Leyendo a María Zambrano (Lola Valle Atencia) (VIENE DE LA PÁGINA PRINCIPAL)
(y OTROS ARTÍCULOS)
(Texto de la intervención del autor del blog en la presentación de Leyendo a María Zambrano. Un regalo de la Aurora, de Lola Valle Atencia. (Ed. Sociedad de Amigos de la Cultura-SAC de Vélez-Málaga, 2025), que tuvo lugar en la Biblioteca pública municipal “Escritor José Asenjo Sedano”, de Guadix. 12 de diciembre de 2025)
Leer a María
Zambrano, filósofa-poeta y mujer comprometida con las luchas necesarias —pues
su filosofía quiere ser guía, maestra de vida—, es siempre una tarea
estimulante, y hacerlo a través de la lúcida lectura de Lola me ha permitido
hallar nuevos significados en su obra.
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| De izquierda a derecha: Lola López Raya, Lola Valle Atencia y Ángel Ramírez Medina (Biblioteca pública de Guadix) |
Lola lee a Zambrano desde el horizonte de su propia peripecia vital, a la luz de sus experiencias y de su sensibilidad poética. María reivindica los sentires como fuente de conocimiento, como base de su razón poética, y Lola encamina su personal lectura en esta línea. María tiene querencia por el término “sentires”, que denota tanto nuestra percepción del mundo a través de los sentidos (tan despreciados por la filosofía tradicional), como nuestra reacción emocional ante la realidad circundante —la circunstancia orteguiana—, así como la comprensión y gestión que hacemos de esas emociones y sentimientos: «La
Aurora unifica los sentires —escribe Zambrano—, transformándolos en sentido» (De la Aurora). Se trata de un
aspecto esencial de su método de conocimiento, que podemos entender como un
nuevo modelo de razón (razón poética) en liza con el canon de racionalidad clásica; si bien,
el debate hoy no parece estar ya tanto entre la razón argumentativa y la razón
poética, sino entre la barbarie —entendida como una
ausencia radical de identidad reflexiva— y algún tipo de razón.
Este hermoso libro, de cuidada edición y escrito en una bella prosa poética, se abre con un enjundioso prólogo de la profesora Alicia Berenguer. Es una edición iluminada por las ilustraciones de Fernando Robles, seis dibujos sencillos y elegantes en los que vemos a una joven Zambrano leyendo, caminando, reposando, levitando, saludando y oteando el horizonte, siempre con una figura ovalada a modo de corona o de constelación que nos invita a dirigir la mirada hacia el misterio, hacia lo otro — "La corona de los seres" es el título de uno de los apartados de Los bienaventurados (1990).
En
la filosofía española actual, veo crecer a nombres que bien podemos ubicar bajo
la razón poética. Como el de la filósofa Chantal Maillard, con títulos como La
creación por la metáfora (1992) o La razón estética (2017); o el
filósofo y músico Ramón Andrés con su Filosofía y consuelo de la música
(2020) o Despacio el mundo (2024). Ambos, filósofos y poetas. Por
cierto, en la selección de los cincuenta mejores libros editados en España en
los últimos 50 años del suplemento cultural Babelia del diario El
País, Claros del bosque aparece en una destacada novena posición.
El libro de
Lola, estructurado en tres grandes bloques y un epistolario final, hace un
recorrido emocional y poético por la obra de Zambrano, mas también por su
propia vida y la de la filósofa. Lola Valle es poeta, y sus versos van
modelando e iluminando sus vivencias y sus lecturas. En
sus páginas, encontramos términos que están en franco retroceso hoy, como
“contemplar”, “lentitud”, “escucha”, “gratitud” o “interior”. Son, en palabras
de Lola, sus «resonancias con María Zambrano», a la que entiendo que llega a
percibir cuasi como su alter ego.
En el apartado
titulado “El padre”, que abre la primera gran sección del libro ("Tiempos, rostros y lugares. Una lectura vinculada a la experiencia"), se recogen
las dos enseñanzas que destaca María entre las recibidas de su padre: la
escucha y el amor a la verdad. En María está siempre presente el recuerdo
entrañable de su padre alzándola en brazos cuando ella, muy niña, quiere
alcanzar los altos frutos del limonero en el patio de la casa familiar, en la
calle Mendrugo. Y entrelaza Lola los recuerdos de María con los suyos propios
en el tejer y destejer el misterio de la propia identidad como tarea filosófica
primera. Así quedó establecido por el oráculo défico (“Conócete a ti mismo”) y, antes,
por Heráclito, que, al final de sus días, resumía en un “me he buscado a
mí mismo”, su perpetua indagación en el oscuro abismo interior.
