Aquí recojo el comienzo de su comparecencia: sólo cuatro minutos para que os hagáis una idea.
miércoles, 20 de marzo de 2013
Fracaso escolar
Aquí recojo el comienzo de su comparecencia: sólo cuatro minutos para que os hagáis una idea.
lunes, 18 de marzo de 2013
La porra, la cruz y la tijera
La parte buena de que manden “éstos” –así se refería mi madre al franquismo, en memorable definición sintética, acompañada por el levantamiento del pulgar, señalando a su espalda– es que las generaciones que no conocieron directamente sus represiones, acciones y omisiones tienen ahora encima de sus cabezas una muestra del género lírico que la gente de mi edad, y de más aún, sufrió como banda sonora.
Quienes creían que exagerábamos aquellos que nunca abandonamos la idea de la memoria histórica en ninguna de sus manifestaciones, disponen actualmente de una amplia panoplia de representaciones y personificaciones del ayer que nunca cesa. La mezcla de autoritarismo y rosario, de mantilla e hipocresía, de cachiporra y melindres morales ha sido puesta al día –hombre, tenemos lo que queda de democracia y de libertad de expresión, y está Internet: todavía no pueden callarnos–, pero el tupido velo bajo el que los sepulcros blanqueados se ocultan se rasga súbitamente cada vez que un ministro metepatas muestra su verdadero rostro, ya sea en el Congreso, en la rueda de prensa de turno o en una embajada de España en Roma, tomada por el Opus Dei tanto como lo está el Vaticano desde que Juan Pablo II le metió mano.
Efectivamente, hijos e hijas mías. Lo que nos temíamos los mayores, aquello de que volvían los mismos perros con distintos collares, se ha consumado. Puede que Jorge Fernández Díaz no sea Carrero Blanco –le faltan cejas para ello–, y puede que no aplique en su comportamiento cachiporrístico sus criterios religiosamente extremos. Los tiempos son otros. Y, del mismo modo que él tiene derecho a expresar sus necedades decimonónicas sobre sexo y demografía, nosotros estamos autorizados para ponernos varias moscas en cada oreja. Que un cristiano renacido –a estos ricos píos no les basta con nacer: quieren acaparar todas las posibilidades–, nada menos que en Las Vegas, abuse de los privilegios de su cargo para desafiar nuestra inteligencia, rodeado de cardenales y otras hidras, debería soliviantarnos más allá de la ofensa a los homosexuales.
Pero ¿de dónde salen éstos?, entran ganas de inquirir. Quizá esos jóvenes a quienes me refería se lo preguntarán. Yo tengo la respuesta muy interiorizada: es una cantera. Las mejores familias, los mejores colegios, los mejores compañeros, los mejores mentores, los mejores amigos, las mejores parroquias y los mejores negocios. Cuando pueden, regresan. Más modernos, más jacarandosos, con mejores relaciones –las de ahora se llaman mercado, y metan ustedes aquí las instituciones internacionales que se les vayan ocurriendo– y la mejor jeta de amianto.
La herencia recibida de los socialistas –ésta, sí– en lo que respecta a la sumisión del Estado español al Estado vaticano, la ausencia histórica de redaños por parte de la socialdemocracia patria –no solo las leyes: ese Vázquez trapicheando devociones en su satrapía romana, ese Bono–, se lo ha puesto en bandeja a este y a cualquier otro Gobierno de la derecha. Tal como están las cosas, con el proceso de descomposición del sistema que se está produciendo en los países europeos del sur, el nuestro aporta un pintoresquismo supremo, que es el de las peculiaridades añadidas.
Falta de transparencia y crucifijos al cuello, porras y pelotas de goma y gases lacrimógenos y –por todos los dioses– ganas de repoblar la tierra, alcaldesa y presidente de comunidad de la capital, gobernando como sucesores y apacentando sus rebaños hasta la Dormidina , ministros que controlan lo económico al tiempo que manejan la impostura. Un tipo, en cultura, cercano también al Opus, estableciendo las bases de la discriminación escolar por clase social y por sexo.
No, no son marcianos. Son españoles. Son “éstos”.
jueves, 7 de febrero de 2013
Emilia
“El pan
de los pobres es su vida. Quien se lo quita, es un asesino” (Eclesiástico, 34,
35)
| (www.ellibrepensador.com) |
Tanto celo justiciero resulta muy
tranquilizador. Impera el orden. Saltan las alarmas y el ratero es castigado.
