sábado, 21 de febrero de 2026

María Zambrano frente a la derecha extrema española de 1936

Diario Regional
Valladolid, domingo, 19 de julio de 1936
Traigo aquí unas palabras de María Zambrano, escritas en los primeros envites de la guerra de España. Para nuestra desgracia, tienen una tremenda e inquietante actualidad. Porque, aunque las vías de contagio del virus de la intolerancia varían con el tiempo (antes, solo la prensa y la transmisión oral, la vox populi; ahora, se han sumado la televisión y, sobre todo, las redes sociales y la IA), las causas de la enfermedad (desigualdad social, injusticia e ignorancia) y sus síntomas (fanatismo, odio, violencia y tergiversación de los hechos) permanecen idénticos. ¡Nihil novum sub sole!

La derecha extrema, las “fuerzas vivas”, disponen hoy, tal vez, de más dinero, poder político y medios técnicos que nunca para extender su turbia red de odio, que envenena las vidas, las mentes, y que vende el espejismo de una esperanza fútil a los desheredados, a los desesperados, a quienes son sus propias víctimas. Son medios más diversos, atractivos, pregnantes; pero la situación política actual guarda una similitud extraordinaria, estremecedora, con la que vivieron Europa y España tras la crisis de los años veinte. Tanto, que bien podrían pasar las palabras de María por una crónica de hechos actuales.

Las líneas que siguen aparecieron publicadas bajo el título Los intelectuales en el drama de España en el año 1937, en la editorial Panorama de Santiago de Chile, adonde la filósofa se encontraba con su marido, Alfonso Rodríguez Aldave, agregado cultural en la embajada española en esa ciudad desde octubre de 1936. En junio de 1937, regresan ambos a la patria, impelidos por la necesidad de luchar en suelo español en defensa de las libertades amenazadas por el golpe de estado del general Franco, que echaba por tierra las esperanzas que habían encarnado los miembros de la Edad de Plata y la República.

«¿Cómo creer que el fascismo, nacido de la impotencia del idealismo europeo para superarse, de la enemistad europea con la vida, de su adolescencia marchita y estancada, fuese a prender entre nosotros, los españoles? (…) Los oficialmente españoles, los que habían establecido el estanco del patriotismo y poseían título oficial de defensor de la patria (…) De ellos descienden los que hoy, al grito de “¡Arriba España!”, la entregaron a ejércitos del fascismo hambriento que quiere la riqueza de nuestro sol y de nuestras minas. Entonces no llegaron a tanto, pero malversaban los fondos en Cuba y en Filipinas, huían a Marruecos y desconocían cada vez más a su pueblo (…) Los otros, los españoles herejes, los que gemían y gritaban por España, los que la iban buscando por montes y valles, por ciudades y libros, vivían en plena rebeldía, mirados con terrible hostilidad por las clases oficiales, por las llamadas “fuerzas vivas” (…) La horrible represión de Asturias muestra de cuánto eran capaces los “concesionarios” de la patria. Inmediatamente, los antiguos tópicos se endurecieron más aún y los periódicos de la derecha y católicos se artillaron y comenzaron a disparar sus proyectiles cada vez más acerados (…) Se elaboró la teoría de la patria y de la antipatria, de la España y la anti-España (…) Algo así, tan sagrado como España, lo justifica todo: la terrible prensa, el odio y desprecio de las clases conservadoras hacia el intelectual…Todo.»

Y cita María las reflexiones de Juan de Mairena, el filósofo castizo, heterónimo del gran Antonio Machado --mañana se cumplen 87 años de su muerte en Colliure, lejos del hogar--:

«La patria es en España un sentimiento esencialmente popular del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera.»

Junto a la María Zambrano mística, hierática y contemplativa, hay otra muy combativa por una España libre, igualitaria y culta

www.filosofiaylaicismo.blogspot.com

lunes, 2 de febrero de 2026

Bad Bunny y… ¡Albert Camus!