En
“Con las claras del día”, Lola escribe: «el agua que corre más clara con la aurora. La
mañana de la acequia es mi intralenguaje, con el que me entraño, con el que
acierto a adentrarme en María», siendo ella quien evoca ahora el recuerdo íntimo
de su padre acudiendo cada amanecer a la acequia para dar riego a los
germinantes sembrados. Y añade: «Se quedaba traspuesto mirando las claras del
día, y no sé de dónde él —que no tenía letras, que no sabía leer siquiera— sabía
que don Quijote había empezado con el alba su andadura» (pág. 26). En
efecto, era una sociedad en la que libros y bibliotecas escaseaban, carencia
que solo la perspicacia de algunas buenas maestras y maestros podía suplir con la lectura
en voz alta de los textos clásicos en aquellas aulas desnudas.
Juan
Fernando Ortega, profesor de Lola Valle, gran conocedor de la obra de María y
presidente durante décadas de la Fundación que lleva su nombre, comenzaba sus
clases leyendo un texto de la pensadora andaluza, aunque, en ese momento, Lola
no apreciaba aún la grandeza de esas letras: «He necesitado muchos amaneceres
hasta entender que María me estaba ofreciendo el silencio de mi padre y los
versos de Machado» (p. 27). El silencio es esencial para María. Silencio no es solo ausencia de ruido, sino también quietud, oscuridad, vacío, soledad e incluso austeridad, renuncia a las cosas materiales, que generan tantas preocupaciones como ruido interior. Es un valor esencial sobre el que edificar un nuevo humanismo. Ahora, en estos días prenavideños, podemos comprobarlo en nuestras ciudades con los aturdidores alumbrados y sus calles llenas de cachivaches.
“Abril”
se titula otro de los apartados de esta primera sección. En este mes que
perfuma el azahar, se proclama la segunda República española, pero es también
el mes de la noche de la dictadura —pues fue un 1 de abril cuando se rubricó la
victoria franquista—. Y en abril nacieron María y su hermana Araceli. Y el
padre de Lola (1916). Escribe Lola: «María se siente ser parte del pueblo que
funda la nueva España y destierra el viejo clasismo», y evoca los días
alborozados que viven María y Araceli de proclamación de la II República en
Madrid, tras las elecciones del día 12, en las que, por cierto, no pudieron
votar ellas ni ninguna otra mujer.
En el
apartado “Chile”, Lola describe la llegada de María a este país en
noviembre de 1936 con su marido, Alfonso Rodríguez, unos meses después del
inicio de la guerra. Esta ha tenido tiempo de mostrar ya su rostro más feroz. A
Federico lo habían asesinado el 19 de agosto: «la sangre española ya se estaba
derramando», escribe Lola. Pero María y Alfonso deciden regresar, porque la
patria los necesita. En 2022, con compañeros del SAT-Renacimiento (un programa de
terapia psíquico-espiritual vinculada a la Gestalt), Lola visita Valparaíso en
Chile, ciudad portuaria a poco más de 100 km. de Santiago. Como le sucediera a
María, no se siente extranjera en América: «Pues es América una iniciación a lo
primordial (…) para sentirte golondrina que no se ha separado del aire primero»
(p. 38).
Viene
después el exilio, recogido en el capítulo “La frontera”. Tras la caída de
Barcelona en manos de los militares golpistas, todos saben ya que la guerra
está perdida. Es cuestión de tiempo. María sale el 27 de enero de 1939 por la
Junquera con su hermana, su madre y sus primos José y Rafael Tomero. Viajan
en un coche oficial, un Hispano-Suiza asignado a Manuel Muñoz, militar y
político republicano, director general de Seguridad en el Madrid sitiado. Es la
pareja de Araceli, que ya ha roto relaciones con su marido Carlos Díez, médico.