El pueblo recibe, con alivio, la esperada medida de gracia.
Las alertas se disparan por menos de
doscientos euros, pero han permanecido silenciosas durante varios lustros: los
que ha necesitado un delincuente de traje y corbata para evadir 22 millones de
euros de dinero negro (¿pero hay dinero blanco?). Ninguna alarma dio el aviso,
ningún policía lo visitó en su confortable despacho con vistas a Génova, nadie
se querelló contra él. Siguió acudiendo con dignidad a sus faenas diarias en la
sede de un gran partido, y, cuando se destapó la cloaca que nadie quería oler,
pero de la que muchos sacaban provecho, se limitó a decir, con la misma serena
dignidad y esbozando una leve sonrisa: este dinero lo he ganado honradamente.
Me aventuro a escribir que este
prohombre no precisará de indulto alguno. Para que todo siga en orden, Emilia.
domingo, 27 de enero de 2013
Filosofía, ¿para qué?
| (Publicada en El País) |
¿Para qué hablarles a nuestros bachilleres de Platón, Descartes, Nietzsche u Ortega? ¿Qué puede aportarles su crítica del conocimiento, la cultura, la historia o la religión? ¿Los mejorará acaso sus reflexiones éticas? Seguramente no. Un paseo por los argumentos de la duda cartesiana o la invitación nietzscheana a no ser camellos tal vez les ayude a modelar su rebeldía y a hacerla más fecunda. Pero poco puede contribuir esta pandilla de heterodoxos a un modelo de educación competitivo y economicista que persigue hacer de nuestros jóvenes unos trabajadores abnegados, buenos consumidores y votantes dóciles. Para eso les bastará con una formación técnica y un adoctrinamiento religioso, de cualquier signo, que esto importa menos.
También recordamos que un gobierno de Felipe González suprimió la Historia de la Filosofía como asignatura común en 2º de Bachillerato y la relegó a materia de modalidad en el bachillerato de ciencias sociales. Tuvo que ser una ministra del PP, Pilar del Castillo, quien la restituyera. (Por cierto, en el anteproyecto de la LOCE -2001- se establecía ya una reválida o Prueba General de Bachillerato –PGB- para obtener el título de Bachiller y acceder a la Universidad. ¿Les suena?). Pero Wert-Rajoy ha ido más allá que los socialistas, haciendo de la reforma una demolición controlada: reduce la Filosofía a una mera optativa y, además, suprime la Formación ético-cívica de 4º de ESO (impartida por profesores de filosofía) y también la Educación para la ciudadanía de 5º de Primaria y 3º de ESO (que los filósofos comparten con los profesores de ciencias sociales). Todas ellas han sido hasta ahora asignaturas comunes y obligatorias para todo el alumnado, convirtiéndose en instrumentos preciosos para la maduración intelectual y la formación en valores laicos comunes, imprescindibles para la convivencia. De hecho, así sucede en los países de nuestro entorno europeo.
Ahora Rajoy suprime tres asignaturas necesarias para el fomento del debate crítico y formativo, y para el conocimiento de otras formas de pensar y entender la existencia, y da vía libre al adoctrinamiento religioso; pues la religión sale fortalecida con la vuelta al viejo sistema de elección entre ésta y la ética (sistema considerado inconstitucional en varias sentencias del Tribunal Supremo). Vuelve a ser la ética filosófica, racionalista y laica, la hermana pobre de la religión: sólo llegará a los hijos de los descreídos o de quienes practican religiones diferentes a la verdadera. Sigue la segregación ideológica en las aulas. Vuelve el pasado.
martes, 22 de enero de 2013
¡A buenas horas!
Ofensiva parlamentaria del PSOE contra los privilegios de la Iglesia
(Enlace al diario PUBLICO)viernes, 11 de enero de 2013
El año ominoso
“El poder público viene a ser hoy, pura y simplemente, el Consejo de administración que rige los intereses colectivos de los ricos.”
Una somera reflexión acerca del primer año de gobierno de Rajoy nos autoriza a pensar que su lema podría rezar así: “Haz lo que prometiste no hacer; lo que prometiste, no lo hagas”.
