viernes, 3 de abril de 2026

Otra Semana Santa

Una procesión en Córdoba ©Eldiario.es

       Una semana santa más con la ciudad convertida en un escenario permanente para que hermandades y cofradías exhiban sus dorados y abigarrados tronos portando imágenes de seres sufrientes, torturados, muertos. Encapuchados y mujeres de mantilla acompañan con sus cirios el fúnebre cortejo. Traicionando la necesaria neutralidad ideológica que la Constitución establece y un elemental respeto a la diversidad exige, las autoridades civiles y militares se aprestan a ocupar un lugar destacado en estas vistosas y teatrales comitivas, luciendo también ellos sus galas para ganarse la simpatía de los muchos espectadores, foráneos y lugareños, que observan boquiabiertos desde las aceras. 
        Calles intransitables, calzadas pringadas de cera, orina y vómitos de quienes, tras el edificante espectáculo de masas, acuden sin sonrojo a olvidar su luto embriagándose en los muchos templos de Baco, que conjugan en estos días penitencia y carnaval. Al encender la televisión, más procesiones, oficios religiosos, películas y documentales ensalzando la figura del Cristo, un profeta que proclamó que no hay fronteras porque todos somos hijos de un mismo padre, que hay que compadecerse del hermano pobre y del que viene de lejos, que no hay que adorar imágenes porque a dios se le reza en espíritu y verdad, que hay que buscar la justicia y no la codicia porque no se puede servir a dos señores, que debemos envainar nuestras espadas y poner la otra mejilla, y que un rico no puede entrar en el cielo, porque este está reservado para los débiles, los enfermos, los perseguidos, los empobrecidos, los pacíficos. 

       Pero, tanscurridos estos siete días, todos vuelven a sus quehaceres sumidos en una profunda amnesia. Y, así, el rico torna a adorar el dinero; las autoridades religiosas, a sus brazos en cruz, a sus hábitos dorados y a sus palabras vacías; el político, a sus demagogias, a sus fuertes y fronteras, a sus guerras. Y la mayoría a sus trabajos y sus días, asistiendo boquiabiertos, inanes, a los indecentes fastos de los poderosos. 

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sábado, 21 de marzo de 2026

Hermosa gacela agazapada

 

El País, 21 de marzo 2026

   Hoy, en mi paseo por la Dehesa del Generalife, en esta hermosa mañana del equinoccio primaveral, cuando la Tierra, en su anual viaje astral en torno al Sol, alcanza ese milagro de la duración idéntica del día y la noche, se han topado mis pasos con dos hermosos rebaños. ¡Otro milagro! Uno de ocres, orondas y felices ovejas lojeñas de mirada paciente, que, acompañadas por el pastor y su corpulento y patoso san bernardo, pacen las tiernas briznas de la abundante hierba, prodigio aquí de diversidad, que han nacido al amor de las lluvias de este atípico y borrascoso invierno. El otro, igual de hermoso en este pletórico paisaje natural, pero más variopinto, lo forma un nutrido grupo de chicas adolescentes, con rasgos orientales algunas de ellas. Felices y saltarinas, guiadas por sus abnegadas maestras, me saludan sonrientes al cruzarse en mi camino. ¡Anuncian la primavera, el regreso de Proserpina tras su cruel secuestro invernal!

Qué bellos animales, qué bucólico paisaje, qué limpia armonía. Y qué lejos parecen quedar desde este aquí y ahora las maldades humanas.

Al descender a la urbe, doy con una nueva consonancia, esta más conspicua, más inmunda y banal. La descubro en la prensa de hoy: Abascal visita a Netanyahu, quien afirma considerar a este ejemplar de macho ibérico y a sus aliados europeos como "compañeros de armas". (Un nazi y un judío departiendo amistosamente. ¡Cuánto hemos avanzado!, pienso para mis oscuros adentros).