Este no les acompaña, a pesar de lo que indican algunas fuentes. Cuenta Lola la
anécdota (que, en realidad, es apócrifa —como la propia Lola Valle refiere unas
líneas más abajo remitiéndose a Marifé Santiago, buena conocedora de Zambrano—)
del encuentro de María con Antonio Machado, su madre enferma, su hermano José y
su cuñada Matea Monedero. María propone a Machado subir a su coche con su
madre, pero este le responde que prefiere salir de España a pie como el resto
de sus compatriotas, uniéndose entonces María a su derrotado caminar. Es la
terrible experiencia de la huida, con una multitud de vehículos y gente a pie,
hambrienta, cargados con sus escasas pertenencias, enferma, aterida por el frío
de ese duro invierno. Sin embargo, sabemos que don Antonio saldrá por otra
frontera, por el Coll dels Belitres en Portbou y que lo hace dos días después,
el 29 de enero. Lola escribe: «Pero ese dato histórico no es lo más importante.
No hago un estudio ni académico ni riguroso sobre la pensadora sentidora (…) y
me permito soñar, ensoñar, hacer proyecciones a mi vida, anotar resonancias, y
percatarme de lo que su lectura da a mi búsqueda en el conocerme» (p. 42). “Pensadora
sentidora” nos remite aquí, de nuevo, a la razón poética zambraniana, esa
razón que debe sentir y ese sentir que debe pensar (en opinión de su admirado
Unamuno); o bien, ese corazón que tiene razones que la razón no entiende, según Blaise Pascal, otro filósofo enamorado de los números y de lo insondable,
como María.
Tras dejar
Hispanoamérica, María se establece en Roma (1953-1964). Allí vivirá once años
con su hermana y con sus gatos —hasta dos docenas
llegaron a tener ¡a la vez!, según precisa Jesús Moreno Sanz en su Mínima biografía
(pág. 128)—. En el capítulo titulado con el nombre de la capital italiana, Lola
relata su propio viaje a Roma, motivado por su deseo de, además de en sus
libros, encontrarse con María en sus lugares, «pisar las calles que tú pisaste.»
Visita al Caffé Greco, tan frecuentado por María y por los exiliados
republicanos; o la iglesia de Santa María della Vittoria, donde la filósofa se
sentaba a contemplar El éxtasis de Santa Teresa, obra maestra de
Bernini. Y de Roma, mudarán su domicilio las hermanas nómadas al Jura francés,
en una casita en La Pièce, una aldea entre extensos bosques.
En 1972, muere
Araceli, a quien María iguala a Antígona, la joven arrastrada por el amor y la
piedad hacia su hermano y, antes, hacia su padre ciego, Edipo, el
inocente-culpable. Había nacido Araceli en Segovia cuando María tiene ya siete
años. «Nace Araceli. Una maravilla. Esa maravilla que es tener una hermana. La
hermandad, ella me trajo la hermandad.» Lola suscribe esta declaración de amor fraternal.
Tras la dolorosa pérdida, María visita Grecia: Delfos, Atenas, Eleusis, lugares
morada de filósofos y divinidades, de trascendencia, de apertura al misterio, a
lo otro. Como Perséfone-Proserpina habla desde el submundo con su madre Deméter-Ceres,
ahora es Araceli quien habla a María desde la tierra, desde su sepultura de La
Pièce. También Lola Valle visita Atenas cuando fallece su madre. Para Lola, «viajar
a Grecia es viajar a nuestro interior.» (p. 57) Las ruinas —y el templo es la
ruina perfecta según María— son símbolos de la permanencia y el fracaso, del
surgimiento de la identidad y del regreso a la unidad primigenia. Y sitúa Lola
ambos viajes, el de María y el suyo propio, en el itinerario del crecimiento
personal. Se trata de una estación más en la búsqueda, junto a su formación en
Terapia Gestalt, en yoga, en teatro, en caminatas por lugares profanos y
sagrados (Santiago de Compostela): «el hallazgo de la ruina fértil —escribe
Lola—.»
En el
capítulo titulado “Hermana (Segovia-1911, La Pièce-1972)”, aparecen
otras dos fechas, 1953-1982, que se corresponden con el nacimiento y la muerte
de Anita, la hermana de Lola. Se establece un nuevo paralelismo, pues, de
experiencias vitales. «Antígona la piadosa, la buena hermana», escribe María en
La tumba de Antígona.