El balance anual nos presenta a un gobierno que peca por acción y por omisión. Ha hecho lo que prometió que no haría (subir el IVA y el IRPF, bajar el sueldo de los funcionarios, no actualizar las pensiones, abaratar el despido, recortar en derechos laborales, en los presupuestos de educación -con subida de matrículas universitarias, y bajada en profesorado y en becas-, y de sanidad, acabar con la justicia universal y gratuita). Y, al mismo tiempo, ha dejado de hacer lo que dijo que haría (aprobar una ley de transparencia, suprimir instituciones innecesarias y gravosas para las arcas públicas como el Senado, las diputaciones o las mancomunidades).
Estos señores gustan autodenominarse reformistas, pero sus reformas van siempre contra la mayoría trabajadora. Y las aplican en cascada, de manera que no hemos terminado de protestar contra la privatización de los hospitales, cuando nos imponen las tasas judiciales o desmantelan la educación pública. No tocan, sin embargo, lo que buena parte de la ciudadanía reclama derogar con el apoyo del sentido común: la ley hipotecaria, la de indultos gubernamentales, la electoral, la ya añosa -y añeja- Constitución, o los privilegios del clero, es decir, el decimonónico clericalismo -manifiesto en los preconstitucionales Acuerdos con el Vaticano, en la exención de pagar el IBI (incluso para edificios en explotación que reportan suculentos beneficios, como aparcamientos públicos), en la presencia de la religión en las escuelas públicas a cargo de un ejército de más de diez mil catequistas pagados del erario público pero escogidos feudalmente por la Iglesia (1), en la potestad de la Iglesia para inscribir a su nombre propiedades -el chollo de las inmatriculaciones-, o en las subvenciones millonarias para sus colegios concertados, donde, con el dinero de todos, hacen de su capa un sayo.-
Pretenden los populares hacernos comulgar con silogismos que no son más que falacias, como éste: “Resolver una situación difícil exige adoptar medidas drásticas. Heredamos una situación económica muy difícil. Conclusión: Las medidas que estamos aplicando son duras, pero son necesarias y las únicas posibles para salir de esta situación.” Pero la conclusión adecuada es que hay que tomar medidas, sí, mas no que no haya un camino distinto al que ahora transitamos a la fuerza, una camino más solidario.
No son de fiar estos que se erigen en defensores de la familia, pero permiten a sus amigos banqueros dejar sin techo a niños, jóvenes, ancianos y a familias enteras, arruinadas de por vida por una deuda que ni entregando su hogar quedará saldada. Han sido sordos al clamor de trabajadores, estudiantes, parados, pensionistas, médicos, docentes, investigadores, jueces... Con un país en huelga o manifestándose en la calle, sólo han buscado el aplauso de la Troika, de la Conferencia Episcopal y del ala más conservadora de la CEOE, representada por el eximio Díaz Ferrán, un ladrón de chaqueta y corbata imputado por delitos diversos de los que acabará siendo indultado. Se ha incrementado exponencialmente en estos doce meses la percepción ciudadana de que los gobiernos de los últimos años (PSOE-PP) han sido el brazo ejecutor de una oligarquía permanente y camaleónica, que sólo cambia de color y que gobierna para las élites (política, empresarial, financiera y religiosa). Esta presunta bicefalia gubernamental se ve avalada por hechos tan tozudos como la relación de indultados por ambos gobiernos (entre los que se cuentan Alfredo Sáez -lugarteniente de Botín-, los mossos torturadores o los militares condenados por el accidente del Yakolev-42); o como el acuerdo de reforma de la sacrosanta Constitución para limitar el techo de déficit y dar prioridad al pago de la deuda por encima de cualquier otra partida presupuestaria -incluidas pensiones, sanidad o educación-; o, por fin, la caza de brujas desatada al unísono contra el juez Baltasar Garzón quien pretendía arrojar luz sobre las cloacas de la dictadura de las que no han dejado de salir fantasmas en estos ya casi cuarenta años de presunta democracia. Se confirma, lamentablemente, el lúcido diagnóstico marxista acerca del tardo-capitalismo que encabeza este artículo.
Nos deja, pues, el año una democracia herida y el desafecto de un importante sector ciudadano hacia la casta política. Y se reeditan algunas de las señas de identidad de la Década Ominosa, que vivió España bajo el yugo del indeseable Fernando VII: la represión de las libertades, la inoperancia económica y la presión de los ultra-reaccionarios, andas que llevaron a España a una de sus épocas de mayor oscurantismo y atraso económico, y polvos esos de los que vienen algunos de estos lodos.