Qué distinto ese bendito rincón del mundo, allí entre los fértiles olivos, a los grises campos de batalla en Europa, en Oriente Próximo, en África arrasados por la codicia de corazones sin piedad. Aunque los tentáculos de esas guerras, sean próximas o lejanas, comienzan y terminan justo aquí al lado: anoche en el centro histórico de Granada, plaza de Martínez Contreras, una anciana se cobijaba de la fina lluvia bajo el alero de un tejado acurrucada sobre un viejo colchón. Junto a ella, un joven yacía en otro abrazado a un guiñapo de sucias mantas. Una desvencijada silla de ruedas aguardaba silenciosa a que acabe la noche. Al pasar yo, la anciana me saludó con un tímido "buenas noches", al tiempo que bajaba su lóbrega mirada hacia sus manos inertes. Atolondrado me sigo preguntado qué hacer.

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sábado, 14 de marzo de 2026

Glosas zambranianas

    Tienen larga tradición los glosadores en España. Así, las glosas emilianenses, de finales del siglo X o principios del XI, cuya autoría se atribuye a un monje del monasterio de Suso de San Millán de la Cogolla (La Rioja). Son anotaciones hechas en los márgenes de las páginas del Codex Aemilianensis 60 (de “Aemilianus”, “Millán” y “Emiliano”), que contiene textos de carácter litúrgico. Escritas en tres lenguas, latín, euskera y navarroaragonés, constituyen el primer registro gráfico de una lengua romance. Su finalidad era didáctica, dado que el latín, que seguía siendo lengua culta, había sido sustituido por las romances como lenguas vernáculas, las que usaba el pueblo. Servían, pues, para iluminar el oscuro significado del texto latino, aclarando a los estudiantes el sentido de algunas expresiones.

Debo confesar que, en mis lecturas, yo también soy proclive a hacer anotaciones marginales --en mis libros, se entiende-- y que no puedo evitar la maestril costumbre de corregir con lápiz las erratas con las que me voy tropezando. ¡Gran misterio este de los errores tipográficos que se ocultan a la vista de un lector, por minucioso que pretenda ser en su lectura, mientras que otro los detecta de manera inmediata, al primer golpe de vista!

Hace algún tiempo, comencé a leer las Obras Completas de María Zambrano, editadas por Galaxia Gutenberg bajo la dirección de Jesús Moreno Sanz. Un trabajo realizado con enorme esmero y profesionalidad. Enseguida me topé con el rastro de un petulante lector o lectora que, en un principio, me pareció minucioso, luego quisquilloso y, por último, irritante. Utilizando una plumilla de tinta negra y punta fina, el susodicho se había dedicado a marcar no ya las escasas erratas del texto, sino a modificarlo a su antojo, suprimiendo aquí un artículo, cambiando allí un adjetivo por otro o trasmutando más allá un tiempo verbal. Y se había tomado la tarea, tan titánica como fútil y perniciosa, de hacerlo en buena parte de los cuatro voluminosos tomos que atesora la Biblioteca Pública de Granada de esas obras. Como cabía esperar, hallé contraglosas de lectores indignados que me habían precedido en el funesto hallazgo: "Pero, ¿quién eres tú para corregir a María Zambrano?", preguntaba con santa ira un damnificado. A diferencia del pío amanuense riojano, este glosista parecía ser más bien un golfo. Las suyas no estaban motivadas por un afán pedagógico ni subsanador, sino por puro narcisismo.

Enfurecido y decidido a proseguir mis lecturas zambranianas, me propuse, al mismo tiempo, indagar en el rastro que había dejado con tozuda regularidad (siempre el mismo trazo negro) el inquisidor que osaba manchar los escritos de la filósofa, ocasionando un severo daño, que bien puede calificarse como atentado a un patrimonio público.

