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sábado, 17 de enero de 2026

No a la política europea de apaciguamiento frente a Donald Trump

        Hasta ahora, Von der Leyen y el resto de líderes europeos (con alguna honrosa excepción) no han hecho otra cosa frente al matonismo de Donald Trump que buscar aplacar su imprevisible y atrabiliario carácter mediante concesiones y buenas palabras, por lo que podemos calificar su dócil actitud de tiralevitismo y pesebrismo vasallil. Y este no es el camino para frenar el ansia expansionista de la bestia triunfante.

A. N. Chamberlain (Reino Unido), É. Daladier (Francia),
A. Hitler, B. Mussolini y G. Ciano
en Múnich el 29 de septiembre de 1938
Copy: Bundesarchiv, Bild 183-R69173 / CC-BY-SA 3.0,
CC BY-SA 3.0 de,
https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=172648767
      Es un dislate que nos puede salir muy caro, porque, como cualquier educador que conozca los resortes más elementales de la psique humana sabe, el camino más derecho para convertir a un niño en un monstruo es transigir con todos sus caprichos. Mostrar una firme negativa antes de que las exigencias de su voluntad se tornen insolentes, egoístas e insaciables es la única manera de socializarlo.

La historia reciente nos da pruebas de ello y nos confirma la patológica amnesia de la especie humana, que nos arrastra de catástrofe en catástrofe, haciendo de la Historia algo muy parecido a la morcilla, que se elabora con sangre y se repite, como escribió Ángel González.

En septiembre de 1938, poco antes de iniciar su guerra de exterminio de millones de seres humanos y de aniquilación de Europa, Hitler y Mussolini fueron agasajados por los primeros ministros de Francia (Édouard Daladier) y Reino Unido (Neville Chamberlain) en la Conferencia de Múnich. En ella, los representantes de la Europa democrática aceptaron la anexión de los Sudetes (territorio de Checoslovaquia) a Alemania, buscando evitar la guerra. A eso se le llamó política de apaciguamiento. Hitler quería poseer esa cadena montañosa en la frontera entre la hoy extinta Checoslovaquia y Polonia aludiendo a razones de seguridad nacional y de supuestos derechos históricos, pues, según él, la mayoría de la población de esa región checoslovaca era alemana y los checos estaban masacrando a los alemanes de los Sudetes. Son similares a los motivos que hoy arguyen Donald Trump en Groenlandia y Sudamérica, así como Vladímir Putin cuando reclama la soberanía rusa sobre Ucrania y las antiguas repúblicas soviéticas. Por cierto, algún día habremos de explicar por qué desde posiciones progresistas no se han convocado aún, cuatro años después, grandes movilizaciones en Europa contra la ocupación rusa de Ucrania. ¿Será acaso esa omisión fruto del mismo y rancio tacticismo que llevó a buena parte de la izquierda comunista europea a no denunciar el apoyo de Stalin en los años treinta a la política colonialista de las potencias europeas en África --causa de la baja de Albert Camus en el PCF--, o en los años cincuenta a guardar un silencio cómplice ante la política expansionista y represiva de la URSS en Hungría; o bien, en la actualidad, a su infinita comprensión ante la Cuba castrista y los desmanes del chavismo venezolano? 

Los tiranos alemán e italiano ofrecían entonces a Europa paz a cambio de tierra. Sin embargo, como cabía esperar de la voluntad codiciosa y antojadiza de un niño consentido venido a más, Hitler no se contentó con la cesión y violó el acuerdo poco después de su firma, invadiendo Checoslovaquia el 16 de marzo de 1939.

Pero hubo más, pues, el 23 de agosto de 1939, a pesar del flagrante quebrantamiento del acuerdo y de la invasión militar, otro gran sátrapa de la época, Iósif Stalin, también intentó aplacar a la bestia aria mediante pactos. El Tratado de no agresión entre Alemania y la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) fue rubricado por los ministros de asuntos exteriores de ambos países en Moscú. Tan solo nueve días después, el 1 de septiembre, Hitler invade Polonia, desencadenando así la Segunda Guerra Mundial.

A Trump y, desde luego, a Putin (y lo mismo vale para los presidentes de China, Corea del Norte o Israel) hay que decirles desde Europa ese poderoso monosílabo que han oído tan pocas veces: "no". Y hay que hacerlo antes de que sea demasiado tarde; aunque, tal vez, ya se nos haya agotado el tiempo. Y, acto seguido, habrá que afrontar las consecuencias económicas y militares que ese "no" pueda implicar.  Ello exige reforzar la unidad política y la militar de los países europeos --ambas necesarias y más audaces que la meramente económica--  en torno a las normas del derecho internacional, que Europa también ha traicionado en el conflicto palestino.

3 comentarios:

  1. Tiralevitismo y pesebrismo vasallil son descalificaciones que me parecen inmejorables, un uso del castellano en su justa medida para poner de manifiesto que no puede ser, que basta ya: Europa, la vieja Europa, la nueva Europa (UE), 450 millones de ciudadanos, y países nada desdeñables como una tal Alemania, una cual Francia, una pascual España (de Italia no hablo, por ahora) ..., no puede seguir besando el culo al americano, que ya no es el amigo.

    No podemos continuar por este camino. Esa retrospectiva histórica que hace usted, Ángel, debería ser suficiente lección para abrir los ojos de los mandatarios europeos.

    Siga usted con esa fina pluma, diseccionando el feo tiempo que estamos viviendo y elevando la voz y la palabra. Aunque quizás no es suficiente, sí que es necesario

    Gracias.

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    1. Este comentario ha sido eliminado por el autor.

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    2. La Unión Europea es seguramente una de las mejores creaciones políticas de todos los tiempos. Debe ser preservada ante los ataques de los grandes poderes económicos que representa Donald Trump, pero también mejorada en la dirección del derecho y la justicia social.
      Gracias, José Ramón, por tu comentario.

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