Democracia herida, degradada incluso a mera coartada para justificar cualquier decisión, represión o mordaza. Con los poderes legislativo y judicial sometidos al juego de intereses de la partitocracia, debilitados en su independencia, víctimas de un poder ejecutivo que, amparado en el voto mayoritario, ejerce su voluntad de espaldas a los votantes, sólo atentos a sus conmilitones y acreedores.
Habla Rajoy de la legitimidad que le confieren las urnas (en las que, por cierto, obtuvo 233.831 votos menos que Zapatero en 2008), pero si un gobernante miente, entonces queda moralmente deslegitimado. Y si mentir es hacer algo distinto de lo que se ha prometido o decir algo distinto de lo que se cree o piensa, Rajoy ha mentido. Si quien miente es el presidente de un gobierno democrático y, además, lo hace para sacar provecho (ganar el poder), no le queda otra que dimitir. Es lo que también debió hacer Zapatero en mayo de 2010 cuando desde fuera le impusieron condiciones leoninas que no había pactado con los ciudadanos a los que se debía.
Y en medio de este páramo, decorado con casos de corrupción que afectan a cargos públicos de casi todos los partidos, reaparecen las pataletas de los independentistas catalanes y vascos, rabietas de niños malcriados repetidas cíclicamente y que tan bien les vienen a los que mandan en Madrid y en la periferia para que hablemos de otras cosas y no de las que importan.
España sigue funcionando mal que bien a pesar de sus gobernantes. ¿Qué queda de la ejemplaridad moral de los responsables públicos, esencial en un régimen de libertades? Dicen que saldremos de la crisis, pero, en todo caso, será a costa de una regresión en derechos y del sacrificio de una generación de jóvenes, los mejores formados de nuestra historia. Sí, a pesar de las críticas reiteradas de la derechona a la educación pública, universal, integradora, gratuita, el gran resorte para superar las desigualdades de partida. Así preparaban el terreno para el desmantelamiento de la educación pública con que soñaban desde hacía tiempo.
Es un balance triste y difícil de superar.
(1) Presencia que se verá reforzada con la LOMCE que impone una alternativa con contenido curricular -Valores éticos-. Sucesivas sentencias del Tribunal Supremo han establecido que la Ética no puede ser la alternativa a las clases de Religión: la actividad alternativa no puede ser evaluable, ni ocuparse de materias curriculares.
domingo, 6 de enero de 2013
Una modesta proposición
(en
especial los católicos o papistas) sean una carga para sus padres o el país, y hacerlos útiles al público
Creo que todos los partidos están de acuerdo en que este
número prodigioso de niños en los brazos, sobre las espaldas o a los talones de
sus madres, y frecuentemente de sus padres, resulta en el deplorable estado
actual del Reino un perjuicio adicional muy grande; y por lo tanto, quienquiera
que encontrase un método razonable, económico y fácil para hacer de ellos
miembros cabales y útiles del Estado, merecería tanto agradecimiento del
público como para tener instalada su estatua como protector de la Nación.
Pero mi intención está muy lejos de limitarse a proveer
solamente por los niños de los mendigos declarados: es de alcance mucho mayor y
tendrá en cuenta el número total de infantes de cierta edad nacidos de padres
que de hecho son tan poco capaces de mantenerlos como los que solicitan nuestra
caridad en las calles.
Habiendo volcado mis pensamientos durante muchos años
sobre este importante asunto, y sopesado maduradamente los diversos planes de
otros proyectistas, siempre los he encontrado groseramente equivocados en su
cálculo. Es cierto que un niño recién nacido puede ser mantenido durante un año
solar por la leche materna y poco alimento más; a lo sumo por un valor no mayor
de dos chelines o su equivalente en mendrugos, que la madre puede conseguir
ciertamente mediante su legítima ocupación de mendigar. Y es exactamente al año
de edad que yo propongo que nos ocupemos de ellos de manera tal que en lugar de
constituir una carga para sus padres o la parroquia, o de carecer de comida y
vestido por el resto de sus vidas, contribuirán por el contrario a la
alimentación, y en parte a la vestimenta, de muchos miles.
Hay además otra gran ventaja en mi plan, que evitará esos
abortos voluntarios y esa práctica horrenda, ¡cielos!, ¡demasiado frecuente
entre nosotros!, de mujeres que asesinan a sus hijos bastardos, sacrificando a
los pobres bebés inocentes, no sé si más por evitar los gastos que la
vergüenza, lo cual arrancaría las lágrimas y la piedad del pecho más salvaje e
inhumano.