 

A pesar de nuestros muertos desfigurados, no tenemos odio contra vosotros. Queremos destruiros en vuestro poder sin mutilaros en vuestra alma (Cartas a un amigo alemán. 1944)

  

A. Camus (1913-1960) en Combat
Rue des Archives (©Rene Saint P / Cordon Press)
-El País, Cultura 13/12/2023-

       Ayer, al recoger uno de los Grammy, el puertorriqueño y actual estrella mundial de la música Bad Bunny, autor del primer disco en español galardonado con el premio al mejor álbum del año, pronunció estas palabras: «Antes de darle las gracias a Dios, debo decir: ¡fuera ICE! No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos. Somos americanos. Lo único más poderoso que el odio es el amor. Por favor, tenemos que ser diferentes. Si luchamos, tenemos que hacerlo con amor. Nosotros no les odiamos. Amamos a nuestra gente, amamos a nuestras familias, y ese es el modo de hacerlo.»

     Estas declaraciones del cantante me han traído a la memoria a Albert Camus. En concreto, tres de sus obras: El estado de sitio –un drama ambientado en una Cádiz sitiada por el totalitarismo--, Los justos –la historia dramatizada de un grupo de soñadores que quieren cambiar el mundo por métodos violentos—y Cartas a un amigo alemán –un conjunto de misivas a un joven nazi al que le advierte que la victoria no vendrá por las armas, el asesinato y el miedo, sino por el camino del amor y la dignidad–.
     El miedo y el odio son enemigos de la felicidad. Este es el secreto de la rebeldía de Diego, héroe de El estado de sitio, que libera Cádiz de la autocracia, representada por La peste, cuando descubre que esos son los dos baluartes sobre los que apoya su poder tiránico para mantener sitiada la ciudad. La derrota del déspota comienza a fraguarse cuando Diego exclama: «¡Ni miedo, ni odio, ésa es nuestra victoria!».
     En el año 1944, en sus Cartas a un amigo alemán, constatamos que el camino del amor es el elegido por Camus:

     «Pero al mismo tiempo que juzgue vuestra atroz conducta, recordaré que vosotros y nosotros hemos partido de la misma soledad, que vosotros y nosotros estamos, con toda Europa, en la misma tragedia de la inteligencia. Y a pesar de vosotros mismos, os conservaré el nombre de humanos. Para ser fieles a nuestra fe, estamos obligados a respetar en vosotros aquello que no respetáis en los demás. Durante mucho tiempo, esa fue vuestra inmensa ventaja, puesto que matáis con mayor facilidad que nosotros. Y hasta el fin de los tiempos, ese será el beneficio de quienes se os parecen. Pero hasta el fin de los tiempos, nosotros, que no nos parecemos a vosotros, tendremos que dar testimonio para que el hombre, por encima de sus peores errores, reciba su justificación y sus títulos de inocencia […]. A pesar de nuestros muertos desfigurados […], no tenemos, sin embargo, odio contra vosotros […]. Queremos destruiros en vuestro poder sin mutilaros en vuestra alma.»

     Camus distingue aquí dos grupos históricos de seres humanos: los verdugos, representantes del nihilismo del poder,  la violencia y el dinero, para quienes su facilidad para asesinar les otorga una notable ventaja, pero solo a corto plazo, pues conduce al callejón sin salida del sinsentido. Y, por otra parte, aquellos que siguen confiando en el ser humano, en la dignidad incondicional de cada uno de nuestros semejantes. Son quienes albergan en su corazón la esperanza casi utópica en un futuro mejor, problemático, pero posible. Son los dos modelos personificados en Los justos por Stepan y Kaliayev, respectivamente.

(Ramírez Medina, Ángel: La filosofía trágica de Albert Camus. El tránsito del absurdo a la rebelión. Málaga: Analecta Malacitana, 2001)