Dibujo hallado entre las hojas
del volumen I de las Obras Completas
de María Zambrano en la
Biblioteca Pública Provincial 
de Granada

 Así fui avanzando y soportando mal que bien aquella hermosa tipografía emborronada, página a página, volumen a volumen, hasta que en una de mis apacibles mañanas en la sala de lectura, mi detectivesca búsqueda encontró su recompensa: entre las hojas del volumen I, apareció una octavilla conteniendo el dibujo de un rostro humano ejecutado con cierta pericia (véase la imagen adjunta y dígase si tengo o no razón). He ahí la huella olvidada, me dije. Y, llevado por la habilidad grafológica que distingue a cualquier docente con décadas a sus espaldas corrigiendo manuscritos de sus alumnos, supe sin ninguna duda que el dibujante era el perpetrador de las infames glosas.

Ya tenía dos rasgos posibles para imaginar a quien perturbaba mis lecturas (¡y vaya usted a saber si no el descanso de María!): tal vez era filósofo de formación y, de seguro, sabía dibujar. ¿Se trataría de un autorretrato?, me preguntaba.

En el dorso de la octavilla, me pareció adivinar los rastros de un texto impreso que no llegaba a distinguir con suficiente nitidez. Lo guardé y esperé a estar en casa para examinarlo con mejor luz y la ayuda de un cristal de aumento. ¡Se trataba de un recibo de préstamo del ejemplar, donde se intuía el nombre del lector, autor del retrato y, por tanto, perpetrador de las glosas! L.V. C. son sus iniciales. Debo mantener aquí el anonimato de la que resultó ser inquisidora por no exponerla al escarnio público. Sus apellidos no eran excesivamente comunes, por lo que los introduje en el buscador con la esperanza de que no fueran muchas quienes a ese nombre respondieran. Solo una. Ahí estaba ella, licenciada en filosofía y artista de mediana edad con obra expuesta. No podía ser otra. Ya tenía nombre y rostro. Me dispuse entonces a contactarla (¿asumiría su culpa?, me preguntaba). No tuve éxito. Ahora, trasladaré los resultados de mis pesquisas a los responsables de la biblioteca con la esperanza de que les basten mis pruebas para amonestar a tan insólita como osada lectora… También espero que L. lea estas líneas y recapacite con contrita humildad sobre sus hábitos lectores cuando se trata de libros compartidos. 

Seguiré informando.

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sábado, 21 de febrero de 2026

María Zambrano frente a la derecha extrema española de 1936

Diario Regional
Valladolid, domingo, 19 de julio de 1936
Traigo aquí unas palabras de María Zambrano, escritas en los primeros envites de la guerra de España. Para nuestra desgracia, tienen una tremenda e inquietante actualidad. Porque, aunque las vías de contagio del virus de la intolerancia varían con el tiempo (antes, solo la prensa y la transmisión oral, la vox populi; ahora, se han sumado la televisión y, sobre todo, las redes sociales y la IA), las causas de la enfermedad (desigualdad social, injusticia e ignorancia) y sus síntomas (fanatismo, odio, violencia y tergiversación de los hechos) permanecen idénticos. ¡Nihil novum sub sole!

La derecha extrema, las “fuerzas vivas”, disponen hoy, tal vez, de más dinero, poder político y medios técnicos que nunca para extender su turbia red de odio, que envenena las vidas, las mentes, y que vende el espejismo de una esperanza fútil a los desheredados, a los desesperados, a quienes son sus propias víctimas. Son medios más diversos, atractivos, pregnantes; pero la situación política actual guarda una similitud extraordinaria, estremecedora, con la que vivieron Europa y España tras la crisis de los años veinte. Tanto, que bien podrían pasar las palabras de María por una crónica de hechos actuales.

Las líneas que siguen aparecieron publicadas bajo el título Los intelectuales en el drama de España en el año 1937, en la editorial Panorama de Santiago de Chile, adonde la filósofa se encontraba con su marido, Alfonso Rodríguez Aldave, agregado cultural en la embajada española en esa ciudad desde octubre de 1936. En junio de 1937, regresan ambos a la patria, impelidos por la necesidad de luchar en suelo español en defensa de las libertades amenazadas por el golpe de estado del general Franco, que echaba por tierra las esperanzas que habían encarnado los miembros de la Edad de Plata y la República.