El número de almas en este reino se estima usualmente en
un millón y medio. De éstas calculo que puede haber aproximadamente doscientas
mil parejas cuyas mujeres son fecundas; de ese número resto treinta mil parejas
capaces de mantener a sus hijos, aunque entiendo que puede no haber tantas bajo
las actuales angustias del reino; pero suponiéndolo así, quedarán ciento
setenta mil parideras. Resto nuevamente cincuenta mil por las mujeres que
abortan, o cuyos hijos mueren por accidente o enfermedad antes de cumplir el
año. Quedan sólo ciento veinte mil hijos de padres pobres nacidos anualmente:
la cuestión es entonces, cómo se educará y sostendrá a esta cantidad, lo cual,
como ya he dicho, es completamente imposible, en el actual estado de cosas,
mediante los métodos hasta ahora propuestos. Porque no podemos emplearlos ni en
la artesanía ni en la agricultura; ni construimos casas (quiero decir en el
campo) ni cultivamos la tierra: raramente pueden ganarse la vida mediante el
robo antes de los seis años, excepto cuando están precozmente dotados, aunque
confieso que aprenden los rudimentos mucho antes, época durante la cual sólo
pueden considerarse aficionados, según me ha informado un caballero del condado
de Cavan, quien me aseguró que nunca supo de más de uno o dos casos bajo la
edad de seis, ni siquiera en una parte del reino tan renombrada por la más
pronta competencia en ese arte.
Me aseguran nuestros comerciantes que un muchacho o
muchacha no es mercancía vendible antes de los doce años; e incluso cuando
llegan a esta edad no producirán más de tres libras o tres libras y media
corona como máximo en la transacción; lo que ni siquiera puede compensar a los
padres o al reino el gasto en nutrición y harapos, que habrá sido al menos de
cuatro veces ese valor. Propondré ahora por lo tanto humildemente mis propias
reflexiones, que espero no se prestarán a la menor objeción.
Me ha asegurado un americano muy entendido que conozco en
Londres, que un tierno niño sano y bien criado constituye al año de edad el
alimento más delicioso, nutritivo y saludable, ya sea estofado, asado, al horno
o hervido; y no dudo que servirá igualmente en un fricasé o un ragout.
Ofrezco por lo tanto humildemente a la consideración del
público que de los ciento veinte mil niños ya calculados, veinte mil se
reserven para la reproducción, de los cuales sólo una cuarta parte serán
machos; lo que es más de lo que permitimos a las ovejas, las vacas y los
puercos; y mi razón es que esos niños raramente son frutos del matrimonio, una
circunstancia no muy estimada por nuestros salvajes, en consecuencia un macho
será suficiente para servir a cuatro hembras. De manera que los cien mil
restantes pueden, al año de edad, ser ofrecidos en venta a las personas de
calidad y fortuna del reino; aconsejando siempre a las madres que los amamanten
copiosamente durante el último mes, a fin de ponerlos regordetes y mantecosos
para una buena mesa. Un niño llenará dos fuentes en una comida para los amigos;
y cuando la familia cene sola, el cuarto delantero o trasero constituirá un
plato razonable, y sazonado con un poco de pimienta o de sal después de
hervirlo resultará muy bueno hasta el cuarto día, especialmente en invierno.
He calculado que como término medio un niño recién nacido
pesará doce libras, y en un año solar, si es tolerablemente criado, alcanzará
las veintiocho. Concedo que este manjar resultará algo costoso, y será por lo
tanto muy apropiado para terratenientes, quienes, como ya han devorado a la
mayoría de los padres, parecen acreditar los mejores derechos sobre los hijos.
Todo el año habrá carne de infante, pero más
abundantemente en marzo, y un poco antes o después: pues nos informa un grave
autor, eminente médico francés, que siendo el pescado una dieta prolífica, en
los países católicos romanos nacen muchos más niños aproximadamente nueve meses
después de Cuaresma que en cualquier otra estación; en consecuencia, contando
un año después de Cuaresma, los mercados estarán más abarrotados que de costumbre,
porque el número de niños papistas es por lo menos de tres a uno en este reino:
y entonces esto traerá otra ventaja colateral, al disminuir el número de
papistas entre nosotros.
