Hasta ahora, Von der Leyen y el resto de líderes europeos (con alguna honrosa excepción) no han hecho otra cosa frente al matonismo de Donald Trump que buscar aplacar su imprevisible y atrabiliario carácter mediante concesiones y buenas palabras, aunque podemos calificar su dócil actitud de tiralevitismo y pesebrismo vasallil. Y este no es el camino para frenar el ansia expansionista de la bestia.
Es un dislate que nos puede salir muy caro, porque cualquier educador que conozca los resortes más elementales de la psique humana, sabe que el camino más derecho para convertir a un niño en un sátrapa es acceder a todos sus caprichos. Mostrar una firme negativa ante las exigencias inagotables de su voluntad es la única manera de socializarlo.
La historia reciente nos da pruebas de ello y nos confirma la desmemoria patológica de la especie humana, que nos lleva de catástrofe en catástrofe, haciendo de la Historia algo muy parecido a la morcilla, que se elabora con sangre y se repite, como escribió Ángel González.
En septiembre de 1938, poco antes de iniciar su guerra de exterminio de millones de seres humanos y de aniquilación de Europa, Hitler y Mussolini fueron agasajados por los primeros ministros de Francia (Édouard Daladier) y Reino Unido (Neville Chamberlain) en la Conferencia de Múnich. En ella, los representantes de la Europa democrática aceptaron la anexión de los Sudetes (territorio de Checoslovaquia) a Alemania, buscando evitar la guerra. A eso se le llamó política de apaciguamiento. Hitler quería poseer esa cadena montañosa en la frontera entre la hoy extinta Checoslovaquia y Polonia aludiendo a razones de seguridad nacional y de supuestos derechos históricos, pues, según él, la mayoría de la población de esa región checoslovaca era alemana y los checos estaban masacrando a los alemanes de los Sudetes. Son similares a los motivos que hoy arguyen Donald Trump en Groenlandia y Sudamérica, así como Vladímir Putin cuando reclama la soberanía rusa sobre Ucrania y las antiguas repúblicas soviéticas. Por cierto, algún día habremos de explicar por qué desde posiciones progresistas no se han convocado aún, cuatro años después, grandes movilizaciones en Europa contra la ocupación rusa de Ucrania. ¿Será acaso esa omisión fruto del mismo y rancio tacticismo que llevó a buena parte de la izquierda comunista europea a no denunciar el apoyo de Stalin en los años treinta a la política colonialista de las potencias europeas en África, o en los años cincuenta a guardar un silencio cómplice ante la política expansionista y represiva de la URSS en Hungría; o bien, en la actualidad, a su infinita comprensión ante de la Cuba castrista o los desmanes del chavismo venezolano?
Los tiranos alemán e italiano ofrecían entonces a Europa paz a cambio de tierra. Sin embargo, como cabía esperar de la voluntad codiciosa y antojadiza de un niño consentido venido a más, Hitler no se contentó con la cesión y violó el acuerdo poco después de su firma, invadiendo Checoslovaquia el 16 de marzo de 1939.
Pero hubo más, pues, el 23 de agosto de 1939, a pesar del flagrante quebrantamiento del acuerdo y de la invasión militar, otro gran sátrapa de la época, Iósif Stalin, también intentó el apaciguamiento de la bestia aria. El Tratado de no agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS), conocido como pacto de no agresión nazi-soviético, fue firmado entre Alemania y la Unión Soviética por los ministros de Asuntos Exteriores de ambos países en Moscú. Tan solo nueve días después, Hitler daría comienzo a la Segunda Guerra Mundial.
A Trump y, desde luego, a Putin (y lo mismo vale para China, Corea del Norte o Israel) hay que decirles desde Europa ese poderoso monosílabo que han oído tan pocas veces: 'no'. Y hay que hacerlo antes de que ya sea demasiado tarde, aunque, tal vez, ya se nos haya agotado el tiempo. Y, acto seguido, habrá que afrontar las consecuencias económicas y militares que ese no pueda implicar con la fuerza de la unidad política, militar y económica de los países europeos en torno a las normas del derecho internacional .