«¿Cómo creer que el fascismo, nacido de la impotencia del idealismo europeo para superarse, de la enemistad europea con la vida, de su adolescencia marchita y estancada, fuese a prender entre nosotros, los españoles? (…) Los oficialmente españoles, los que habían establecido el estanco del patriotismo y poseían título oficial de defensor de la patria (…) De ellos descienden los que hoy, al grito de “¡Arriba España!”, la entregaron a ejércitos del fascismo hambriento que quiere la riqueza de nuestro sol y de nuestras minas. Entonces no llegaron a tanto, pero malversaban los fondos en Cuba y en Filipinas, huían a Marruecos y desconocían cada vez más a su pueblo (…) Los otros, los españoles herejes, los que gemían y gritaban por España, los que la iban buscando por montes y valles, por ciudades y libros, vivían en plena rebeldía, mirados con terrible hostilidad por las clases oficiales, por las llamadas “fuerzas vivas” (…) La horrible represión de Asturias muestra de cuánto eran capaces los “concesionarios” de la patria. Inmediatamente, los antiguos tópicos se endurecieron más aún y los periódicos de la derecha y católicos se artillaron y comenzaron a disparar sus proyectiles cada vez más acerados (…) Se elaboró la teoría de la patria y de la antipatria, de la España y la anti-España (…) Algo así, tan sagrado como España, lo justifica todo: la terrible prensa, el odio y desprecio de las clases conservadoras hacia el intelectual…Todo.»

Y cita María las reflexiones de Juan de Mairena, el filósofo castizo, heterónimo del gran Antonio Machado --mañana se cumplen 87 años de su muerte en Colliure, lejos del hogar--:

«La patria es en España un sentimiento esencialmente popular del cual suelen jactarse los señoritos. En los trances más duros, los señoritos la invocan y la venden, el pueblo la compra con su sangre y no la mienta siquiera.»

Junto a la María Zambrano mística, hierática y contemplativa, hay otra muy combativa por una España libre, igualitaria y culta

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viernes, 20 de febrero de 2026

Zambranian Glosses

The tradition of the glosador (glosser) has a long history in Spain. Take, for instance, the Glosas Emilianenses from the late 10th or early 11th century, attributed to a monk at the Suso Monastery in San Millán de la Cogolla (La Rioja). These are marginalia found in the pages of Codex Aemilianensis 60 (from “Aemilianus,” “Millán,” and “Emiliano”), which contains liturgical texts. Written in three languages—Latin, Basque, and Navarro-Aragonese—they constitute the first written record of a Romance language. Their purpose was educational; since Latin remained the language of the learned, it had been replaced by Romance vernaculars for everyday use. Thus, they served to illuminate the obscure meaning of the Latin text, clarifying the sense of certain expressions for students.

I must confess that, in my own reading, I am also prone to making marginal notes—in my own books, of course—and I cannot help the teacherly habit of pencil-correcting the typos I stumble upon. What a great mystery these typographical errors are: they remain hidden from one reader, no matter how meticulous they try to be, while another detects them instantly, at first glance!

 

Drawing found between the pages of Volume I
of the Complete Works of María Zambrano
at the Provincial Public Library of Granada.
Some time ago, I began reading the Complete Works of María Zambrano, edited by Galaxia Gutenberg under the direction of Jesús Moreno Sanz. It is a work produced with enormous care and professionalism. However, I soon crossed paths with the trail of a petulant reader who, at first, seemed meticulous, then finicky, and finally, irritating. Using a fine-tipped black ink pen, this individual had dedicated themselves not just to marking the text's rare errata, but to modifying it at will—deleting an article here, swapping one adjective for another there, or transmuted a verb tense further along. They had taken on the task—as titanic as it was futile and pernicious—of doing this throughout a good portion of the four voluminous tomes held by the Public Library of Granada. As expected, I found "counter-glosses" from indignant readers who had preceded me in this dismal discovery: "But who do you think you are to correct María Zambrano?" one victim asked with holy wrath. Unlike the pious Riojan scribe, this glosser seemed more like a scoundrel. Their notes were not motivated by a pedagogical or corrective urge, but by pure narcissism.