Ya he calculado el costo de crianza de un hijo de mendigo
(entre los que incluyo a todos los cabañeros, a los jornaleros y a cuatro
quintos de los campesinos) en unos dos chelines por año, harapos incluidos; y
creo que ningún caballero se quejaría de pagar diez chelines por el cuerpo de
un buen niño gordo, del cual, como he dicho, sacará cuatro fuentes de excelente
carne nutritiva cuando sólo tenga a algún amigo o a su propia familia a comer
con él. De este modo, el hacendado aprenderá a ser un buen terrateniente y se
hará popular entre los arrendatarios; y la madre tendrá ocho chelines de
ganancia limpia y quedará en condiciones de trabajar hasta que produzca otro
niño.
Quienes sean más ahorrativos
(como debo confesar que requieren los tiempos) pueden desollar el cuerpo; con
la piel, artificiosamente preparada, se podrán hacer admirables guantes para
damas y botas de verano para caballeros elegantes.
En nuestra ciudad de Dublín, los mataderos para este
propósito pueden establecerse en sus zonas más convenientes, y podemos estar
seguros de que carniceros no faltarán; aunque más bien recomiendo comprar los
niños vivos y adobarlos mientras aún están tibios del cuchillo, como hacemos
para asar los cerdos.
Una persona muy respetable, verdadera amante de su
patria, cuyas virtudes estimo muchísimo, se entretuvo últimamente en discurrir
sobre este asunto con el fin de ofrecer un refinamiento de mi plan. Se le
ocurrió que, puesto que muchos caballeros de este reino han terminado por
exterminar sus ciervos, la demanda de carne de venado podría ser bien
satisfecha por los cuerpos de jóvenes mozos y doncellas, no mayores de catorce
años ni menores de doce; ya que son tantos los que están a punto de morir de
hambre en todo el país, por falta de trabajo y de ayuda; de éstos dispondrían
sus padres, si estuvieran vivos, o de lo contrario, sus parientes más cercanos.
Pero con la debida consideración a tan excelente amigo y meritorio patriota, no
puedo mostrarme de acuerdo con sus sentimientos; porque en lo que concierne a
los machos, mi conocido americano me aseguró, en base a su frecuente experiencia,
que la carne era generalmente correosa y magra, como la de nuestros escolares
por el continuo ejercicio, y su sabor desagradable; y cebarlos no justificaría
el gasto. En cuanto a la mujeres, creo humildemente que constituiría una
pérdida para el público, porque muy pronto serían fecundas; y además, no es
improbable que alguna gente escrupulosa fuera capaz de censurar semejante
práctica (aunque por cierto muy injustamente) como un poco lindante con la
crueldad; lo cual, confieso, ha sido siempre para mí la objeción más firme
contra cualquier proyecto, por bien intencionado que estuviera.
Pero a fin de justificar a mi amigo, él confesó que este
expediente se lo metió en la cabeza el famoso Psalmanazar, un nativo de la isla
de Formosa que llegó de allí a Londres hace más de veinte años, y que
conversando con él le contó que en su país, cuando una persona joven era
condenada a muerte, el verdugo vendía el cadáver a personas de calidad como un
bocado de los mejores, y que en su época el cuerpo de una rolliza muchacha de
quince años, que fue crucificada por un intento de envenenar al emperador, fue
vendido al Primer Ministro del Estado de Su Majestad Imperial y a otros grandes
mandarines de la corte, junto al patíbulo, por cuatrocientas coronas. Ni en efecto
puedo negar que si el mismo uso se hiciera de varias jóvenes rollizas de esta
ciudad, que sin tener cuatro peniques de fortuna no pueden andar si no es en
coche, y aparecen en el teatro y las reuniones con exóticos atavíos que nunca
pagarán, el reino no estaría peor.
Algunas personas de espíritu agorero están muy
preocupadas por la gran cantidad de pobres que están viejos, enfermos o
inválidos, y me han pedido que dedique mi talento a encontrar el medio de
desembarazar a la nación de un estorbo tan gravoso. Pero este asunto no me
aflige en absoluto, porque es muy sabido que esa gente se está muriendo y
pudriendo cada día por el frío y el hambre, la inmundicia y los piojos, tan
rápidamente como se puede razonablemente esperar. Y en cuanto a los trabajadores
jóvenes, están en una situación igualmente prometedora; no pueden conseguir
trabajo y desfallecen de hambre, hasta tal punto que si alguna vez son tomados
para un trabajo común no tienen fuerza para cumplirlo; y entonces el país y
ellos mismos son felizmente librados de los males futuros.
