concedían al amanecer como momento privilegiado del día para -según nos decían- apreciar la belleza de
la creación divina y dar gracias por ver un nuevo día. “Mañana veremos
amanecer” nos anunciaban con solemnidad y gozo, cuando,
con ocasión de algún acontecimiento especial, debíamos madrugar para salir de
casa antes de la amanecida. “¡Mirad, hijos, va a salir el sol! ¡Mirad, qué
hermoso amanecer!”. Este imperativo, “¡Mirad!”, era expresión muy frecuente en mi
madre. Y a Blas Zambrano, su padre, dedica María su primer libro, Horizonte del liberalismo (1930), con estas palabras:
“A mi padre. Porque me enseñó a mirar”. La filósofa andaluza dice que aprender
a filosofar es aprender a mirar, pero no se trata de una mirada inquisitiva o interrogativa,
sino contemplativa, pasiva, que se deja atrapar por la belleza o el misterio de lo
contemplado, sin más. La guía de mis padres provocó en nosotros una ferviente reverencia hacia ese
momento único, mágico, del paso de la oscuridad a la luz; de modo que, con cierta
frecuencia, y siempre durante nuestras estancias en la casa de la sierra,
decidíamos “resistir” -al sueño, se entiende-: “Hoy vamos a resistir para ver
amanecer”, conveníamos en secreto. Y, cuando lográbamos vencer a Hipnos, salíamos al exterior apenas
veíamos apuntar la primera claridad por el horizonte para que la llegada del Sol
nos cogiera a la intemperie. Ahí, sin la protección hogareña, sentiríamos mejor el silencio que precede al alba, la leve brisa y el escalofrío del rocío.
Tiene la filosofía también la naturaleza de una confesión, según María: «Se le figura a la autora de estas breves confesiones que un nuevo modo de razón -por ejemplo, la
razón poética- sea necesario. Un modo de
razón en el que se redime la pasividad, la total pasividad, frente al
conocimiento y a aquello que lo mueve y aun engendra, el amor. Una razón sin
paradojas, sin agonías, sin parecerse a sí misma, casi sin juicio, mas no sin
orden; y tanto como ser una razón nueva habría de ser una vita nova (…) La vida de los sentidos se ha ido reduciendo a medida
que la razón occidental se yergue (…) Así, esa arquitectura que a todo iguala,
la lisa pared, hasta hacer desaparecer toda curva, todo escondrijo, todo alero,
donde la golondrina, y sobre todo la paloma, no encuentran lugar. Ciudades hay,
cimas de civilización, que sin decretar la extinción de las palomas -¡de la
paloma, Señor!- penan con decretos, decretan, con fuerza de ley, que no se deje
con vida ni un solo nido, porque la presencia de los nidos afea la limpia
ciudad (…) El conocimiento que
aquí se invoca pide que la razón se haga poética sin dejar de ser razón,
que acoja al “sentir originario” sin coacción (…) Así la aurora se nos aparece
como la physis misma de la razón poética.»
Pasividad, disponibilidad, apertura; frente a la avidez, al “ansia
de captar” (“Ir a la caza de conceptos”, escribe Zambrano). «Tiene la mirada que
sale de la noche -de esta de la historia también- una disponibilidad pura y
entera, pues que no hay en ella sombra de avidez. No va de caza. No sufre el
engaño que procura el ansia de “captar”. La tiranía del concepto, que somete la
libertad con el cebo del conocimiento.»
A poco que se piensen, son las de Zambrano propuestas revolucionarias que piden derruir nuestro renqueante edificio civilizatorio -afanoso, conquistador y apresurado- para levantarlo sobre otros cimientos.
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