Infuriated yet determined to continue my Zambranian readings, I set out to investigate the trail left with stubborn regularity (always the same black stroke) by the inquisitor who dared to stain the philosopher's writings, causing severe damage that could well be described as an attack on public heritage.

And so I moved forward, tolerating as best I could that beautiful typography blurred page after page, volume after volume, until on one of my peaceful mornings in the reading room, my detective search found its reward: between the leaves of Volume I, a small slip of paper appeared containing the drawing of a human face executed with some skill (see the attached image and tell me if I am right). There is the forgotten footprint, I told myself. And, driven by the graphological skill that distinguishes any teacher with decades of correcting student manuscripts under their belt, I knew without a doubt that the artist was the perpetrator of the infamous glosses.

I now had two possible traits to imagine the person disturbing my reading (and who knows if María’s rest as well!): perhaps they were trained in philosophy and, certainly, they knew how to draw. Was it a self-portrait? I wondered.

On the back of the slip, I thought I could make out the traces of printed text that I couldn't distinguish clearly enough. I tucked it away and waited until I was home to examine it under better light and with the help of a magnifying glass. It was a library loan receipt for that very copy, where the name of the reader—the author of the portrait and, therefore, the perpetrator of the glosses—could be intuited! L.V.C. are her initials. I must maintain the anonymity of the woman who turned out to be the inquisitor to avoid exposing her to public scorn. Her surnames were not excessively common, so I entered them into a search engine hoping there wouldn't be many who answered to that name. Only one. There she was: a philosophy graduate and middle-aged artist with exhibited work. It could be no one else. I finally had a name and a face. I then prepared to contact her (would she admit her guilt? I wondered). I had no success. Now, I will pass the results of my inquiries to the library staff in the hope that my evidence is enough to reprimand such an unusual and daring reader... I also hope that L. reads these lines and reflects with contrite humility on her reading habits when it comes to shared books.

I will keep you informed.

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Beautiful Crouching Gazelle

El País, 21 de marzo 2026

     Today, on my walk through the Dehesa del Generalife, on this beautiful morning of the spring equinox—when the Earth, on its annual astral journey around the Sun, achieves that miracle of equal duration for day and night—my steps happened upon two beautiful flocks. Another miracle!

One of ochre, plump, and happy Lojeña sheep with patient gazes; accompanied by their shepherd and his burly, clumsy Saint Bernard, they graze on the tender blades of abundant grass—a prodigy of diversity here—born from the embrace of the rains of this atypical and stormy winter. The other flock, equally beautiful in this overflowing natural landscape but more diverse, is formed by a large group of adolescent girls, some with East Asian features. Happy and leaping, guided by their selfless teachers, they greet me with smiles as our paths cross. They herald the spring, the return of Proserpina after her cruel winter abduction!

What beautiful animals, what a bucolic landscape, what clean harmony. And how far human wickedness seems from this here and now.

Upon descending to the city, I encounter a new consonance, this one more conspicuous, more foul and banal. I discover it in today’s press: Abascal visits Netanyahu, who claims to consider this specimen of "Iberian male" and his European allies as "brothers-in-arms." (A Nazi and a Jew conversing amicably. How far we have come!, I think to my dark inner self).

How different that blessed corner of the world, there among the fertile olive trees, from the gray battlefields in Europe, the Middle East, and Africa, devastated by the greed of pitiless hearts. Yet the tentacles of those wars, whether near or far, begin and end right here next to us: last night in the historic center of Granada, at Plaza de Martínez Contreras, an elderly woman took shelter from the fine rain under the eaves of a roof, huddled on an old mattress. Beside her, a young man lay on another, clutching a ragtag pile of dirty blankets. A rickety wheelchair waited in silence for the night to end. As I passed, the old woman greeted me with a timid "good night," while lowering her somber gaze toward her inert hands. Bewildered, I continue to wonder what to do.