He divagado excesivamente, de manera que volveré al tema.
Me parece que las ventajas de la proposición que he enunciado son obvias y
muchas, así como de la mayor importancia.
En primer lugar, como ya he observado, disminuiría
grandemente el número de papistas que nos invaden anualmente, que son los
principales engendradores de la nación y nuestros enemigos más peligrosos; y
que se quedan en el país con el propósito de entregar el reino al Pretendiente,
esperando sacar ventaja de la ausencia de tantos buenos protestantes, quienes
han preferido abandonar el país antes que quedarse en él pagando diezmos contra
su conciencia a un cura episcopal.
Segundo, los más pobres arrendatarios poseerán algo de
valor que la ley podrá hacer embargable y que les ayudará a pagar su renta al
terrateniente, habiendo sido confiscados ya su ganado y cereales, y siendo el
dinero algo desconocido para ellos.
Tercero, puesto que la manutención de cien mil niños, de
dos años para arriba, no se puede calcular en menos de diez chelines anuales
por cada uno, el tesoro nacional se verá incrementado en cincuenta mil libras
por año, sin contar el provecho del nuevo plato introducido en las mesas de
todos los caballeros de fortuna del reino que tengan algún refinamiento en el
gusto. Y el dinero circulará sólo entre nosotros, ya que los bienes serán
enteramente producidos y manufacturados por nosotros.
Cuarto, las reproductoras constantes, además de ganar
ocho chelines anuales por la venta de sus niños, se quitarán de encima la
obligación de mantenerlos después del primer año.
Quinto, este manjar atraerá una gran clientela a las
tabernas, donde los venteros serán seguramente tan prudentes como para
procurarse las mejores recetas para prepararlo a la perfección, y
consecuentemente ver sus casas frecuentadas por todos los distinguidos
caballeros, quienes se precian con justicia de su conocimiento del buen comer:
y un diestro cocinero, que sepa cómo agradar a sus huéspedes, se las ingeniará
para hacerlo tan caro como a ellos les plazca.
Sexto: esto constituirá un gran estímulo para el
matrimonio, que todas las naciones sabias han alentado mediante recompensas o
impuesto mediante leyes y penalidades. Aumentaría el cuidado y la ternura de
las madres hacia sus hijos, al estar seguras de que los pobres niños tendrían
una colocación de por vida, provista de algún modo por el público, y que les
daría una ganancia anual en vez de gastos. Pronto veríamos una honesta
emulación entre las mujeres casadas para mostrar cuál de ellas lleva al mercado
al niño más gordo. Los hombres atenderían a sus esposas durante el embarazo
tanto como atienden ahora a sus yeguas, sus vacas o sus puercas cuando están
por parir; y no las amenazarían con golpearlas o patearlas (práctica tan
frecuente) por temor a un aborto.
Muchas otras ventajas podrían enumerarse. Por ejemplo, la
adición de algunos miles de reses a nuestra exportación de carne en barricas,
la difusión de la carne de puerco y el progreso en el arte de hacer buen tocino,
del que tanto carecemos ahora a causa de la gran destrucción de cerdos,
demasiado frecuentes en nuestras mesas; que no pueden compararse en gusto o
magnificencia con un niño de un año, gordo y bien desarrollado, que hará un
papel considerable en el banquete de un Alcalde o en cualquier otro convite
público. Pero, siendo adicto a la brevedad, omito esta y muchas otras ventajas.
Suponiendo que mil familias de esta ciudad serían
compradoras habituales de carne de niño, además de otras que la comerían en celebraciones,
especialmente casamientos y bautismos: calculo que en Dublín se colocarían
anualmente cerca de veinte mil cuerpos, y en el resto del reino (donde
probablemente se venderán algo más barato) las restantes ochenta mil.
No se me ocurre ningún reparo que pueda oponerse
razonablemente contra esta proposición, a menos que se aduzca que la población
del Reino se vería muy disminuida. Esto lo reconozco francamente, y fue de
hecho mi principal motivo para ofrecerla al mundo. Deseo que el lector observe
que he calculado mi remedio para este único y particular Reino de Irlanda, y no
para cualquier otro que haya existido, exista o pueda existir sobre la tierra.
