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lunes, 2 de febrero de 2026

Bad Bunny y… ¡Albert Camus!

 

A pesar de nuestros muertos desfigurados, no tenemos odio contra vosotros. Queremos destruiros en vuestro poder sin mutilaros en vuestra alma (Cartas a un amigo alemán. 1944)

  

A. Camus (1913-1960) en Combat
Rue des Archives (©Rene Saint P / Cordon Press)
-El País, Cultura 13/12/2023-

       Ayer, al recoger uno de los Grammy, el puertorriqueño y actual estrella mundial de la música Bad Bunny, autor del primer disco en español galardonado con el premio al mejor álbum del año, pronunció estas palabras: «Antes de darle las gracias a Dios, debo decir: ¡fuera ICE! No somos salvajes, no somos animales, no somos aliens. Somos humanos. Somos americanos. Lo único más poderoso que el odio es el amor. Por favor, tenemos que ser diferentes. Si luchamos, tenemos que hacerlo con amor. Nosotros no les odiamos. Amamos a nuestra gente, amamos a nuestras familias, y ese es el modo de hacerlo.»

     Estas declaraciones del cantante me han traído a la memoria a Albert Camus. En concreto, tres de sus obras: El estado de sitio –un drama ambientado en una Cádiz sitiada por el totalitarismo--, Los justos –la historia dramatizada de un grupo de soñadores que quieren cambiar el mundo por métodos violentos—y Cartas a un amigo alemán –un conjunto de misivas a un joven nazi al que le advierte que la victoria no vendrá por las armas, el asesinato y el miedo, sino por el camino del amor y la dignidad–.
     El miedo y el odio son enemigos de la felicidad. Este es el secreto de la rebeldía de Diego, héroe de El estado de sitio, que libera Cádiz de la autocracia, representada por La peste, cuando descubre que esos son los dos baluartes sobre los que apoya su poder tiránico para mantener sitiada la ciudad. La derrota del déspota comienza a fraguarse cuando Diego exclama: «¡Ni miedo, ni odio, ésa es nuestra victoria!».
     En el año 1944, en sus Cartas a un amigo alemán, constatamos que el camino del amor es el elegido por Camus:

     «Pero al mismo tiempo que juzgue vuestra atroz conducta, recordaré que vosotros y nosotros hemos partido de la misma soledad, que vosotros y nosotros estamos, con toda Europa, en la misma tragedia de la inteligencia. Y a pesar de vosotros mismos, os conservaré el nombre de humanos. Para ser fieles a nuestra fe, estamos obligados a respetar en vosotros aquello que no respetáis en los demás. Durante mucho tiempo, esa fue vuestra inmensa ventaja, puesto que matáis con mayor facilidad que nosotros. Y hasta el fin de los tiempos, ese será el beneficio de quienes se os parecen. Pero hasta el fin de los tiempos, nosotros, que no nos parecemos a vosotros, tendremos que dar testimonio para que el hombre, por encima de sus peores errores, reciba su justificación y sus títulos de inocencia […]. A pesar de nuestros muertos desfigurados […], no tenemos, sin embargo, odio contra vosotros […]. Queremos destruiros en vuestro poder sin mutilaros en vuestra alma.»

     Camus distingue aquí dos grupos históricos de seres humanos: los verdugos, representantes del nihilismo del poder,  la violencia y el dinero, para quienes su facilidad para asesinar les otorga una notable ventaja, pero solo a corto plazo, pues conduce al callejón sin salida del sinsentido. Y, por otra parte, aquellos que siguen confiando en el ser humano, en la dignidad incondicional de cada uno de nuestros semejantes. Son quienes albergan en su corazón la esperanza casi utópica en un futuro mejor, problemático, pero posible. Son los dos modelos personificados en Los justos por Stepan y Kaliayev, respectivamente.

(Ramírez Medina, Ángel: La filosofía trágica de Albert Camus. El tránsito del absurdo a la rebelión. Málaga: Analecta Malacitana, 2001)

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