Se viene anunciado desde hace tiempo por parte de las autoridades sanitarias internacionales, que el continuo trasiego de personas por todo el mundo incrementa exponencialmente las probabilidades de que un brote vírico localizado acabe transformándose en una pandemia. El reciente caso del crucero holandés así lo ha puesto de manifiesto. No hay más que ver la diversidad de nacionalidades (¡23!) que ocupaban los camarotes de esta nave, que partía de la Patagonia argentina para realizar miles de kilómetros de travesía visitando santuarios naturales protegidos, haciendo creer a los adinerados viajeros que participaban en una misión científica repleta de aventuras.
De no poner límites, o cuanto menos, dejar de soplar el fuelle que alimenta el fuego de estos masivos tránsitos turísticos, todo parece indicar que lo que hace siete años constituyó una situación excepcional, cuasi inédita en la historia de la humanidad --el Covid-19, que emerge en China en diciembre de ese año, y que aterrizó en forma de pandemia mundial dos meses después llevándose a 14 millones de víctimas--, acabe por resultar una situación más o menos cíclica a la que habrá que hacer frente con trágica frecuencia.
¿Qué hacer, entonces?
Las soluciones son muy complejas, al estar implicados aquí derechos, libertades, ocios y negocios. Sin duda, las medidas restrictivas aplicadas en ciudades o países ya muy saturados, pueden ayudar. Desde imponer tasas turísticas a arbitrar normas que restrinjan tanto la llegada de visitantes como la oferta de viviendas turísticas y las plazas hoteleras. Pero, una vez más, considero que aquí la educación tiene mucho que decir. Hacer consciente a quien viaja de las enormes consecuencias medioambientales, sociales, culturales, sanitarias y económicas de su aparentemente inocua decisión de viajar por placer a destinos cada vez más lejanos y cada vez más amenazados, debe ser una prioridad para las autoridades de todos los países. Educar desde la escuela y los medios de comunicación en la idea de que viajar tiene consecuencias funestas. Que no existen las "Cero Emisiones" --un bulo del greenwashing--, pues el mero hecho de estar vivos ya nos covierte en agentes contaminantes. Que viajar no es un imperativo para ser feliz, que viajar destruye y ensucia, que viajar altera los lugares y las costumbres, y que no es la única ni la mejor manera de conocer mundo. Que, tal vez, la mejor forma de asomarse a culturas olvidadas sea leer los ensayos de Margaret Mead o los de Marvin Harris; o que para contemplar la feliz hermosura y la prolija cultura de un grupo de chimpancés, el camino sea abrir los escritos de Jordi Sabater Pi, ilustrados con gracia y precisión; o que las mayores emociones nos aguardan entre las páginas de los clásicos --a nuestro alcance en una biblioteca pública--. Beatus ille: austeridad, paciencia y compasión conforman la única vía segura hacia una pacífica y humana conformidad gozosa, tan ansiada, tan buscada por los vericuetos de lo que puede ser vendido y comprado, que no conducen sino a estados de ansiedad que van retroalimentándose.
Sobre todo, si en nuestros viajes seguimos como dóciles rebaños las rutas y destinos marcados por los intereses de las grandes empresas turísticas, que solo actúan por mor de la mayor rentabilidad económica, sin considerar los trascedentales bienes y valores --intangibles y necesarios-- puestos aquí en grave riesgo. Entre otros, el de la sanidad pública, cada vez más acosada por la codicia y menos cuidada por los gobiernos.
¡Cuántas cosas se resolverían si fuéramos capaces de ser dichosos sin necesidad de salir de nuestra propia habitación siquiera! Con una buena compañía humana o animal, literaria o musical, o gozando sencillamente del silencio o de la soledad sonora en la noche sosegada, o de la contemplación del milagroso discurrir de la vida desde el otero de nuestra ventana.