Por consiguiente, que ningún hombre me hable de otros expedientes: de crear
impuestos para nuestros desocupados a cinco chelines por libra; de no usar
ropas ni mobiliario que no sean producidos por nosotros; de rechazar
completamente los materiales e instrumentos que fomenten el lujo exótico; de
curar el derroche de engreimiento, vanidad, holgazanería y juego en nuestras
mujeres; de introducir una vena de parsimonia, prudencia y templanza; de
aprender a amar a nuestro país, en lo cual nos diferenciamos hasta de los
lapones y los habitantes de Tupinambú; de abandonar nuestras animosidades y
facciones, de no actuar más como los judíos, que se mataban entre ellos
mientras su ciudad era tomada; de cuidarnos un poco de no vender nuestro país y
nuestra conciencia por nada; de enseñar a los terratenientes a tener aunque sea
un punto de compasión de sus arrendatarios. De imponer, en fin, un espíritu de
honestidad, industria y cuidado en nuestros comerciantes, quienes, si hoy
tomáramos la decisión de no comprar otras mercancías que las nacionales,
inmediatamente se unirían para trampearnos en el precio, la medida y la
calidad, y a quienes por mucho que se insistiera no se les podría arrancar una
sola oferta de comercio honrado.
Por consiguiente, repito, que ningún hombre me hable de
esos y parecidos expedientes, hasta que no tenga por lo menos un atisbo de esperanza
de que se hará alguna vez un intento sano y sincero de ponerlos en práctica.
Pero en lo que a mí concierne, habiéndome fatigado durante muchos años
ofreciendo ideas vanas, ociosas y visionarias, y al final completamente sin
esperanza de éxito, di afortunadamente con este proyecto, que por ser
totalmente novedoso tiene algo de sólido y real, trae además poco gasto y pocos
problemas, está completamente a nuestro alcance, y no nos pone en peligro de
desagradar a Inglaterra. Porque esta clase de mercancía no soportará la
exportación, ya que la carne es de una consistencia demasiado tierna para
admitir una permanencia prolongada en sal, aunque quizá yo podría mencionar un
país que se alegraría de devorar toda nuestra nación aún sin ella.
Después de todo, no me siento tan violentamente ligado a
mi propia opinión como para rechazar cualquier plan propuesto por hombres
sabios que fuera hallado igualmente inocente, barato, cómodo y eficaz. Pero
antes de que alguna cosa de ese tipo sea propuesta en contradicción con mi
plan, deseo que el autor o los autores consideren seriamente dos puntos.
Primero, tal como están las cosas, cómo se las arreglarán para encontrar ropas
y alimentos para cien mil bocas y espaldas inútiles. Y segundo, ya que hay en
este reino alrededor de un millón de criaturas de forma humana cuyos gastos de
subsistencia reunidos las dejaría debiendo dos millones de libras esterlinas,
añadiendo los que son mendigos profesionales al grueso de campesinos, cabañeros
y peones, con sus esposas e hijos, que son mendigos de hecho: yo deseo que esos
políticos que no gusten de mi propuesta y sean tan atrevidos como para intentar
una contestación, pregunten primero a lo padres de esos mortales si hoy no
creen que habría sido una gran felicidad para ellos haber sido vendidos como
alimento al año de edad de la manera que yo recomiendo, y de ese modo haberse
evitado un escenario perpetuo de infortunios como el que han atravesado desde
entonces por la opresión de los terratenientes, la imposibilidad de pagar la renta
sin dinero, la falta de sustento y de casa y vestido para protegerse de las
inclemencias del tiempo, y la más inevitable expectativa de legar parecidas o
mayores miserias a sus descendientes para siempre.
Declaro, con toda la sinceridad de mi corazón, que no
tengo el menor interés personal en esforzarme por promover esta obra necesaria,
y que no me impulsa otro motivo que el bien público de mi patria, desarrollando
nuestro comercio, cuidando de los niños, aliviando al pobre y dando algún
placer al rico. No tengo hijos por los que pueda proponerme obtener un solo
penique; el más joven tiene nueve años, y mi mujer ya no es fecunda.
(Este breve ensayo del autor de Los viajes de Gulliver se imprimió en Dublín en 1729, un año de profunda crisis económica que empobreció a campesinos y jornaleros irlandeses. Con esta sátira pretendía Swift poner al descubierto la hipocresía de los ricos propietarios que expresaban su malestar por el incremento de mendigos en las calles, a la vez que imponían elevados arriendos de sus tierras a los campesinos.)
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