Evoca aquí
Lola el reencuentro de María, que viene de su exilio americano, con Araceli en
el aeropuerto parisino de Orly el 6 de septiembre de 1946 tras su larga separación,
pues Araceli y la madre han quedado en París atrapadas por la guerra y la
ocupación nazi. Al verla a lo lejos, «sintió la soledad de Araceli (…) Sintió
que su hermana se había desentrañado, sintió cómo la historia sangrienta de
Europa había devorado sus entrañas.» (Delirio y destino). La madre
acababa de morir. Araceli ha vivido además el horror de los cuatro años de
ocupación nazi, la prisión y tortura de su pareja Manuel Muñoz Martínez. También
ha padecido Araceli tortura psicológica por parte de un miembro de la Gestapo,
tanto en sus visitas a Manuel en la cárcel, como fuera de ella. Manuel acaba
siendo deportado a la España franquista y fusilado.
Lola, que
tiene 19 años cuando fallece su hermana Anita, escribe desnudando su corazón al
único abrigo de las vivencias de María: «No sin ayuda estoy transformando el
dolor por su enfermedad, su agonía y su muerte en un agradecido recuerdo, en un
camino recibido».
La segunda
seccción del libro se titula “Honrando a María Zambrano en Vélez-Málaga.
2023. Paseos vinculados a la amistad”. El parque María Zambrano, la Plaza de
las Carmelitas, la calle Mendrugo o la Tribuna de los pobres son los
escenarios veleños donde se desarrollan los avatares aquí recogidos. Lola pasea
con cinco amigas por Vélez siguiendo las huellas de la pensadora, un paseo
iluminado con las palabras de gratitud de María por el don de la belleza
recibida: «Abrir los ojos a la luz sonriendo; bendecir la mañana, el alma, la
vida recibida, la vida ¡qué hermosura! Sonreír al universo, al día que avanza.»
(Del poema La pensadora del aura.)
En la
calle Mendrugo, estaba la casa-escuela de la familia Zambrano. Los padres, Blas y Araceli, eran maestros. De ella solo
queda hoy la aldaba de la puerta. Joaquín Lobato, pintor veleño, encabezó una
comisión que, en 1983 —un año antes del regreso a España— visita a María en su
casa de Ginebra, su última residencia del exilio, para llevarle como obsequio
el llamador de la puerta de la casa familiar, que ella, que salió de Vélez con
solo cuatro años, no alcanzaba sino en los brazos de su padre. Al entregárselo
cuenta Lobato en El acontecer y la presencia (1998) que «su voz se hizo
infantil al decirnos: Aquí pondría la mano mi padre. Agachó entonces su cabeza
y el silencio se llenó de una ternura indescifrable.»
El último
capítulo de esta sección, “En la tumba de María Zambrano y Araceli”, se abre
con un enigmático texto de Claros del bosque: «del sueño y de ciertos
estados de vigilia se puede despertar de este privilegiado modo que es
despertar sin imagen. Despertar sin imagen (…) es el privilegio inextinguible,
mas que no se puede descifrar.» Con tres limones y tres claveles blancos —evocando
la costumbre ritual de María y Araceli en la basílica pitagórica de Roma— las
amigas se acercan al sepulcro de María. Un gato aparece en la escena. Ellas
ofrecen sus primicias a las hermanas y a la madre. Tras la ofrenda y la lectura
en voz alta de Claros del bosque, se formula un ruego. Lola pide a María
permiso para leerla, para escribir sobre ella; y, sobre todo, para “leerme en
ella”.
El tercer bloque
del libro, “Somos la sombra de los sueños. Vinculada a la noche, atrévete a soñar", se abre con fragmentos de El sueño creador (1965) (p. 107). «La
congénita mentira en que la criatura humana parece tenga necesidad de
envolverse»; «Al entrar en el sueño, el hombre deja cuanto es posible de ser
persona para volverse criatura.» En sueños, Lola habla con María y vuelve a
pedirle ser su “hija literaria”, hermana de las “otras hijas que te escriben
(…) que te ensueñan” (p. 110); y la “madre literaria” le recuerda que la
escritura es amor y le exhorta a escribir «solo aquellos días en los que
sientas amor.» (Capítulo “Ensoñando con María”).
