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| Diario Regional. Valladolid, domingo, 19 de julio de 1936 |
La derecha extrema, las “fuerzas vivas”, disponen hoy, tal
vez, de más dinero, poder político y medios técnicos que nunca para extender la
red del odio, que envenena las vidas, las mentes, y que vende el espejismo de una
esperanza fútil a los desheredados, a los desesperados, a quienes son sus propias víctimas.
Son medios más diversos, atractivos, pregnantes; pero la situación social y
económica actual guarda una similitud extraordinaria, estremecedora, con la que
vivieron Europa y España tras la crisis de los años veinte. Tanto, que bien podrían
pasar las palabras de María por una crónica de hechos actuales.
Las líneas que siguen aparecieron publicadas bajo el título Los
intelectuales en el drama de España en el año 1937, en la editorial
Panorama de Santiago de Chile, adonde la filósofa se encontraba con su marido, Alfonso Rodríguez Aldave, agregado cultural en la embajada española en esa ciudad desde
octubre de 1936. En junio de 1937, regresan ambos a la patria, impelidos por la
necesidad de luchar en suelo español en defensa de las libertades amenazadas
por el golpe de estado del general Franco, que echaba por tierra las esperanzas
que habían encarnado los miembros de la Edad de Plata y la República.
«¿Cómo creer que el fascismo, nacido de la impotencia del
idealismo europeo para superarse, de la enemistad europea con la vida, de su
adolescencia marchita y estancada, fuese a prender entre nosotros, los españoles?
(…) Los oficialmente españoles, los que habían establecido el estanco del
patriotismo y poseían título oficial de defensor de la patria (…) De ellos
descienden los que hoy, al grito de “¡Arriba España!”, la entregaron a
ejércitos del fascismo hambriento que quiere la riqueza de nuestro sol y de
nuestras minas. Entonces no llegaron a tanto, pero malversaban los fondos en
Cuba y en Filipinas, huían a Marruecos y desconocían cada vez más a su pueblo (…)
Los otros, los españoles herejes, los que gemían y gritaban por España, los que
la iban buscando por montes y valles, por ciudades y libros, vivían en plena
rebeldía, mirados con terrible hostilidad por las clases oficiales, por las
llamadas “fuerzas vivas” (…) La horrible represión de Asturias muestra de
cuánto eran capaces los “concesionarios” de la patria. Inmediatamente, los antiguos
tópicos se endurecieron más aún y los periódicos de la derecha y católicos se
artillaron y comenzaron a disparar sus proyectiles cada vez más acerados (…) Se
elaboró la teoría de la patria y de la antipatria, de la España y la
anti-España (…) Algo así, tan sagrado como España, lo justifica todo: la
terrible prensa, el odio y desprecio de las clases conservadoras hacia el
intelectual…Todo.»
Y cita María las reflexiones de Juan de Mairena, el filósofo castizo,
heterónimo del gran Antonio Machado:
«La patria es en España un sentimiento esencialmente popular del
cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la
invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera.»
Junto a la María Zambrano mística, hierática y contemplativa, hay otra muy combativa por una España libre, igualitaria y culta.

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