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lunes, 2 de febrero de 2026

Bad Bunny y… ¡Albert Camus!

 

A pesar de nuestros muertos desfigurados, no tenemos odio contra vosotros. Queremos destruiros en vuestro poder sin mutilaros en vuestra alma (Cartas a un amigo alemán. 1944)

  

A. Camus (1913-1960) en Combat
Rue des Archives (©Rene Saint P / Cordon Press)
-El País, Cultura 13/12/2023-

       Ayer, al recoger uno de los Grammy, el puertorriqueño y actual estrella mundial de la música Bad Bunny, autor del primer disco en español galardonado con el premio al mejor álbum del año, pronunció estas palabras: «Antes de darle las gracias a Dios, debo decir: ¡fuera ICE! No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos. Somos americanos. Lo único más poderoso que el odio es el amor. Por favor, tenemos que ser diferentes. Si luchamos, tenemos que hacerlo con amor. Nosotros no les odiamos. Amamos a nuestra gente, amamos a nuestras familias, y ese es el modo de hacerlo.»

     Estas declaraciones del cantante me han traído a la memoria a Albert Camus. En concreto, tres de sus obras: El estado de sitio –un drama ambientado en una Cádiz sitiada por el totalitarismo--, Los justos –la historia dramatizada de un grupo de soñadores que quieren cambiar el mundo por métodos violentos—y Cartas a un amigo alemán –un conjunto de misivas a un joven nazi al que le advierte que la victoria no vendrá por las armas, el asesinato y el miedo, sino por el camino del amor y la dignidad–.
     El miedo y el odio son enemigos de la felicidad. Este es el secreto de la rebeldía de Diego, héroe de El estado de sitio, que libera Cádiz de la autocracia, representada por La peste, cuando descubre que esos son los dos baluartes sobre los que apoya su poder tiránico para mantener sitiada la ciudad. La derrota del déspota comienza a fraguarse cuando Diego exclama: «¡Ni miedo, ni odio, ésa es nuestra victoria!».
     En el año 1944, en sus Cartas a un amigo alemán, constatamos que el camino del amor es el elegido por Camus:

     «Pero al mismo tiempo que juzgue vuestra atroz conducta, recordaré que vosotros y nosotros hemos partido de la misma soledad, que vosotros y nosotros estamos, con toda Europa, en la misma tragedia de la inteligencia. Y a pesar de vosotros mismos, os conservaré el nombre de humanos. Para ser fieles a nuestra fe, estamos obligados a respetar en vosotros aquello que no respetáis en los demás. Durante mucho tiempo, esa fue vuestra inmensa ventaja, puesto que matáis con mayor facilidad que nosotros. Y hasta el fin de los tiempos, ese será el beneficio de quienes se os parecen. Pero hasta el fin de los tiempos, nosotros, que no nos parecemos a vosotros, tendremos que dar testimonio para que el hombre, por encima de sus peores errores, reciba su justificación y sus títulos de inocencia […]. A pesar de nuestros muertos desfigurados […], no tenemos, sin embargo, odio contra vosotros […]. Queremos destruiros en vuestro poder sin mutilaros en vuestra alma.»

     Camus distingue aquí dos grupos históricos de seres humanos: los verdugos, representantes del nihilismo del poder,  la violencia y el dinero, para quienes su facilidad para asesinar les otorga una notable ventaja, pero solo a corto plazo, pues conduce al callejón sin salida del sinsentido. Y, por otra parte, aquellos que siguen confiando en el ser humano, en la dignidad incondicional de cada uno de nuestros semejantes. Son quienes albergan en su corazón la esperanza casi utópica en un futuro mejor, problemático, pero posible. Son los dos modelos personificados en Los justos por Stepan y Kaliayev, respectivamente.

(Ramírez Medina, Ángel: La filosofía trágica de Albert Camus. El tránsito del absurdo a la rebelión. Málaga: Analecta Malacitana, 2001)