Y una
nueva coincidencia biográfica: Ana, la madre de Lola, nace el mismo día que lo
hizo el único hijo de Zambrano, un niño que murió al poco de nacer, y que ella
llama “mi nene” en sus cartas juveniles a Gregorio del Campo, el padre de la
criatura.
“Criatura”
es el título del siguiente apartado, que se abre con unas palabras de Los
bienaventurados (1979): «La simplicidad única del bienaventurado.» La vida
campestre es aquí ejemplo de esa beatífica sencillez, como establece Albert
Camus cuando habla del perfecto acoplamiento del animal a su
entorno-circunstancia. Y acude a nosotros el tópico Beatus ille de
Horacio, que inspira a los místicos cristianos y cristaliza en los versos de
Fray Luis de León: «¡Qué descansada vida la del que huye del mundanal ruido, y
sigue la escondida senda, por donde han ido los pocos sabios que en el mundo
han sido.» Zambrano se refiere a aquellos que viven con serena austeridad, y
cita como ejemplo a exiliados, a místicos y a poetas: bienaventurada es la
persona feliz, feliz con lo que es y con lo que hay.
Y en “Ensartar
la aguja en el sueño lúcido de la noche”, leemos un hermoso texto de Delirio
y destino sobre la noche y el sueño como refugio al abrigo de las miradas
ajenas que nos juzgan y nos ubican en un personaje que, a veces, nos disgusta o
sentimos ajeno. (Sartre dejó escrito que «El infierno son los otros»). Y Lola:
«Esos mandatos externos, esos “deberías”, que acabamos introyectando —en
lenguaje gestáltico— hace que nos enjuiciemos constantemente, hasta el extremo
de no vernos a nosotras mismas como personas legítimas.» Hace mención a las
difíciles circunstancias de su propio nacimiento en 1962, cuando una pertinaz
sequía se dejó sentir en el campo del sur, obligando a su madre embarazada a
plantearse si deseaba que naciera una criatura que tal vez no podría sacar
adelante. Y añade: «Mi primer NO fue el haber sido gestada, concebida. No era
el momento de nacer.» (pág. 123) Y alude luego a los muchos NOES con que fue
topando en su travesía existencial: «No a tener una guitarra, a pasar horas
leyendo libros, a andar sola por los caminos, a viajar, a bailar, a perder el
tiempo…»
Frente a
las muchas resistencias de los otros —y la resistencia es el signo distintivo
de la realidad que nos envuelve, según Ortega—, la joven María encontró la
Filosofía; y Lola «la lectura de sus libros (de Zambrano), su rostro al
amanecer. Una guía para la transformación» (p. 125). Y añade: «Mujeres de
muchas generaciones tenemos como base de nuestro carácter la carencia, el NO.»
Y alude a la envidia como pasión (pasión triste, que diría Spinoza) como
característica de este carácter, empujado por una permanente avidez o deseo. La
naturaleza de la envidia se descubre a través de la metáfora de la visión:
envidia de in-videre (in: hacia, contra; videre: mirar), “mirar con
malos ojos”. A la envidia dedica María un capítulo de El hombre y lo divino:
«La avidez es propia de algo que necesita crecer, crecer o transformarse, dejar
de ser lo que es.» Pero quien alcanza la soledad —una “conquista metafísica” la
denomina Zambrano en esta misma obra—, ya no siente envidia, ni avidez, ni
deseo, pues ha alcanzado su propia identidad que es «quietud, reposo y
certidumbre.»
Lola busca
en María claves para interpretar sus propios sueños. En Delirio y destino,
leemos: «la imagen (propia) es un maleficio; no por ser creada a nuestras
expensas se nos hace visible en modo grato (…) Esa imagen es lo que se enfrenta
en realidad con el prójimo»; y también: «quería ser fiel a aquella desnudez en
que se vio; su verdad. Había cobrado horror a su propia imagen.» Y es que, como
personas formamos parte de una colectividad en la que ejercemos nuestro papel.
Somos personajes, del griego prósopon, per sonare en latín: “para
sonar”, que designaba la máscara actoral del teatro clásico. Todos somos
actores.
El
apartado titulado “¿Piensa o sueña?” se inicia con el poema Agua ensimismada
de Zambrano cuyo último verso es: «Si tú te miras, ¿qué queda?» A Lola le llega
este poema en un retiro organizado en torno al “Silencio del Yo”. Aquellos
días, en el curso de una meditación le es ofrecido el poema como guía por el
director del retiro. Se trata en él de la liberación de la carga del “yo”,
según el budismo Zen o la espiritualidad sufí del hispano Ibn Arabí —que tanto
interesan a Zambrano—, de las máscaras e imágenes superpuestas a ese ser
íntimo, conectado con la vida. Canta el poema zambraniano al «mármol (que) fue
ave alguna vez», y «el cristal (que fue) aire o lágrima» y se pregunta si
«lloran su perdido aliento», aludiendo a esa primigenia unidad de la que todos
formamos parte.
Aparecen a
continuación fragmentos de Diotima de Mantinea, personaje al que se
alude en El Banquete de Platón. La pitagórica Diotima enseña a Sócrates
la naturaleza de Eros, el Amor: un ser mendicante, incompleto, hijo de Pobreza
y de Abundancia. Diotima, «excluida del espacio público», dominio exclusivo de
los varones. El amor es mediador entre lo humano y lo divino. Sócrates recibió
también la misión filosófica y la consigna que debía guiarla por boca de otra
mujer anónima: la pitonisa de Delfos: «Sócrates es el más sabio de los hombres»,
proclama su oráculo. Él, sin embargo, reconoce su ignorancia (“Sólo sé que no
sé nada”), y ese reconocimiento —la docta ignorancia—, fruto del consejo
délfico (“Conócete a ti mismo”), será el emblema de su misión y la mejor
expresión de su sabiduría ágrafa.
Y recoge
Lola el nombre de otras Diotimas silenciadas: Aspasia de Mileto, Hypatia de
Alejandría o Fátima de Córdoba, atendiendo al llamado de María, que le pide:
«Nombra las manos de mi madre y de la tuya. Nombra las manos de todas las
mujeres que siempre estuvieron haciendo algo, que dieron de beber, que sanaron.
Nómbralas.» (p. 137).
Concluye
esta sección con una reflexión metaliteraria que pretende responder a la
pregunta acerca de “¿Para qué se escribe?”. Para «defender la soledad en que se
está», según María. Lola, por su parte, dice escribir «para ser escuchada
atentamente (…) con la plenitud que concede el tiempo lento» (p. 140); y «para
descubrirme (…) y por necesidad (…) para tener una habitación propia.» Y añade:
«Necesitar que me lean no es vanidad. Es tener la humildad de reconocerme parte
de la comunidad (…) Escribo sobre María a la par que escribo sobre mí misma.»
(p. 141). Y es que María ha venido a ser para ella su propia pitonisa, su
intermediaria, aunque, en ocasiones, confiese con humildad que no entiende sus
palabras. Se escribe para reconquistar la derrota íntima, que supone el hablar. Zambrano describe el acto de escribir como una experiencia profunda, casi sagrada,
como un sacerdocio: «El que escribe necesita acallar sus pasiones y, sobre
todo, su vanidad (…) En esta soledad sedienta, la verdad aún oculta aparece (…)
Quien ha ido progresivamente viéndola, no la conoce si no la escribe, y la
escribe para que los demás la conozcan.»
El libro se
cierra con un epistolario. Recoge aquí Lola sus correos con Mariló, Amalia y
Ángela. Encontramos en ellos un intercambio sincero de opiniones fruto de sus
primeras impresiones de lectura.
Estamos,
pues, ante un libro honesto y coherente, donde la autora se nos da sin máscaras,
se muestra en sus contradicciones, en su verdad y en su ser vulnerable. Y lo
hace sin lenitivo ni cauterio, pero con una escritura que nos atrevemos a
calificar de luminosa y enamorada. María y Lola nos invitan a transitar desde
la mirada depredadora a una mirada contemplativa, desde la sobrevalorada acción
a una tan desacreditada como necesaria pasividad improductiva. Acercarnos hoy con lentitud y atención
a la pensadora veleña—y eso es
lo que hace Lola en su libro— es el mejor homenaje que podemos rendir a
la filosofía, a la poesía, a la meditación e incluso a la acción política.
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